Reinterpretando a Jesús

"El comienzo..."

Capítulo 10. EL COMIENZO DE UNA REINTERPRETACIÓN DE JESÚS

I. Los primeros pasos de los seguidores de Jesús Las comunidades de Galilea y Jerusalén

El final de las cuatro narraciones evangélicas junto con el libro de los Hechos de los apóstoles deja entrever claramente que, tras la muerte de Jesús, se dispersaron los que habían sido sus seguidores. La mayoría de ellos volvió a Galilea después de la aventura fracasada de proclamar la inmediata venida del reino de Dios. No es seguro ni probable que en un primer momento continuaran en Galilea el estilo de vida que habían llevado con Jesús, el de unos predicadores itinerantes, pues estaban demasiado recientes las terribles consecuencias de la reacción de las autoridades. De momento no debieron de hacer otra cosa que intentar rehacer sus vidas.

Pero de esos mismos Hechos se deduce que otro pequeño grupo de seguidores permaneció en Jerusalén. Hubo de haber entre ellos alguna motivación fuerte para permanecer escondidos en la boca misma del lobo. Es posible que tuvieran como programa intentar restablecer la buena fama del Maestro muerto tan ignominiosamente.

La impresión de las obras, palabras y figura de Jesús seguía vivísima entre los que habían sido sus seguidores. Muy pronto, a los tres días según los Evangelios, algunas mujeres de entre los antiguos discípulos sintieron vivamente que no era posible que Jesús, tan admirado y querido, hubiese desaparecido para siempre. En algunas de ellas surgió muy pronto una certeza: ¡Jesús continuaba vivo en medio de los que le amaban! Su presencia espiritual, su espíritu podía casi palparse. En aquella época una de las maneras de expresar este sentimiento era afirmar que el muerto había resucitado. En unos momentos en los que se creía en continuos milagros, viajes celestes, raptos del alma, apariciones de seres sobrenaturales, misiones de ángeles, etc., era ésta una idea perfectamente plausible.

Parece claro que el sentimiento de que Jesús seguía vivo, de que había resucitado, comenzó ciertamente en el grupo de las mujeres, pues los Evangelios indican que los varones no las creyeron y que en general se resistieron a admitir la posibilidad de una nueva luz tras la noche del fracaso más absoluto.

No es preciso detenerse en investigar cómo concebían en concreto los seguidores de Jesús la resurrección. La posibilidad de resucitar era aceptada comúnmente entre los judíos piadosos (véase, por ejemplo, en Lc 9,7-9 cómo los judíos creían que Juan Bautista podía haber resucitado), pero el cómo variaba. La creencia en que Jesús seguía vivo explica el que muy pronto diversos miembros de la comunidad afirmaran que el Resucitado se les había aparecido. Dicho con otras palabras: la creencia en la resurrección explica el hecho de las apariciones.

Tampoco es necesario insistir en explicación alguna, psicológica o espiritual, de este fenómeno de las apariciones porque no es tarea de un historiador. La historia trata de fenómenos repetibles y comprobables, y la resurrección y las apariciones no lo son. Lo único que el historiador debe constatar es que sin la firmísima creencia en que Jesús seguía vivo entre sus discípulos, que había resucitado, no se explica el origen del movimiento de sus seguidores que en pocas décadas iban a formar un grupo bien diferenciado entre los judíos piadosos del entorno.

La disparidad e incluso contradicciones de los testimonios que nos hablan de la resurrección de Jesús hacen que muchos de los historiadores del cristianismo primitivo piensen que es imposible que la creencia en esta resurrección se generase en Jerusalén: un grupo cohesionado y pequeño no pudo dar lugar a tradiciones tan dispares y contradictorias. Pero este mismo argumento es válido para negar su nacimiento en cualquier otro lugar, Antioquía, por ejemplo.

A pesar de la disparidad de tradiciones textuales sobre este evento, no es imposible que tras un período de dudas se apoderara pronto del grupo apiñado en Jerusalén la idea de que el Maestro seguía vivo de algún modo: la vivencia era la misma en todos (la creencia en la resurrección), pero la expresión de esa vivencia (las tradiciones que hablan de ella) se realizó por personas diferentes y en lugares diferentes, allí donde se creía haber gozado de una aparición del Resucitado... en Emaús, en Jerusalén, más tarde en Galilea...

Esto explica que la vivencia fuera común pero que se generaran tradiciones muy dispares: cada uno contaba su experiencia como le parecía, lo que dio origen a líneas diversas de tradiciones y leyendas complementarias; por ello los relatos de las apariciones son tan diferentes y contradictorios. Unos afirmaban que Jesús se había presentado ante ellos como dotado de un cuerpo etéreo y casi trasparente, que podía atravesar las paredes (Lc 24,36-37); otros que lo habían visto como un cuerpo real que podía comer (Jn 21,12) y ser palpado (Jn 20,17.25). Poco a poco a estos relatos de apariciones se unieron otras historias —también provenientes de diversas personas y por tanto diferentes— acerca de la tumba vacía de Jesús.

Sea de todo ello como fuere, lo cierto es que el grupo de seguidores que había permanecido en Jerusalén, calculado por el autor de Hechos como en unas ciento veinte personas (1,15), tenía ya un poderoso motivo para cohesionarse una vez superado el período de dudas: ¡Jesús estaba vivo! ¡Había resucitado! Pero era necesario explicarse por qué habían ocurrido cosas en apariencia tan terribles. Había que replantearse la vida sin el Maestro, o mejor con su sola presencia espiritual. Había que fundamentar de inmediato por qué un grupo de sus antiguos seguidores se reunía en torno a la figura de lo que la gente de fuera creía un ajusticiado más por el poder de Roma. Estas reflexiones fueron el comienzo o los primeros pasos de lo que será propiamente la teología neotestamentaria, es decir, la religión cristiana.

El conjunto de judíos que se había concentrado en la capital, Jerusalén, no era más que un grupúsculo que se diferenciaba de los demás judíos en que creía que el ajusticiado era de verdad el mesías y que Dios había hecho justicia a su afrentosa muerte resucitándolo de entre los muertos. Por lo demás, los componentes de este grupo eran como cualesquiera otros de entre los piadosos de Israel: iban a rezar al Templo y consecuentemente practicaban el resto de las normas de la religión judía; observaban la Ley incluidas las prescripciones sobre los alimentos, fiestas, etc. Es probable, sin embargo, que se percibieran desde el principio como una nueva vía, un nuevo modo de vivir la religión de los antepasados.

La primera tarea de la reflexión del grupo era dar una aclaración plausible al escándalo de la horrorosa muerte en cruz de Jesús, es decir, las primeras indagaciones teológicas del grupo tuvieron como fin explicar este tremendo fracaso... ¿Y qué otra manera mejor que volver los ojos hacia las Escrituras para intentar encontrar en ella alguna luz que explicara lo acaecido? La única aclaración debía estar en los planes de Dios, ignorados hasta el momento, pero éstos tenían que poder vislumbrarse en su Palabra. Por ello tornaron sus ojos a los libros sagrados, la Ley y los profetas, como lo había hecho Jesús tantas veces. La escena —ideal y programática— que pinta Lucas en el capítulo 24 explica claramente este proceso:

Dos de [los discípulos de Jesús] iban a una aldea que dista de Jerusalén sesenta estadios, llamada Emaús, y hablaban entre sí de todos estos acontecimientos. Mientras iban hablando, el mismo Jesús se les acercó e iba con ellos. Pero sus ojos no podían reconocerlo. Y les dijo: «¿Qué discursos son éstos que vais haciendo entre vosotros...?». Le contestaron: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no conoce los sucesos en ella ocurridos estos días?». Él les dijo: «¿Cuáles?». Contestáronle: «Lo de Jesús Nazareno, varón profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados para que fuese condenado a muerte [por los romanos] y crucificado. Nosotros esperábamos que sería él quien rescataría a Israel; mas con todo van ya tres días desde que esto ha sucedido. Nos dejaron estupefactos ciertas mujeres de las nuestras que yendo de madrugada al monumento no encontraron su cuerpo y vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles que les dijeron que Jesús vivía...». Y les dijo: «¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para entender todo lo que vaticinaron los profetas! ¿No era preciso que el mesías padeciese esto y entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y por todos los profetas les fue declarando cuanto a él se refería en todas las Escrituras.

