"Cómo entender"

El Nuevo Testamento

Capítulo 7. CÓMO ENTENDER EL NUEVO TESTAMENTO

Hasta hace unos doscientos cincuenta años, el Nuevo Testamento se consideraba un testimonio directo de los eventos que dieron forma al cristianismo primitivo. Era visto como un documento histórico que, al igual que una ventana hacia el pasado, mostraba los relatos exactos de lo que sucedió en aquellos días cruciales. Esta mirada ingenua, aunque reverente, pronto se vería desafiada por un enfoque más crítico y riguroso.

En el florecimiento de la Ilustración del siglo XVIII, una nueva luz comenzó a brillar sobre las páginas del Nuevo Testamento. La comunidad académica, ávida de racionalidad y análisis crítico, se propuso examinar estos textos sagrados con los mismos ojos escrutadores que se empleaban en la historia y la literatura de aquel entonces. Así, lo que antes se había tomado como verdades incuestionables comenzó a tambalearse.

Desde entonces, los estudios históricos del Nuevo Testamento han evolucionado de manera exponencial. Se han creado y refinado métodos de análisis que permiten una comprensión mucho más profunda y matizada de estos textos antiguos. Cada palabra, cada frase, es sometida a un escrutinio minucioso, revelando capas de significado que antes permanecían ocultas.

Los estudiosos de hoy utilizan una variedad de enfoques para desentrañar los misterios del Nuevo Testamento. Desde el análisis literario, que desvela los géneros y la estructura subyacente de los textos, hasta la crítica textual, que examina las variaciones entre los manuscritos antiguos, cada herramienta ofrece una pieza crucial del rompecabezas.

Estos métodos han llevado a descubrimientos fascinantes y, a veces, controvertidos. Se ha revelado que ciertas narrativas evangélicas pueden haber sido moldeadas por el contexto político y social de la época. Las enseñanzas atribuidas a Jesús han sido sometidas a un escrutinio sin precedentes, revelando una complejidad y diversidad que desafían las interpretaciones más simplistas.

Por tanto, para comprender completamente el mundo del Nuevo Testamento y la figura del Jesús histórico, es esencial adentrarse en estos estudios avanzados. Cada detalle, cada palabra, nos ofrece una ventana hacia una época tumultuosa y apasionante, donde las semillas del cristianismo fueron sembradas en terreno fértil pero también hostil.

En este viaje hacia el pasado, los estudiosos del Nuevo Testamento nos invitan a cuestionar nuestras suposiciones, a desafiar nuestras creencias arraigadas y a sumergirnos en un mundo donde la fe y la historia se entrelazan de manera fascinante. A medida que avanzamos en este camino de descubrimiento, nos encontramos con desafíos y controversias, pero también con una riqueza de conocimiento que enriquece nuestra comprensión del pasado y del presente.

I. El estudio del Nuevo Testamento en los últimos siglo

El despertar del Nuevo Testamento ante la mirada científica:

En los albores del siglo XVIII, una luz de interrogación se alzó sobre las páginas del Nuevo Testamento, marcando el inicio de un genuino estudio científico. El deísmo inglés, con sus prominentes figuras como J. Locke al final del siglo XVII y los inicios de J. Toland y M. Tindal en el siglo XVIII, desató un vigoroso viento hacia una consideración histórica del Nuevo Testamento que trascendía lo meramente teológico-religioso. Este movimiento de pensamiento, el deísmo, abogaba por un retorno a una "religión natural", buscando superar, mediante una crítica racional, el espectáculo desconcertante de la diversidad de confesiones cristianas.

En el tapiz de esta crítica, se abría indirectamente un sendero hacia un estudio del Nuevo Testamento liberado de todo compromiso dogmático. Pues estos escritos eran vistos simplemente como testigos del devenir ideológico de la humanidad, como relatos que reflejaban el pulso de las creencias a lo largo del tiempo.

Un análisis crítico del siglo XVIII:

Hacia el final del siglo XVIII, en el año 1778, H. S. Reimarus se erigió como el primero en plantear una mirada crítica hacia la comprensión histórica del cristianismo primitivo. En su escrito "Sobre la finalidad de Jesús y la de sus discípulos", postulaba la necesidad de separar de manera radical la prédica de Jesús, arraigada firmemente en el judaísmo, de la teología de los apóstoles, notablemente distinta de la de su maestro.

Reimarus sugería que los discípulos, arrebatados por el fervor de la fe, idealizaron la figura de Jesús. Para explicar el desconcierto y la tragedia de su crucifixión, forjaron la imagen de un redentor-mesías, un ser que sufre y expía no solo por los judíos, sino por toda la humanidad. Esta distinción entre el pensamiento original de Jesús y las interpretaciones posteriores de sus seguidores, más tarde conocidas como el "Cristo de la fe", sembró la semilla de una posible divergencia para las generaciones venideras.