Lo que Lucas pretende decir en este texto revelador es que los seguidores de Jesús vieron que la solución al misterio de la muerte ignominiosa en la cruz estaba en verdad en las Escrituras..., aunque sólo si se leían de nuevo rectamente gracias a la inspiración del Jesús viviente. Hechos 3,18 lo expresa de este modo: «Dios ha dado así cumplimiento a lo que había anunciado por boca de todos los profetas, la pasión de su Ungido». Había un plan de Dios, del que hasta el momento no habían caído en la cuenta (¡a pesar de las tres predicciones de la pasión y resurrección!): era preciso que el mesías padeciese y resucitase.

Jesús había proclamado la inmediata venida del reino de Dios y que él era el agente mesiánico de esta venida. En estos primeros momentos se añadía a esta idea ya sabida una importante variación que implicaba nuevas perspectivas: ese mesías, aparentemente fracasado, había sido resucitado por Dios y sentado a su diestra. El texto de Lucas en el capítulo 24, puesto en boca de los discípulos, «Jesús de Nazaret varón profeta poderoso en obras y palabras...», junto con algunos otros pasajes más, como Hechos 3,22 —en donde dice Pedro: «Dios hará surgir un profeta como yo, es decir, Moisés, de entre vuestros hermanos; vosotros escucharéis todo lo que os hable; toda persona que no escuche a este profeta será exterminada del pueblo»—, nos hacen pensar que una parte del grupo consideraba a Jesús más bien como un profeta, mesiánico ciertamente, pero en el que primaban los rasgos, potenciados al extremo, de los profetas de Israel.

Esta línea interpretativa de Jesús continuará en parte en el Evangelio de Lucas y sobre todo en una rama con el tiempo marginal de seguidores de Jesús, representada sobre todo por el Evangelio de los ebionitas y las Homilías pseudoclementinas.

Sin embargo, la mayor parte del grupo vio en Jesús al mesías sin más, aunque con las connotaciones especiales de su muerte y resurrección. Hemos afirmado en el capítulo anterior que el Jesús histórico al final de su vida —probablemente por impulso de algunos de sus discípulos— se consideró a sí mismo el mesías. Ello explica que sus discípulos muy poco tiempo después de su muerte confirmaran este título... sólo que ya con un contenido un poco distinto al que pensó Jesús en vida.

En su primer discurso a los habitantes de Jerusalén dice Pedro: «A este Jesús lo resucitó Dios... Tenga por cierto toda la casa de Israel que Dios ha hecho señor y mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hechos 2,32.36). El contenido de estas frases es denso. Jesús durante su vida mortal había sido el mesías..., pero de modo incompleto. Su misión era misteriosa y, en verdad, sólo iba a llevarla a cabo tras su resurrección. No había sido el mesías «normal» que pensaban los judíos normales, puesto que había fracasado en apariencia.

Era creencia judía común que, si la empresa del pretendiente a mesías terminaba mal, era porque en realidad ese «mesías» no era el verdadero. Había sido a la postre abandonado por Dios a su suerte. Pero con Jesús pasaba algo muy especial: la muerte no era el final de su mesianismo: ¡había resucitado y estaba en los cielos!

El tenor de las expresiones de Pedro en los Hechos que acabamos de citar da a entender que, para la comunidad de los primeros momentos, Jesús durante su vida terrena había sido al fin y al cabo un mero hombre, excepcional y taumaturgo, sí, profeta y proclamador de la venida del Reino, sí, pero un ser humano como los demás. Gracias, sin embargo, a su resurrección por la acción divina, ese hombre había sido exaltado al rango de «señor y mesías», que por fin iba a terminar su misión.

Pertenecía ya de algún modo al ámbito de Dios, era su ayudante, como podían serlo el judío Elías, el profeta Henoc o Melquisedec. Transcurrido el tiempo que la divinidad estimara oportuno, este mesías vendría como ungido de Dios y juez mesiánico a juzgar a las doce tribus de Israel, es decir, a instaurar el Reino. Entonces comenzaría el gobierno de Dios sobre Israel.

A pesar de contener elementos novedosos como la muerte del mesías, esta perspectiva podía ser aceptable para cualquier judío de aquellos años ya que era evidente que la divinidad, tan lejana, no actuaría por sí mismo para instaurar su reinado, sino a través de ayudantes especiales. El recuerdo de este «mesías que ha de venir» junto al de «señor» como apelativos de Jesús se conservó en la invocación escatológica «Ven señor [Jesús]», que se pronunciaba en arameo, Maranathá, como testimonia el mismo Pablo, aunque él escriba siempre en griego.

Como el mesías había de ser —según la fe judía común— hijo de David, pronto circuló la noticia de que en realidad no había nacido en Nazaret, sino en Belén, la ciudad de David, y se formaron al menos dos genealogías distintas para probar la procedencia davídica de Jesús.

La noticia de que el mesías Jesús habría de venir pronto a concluir su misión debía ser manifestada y extendida por el pueblo todo. El grupo de seguidores de Jesús, en posesión de semejante noticia, tenía que comunicarla a todos los judíos para lograr que se unieran a su creencia. Se iniciaría así la formación del verdadero Israel, el creyente en Jesús, que estaría bien preparado para la instauración del Reino.

Los Hechos nos cuentan que la primera expansión de la nueva fe en Jesús se produjo en la festividad de Pentecostés (cap. 2), sin necesidad de salir de Jerusalén, pues para esta fiesta de renovación de la Alianza se congregaban allí judíos procedentes de los cuatro puntos cardinales: de partos, elamitas, egipcios, asiáticos, entre otros. A estos judíos venidos de lejos se les designaba como «helenistas» porque su lengua materna solía ser el griego, no el arameo o el hebreo, y tenían una mentalidad algo distinta, no solo por haber nacido fuera de Israel, sino por haberse formado dentro del ambiente de la cultura griega.

Sin embargo, estos judíos helenistas debían ser muy piadosos, y muy probablemente se habían trasladado a Jerusalén porque esperaban que el mesías, la salvación de Israel, habría de mostrarse primero en la capital del país. Esperaban también que en caso de fallecimiento, habrían de resucitar los primeros, para participar en el reino del mesías que comenzaría a manifestarse en Jerusalén. Estos judíos helenistas, que tenían en Jerusalén sus propias sinagogas (Hch 6,9) , debieron de acoger con gusto el programa que les presentaban, según los Hechos, Pedro y sus compañeros: el final de la terrible situación política y religiosa que vivía Israel vendría pronto, pero no por mano de hombres, sino por la de Dios con la colaboración de Jesús, constituido tras su resurrección en señor y mesías, en Hijo del hombre.