El siglo XIX: Un despertar del análisis histórico:

Con el amanecer del siglo XIX, se abrió paso el estudio histórico por separado de la teología de cada autor del Nuevo Testamento. Esta perspectiva, imbuida de un enfoque historicista, pronto influenció la exégesis de todo el corpus. Solo medio siglo después, surgieron obras que llevaban hasta sus últimas consecuencias la consideración puramente histórica de los primeros escritos cristianos.

Autores como D. F. Strauss y F. Ch. Baur, aunque sujetos a evidentes exageraciones, marcaron un hito en la investigación que hasta hoy día seguimos heredando. Strauss, con su afirmación de que el Nuevo Testamento se expresa religiosamente a través de mitos, nos llevó a cuestionar las verdades más profundas en cada relato. Por otro lado, Baur, con su enfoque crítico, emprendió la tarea de reconstruir la historia del cristianismo primitivo y su teología.

Las tendencias y corrientes del pensamiento cristiano:

Baur nos legó una visión hegeliana de la historia del movimiento cristiano. Para él, el cristianismo petrino representaba la "tesis", con su enfoque judaizante y conservador. La "antítesis" se encontraba en el cristianismo paulino, más liberal, innovador y abierto a los paganos. Finalmente, la "síntesis" o conjunción, según Baur, se manifestaba en el cristianismo postapostólico de Lucas-Hechos, buscando fundir las dos primeras corrientes.

Cada escrito del Nuevo Testamento, en esta perspectiva, podía ser enmarcado dentro de una de estas tres directrices mediante el estudio de las "tendencias" o ideologías que revelaban. Así, la "crítica de las tendencias" se convertía en una herramienta crucial para discernir entre las epístolas auténticamente paulinas y aquellas que se situaban en el momento "sintético" posterior. Baur nos legó la noción de que el cristianismo primitivo, como cualquier otra historia humana, estaba moldeado por el choque de posturas encontradas en un proceso puramente humano.

A. von Harnack y la Esencia del Cristianismo (1900):

En el umbral del siglo XX, la obra monumental de A. von Harnack, "La Esencia del Cristianismo" (1900), resonó como un eco desafiante en los pasillos de la teología. Su tesis, esbozada con la claridad de un sol naciente, proponía una distinción tajante entre el mensaje evangélico —profundamente enraizado en la tradición judía— y el dogma posterior, que, en su concepción y estructura, reflejaba la influencia del espíritu griego sobre el suelo fértil del Evangelio.

Harnack, con su mirada perspicaz, sugería que el cristianismo más primitivo, nacido directamente de las enseñanzas de Jesús, era un fenómeno singular en su contexto histórico. El Nazareno, sostiene Harnack, no había sido notablemente influenciado ni por el judaísmo contemporáneo ni por el helenismo de su época. La figura de Jesús, según esta interpretación, estaba imbuida de la esperanza íntima de un reino de Dios inmanente, arraigado profundamente en el corazón humano.

Sin embargo, esta visión absolutamente central en la enseñanza de Jesús fue rápidamente desplazada por la de sus discípulos. Estos, confrontados con las vicisitudes de la historia, transformaron la esperanza en un reino de Dios interno en una expectativa de acontecimientos futuros, asociados con el fin de los tiempos. De nuevo, como señalara Reimarus antes que él, Harnack pone de relieve la distancia insalvable entre las ideas originales de Jesús y la interpretación posterior que sus seguidores forjaron al transmitirlas.

Divergencias de enfoque en el estudio del Nuevo Testamento:

Mientras Harnack abogaba por un aislamiento casi total del cristianismo más primitivo, el de Jesús, como fenómeno puramente ideológico, otros investigadores contemporáneos optaban por resaltar los puntos de encuentro entre el movimiento cristiano y sus raíces, tanto judías como helenísticas. En el terreno del estudio lingüístico del Nuevo Testamento, principalmente en su lengua original, el griego, pervivía hasta finales del siglo XIX una concepción arraigada entre los investigadores protestantes fundamentalistas.

Se creía, en este contexto, que el griego empleado en los primeros escritos cristianos era un idioma singular, una amalgama especial de expresión semítica y helénica, una lengua única creada y modelada por el Espíritu Santo para transmitir las verdades reveladas. Sin embargo, los trabajos revolucionarios de A. Deissmann ("Estudios Bíblicos", 1895/1897; y "Luz desde el Oriente", 1908), junto con las investigaciones de A. Thumb sobre la lengua griega en el helenismo, y el volumen I (Prolegomena) de la primera "Gramática seria del Nuevo Testamento" (1906) de J. H. Moulton, barrieron de una vez por todas con esta visión sesgada de la lengua neotestamentaria.

El Nuevo Testamento y su contexto lingüístico:

Al comparar el griego utilizado en el Nuevo Testamento con el de los papiros y otras producciones no literarias de la época helenística, estos estudiosos descubrieron que el lenguaje empleado por los autores neotestamentarios era, a pesar de algunos rasgos semíticos, la koiné griega común y corriente del helenismo. Este término, "koiné", que significa "común" en griego, indicaba que no se trataba de una lengua de una formación divina especial, sino más bien una lengua que se inscribía en el desarrollo histórico del griego, entre su fase clásica y su posterior evolución bizantina.

Así, se desvanecía la noción de un "idioma especial del Espíritu Santo", dando paso a una comprensión más contextualizada y rigurosa del lenguaje utilizado en los primeros escritos cristianos. Esta revolución lingüística, iniciada por Deissmann, Thumb y Moulton, abrió nuevas perspectivas para el estudio del Nuevo Testamento y su intrincada relación con el mundo cultural y lingüístico en el que emergió.

A. Hilgenfeld y la conexión con la literatura apocalíptica judía:

En otro ámbito, fue mérito de A. Hilgenfeld haber puesto de relieve por primera vez que la literatura apocalíptica judía de época helenística (siglos III a.C. - I d.C.), también llamada los "Apócrifos del Antiguo Testamento", era un eslabón muy importante en la prehistoria del cristianismo. El judaísmo precristiano, apocalíptico, contiene en sí muchas ideas teológicas parecidas a las de los cristianos posteriores, y Hilgenfeld afirmaba que éstos las habían tomado no en concreto del Antiguo Testamento, sino de ese tipo de judaísmo. El resultado de esta investigación fue insertar al Nuevo Testamento dentro de la historia general de la evolución teológica del judaísmo helenístico.

Albert Schweitzer y su perspectiva sobre la vida de Jesús:

Esta línea de pensamiento fue enfatizada en el renombrado libro de Albert Schweitzer, "Historia de la Investigación sobre la Vida de Jesús (De Reimarus a Wrede)", publicado en 1904. Schweitzer, al concluir sus estudios, planteaba una perspectiva intrigante: la vida de Jesús no era un fenómeno único y original, sino que se inscribía en la atmósfera vibrante de las esperanzas apocalípticas del judaísmo inmediatamente anterior al cambio de era.

Unos años más tarde, entre 1927 y 1930, el erudito judío inglés C. G. Montefiore presentó en dos obras importantes, "Los Evangelios Sinópticos" y "Literatura Rabínica y Enseñanzas Evangélicas", la idea de la escasa originalidad de las doctrinas de Jesús en comparación con el judaísmo de su tiempo. A pesar de su crítica radical al legalismo farisaico, Montefiore planteaba que Jesús estaba mucho más cerca de estas tradiciones de lo que los teólogos cristianos habían considerado hasta entonces.

La Escuela de la Historia de las Religiones y su influencia en el estudio del cristianismo primitivo:

La Escuela de la Historia de las Religiones, surgida a finales del siglo XIX, propuso una idea revolucionaria: el Nuevo Testamento y el cristianismo primitivo no eran simplemente fenómenos aislados en la historia del judaísmo, sino que formaban parte de un conjunto más amplio que abarcaba las religiones en general.

Esta corriente de pensamiento, liderada por estudiosos como A. Dieterich, destacaba que parte de la moral cristiana tenía raíces griegas estoicas, transmitidas a través del judaísmo helenístico. Dieterich señalaba que concepciones cristianas como la "unión con la divinidad", la "ingestión del dios" (eucaristía), la "filiación divina" (el cristiano como hijo de Dios) o el "nuevo nacimiento" (bautismo) encontraban eco en toda la Antigüedad, bien testimoniadas fuera del cristianismo.

Paralelismos con la mística y las religiones de misterio helenísticas:

Además, esta escuela destacó cómo el lenguaje utilizado en el Evangelio de Juan, incluyendo sus ideas sobre Jesús como el Logos de Dios, presentaba numerosos paralelos con la mística griega helenística. Asimismo, se demostró que el Nuevo Testamento compartía ideas centrales sobre la salvación con las religiones de misterio helenísticas.

Estos hallazgos revelaron una conexión profunda y compleja entre el cristianismo primitivo y el contexto cultural y religioso más amplio en el que se desarrolló. El estudio del Nuevo Testamento se enriqueció enormemente al ser visto como parte integral de una historia más amplia de evolución teológica y espiritualidad.