Es probable que a los títulos de «señor y mesías», aplicados ya a Jesús, el primer grupo de discípulos añadiera pronto el de «Hijo de Dios». Se ha discutido mucho sobre el sentido preciso con el que se entendía, y muchos investigadores opinan que este título fue otorgado a Jesús solo por la comunidad «helenística», no por la jerusalemita, ya que implicaba mayores consecuencias de cercanía con la divinidad. Es ésta una cuestión que no puede resolverse tajantemente. Es muy probable que el título como tal, «hijo de Dios», fuera empleado ya por la comunidad de Jerusalén, pero que lo fuera en un sentido muy cercano al uso del Antiguo Testamento.

Es decir, el mesías es «hijo de Dios» en el sentido que lo era antiguamente el rey de Israel, como se ve por los títulos reales que recoge el Salmo 2, o bien un profeta cualificado. El mesías, futuro rey/juez/ungido, es «hijo de Dios» en el sentido de persona especialmente amada por la divinidad. Por esta razón es muy posible que esta filiación divina no supusiera para los primeros cristianos de Jerusalén que el «Hijo» fuera un ser engendrado directamente por Dios, y que como tal fuera preexistente y de naturaleza estrictamente divina, como se pensaría más tarde.

Parece que esta noción no pudo generarse en una comunidad de observantes de la Ley, acendradamente monoteísta. Sólo pudo ser entendido plenamente así en todo caso por algunos del grupo de los «helenistas». Éstos, inmersos en el ambiente de la religiosidad pagana aunque en pugna con ella, podían admitir con mayor facilidad que la divinidad pudiera «prolongarse» en un hijo real y «físico».

Desde un punto de vista sociológico, la investigación histórico-teológica moderna denomina a estos esfuerzos de los primeros cristianos para explicar el escándalo de la cruz y muerte del Maestro «resolución psicológica del contraste» o resolución de la «disonancia» entre el potente carisma de Jesús y su clamoroso fracaso: al considerarlo «señor y mesías» el crucificado adquiría un rango muy superior a los que habían causado su fracaso. El desastre en la tierra se equilibraba con su victoria en el cielo.

Además, la elevación del Nazareno al ámbito de lo divino confirmaba en ese primer momento el más rígido monoteísmo tradicional: es Dios el que lo había resucitado y hecho sentar a su diestra. ¡Es el Dios de la vida y de la creación el que lo levantó de entre los muertos y el que le otorgó una nueva vida y una nueva misión junto a sí!

Además, puesto que en ese ámbito Dios le encargaba una misión sobrehumana, instaurar definitivamente su Reino, habría de otorgarle una fuerza sobrehumana: gracias a ella, lo que no había podido ocurrir cuando estaba en la tierra tendrá lugar en su venida —o visto desde otra perspectiva a su vuelta— como agente definitivo del Reino.

De cualquier modo, la exaltación de Jesús a un mundo superior a la muerte, donde solo Dios gobierna, lo hace superior a todo lo humano.

El progreso teológico de la comunidad de Jerusalén, donde convivían los judíos «hebreos» con los «helenistas» recién convertidos, irá ciertamente paso a paso. Al principio este «hijo» será considerado como simplemente trasladado al ámbito divino, y su situación se piensa con categorías teológicas que estaban muy a la mano. Probablemente la primera categoría que utilizaron los judeocristianos para plasmar la conversión de Jesús en un personaje semiceleste fue la aplicación a éste de la figura de «un como Hijo de hombre» del Libro de Daniel (capítulos 7 y 11), ya que Jesús mismo había empleado la expresión para referirse a sí mismo, en vez del molesto «yo».

Los discípulos de Jesús pensaron que este símbolo, que con la traducción a la lengua griega entre los helenistas pasó a ser «El Hijo del hombre», había que entenderlo no como referido a una colectividad, al pueblo judío en su conjunto como se había hecho hasta el momento, sino a una persona concreta, Jesús de Nazaret. Es posible, pues, que fuese en la comunidad de Jerusalén donde se interpretó a Jesús «señor», «mesías», «hijo de hombre» como el Hijo del hombre que ha de venir a instaurar el reino de Dios y a juzgar a los malvados.

En la misma línea de pensamiento, otra categoría pudo ser concebir a Jesús al estilo de un Henoc, ascendido al cielo, sentado junto al Padre, al que la divinidad otorga tareas mesiánicas para el futuro, tal como describe el Libro de las parábolas de Henoc (1 Henoc 37-71: AAT IV 65-95).

En esta manera de pensar a Jesús por parte del primer grupo de seguidores, notamos ya un cambio respecto a la perspectiva de Jesús mismo: "El anunciador del reino de Dios se convierte en anunciado", según la conocida expresión de R. Bultmann. Esta frase lapidaria debe entenderse así: Jesús en su vida anunciaba el reino de Dios simplemente como mensajero; ahora, la venida del Reino incluye a su persona como agente divino, mesías - señor - hijo de Dios. Al hacer de Jesús un objeto de anuncio de salvación, nacía dentro de esa secta, que vivía intensamente el judaísmo pero a su modo, un concepto de mesías que no se conocía antes dentro del imaginario nacional.

A saber: se proclamaba que el reino de Dios habría de ser simultáneo a la futura venida de aquel profeta que padeció, murió y fue resucitado por Dios; un maestro que, gracias a esta resurrección, había sido constituido por Dios como «Señor», perteneciente a la esfera divina, «Mesías», salvador del pueblo de sus enemigos, e Hijo de Dios. Es esta la primera reinterpretación profunda de lo que fue Jesús.

El modo de vida comunitario del primer grupo de seguidores de Jesús está descrito en los primeros capítulos de los Hechos, aunque de un modo idealizado. En líneas generales puede considerarse como histórico lo siguiente: el núcleo estaba formado por galileos, seguidores de los primeros momentos de Jesús; entre ellos tenían una posición prominente los doce discípulos escogidos por Jesús para representar simbólicamente a todo Israel. Pronto el grupo recibió el refuerzo de miembros de la familia de Jesús, como Santiago, el hermano del Señor, y también su madre (Hechos 1,15).

Probablemente la comunidad se organizó de un modo que recuerda a los esenios (sabemos por la arqueología que el barrio esenio de Jerusalén debía de estar muy cerca de donde se reunían los primeros seguidores de Jesús): estaban gobernados por los Doce; se denominaban a sí mismos «santos»; tenían comunidad de bienes y una gran solidaridad social; practicaban el bautismo como rito de admisión en el grupo y celebraban comidas en común.

Pero el grupo no formaba ninguna comunidad al margen del judaísmo, sino que intentaba desde dentro revitalizar la religión ancestral por medio de las aportaciones de Jesús. Y un último rasgo: aunque la primera comunidad de seguidores de Jesús esperaba la restauración de Israel, lo mismo que muchos de sus contemporáneos, no compartía las ansias por una venida de un mesías de tinte político-guerrero, un mesías que en una guerra rápida, conducida a la victoria por Dios mismo a través de sus ayudantes (legiones de ángeles quizás, como en Mateo 26,53), acabaría con la ocupación de los extranjeros y permitiría a Israel vivir plenamente teniendo como norma única la Ley.

Eran más bien de esos otros piadosos que, aunque asumían lo terrible de la desagradable situación presente, no pensaban en ninguna acción directamente militar, sino que dejaban totalmente en manos de Dios el fin de la opresión extranjera y la posibilidad de cumplir plenamente las disposiciones de la voluntad divina. Como sabemos ya, Jesús fue un personaje de este último estilo, según el testimonio común de los Evangelios. Sus seguidores en Jerusalén opinaban lo mismo: los textos no muestran en ellos la menor intención de embarcarse en ninguna aventura militar.

Este es el panorama que se va desarrollando en la comunidad cristiana primitiva en Jerusalén, marcado por una profunda reinterpretación de quién era Jesús y cuál era su papel en el plan divino de redención. Los títulos de "señor", "mesías" y "hijo de Dios" se convierten en parte integral de esta nueva comprensión, aunque con matices y perspectivas distintas según los contextos culturales y teológicos de los diferentes grupos dentro de la comunidad.

Es un proceso de desarrollo teológico y de comprensión que se va gestando en los primeros tiempos del cristianismo, en un contexto judío y helenístico, donde las ideas y categorías de ambas culturas se entrelazan y se reinterpretan en la luz de la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Este proceso sentará las bases para la expansión del cristianismo más allá de las fronteras de Israel y la formación de una fe que cambiará el curso de la historia.

II. La división de la comunida

Desde los primeros momentos del "nazarenismo" o judeocristianismo jerusalemita, el grupo de seguidores del Crucificado era diverso y mixto. Se componía de dos comunidades claramente diferenciadas: por un lado estaban los "hebreos", los autóctonos cuya lengua materna era el arameo, y por otro los "helenistas", judíos nacidos fuera de Jerusalén cuya lengua materna era el griego pero que estaban asentados en la ciudad.

Los problemas entre estas dos comunidades no tardaron en surgir, ya que los "helenistas", con una mentalidad distinta, comenzaron a tener una visión diferente de lo que Jesús significaba y de su contribución al judaísmo. En estos momentos, los seguidores del Nazareno estaban inmersos en un periodo de ferviente debate teológico. Se estaba gestando un proceso de interpretación en torno a Jesús, su muerte y resurrección, y era natural que surgieran diferencias ideológicas.

Basándose, sin duda, en las críticas que el Maestro había hecho sobre la interpretación de la Ley por parte de sus contemporáneos (como se puede ver en el Sermón de la Montaña: Mt 5), y en sus duras palabras acerca del Templo y su posible reemplazo por uno no construido por manos humanas sino por Dios mismo (Mt 24,2 y paralelos), los "helenistas" comenzaron a cuestionar el valor de la Ley tal como era entendida por los demás, argumentando que solo debía ser observada según la interpretación que Jesús había dado... es decir, de manera diferente. Jesús se erigía como el maestro supremo en sus enseñanzas.

Paralelamente, los "helenistas" criticaban la corrupta situación del Templo y posiblemente anunciaban su sustitución por uno nuevo, erigido directamente por Dios. Esta postura los asemejaba de cierta forma a los esenios, quienes vivían apartados en Qumrán, a orillas del mar Muerto. Para estos, la observancia de la Ley debía regirse según las directrices e interpretaciones de su líder espiritual, el Maestro de Justicia, y se sentían distanciados del Templo en Jerusalén.

Uno de estos "helenistas", llamado Esteban, descrito como un hombre "lleno de gracia divina y poder sobrenatural, que realizaba prodigios y milagros" (Hch 6,8), se encontraba inmerso en acaloradas discusiones teológicas con otros judíos piadosos sobre la importancia y el significado de Jesús. Sus enemigos en Jerusalén lo acusaban de proferir blasfemias contra Dios (al parecer, Esteban situaba a Jesús de alguna manera muy cerca de la divinidad: 6,11), contra Moisés (ya que interpretaba la importancia de la Ley de una manera diferente: 6,14), y contra el Templo (afirmando que Dios erigiría un santuario nuevo: 6,13).

Estas acusaciones sugieren que el grupo de los "helenistas" comenzaba a considerar su fe en Jesús como un rasgo distintivo en comparación con los judíos que los rodeaban, lo que conllevaba puntos de vista teológicos también distintivos y, en el contexto de la época, "heréticos" en el sentido de ser vistos como "especiales" o "seleccionados" (la palabra griega "haíresis" significa "elección" o "preferencia").

A partir del relato de los Hechos y del discurso atribuido a Esteban (7,2-53), se puede deducir que los "helenistas" empezaron tempranamente a cuestionar la validez de la Ley de Moisés como única vía de salvación, tal como la entendían los judíos en Jerusalén, incluyendo a sus propios colegas en la fe, los judeocristianos "hebreos". También surgieron dudas acerca de la necesidad de adorar a Dios oficialmente en un lugar específico y designado, es decir, el Templo.

Naturalmente, estas posturas no fueron bien recibidas por las autoridades en Jerusalén. Los Hechos (8,1-2) relatan que comenzó una terrible persecución contra los judeocristianos, siendo el resultado al menos la muerte de Esteban a manos de las turbas (Hch 7,58). Según estos relatos, en Jerusalén también había un joven fariseo llamado Saulo, que había llegado de fuera para formarse religiosamente. Su celo por la Ley lo llevaba a ver con buenos ojos la represión severa contra los disidentes. Todos los cristianos, excepto los "apóstoles" o líderes del grupo, fueron dispersados (Hch 8,1). Es notable que dispersaran a las ovejas pero dejaran a los pastores en paz.

Lo que se puede inferir de estos relatos de los Hechos es que los "helenistas", que comenzaban a adoptar una teología audaz (cuestionando la Ley y el Templo), fueron expulsados de Jerusalén, mientras que los "apóstoles" y su grupo, los "hebreos", más conservadores en su teología y más afines al judaísmo "normativo", pudieron permanecer en la capital.

Así pues, a pesar de la aparente armonía entre las dos facciones cristianas en aquellos primerísimos momentos que nos relatan los Hechos de los Apóstoles hasta el capítulo 6, había una profunda división dentro del judeocristianismo recién nacido, motivada por cuestiones teológicas que tendrían importantes consecuencias. La comunidad de Jerusalén, conocida como los "hebreos", rápidamente se consolidó como una tendencia más afín al judaísmo y a la doctrina judía de Jesús de Nazaret. Por otro lado, los "helenistas" desarrollaron una teología que, al interpretar a Jesús a su manera, se distanciaron efectivamente del Jesús histórico.

La teología del Nuevo Testamento recoge elementos de ambas tendencias, pero principalmente de la de los "helenistas". Impulsados luego por la potencia intelectual y moral de Pablo, serían ellos los que eventualmente triunfarían con su visión del cristianismo. Sin embargo, en este momento, el grupo de judeocristianos más conservadores de la comunidad de Jerusalén tenía una gran influencia y se convertirían en unos de los adversarios más vehementes del que llegaría a ser el máximo representante de los "helenistas" y su comprensión del cristianismo, Pablo. Es muy probable que fueran ellos quienes ofrecieran una resistencia feroz al "evangelio" paulino, como se puede ver en las Cartas a los Gálatas y a los Filipenses.

Dentro de Israel, en Galilea, es muy probable que existiera otra comunidad sólida de seguidores de Jesús, continuando el legado de aquellos que regresaron allí después de la muerte de Jesús. Aunque los Hechos no la mencionan explícitamente, podemos inferir su existencia debido a las apariciones en Galilea (como se relata en los evangelios de Mateo y Juan), lo cual sugiere la presencia de una comunidad de seguidores de Jesús en esa región.