Interpretaciones de los discípulos de Jesús y el surgimiento del culto litúrgico:

Otros investigadores de la misma Escuela profundizaron en cómo los discípulos de Jesús habían interpretado las enseñanzas de su Maestro de una manera novedosa. Para W. Bousset, en su obra "Kýrios Christos" (1913), las concepciones judías sobre la figura apocalíptica del "Hijo de Hombre" (presente en el Libro de Daniel) no fueron aplicadas por Jesús a sí mismo, sino que él se refería a un personaje distinto de él mismo. Fueron sus discípulos quienes tomaron estas ideas para interpretar la misión de ese otro personaje. Asimismo, en las comunidades de cristianos helenistas, donde muchos eran conversos del paganismo, surgió la idea de ver a Jesús como el verdadero Kýrios, Señor y Dios. Esta concepción no se originó en la realidad histórica de Jesús, quien nunca se autodenominó Dios o Señor, sino en el culto litúrgico cristiano. Aquí se oponía expresamente la figura de Jesús a la veneración de otras divinidades cultuales y salvadoras paganas. En estas comunidades helenistas, en lugar de la esperanza en un "Hijo del Hombre" que vendría (como era propia de la comunidad palestinense), surgió la adoración al "Señor celestial".

Crítica radical y métodos de análisis histórico en los Evangelios:

La metodología comparativa de la Escuela de Historia de las Religiones llevó inevitablemente a una crítica radical del material informativo presentado en los Evangelios. Esta crítica destacaba la diferencia entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe, es decir, las creencias de los discípulos sobre Jesús después de su resurrección, cuando se convencieron de que era el Cristo o Mesías. Se intentaba explicar cómo las características de este último se proyectaban retrospectivamente hacia la imagen del Jesús histórico, coloreándolo con las notas propias del Cristo de la fe.

J. Wellhausen, en su "Introducción a los tres primeros evangelios" (1905), sostenía que estos escritos no eran una fuente firme para una historia verdadera de Jesús, sino más bien un testimonio de la fe de sus discípulos en él. La tradición evangélica, variada y múltiple, se plasmaba en los Evangelios actuales mediante una selección dogmática: la creencia previa influía en el material recibido sobre Jesús. Por lo tanto, el orden y la disposición de estos escritos eran una adaptación personal de los evangelistas de acuerdo con sus concepciones sobre Jesús.

Aplicación de métodos históricos en el estudio del Nuevo Testamento:

A principios del siglo XX, se reafirmó en la investigación del Nuevo Testamento, especialmente en la de los Evangelios, la idea de aplicar a estos escritos los mismos métodos que las ciencias históricas habían empleado con textos antiguos, particularmente de Grecia y Roma. El ejemplo de la "Historia de Roma" de Th. Mommsen y la "Historia de la Filosofía Griega" de E. Zeller servía como inspiración. Aunque el estudio del cristianismo primitivo tenía intereses principalmente teológicos, una investigación crítica sobre cómo los primeros escritores cristianos habían elaborado sus obras se abría paso de manera casi impetuosa.

K. L. Schmidt, en su ensayo "El Marco de la Historia de Jesús" (Berlín 1919), examinó exhaustivamente los datos geográficos y temporales sobre la vida y predicación de Jesús presentes en los Evangelios. Confirmó la postura de Wellhausen y argumentó que todo ese marco, en el cual los autores evangélicos presentaban las tradiciones sobre Jesús, era ficticio y tenía motivaciones puramente pragmáticas: ordenar el material conforme a ideas teológicas preexistentes. Las tradiciones sobre Jesús se transmitieron de manera aislada, sin referencias temporales ni geográficas precisas. Fueron los "biógrafos", los evangelistas, quienes unieron estas diversas tradiciones por su similitud en contenido o por razones prácticas. Agregaron, por su cuenta, lo que consideraban un marco temporal o geográfico apropiado, aunque en realidad no poseían un conocimiento exacto del contexto histórico real. Por tanto, este contexto o "ámbito vital" de las tradiciones sobre Jesús estaba en el mundo de los evangelistas: el culto litúrgico y la predicación. No correspondía, entonces, a un interés histórico, sino a uno de fe. Consecuentemente, resultaba imposible escribir una vida de Jesús en el sentido de una historia real o una biografía histórica moderna, dado que la mayoría de los datos —cronológicos, temporales y otros— sobre él eran ficticios.

II. «Historia de las formas»

Hacia los años 1919-1921, surgen dos figuras destacadas que representan el método más crítico de interpretación de los Evangelios, conocido como la "Historia de las formas", "Crítica de las formas" o "Historia de la tradición". Estos investigadores pioneros fueron M. Dibelius y R. Bultmann, cuyas pautas y orientaciones aún resuenan en la actualidad —a pesar de las numerosas críticas recibidas— no por ser una novedad ineludible en la metodología, sino simplemente porque aplicaron de manera consecuente las normas habituales de la investigación histórica del mundo antiguo al Nuevo Testamento.

El método esencial de esta línea consiste en intentar alcanzar, a través del análisis, la prehistoria oral o la fase de transmisión oral de los textos del Nuevo Testamento, especialmente de los Evangelios, con la finalidad de descubrir el núcleo más antiguo de las tradiciones sobre Jesús. Dibelius y Bultmann se propusieron desentrañar cómo se pasó de este primitivo estadio oral de la tradición sobre Jesús al estadio escrito que conocemos hoy en día, buscando identificar las modificaciones que sufrieron las tradiciones durante su transmisión. En otras palabras, esta metodología implicaba el intento de alcanzar y estudiar lo que está cronológicamente detrás de los Evangelios, su trasfondo.

De acuerdo con la "Historia de las formas", la comprensión literaria de los textos de los Evangelios sinópticos comienza a tomar forma cuando se comprende que estas obras son una colección de pequeñas unidades de tradición oral. En un estadio preliterario, como se sospecha que fueron los comienzos de las tradiciones sobre Jesús, nadie se ocupaba de escribir estas pequeñas unidades, sino que primordialmente se transmitían de boca en boca. Este método de transmisión solo narraba historias aisladas; grupos de dichos de Jesús; anécdotas, algún milagro, parábolas sueltas o algún dicho famoso, entre otros. Al examinar estas breves unidades por sí mismas, separándolas de su contexto actual en los Evangelios, se descubre que están marcadas por diversos estilos literarios propios del género al que pertenecen.

Estos géneros incluían disputas sobre la interpretación de la Ley, diálogos didácticos, enseñanzas morales, relatos de milagros, entre otros. Cada unidad y su correspondiente género literario tenía un "contexto vital" específico: una situación de la comunidad que la transmitía. No se trata del "contexto vital" de la vida de Jesús, sino más bien de la comunidad, ya que esta dejaba sus huellas en el fragmento concreto que transmitía. Por lo tanto, se pensó que en los orígenes de la tradición sobre Jesús no se transmitía exactamente lo que él hizo o dijo, sino que contenía los añadidos, a veces imperceptibles, de lo que la comunidad pensaba de él.

Cuando pasó un tiempo considerable después de la muerte de Jesús, los evangelistas recopilaron estas pequeñas unidades y, con una unión laxa entre ellas, las transmitieron por escrito en una forma literaria original, creando así los "evangelios". Los evangelistas actuaron como meros compiladores y transmisores de estas tradiciones. Marcos es considerado el creador de este género, y Mateo y Lucas utilizaron la obra de Marcos como una de sus fuentes. De este modo, los Evangelios sinópticos no son "biografías", sino más bien testimonios de creencias. Esta fe, que se generó después de los eventos de la Pascua (la resurrección, etc.), ejerció una gran influencia en la transmisión de los relatos sobre Jesús: no los transmitió de manera pasiva, sino que los reelaboró según las necesidades y los esquemas teológicos propios de la comunidad que los transmitía.

Los impulsores de esta nueva metodología, Dibelius y Bultmann, postularon su aplicación también en la investigación de la evolución de las traiciones en el resto de los escritos del Nuevo Testamento. Reconocieron, sin embargo, que el sistema era más difícil de aplicar, ya que en los escritos neotestamentarios normalmente solo se dispone de una sola tradición (es decir, no existen varios textos como en el caso de los Evangelios), y muchas veces no hay posibilidad de compararla con otros estratos de tradición.

La práctica de la metodología de la "Historia de las Formas" por cientos y cientos de investigadores, desde los inicios de Dibelius y Bultmann hasta nuestros días, ha proporcionado una imagen histórica crucial para comprender el Nuevo Testamento. Este cuadro histórico revela cómo actuó la tradición cristiana primitiva, siendo de importancia decisiva para la comprensión de estos textos.

En resumen, el método de la "Historia de las Formas" nos invita a adentrarnos en las raíces más profundas de los relatos sobre Jesús, a través de la lente de las tradiciones orales que precedieron a los escritos que hoy conocemos como los Evangelios. Nos muestra cómo las pequeñas unidades de tradición, transmitidas de generación en generación, fueron moldeadas y organizadas por las comunidades que las portaban. Así, nos acerca a una comprensión más completa y detallada de cómo surgió y evolucionó el mensaje cristiano primitivo, ofreciéndonos una visión más matizada y contextualizada de la vida y enseñanzas de Jesús según la tradición cristiana.

Esta metodología también nos permite entender cómo las comunidades cristianas tempranas interpretaron y reconfiguraron las enseñanzas de Jesús para adecuarlas a sus contextos y necesidades específicas. No se trata solo de una investigación histórica, sino también de un estudio profundo de cómo la fe y la experiencia de la comunidad influyeron en la transmisión y la formación de las tradiciones sobre Jesús.

Desde esta perspectiva, los Evangelios sinópticos no son solo relatos biográficos, sino más bien testimonios de fe en acción. Los evangelistas, al recopilar y organizar las tradiciones orales, no estaban simplemente escribiendo historias cronológicas detalladas, sino que estaban transmitiendo la fe y la comprensión de Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios, en el contexto de sus comunidades creyentes.