Aunque desconocemos los detalles de su vida cotidiana, es posible suponer que el grupo de los galileos seguía un estilo de vida similar al del Maestro durante su ministerio público. Eran carismáticos itinerantes que predicaban la venida futura del Mesías Jesús y la instauración del Reino de Dios a través de él. Además, continuaban practicando la sanación y el exorcismo. Es interesante notar que la posibilidad de una lucha armada para instaurar el Reino no parecía preocuparles en absoluto.

Por otro lado, a partir de la lectura del Evangelio de Juan, podemos inferir la existencia en esos momentos de otra comunidad dentro de la Iglesia primitiva, distinta de las mencionadas hasta ahora y un tanto apartada del grupo general. La teología reflejada en el posterior producto que surgió de este grupo, el Evangelio de Juan, sugiere que era un conjunto disidente con características parcialmente similares a las de los "helenistas". La polémica contra los judíos y el retrato de Jesús como un predicador galileo, aunque también amigo de los samaritanos, sugiere que esta comunidad podría haber estado ubicada fuera de Jerusalén, pero no demasiado lejos. Este grupo mantenía tradiciones sobre los Doce, reforzadas en la capital junto con otras tradiciones antiguas sobre Jesús arraigadas tanto en Galilea como en el judaísmo. Por tanto, es posible que estuvieran en un terreno intermedio, quizás en algún lugar de Samaria, influenciados por la dispersión de los "helenistas". Además, parecían mantener contacto con círculos sacerdotales en la capital.

Este grupo también comenzó a reinterpretar a Jesús, pero afirmaban que lo hacían basados en la iluminación del Espíritu (un aspecto muy enfatizado por los "helenistas") y en las ideas de un personaje cercano al Maestro, cuyo nombre nunca revelan: el discípulo amado. Este personaje, que hablaba arameo pero también conocía el griego, estaba familiarizado sin duda con las especulaciones judías helenísticas sobre el Logos, la Sabiduría, el conocimiento especial revelado solo a unos pocos (gnosis) y la teología de los esenios en Qumrán, todas las cuales se reflejarían en su obra sobre Jesús.

III. Otras aportaciones teológicas de la llamada comunidad «hebrea»: Judea y Galilea

El núcleo de los "hebreos" o "palestinenses", como los denominan los investigadores, ha sido objeto de estudio en términos de sus perspectivas teológicas. Dentro de este grupo, que incluye a aquellos que probablemente residían en Galilea, se destacaron los judeocristianos de Judea y Galilea por su labor de recopilación de la tradición relacionada con los dichos y las historias de Jesús.

Es posible que los habitantes de Galilea fueran los primeros en reunir tradiciones del Maestro, cuyo contexto geográfico era precisamente esa región. De esta manera, se originaron las narraciones que constituyen la primera parte de la vida de Jesús en su entorno antes de dirigirse definitivamente a Jerusalén. En Galilea, se recogieron relatos de Jesús que lo presentan como un profeta carismático e itinerante, junto con muchos de sus dichos pronunciados durante esta etapa de su vida.

Por otro lado, en la capital, es probable que se recopilaran dichos y narraciones que mostraban a Jesús discutiendo sobre la Ley y adoptando una postura más rigurosa, como en el caso de la cuestión del divorcio (cf. Mc 10,2-9). Esta comunidad heredó un enfoque más riguroso y, por lo tanto, se interesó en las tradiciones relacionadas con las palabras y acciones de Jesús en la ciudad donde residían.

Es bastante posible que la "fuente Q", compuesta principalmente por dichos e historias de Jesús con un fuerte enfoque escatológico (como se puede ver en el Evangelio de M.c), también se haya recopilado en parte en Galilea. Esta fuente Q se centra en la proclamación del reino de Dios y la inminente venida del Hijo del hombre, ambos aspectos considerados como acciones de la actividad divina en los últimos tiempos, tal como Jesús los proclamó en esa región.

En todos los casos, la recopilación de estos materiales sobre Jesús surgió de las necesidades de la predicación, ya sea hacia adentro o hacia afuera, así como de las necesidades litúrgicas.

La historia primitiva de la pasión, que subyace a las narraciones del Evangelio de Marcos y los otros evangelistas, probablemente se desarrolló en la comunidad de la capital, dado que era la ciudad donde Jesús fue crucificado. Se ha sugerido que algún autor anónimo talentoso pudo haber compuesto un relato detallado que resumía dramáticamente en una semana lo que realmente fue un proceso que duró meses en la vida de Jesús. Este relato se utilizaba en la liturgia de reuniones especiales del grupo y también podía servir como guía conmemorativa para otros judeocristianos que visitaban los lugares asociados con el sufrimiento de Jesús.

La historia de la pasión es un ejemplo vívido del principio que se repite a lo largo de este estudio: la tradición de la vida y muerte de Jesús de Nazaret se transmite y se interpreta de diversas maneras. A veces, se adaptaba para ser relevante para la vida presente; en otras ocasiones, se empleaba para obtener un entendimiento teológico más profundo de Jesús.

Los dos principales grupos de judeocristianos, los "hebreos" y los "helenistas", desarrollaron estas interpretaciones a partir de una lectura cuidadosa y novedosa de las profecías del Antiguo Testamento, aplicándolas a Jesús. Jesús se convierte así en el cumplimiento de lo que en el Antiguo Testamento era simplemente una prefiguración y una promesa. La historia de la pasión ilustra claramente cómo esta tradición fue moldeada a la luz de salmos proféticos, especialmente los Salmos 22 y 69, hasta el punto en que resulta difícil distinguir qué es exactamente verdad histórica y qué es el resultado de adaptaciones a los textos existentes en las Escrituras.

Este fenómeno de reinterpretación también se observa en la comunidad de judeocristianos que respalda el Evangelio de Mateo, la cual comparte un espíritu similar al del grupo palestinense, al menos en términos de interpretación de la Ley. Todo lo que el evangelista destaca sobre Jesús se percibe como el cumplimiento de algún texto de las Escrituras. Lo mismo puede decirse de las narraciones sobre la Última Cena de Jesús, las cuales fueron reinterpretadas posteriormente por Pablo (cf. 1 Cor 11,23-26) y los tres evangelistas sinópticos.

De lo expuesto, se deduce una consecuencia de gran importancia: la reinterpretación del material tradicional por parte de los judeocristianos, tanto hebreos como helenistas, no es un acto arbitrario o meramente especulativo sobre la figura de Jesús. Siempre se fundamenta en:

a) Un hecho o dicho de Jesús visto a través del prisma de la creencia en la resurrección, lo que proporciona el contexto para reinterpretarlo según las necesidades del momento.

b) Un texto de las Escrituras, entendido como referente a Jesús, que ofrece la base para iluminar un aspecto de la figura o misión del Maestro.

De esta manera, un hecho o dicho de la vida de Jesús adquiere nueva luz precisamente por lo que se deduce del texto sagrado a través del cual se examina. Es un proceso circular de enriquecimiento mutuo. Este proceso se ha descrito como un "fenómeno exegético" o de reinterpretación de textos sagrados en el desarrollo de la teología cristiana.

Lo característico del cristianismo radica en la interpretación renovada de las antiguas Escrituras, con una nueva visión. Esta reinterpretación no se hace de manera caprichosa, sino que sigue las normas exegéticas desarrolladas por el judaísmo hasta ese momento. Un catálogo de estas reglas se puede encontrar en las investigaciones sobre "Hermenéutica rabínica; colecciones de "middot" o reglas de interpretación" (cf. M. Pérez Fernández, pp. 527-529 de Literatura judía intertestamentaria).