Esta visión crítica y analítica nos ayuda a comprender que los relatos sobre Jesús en los Evangelios son el resultado de un proceso dinámico y comunitario de transmisión y reinterpretación. Nos muestran cómo las comunidades cristianas tempranas, imbuidas de la experiencia de la resurrección y la presencia continua de Cristo en sus vidas, dieron forma y sentido a las palabras y acciones de Jesús.

En última instancia, la "Historia de las Formas" nos lleva a un viaje fascinante por los primeros pasos del cristianismo, mostrándonos cómo la tradición oral, la experiencia comunitaria y la fe en Jesús se entrelazaron para dar forma a los Evangelios que hoy conocemos. Es un recordatorio poderoso de que detrás de estos textos hay una historia viva y vibrante de personas que encontraron en Jesús no solo un maestro y un líder, sino también al Hijo de Dios y el Salvador del mundo.

Así, la práctica de la metodología de la "Historia de las formas" por cientos y cientos de investigadores, desde los inicios de Dibelius y Bultmann hasta nuestros días, ha constituido una imagen o cuadro histórico de cómo ha actuado la tradición cristiana primitiva que ha tenido una importancia absolutamente decisiva para comprender el Nuevo Testamento. Este cuadro es el siguiente:

1. Tras el "aparente fracaso" de la misión de Jesús (la muerte en cruz), sus discípulos convencidos que ha resucitado, esperan su inmediata venida como mesías, es decir, su parusía. Poco a poco se produce en ellos un cambio de mentalidad. Debido a la creencia en la resurrección del Maestro comienzan a investigar en las Escrituras diversos pasajes que justifiquen el fracaso de la cruz y los eventos de la Pascua (la resurrección sobre todo). Al principio no hay ningún interés, o muy poco, en poner por escrito lo que se recuerda y dice sobre Jesús. Se llega a ello tan sólo por necesidades de la predicación o divulgación, o cuando se apaga el fervor de la expectativa inmediata de la parusía. La primera tarea fue, por tanto, la recogida oral de material sobre Jesús y su interpretación por medio de las Escrituras Judías (lo que hoy llamamos Antiguo Testamento).

2. La tradición sobre Jesús que luego se fija por escrito en los Evangelios se alimenta de una doble fuente: a) de los recuerdos de dichos y hechos de Jesús; b) de la interpretación, reconstrucción, recapitulación, resúmenes y puesta al día de ese material por profetas, apóstoles y maestros cristianos en la catequesis, actos litúrgicos y en la predicación misionera. Las leyes de transmisión, crecimiento y fijación de todo este material son las propias de la tradición oral.

3. En la fijación por escrito de las pequeñas unidades, o "formas", hay una notable correspondencia entre la forma oral y la escrita; la plasmación del material no se rige por motivaciones individuales, sino sociológicas: por los intereses y necesidades vitales y espirituales del grupo cristiano que lo transmite. Por ejemplo, una Iglesia, como la de Mateo, que mantiene notables disputas teológicas con los judíos circundantes sobre la interpretación de la Ley, recogerá con gusto y aplicará a su vida material sobre Jesús que trate de la Ley: relatos polémicos con los fariseos y sentencias que interpretan las normas del Pentateuco.

4. El marco geográfico e histórico de las historias originales se perdió, pero se fue reconstruyendo o formando artificialmente después: en los Evangelios canónicos este marco es claramente artificioso; es obra de los redactores o evangelistas.

5. Ciertas palabras de los profetas cristianos primitivos, pronunciadas en nombre de Jesús resucitado que los inspira con su Espíritu, se introducen dentro de la tradición del Jesús terreno sin ninguna marca distintiva especial, con lo que se confunden con éstas. Por tanto, hay "palabras de Jesús" en los Evangelios que no son propiamente de éste, sino de los profetas primitivos que hablaron en su nombre. La explicación de este proceso es: Jesús vive en la comunidad; los profetas inspirados participan de su mismo Espíritu. Lo que diga un profeta inspirado es como si lo dijera Jesús.

6. El resultado actual de todo este proceso complejo de transmisión y recopilación son nuestras fuentes canónicas (Evangelios, principalmente, y otros escritos). Los Evangelios en concreto son el fruto de un largo proceso de tradición y redacción, junto con una historización posterior, es decir, la ordenación del material en forma de biografía de Jesús es un estadio bastante tardío de la tradición.

La implicación de toda esta metodología y sus resultados para comprender la historia del cristianismo primitivo es evidente: el estudioso se forma una concepción determinada de cómo se transmite la tradición, de cómo interviene en ella la comunidad, de cómo pueden mezclarse en ella intereses diversos procedentes no de Jesús sino de los transmisores, de cómo la tradición puede haberse deformado o alterado, etc. En concreto, el resultado más llamativo de la "Historia de las formas" es el análisis, perícopa por perícopa, de todos los Evangelios, dictaminando cuáles de ellas pueden ser "originales", es decir, se remontan a la vida misma de Jesús o a tradiciones muy primitivas sobre él, y cuáles (más de lo que se piensa) proceden de la actividad creativa de la comunidad primitiva. Esto último equivale a afirmar que tales perícopas son secundarias, no históricas, no válidas para reconstruir la vida, el mensaje y la figura del Jesús histórico, sino sólo para conocer la fe y la teología de las comunidades primitivas.