En cuanto al destino de la comunidad palestinense en la historia del cristianismo, particularmente la de Jerusalén, no se conoce con precisión cómo desapareció. Según relatos de Eusebio de Cesarea, el grupo cristiano de la capital habría decidido no participar en la primera revuelta judía, en coherencia con la doctrina de Jesús que dejaba aspectos materiales en manos de Dios, y se retiró al otro lado del Jordán. Sin embargo, muchos historiadores modernos cuestionan esta versión y sugieren que la comunidad permaneció en Jerusalén, donde probablemente pereció junto a muchos otros a manos de los sitiadores romanos durante la guerra entre el 66 y el 70 d.C.

Si la comunidad se trasladó al otro lado del Jordán, es probable que haya llevado una existencia precaria que con el tiempo desapareció casi sin dejar rastro. Es una ironía histórica que el grupo cristiano que más estrechamente siguió la doctrina del Jesús histórico, el grupo más vinculado al judaísmo entre todos los cristianos, fuera el primero en desaparecer de escena. Este vacío abrió el terreno para el futuro cristianismo, que en líneas generales se convirtió en una amalgama, principalmente, del paulinismo y del espíritu de los Evangelios de Mateo y Juan.

Así, se puede apreciar cómo las diferentes comunidades cristianas de la época fueron dando forma y reinterpretando las historias y enseñanzas de Jesús, cada una desde su perspectiva teológica y sus necesidades particulares de predicación y liturgia.

IV. Las comunidades helenísticas. Antioquía

Las comunidades helenísticas de judeocristianos fuera de Israel surgieron como resultado de la dispersión forzada del grupo de "helenistas" de Jerusalén por las autoridades religiosas de la ciudad (Hechos 8,1-2). Las etapas de esta dispersión están registradas en el libro de los Hechos: Samaria, donde Felipe llevó la evangelización, luego la costa con ciudades importantes como Jope, Lida, Cesarea marítima, y de allí hacia el norte, Fenicia, Chipre y finalmente Antioquía (Hechos 8,2-11,20).

Como se mencionó anteriormente, la lengua principal de los judíos helenistas era el griego, por lo que la tradición sobre Jesús, que en principio se había recogido en arameo, fue rápidamente traducida al griego. Esta versión tuvo una gran ventaja: el material sobre Jesús podía ser potencialmente utilizado por la mayoría de los habitantes del Mediterráneo oriental, cuya lengua común era el griego. Sin duda, este cambio de idioma implicó un cambio de mentalidad, de conceptos y alteraciones en la tradición misma.

Los helenistas demostraron rápidamente tener una teología audaz. Los diáconos o "helenistas" mencionados en Hechos 6 y 7 no se limitaban a servir mesas, sino que se dedicaban completamente al "servicio de la Palabra", es decir, mostraban un gran interés por la predicación y la expansión de la fe en Jesús. Después de ser expulsados, esta dedicación al "servicio de la Palabra" naturalmente se unió al interés por la reflexión teológica sobre los eventos de la vida y el mensaje del Maestro.

Las críticas a la Ley y al Templo abrieron nuevas posibilidades: aunque estas críticas fueron calificadas de "blasfemias" y de romper la tradición de Moisés, comenzaron a señalar un cambio cualitativo que diferenciaría al cristianismo emergente de la doctrina judía y, por tanto, de la que Jesús había mantenido con respecto a la Ley y el Templo. Los seguidores "helenistas" comenzaron a afirmar, de hecho, lo contrario: cuestionaban la validez absoluta de la Ley, y el Templo ya no era considerado el lugar indiscutible de culto.

Estas ideas no solo empezaron a divergir de las que sostenía el Maestro, sino que también eran diferentes a las mantenidas por los seguidores "hebreos" de Jesús en Jerusalén. Puede decirse con razón que los "helenistas", especialmente aquellos que se establecieron en Antioquía y Damasco, fundando nuevos grupos de judeocristianos, son los precursores inmediatos de Pablo. Sin ellos, no se puede comprender la revolución ideológica que operó el "evangelio" paulino. Como veremos más adelante, la "conversión" de Pablo y su evolución interna se sitúan dentro de las líneas de reflexión teológica iniciadas por el grupo de Esteban.

Anteriormente señalamos que en las primeras comunidades "hebreas", los títulos como Hijo del hombre, Señor, Mesías e Hijo de Dios situaban de alguna manera a Jesús en la esfera de lo divino, pero no lo consideraban propiamente Dios. Sin embargo, en un ambiente helenístico rodeado de paganos, para quienes el contacto humano con lo divino era más fácil de comprender, estos títulos adquirieron una connotación más divina. A los oídos de los gentiles que escuchaban a estos judíos helenistas hablar sobre Jesús, la aplicación de títulos como "Hijo de Dios" o "Señor" lo situaría aún más alto en la esfera celestial y más cerca de la divinidad.

Este progreso teológico en las comunidades helenísticas, especialmente en Antioquía, donde tenemos más información a partir de Hechos 11, llevó a que el título "Hijo del hombre" aplicado a Jesús perdiera importancia rápidamente. Traducido al griego, este título no significaba mucho, o casi nada, para la mayoría. En cambio, otros títulos como "Hijo de Dios" o simplemente "Señor" eran más fácilmente comprensibles y resonaban con fuerza en estas comunidades.

En este grupo teológico que no está explícitamente mencionado en los Hechos, pero que probablemente surgió de manera natural en la comunidad helenística, se puede identificar un desarrollo doctrinal relevante. Se llegó a pensar que era inconcebible que Jesús, un profeta tan eminente, no hubiera previsto su propia muerte y no la hubiera aceptado de manera voluntaria. Esta creencia se manifestaría en los relatos sobre el Hijo del hombre, profetizando sus sufrimientos y su muerte (como se encuentra en el Evangelio de Marcos, por ejemplo), dichos que fueron inicialmente expresados por profetas cristianos y luego atribuidos al Jesús histórico.

Además, se desarrolló la idea de que este sacrificio voluntario tenía un carácter expiatorio por los pecados del pueblo, una noción que tenía sus raíces en la tradición judía desde la época de los Macabeos (siglo II a.C.), como se ve en el relato del mártir que entrega su vida por la preservación de las leyes judías y para que Dios tenga piedad del pueblo judío (cf. especialmente 2 Macabeos 7,37-78). Aunque la noción estricta de sufrimiento y muerte vicaria y expiatoria por otros no era común entre los judíos del siglo I, sí lo era en los ambientes influenciados por la cultura griega.

Desde tiempos antiguos, tanto entre los griegos como los romanos, la idea de "morir por" era un concepto arraigado en la religión y la cultura cívica (como se ve en obras de Eurípides y referencias en la Eneida de Virgilio). Los helenistas, inmersos en este ambiente cultural griego, encontraron en esta idea una poderosa herramienta para explicar la muerte de Jesús: Dios había designado que este hombre justo muriera para acelerar la llegada del reino divino, pero sobre todo para "morir por otros", para que su muerte sirviera como expiación vicaria por los pecados, ya sea de Israel o del mundo entero, y así evitar la ira divina.

Así, los helenistas adoptaron la noción y terminología de la muerte vicaria, aunque estas ideas no estuvieran explícitamente presentes en el Antiguo Testamento o en las escrituras judías no canónicas. Lo hicieron bajo la influencia de su entorno cultural no judío, en el que estaban integrados social y culturalmente. Este fenómeno marca un primer ejemplo significativo de fusión entre el ideario religioso helenístico y el mundo del Nuevo Testamento, un tema que se desarrollará más al hablar de Pablo y que ya se ha observado en el caso de la gnosis y otros temas.