Naturalmente, el método de la "Historia de las formas" suscitó enormes críticas, y una inabarcable bibliografía sobre ella. Pero puede decirse que desde la aparición de las obras de Bultmann/Dibelius, no hay investigador del Nuevo Testamento que de un modo explícito o implícito no se fundamente en ellos, o en las teorías de los adversarios que los rechazan o corrigen. A pesar de tanta crítica, esta metodología se ha impuesto incluso en la exégesis católica. Hoy día no parece apropiado ningún análisis del material neotestamentario, sobre todo evangélico, que no tenga en cuenta la "situación vital" que ha de presuponerse para cada texto en cuestión, y las implicaciones que esta situación vital presenta para su historicidad: si ha de atribuirse a la vida real del Jesús de la historia, o a la fe postpascual (y a la teología) de la comunidad de sus seguidores. Las críticas a la "Historia de las formas" se centran sobre todo en su postulado de que los Evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento no son obras históricas, sino casi sólo un producto desde la fe y para la fe. Esta crítica pone de relieve las dificultades del método mismo que hace casi imposible reconstruir lo que fue de verdad el Jesús histórico, ya que el método en sí estima que las fuentes son poco fiables al haber sufrido los avatares de una compleja transmisión.

De cualquier modo, la «Historia de las formas» no sólo ha creado nuevas posibilidades al estudio crítico de los Evangelios, procurando una nueva luz para la comprensión de estos escritos en cuanto proclamación de fe comunitaria, sino que ha promovido un análisis del material tradicional, preliterario, contenido no sólo en los escritos evangélicos, sino también en la epístolas y otras obras del Nuevo Testamento. Así, por ejemplo, por poner quizás uno de los casos más difíciles, la metodología de la «Historia de las formas» se emplea en la investigación de los primeros estadios de los fragmentos litúrgicos tradicionales que se hallan tras las confesiones de fe, fórmulas catequéticas y oráculos en el Apocalipsis.

III. La «Historia» o «Crítica de la redacción»

En los años posteriores a la segunda gran guerra europea, surgió una reacción respecto a la "Historia de las formas" conocida como "Historia (o Crítica) de la redacción" (HR). Esta metodología también ha tenido una gran importancia durante el siglo XX en la comprensión del Nuevo Testamento, pero debe entenderse como un complemento de los métodos de la "Historia de las formas" y de la crítica literaria en general. Desde el punto de vista de sus normas de trabajo y resultados, no es posible separarla de los sistemas de investigación desarrollados hasta el momento y que hemos considerado anteriormente.

El punto central de la "Historia (o Crítica) de la redacción" es sencillo: abordar una carencia de la "Historia de las formas". Se reconoce que los escritores del Nuevo Testamento, especialmente los evangelistas, no son solo coleccionistas y transmisores de un material previamente existente (como lo postulaba la "Historia de las formas"), sino que son auténticos autores literarios. Ellos moldean y crean algunas de las nociones teológicas que conlleva el material que presentan. Al considerarlos de esta manera, se llega a comprender con mayor precisión cuál era la mentalidad y teología propia que cada autor neotestamentario, especialmente los evangelistas, aporta al material tradicional que transmiten. Por ejemplo, se puede entender mejor cuál era la teología peculiar de Mateo y en qué se diferencia de la de otros escritores neotestamentarios. Esto se logra mediante la comparación de estos evangelistas entre sí y especialmente con sus fuentes, como en el caso de Mateo, el Evangelio de Marcos y la llamada "fuente Q".

La "Historia de la redacción" no considera las obras del Nuevo Testamento en su prehistoria, sino como un producto literario formado tal como han llegado hasta nosotros. Al mismo tiempo, considera que las unidades lingüísticas más pequeñas que componen las obras del Nuevo Testamento han sido ordenadas, configuradas y estructuradas por un verdadero autor, no solo por un mero recopilador. La verdadera finalidad de la HR es considerar las novedades que aporta cada obra del Nuevo Testamento como una unidad final ya elaborada. En términos menos abstractos, se trata de entender cómo cada autor del Nuevo Testamento, especialmente los evangelistas, ha manejado y conformado las fuentes escritas a su disposición, cómo las han manipulado dejando en ellas su impronta, su punto de vista particular, su teología, sus intereses y sus preocupaciones.