Otro cambio importante que los helenistas promovieron fue en la actitud del grupo inicial de cristianos. Ellos fueron los primeros en tomar en serio la tarea de llevar el "mensaje", la "buena noticia", la "Palabra" a los paganos. Un miembro de este grupo, Felipe, predicó el evangelio a un etíope temeroso de Dios, lo convirtió y lo bautizó (Hechos 8), y más tarde se le menciona como "evangelista" en la región pagana de Cesarea de Filipo (Hechos 21,8). Aunque los Hechos intentan mostrar que Pedro fue el iniciador de la misión a los gentiles (como se ve en la visión de Pedro y la conversión de Cornelio en el capítulo 10), es más probable que los primeros pasos en esta dirección hayan sido dados por los helenistas, quienes provenían de la diáspora y mostraban una inclinación natural hacia el contacto con los gentiles, algo menos marcado en los jerusalemitas.

En Antioquía, se produjo una auténtica revolución en la predicación de Jesús por parte de los helenistas, dirigida hacia los amigos del judaísmo, los llamados "temerosos de Dios" (como se menciona en Hechos 10,22; 13,26). Estos eran individuos atraídos por las doctrinas, ética y solidaridad judías, pero que en su mayoría no se convertían completamente al judaísmo debido a la renuencia a aceptar la circuncisión y las estrictas leyes alimentarias. Los helenistas, sin embargo, no impusieron estos requisitos para unirse a la comunidad de creyentes en Jesús Mesías, eliminando así un gran obstáculo para la salvación.

Los Hechos no ofrecen una explicación teológica precisa de este fenómeno, pero en Antioquía, los "temerosos de Dios" fueron una fuente significativa de conversos a la nueva secta judía, que no requería la circuncisión ni las estrictas leyes dietéticas, pero sí mantenía la estructura de ayuda mutua. La probable explicación subyacente fue la idea, sostenida por algunos judíos, de que en los tiempos mesiánicos las barreras entre judíos y gentiles se disolverían para que ambos pudieran formar parte del futuro reino de Dios.

Pablo, más adelante, daría un fundamento teológico sólido al principio de que la Ley no era la única vía de salvación, abriendo así las puertas a los gentiles. Sin embargo, los cimientos de este pensamiento ya estaban presentes en Antioquía antes de la llegada de Pablo, y no necesariamente a través de la acción de Pedro como indican los Hechos.

La fusión entre judeocristianos y conversos del paganismo en el grupo de seguidores de Jesús permitió un mayor desarrollo de estas ideas teológicas integradoras entre judíos y gentiles. Esto marcó un nuevo impulso para la teología, ya que se comenzó a cuestionar la importancia de la Ley, el culto en el Templo, y las normas sobre circuncisión y alimentos. En una de estas comunidades judeo-helenísticas, surgió el cambio de nombre de la nueva secta judía, pasando de ser llamados "nazarenos" a "cristianos" o "mesianistas", centrando su predicación alrededor de Cristo, el ungido o mesías.

Esta evolución hacia una comunidad mixta de gentiles y judíos, donde ambos grupos participaban en comidas comunes sin distinción, no fue motivo de escándalo para algunos personajes importantes de la comunidad de Jerusalén, como Pedro. Esta apertura hacia los gentiles fue el resultado de un profundo fundamento teológico que tenía sus raíces en una parte del pensamiento de Jesús.

Se consideraba que en los tiempos mesiánicos, parte de la restauración de Israel incluiría la incorporación de algunos gentiles a la fe judía justo antes de la plenitud de esta restauración. Profetas de Israel, desde la época del exilio, habían proclamado esta idea claramente. Así, los helenistas se movieron con fervor hacia la conversión de los paganos, creyendo que el Mesías había llegado, que el pueblo de Dios estaba siendo reunido, y que el fin estaba cerca. Su objetivo era alcanzar el número determinado por Dios de gentiles convertidos antes de que llegara el final de los tiempos.

Inicialmente, el número de convertidos no era tan relevante; lo esencial era iniciar un nuevo impulso misionero. A medida que el movimiento se expandió, la teoría del "número preciso de gentiles decidido por Dios" fue evolucionando hacia la idea de que la voluntad divina deseaba "cuantos más, mejor", e incluso "todos".

En las reuniones litúrgicas de la comunidad helenística, otro paso significativo antes de la llegada de Pablo fue la veneración a Jesús invocándolo como Kýrios, es decir, "Señor", en un sentido absoluto y diverso al "señor y mesías" de la comunidad palestinense. Este título absoluto, "El Señor", que el Antiguo Testamento reservaba exclusivamente para Dios, se utilizaba en las cartas paulinas de manera establecida, lo que indica un uso arraigado que Pablo había recibido por tradición. Este uso ya consolidado apunta a las comunidades judeohelenísticas, como Damasco y Antioquía, donde el Apóstol recibió gran parte de su formación como cristiano.

La designación de "El Señor" de manera absoluta y contundente confirma un cambio en la percepción de la persona de Jesús. Esta evolución, que comenzó tímidamente en la comunidad de Jerusalén, se manifestó de manera más clara en las comunidades judeohelenísticas. Al aplicar a Jesús el mismo título simple que se reservaba para Dios, se indicaba con mayor claridad que Jesús formaba parte de la esfera de la divinidad.

¿Cómo ocurrió este cambio de significado, de un "señor" / "hijo de Dios" considerado como "persona predilecta de la divinidad", rey o profeta ungido, esencialmente humano aunque asociado a Dios como Henoc o Melquisedec en las comunidades palestinenses, a un "Señor / Hijo de Dios" más claramente de naturaleza divina en las comunidades judeohelenísticas fuera de Israel/Palestina? No lo sabemos con certeza.

Sin embargo, entre el primer paso —Jesús humano convertido en "señor y mesías" por Dios después de su muerte— y el segundo —"El Señor" de manera absoluta— había un trecho relativamente corto. Para los palestinenses, Jesús ya era una figura semidivina después de su muerte, similar a Henoc y Melquisedec. Las comunidades helenísticas simplemente continuaron progresando en este camino.

Es plausible pensar que este cambio fue producto de la reflexión teológica de judeocristianos familiarizados con el ambiente religioso del helenismo. En el mundo helenístico, la figura de un "Señor", un "Hijo de Dios", un hombre que también poseía una naturaleza divina, era algo común. Incluso la gente común creía que los héroes se convertían en parte de la naturaleza divina solo después de su muerte. ¿No se consideraba al Emperador, un hombre común, como "divi filius" (hijo de Dios) después de su muerte (y a veces incluso en vida)? Jesús, por supuesto, era mucho más que el Emperador.

Por lo tanto, no es difícil comprender que una comunidad de judeocristianos no palestinenses, sin las restricciones del judaísmo estricto y riguroso que consideraba inconcebible la idea de un Dios/hombre real, pudiera rápidamente considerar a Jesús como un ser plenamente divino después de su muerte.

Además, era igualmente plausible creer que Jesús podría haber tenido esta misma naturaleza divina incluso antes de su muerte. Esta idea se veía reforzada por la analogía con los "hombres divinos" del helenismo. En las creencias paganas, se pensaba que ciertos hombres, como ascetas, predicadores ambulantes, taumaturgos y sanadores, manifestaban cualidades y acciones superiores debido a que de alguna manera participaban de la naturaleza divina.

Por lo tanto, para estas comunidades judeohelenísticas, la vida extraordinaria de Jesús llena de prodigios, milagros y su muerte en la cruz, considerada un acto de salvación para la humanidad, junto con su resurrección, eran señales claras de que Jesús estaba dentro de la categoría de "hombres divinos". Este progreso en la concepción de Jesús se refleja también en los evangelios, particularmente en Marcos. En el Evangelio de Marcos, Jesús es considerado como hijo de Dios en pleno sentido incluso durante su vida terrenal. La narrativa de los milagros realizados por Jesús, algunos de ellos fuera de las tierras de Israel en contacto con paganos, refleja la mentalidad de estas comunidades judeohelenísticas y sugiere una comprensión de Jesús como divinidad sobre la tierra incluso antes de su muerte.

Durante el desarrollo temprano del cristianismo, la figura de Jesús como "Hijo", tanto divino como humano al lado de Dios/Padre, probablemente tuvo rasgos ambiguos al principio. Por lo general, se consideraba a Dios por encima de su "Hijo", con una posición subordinada al primero (subordinacionismo). Esto se refleja en dos hechos significativos. En primer lugar, hasta los estratos más tardíos del Nuevo Testamento, no encontramos ningún texto en el que se nombre a Jesús simplemente como "Dios" sin más añadidos. Parecía haber cierta reticencia en hacerlo. En segundo lugar, el acto crucial de la creación, la iniciativa en el acto salvífico de la redención, y las oraciones de petición a la divinidad se dirigían directamente a Dios-Padre, o a través de Jesús como intermediario.

Un proceso similar probablemente ocurrió con el título "Señor" (Kýrios) en sentido absoluto, que empezó a significar lo mismo que "Hijo de Dios". Esto ayuda a explicar por qué, como mencionan los Hechos (11,26), los seguidores de Jesús comenzaron a ser designados como "cristianos" en Antioquía de Siria. Estos cristianos se distinguían del judaísmo en que invocaban a Jesús como "Señor", es decir, de manera similar a como se invocaba a Dios en el Antiguo Testamento, pero también reconociendo su naturaleza divina. Para los cristianos helenistas, "Hijo de Dios" designaría verdaderamente la naturaleza divina de Jesús; mientras que "Señor" (Kýrios) se usaría para expresar su posición superior respecto a los seres humanos, su papel como Señor en la vida y en el culto.

En resumen, entre la muerte de Jesús (alrededor del 28 o 30 d.C., durante la procuradoría de Poncio Pilato) y los momentos previos a la redacción de la primera carta que se nos ha conservado de Pablo (1 Tesalonicenses, alrededor del 50/51 d.C.), presenciamos avances muy significativos en la historia del cristianismo. Estos progresos se reflejan relativamente claramente en el Nuevo Testamento y nos ayudan a entenderlo mejor:

1ª. Los israelitas/palestinenses o "hebreos" plasmaron su comprensión de Jesús aplicando ciertos rasgos del mesías esperado a Jesús como figura histórica concreta. Lo vieron como el Hijo del hombre que vendría a establecer el Reino en nombre de Dios y lo invocaron como el futuro juez de vivos y muertos. Este grupo de judeocristianos israelitas/palestinos creó un concepto de mesianismo que era nuevo en las creencias judías, comenzando tímidamente a considerar a Jesús, ya muerto y resucitado, como un personaje en cierto modo del ámbito divino.

2ª. El otro grupo, los judíos de la diáspora o "helenistas", junto con antiguos paganos convertidos a la nueva fe, vieron en Jesús a un ser de naturaleza divina, un Hijo de Dios esencialmente, un hombre divino conforme a los esquemas de la religiosidad circundante. Le invocaban como "El Señor". Este grupo interpretó rápidamente la muerte de Jesús como una muerte vicaria, una expiación por los pecados de toda la humanidad, y vieron en la cruz el acto supremo de la redención. Para ellos, Jesús ya era un ser divino antes de su muerte.

V. El proceso de desarrollo doctrinal en los primeros pasos del cristianismo

El proceso de asentamiento doctrinal en los primeros años del cristianismo puede imaginarse ligado, en sus líneas más esenciales y simplificadas, a varios aspectos clave: la predicación y la interpretación teológica, la evolución de la liturgia, y la organización de las asambleas comunitarias.

a) En primer lugar, aparte de los dirigentes de la comunidad, existían grupos de catequistas y escribas cristianos (posiblemente organizados más tarde en "escuelas") que se dedicaban al estudio de las Escrituras desde el punto de vista de su cumplimiento en la figura y el mensaje de Jesús. Estos grupos de doctos tenían la tarea de transmitir, difundir e interpretar los dichos y hechos de Jesús.

b) Durante estos años, el grupo de seguidores de Jesús asistía a la sinagoga junto con otros judíos, incluso fuera del territorio de Israel. Sus reuniones, aparte del sábado que llamaban "día del Señor" (o "domingo"), debían ser un complemento al culto sinagogal. No es sorprendente que en sus asambleas particulares los cristianos siguieran utilizando fórmulas de la liturgia de la sinagoga y las adaptaran a sus necesidades. Inicialmente, la fe se centraba en una clara esperanza escatológica, la creencia en el fin del mundo. Esta esperanza se vivía en las asambleas del grupo, donde abundaban las aclamaciones y los deseos por la venida del Señor, al igual que en el culto sinagogal se hacían doxologías hacia Dios. A estas aclamaciones hacia la divinidad se añadieron otras que proclamaban la exaltación al cielo de Jesús resucitado, proclamándolo, junto con el Padre, como Señor de los creyentes, y evocando su venida como juez. Con el tiempo, se establecieron acciones litúrgicas más elaboradas, como las celebraciones eucarísticas descritas por Pablo en 1 Corintios 10,16; 11,17-34. En estas celebraciones se recordaba la Última Cena del Señor, se narraban y comentaban sus palabras, y se añadían exhortaciones de los líderes comunitarios que aclaraban el significado de las acciones litúrgicas o abordaban cuestiones teológicas del momento.

En resumen, es muy probable que la evolución teológica, que se produjo rápidamente en el grupo de seguidores de Jesús, se generara tanto por las necesidades de la predicación como por el culto litúrgico. Este proceso se centró especialmente en la necesidad de explicar el "escándalo de la cruz" y aclarar con mayor precisión quién era Jesús, su posición celestial después de la resurrección, y la misión encomendada a él. Todo esto se manifestó principalmente en los llamados títulos cristológicos, que implicaban un proceso de elevación de Jesús desde lo meramente humano al ámbito de lo divino. Este fue el acontecimiento básico en los primeros años del cristianismo.

Este entorno ideológico y sociológico, entre los años 30 y 50 d.C., es donde podemos situar:

1ª. La recogida de las primeras tradiciones sobre Jesús y más tarde los inicios de la llamada "fuente Q".

2ª. La recogida de lo que más tarde formaría las partes de los Evangelios que reflejan situaciones israelitas/palestinenses o judeohelenísticas.

3ª. Los acontecimientos más o menos explícitos que se reflejan en una obra posterior: la parte primera de los Hechos de los Apóstoles hasta el capítulo 12, donde comienza a dominar casi exclusivamente la figura de Pablo.

4ª. Información sobre esos años tomada de algunas cartas auténticas de Pablo, especialmente Gálatas (capítulos 1 y 2) y Filipenses.

5ª. Información tomada del Evangelio de Juan.