Mientras que para Bultmann la composición de los Evangelios no ofrecía nada primariamente nuevo (todo estaba en las "formas" anteriores), para los defensores de la "Historia de la redacción" parece ilógico que después de separar y diseccionar el material, las "formas", su unión en un conjunto (el Evangelio terminado) no ofrezca nada nuevo e interesante. La "Historia de la redacción" se concentró inicialmente en las narraciones evangélicas, pero sus principios se aplican también al resto de escritores y obras del Nuevo Testamento. Por ejemplo, en el caso de Pablo, se analiza qué tradiciones maneja y cómo las conserva o reinterpreta. Sin embargo, esta tarea no es tan fácil como en el caso de los Evangelios sinópticos, ya que no existe un material comparativo triple como en ese caso.

En resumen, la "Historia (o Crítica) de la redacción" ha sido una metodología importante para comprender cómo los autores del Nuevo Testamento, especialmente los evangelistas, han dado forma y contenido a las tradiciones que recibieron. A través de su enfoque en la autoría y la redacción de las obras, ha permitido un análisis más detallado de las perspectivas teológicas, los intereses y las preocupaciones de los escritores neotestamentarios. Esta metodología, junto con la "Historia de las formas" y la crítica literaria en general, ha enriquecido nuestra comprensión del Nuevo Testamento y ha ofrecido nuevas perspectivas sobre la manera en que estas escrituras han sido transmitidas y compuestas.

En conclusión, la "Historia de la redacción" ha surgido como una metodología complementaria y fundamental para la comprensión del Nuevo Testamento, especialmente de los Evangelios. A diferencia de la "Historia de las formas", que se enfoca en las unidades y géneros literarios, la "Historia de la redacción" se centra en los evangelistas y otros autores del Nuevo Testamento como verdaderos creadores literarios.

Esta metodología busca entender cómo cada autor del Nuevo Testamento moldeó y manipuló las fuentes a su disposición, dejando su propia impronta, teología y preocupaciones en sus escritos. Se concentra en descubrir el "tercer contexto vital", es decir, el contexto de los evangelistas y de las comunidades para las que escribieron, que se encuentra cronológicamente posterior al contexto de la actividad histórica de Jesús y de la comunidad primitiva.

Los estudios de la "Historia de la redacción" buscan responder preguntas cruciales sobre los motivos, problemas teológicos y estructuras fundamentales de los mensajes de cada autor. Esto se logra mediante el análisis detallado de los textos, comparando variantes, omisiones, añadidos y transposiciones entre los Evangelios sinópticos y otros escritos del Nuevo Testamento.

En última instancia, la "Historia de la redacción" nos ayuda a situar cada escrito del Nuevo Testamento dentro de un marco conceptual y teológico específico, permitiéndonos comprender mejor las ideas innovadoras, preocupaciones y enfoques de los autores bíblicos. A través de este enfoque, la investigación del Nuevo Testamento se enriquece con una comprensión más profunda de cómo se formaron y transmitieron los textos sagrados del cristianismo primitivo.

La evolución en los métodos de estudio del Nuevo Testamento ha sido notable a lo largo de los siglos. Desde que estos textos fueron elevados a la categoría de Escritura sagrada en el siglo II, existió una tendencia, aunque subconsciente en algunos casos, de apartarlos como algo divino, separándolos de los condicionantes sociológicos e históricos que pudieron influir en su composición. Durante mucho tiempo, los textos sagrados fueron considerados como portadores de una revelación atemporal, prescindiendo de su contexto histórico y su relación con la vida concreta de las comunidades que los generaron.

Sin embargo, a medida que avanzaba el siglo XX, el despertar de los métodos histórico-críticos llevó a una nueva forma de abordar estos textos. Se empezó a preguntar no solo qué significaban ciertos pasajes del Nuevo Testamento, sino también cuál era su relevancia para la Iglesia en el momento en que fueron escritos y cómo la situación vital dentro de las comunidades cristianas influyó en su formación como texto.

La "Historia de las formas", si bien fue pionera en muchos aspectos, a menudo olvidaba la perspectiva global del texto y su contexto humano. Fue entonces cuando, a partir de los años treinta del siglo pasado, se comenzó a aplicar la sociología al estudio del Nuevo Testamento. Este enfoque interdisciplinario y complejo, además de los métodos exegéticos habituales, requería un buen conocimiento histórico y de los principios de la sociología moderna.

El análisis sociológico del Nuevo Testamento busca presentar el contenido de los textos no solo como enunciados teológicos abstractos, sino como parte de una vida y situación particulares. Este conocimiento detallado de las condiciones sociales, económicas, políticas y de conflictos sociales de la época ayuda enormemente a desentrañar el significado más profundo de los textos.

En esencia, la exégesis sociológica pretende descubrir y explicar la interacción entre la expresión teológica y la experiencia social, analizando la correlación entre las realidades sociales y las simbolizaciones religiosas. Los resultados de este análisis son profundos y ricos, proporcionando una mayor comprensión de las obras del Nuevo Testamento y cómo se formaron en un contexto sociológico e histórico específico.