Legado Helenístico

Del Nuevo Testamento

Capítulo 6. EL ENTORNO DEL NUEVO TESTAMENTO (II):

EL HELENISMO Y SU LEGADO

El mundo principal en el que los autores del Nuevo Testamento se desenvuelven es, sin duda, el de Israel. Sin embargo, este Nuevo Testamento no emerge en un universo puramente judío, sino en uno profundamente impregnado de la cultura helénica, un universo que, a lo largo de más de tres siglos, había asimilado una serie de conceptos del mundo griego: tanto en lo religioso, como en lo filosófico y en lo cultural en general. Los autores del Nuevo Testamento estaban bien versados en esta atmósfera religiosa pagana, y en ocasiones utilizaron parte de su lenguaje para rebatir las ideas subyacentes de esa religiosidad o para mostrar que su mensaje y su oferta espiritual eran superiores.

En otros casos, los autores cristianos no solo aceptaron el lenguaje, sino también las ideas que este transmitía. Emplearon tanto los conceptos como el vocabulario para dar una forma más precisa y clara a las riquezas teológicas que traían consigo desde su mundo de origen, el judío. La disciplina académica de la Historia de las Religiones sugiere que, en algunos casos, las ideas provenientes de la religiosidad del mundo pagano no solo sirvieron para explicar cómo los cristianos entendían la teología judía, sino que también ejercieron una influencia tan significativa en los autores del Nuevo Testamento que moldearon de manera decisiva la presentación del mensaje y la figura de Jesús por parte de estos.

Por tanto, se argumenta que el Nuevo Testamento y el cristianismo en su conjunto no pueden ser comprendidos únicamente como un producto derivado de la religión judía, sino más bien como una amalgama de judaísmo y ciertos aspectos de la religiosidad pagana circundante.

A continuación, vamos a esbozar los aspectos más destacados de esta religiosidad para que el lector los tenga en cuenta como uno de los contextos del Nuevo Testamento. Así, podrá compararlos de manera espontánea con ideas similares que irá encontrando al adentrarse en este conjunto de escritos.

I. LA IDEA DE DIOS Y LA POSIBILIDAD DE SU CONOCIMIENTO

En la época del nacimiento del Nuevo Testamento, la mayoría de los filósofos habían llegado a desarrollar y aceptar un monoteísmo práctico. Sin embargo, el monoteísmo de Israel se diferenciaba del monoteísmo pagano en un punto crucial: los judíos no admitían ninguna competencia de otros dioses respecto a Yahvé. Mientras que el monoteísmo pagano podía permitir el culto a otras deidades, bien considerándolas formas o representaciones del Dios único, bien relegándolas a la función de simples "demonios" o "démones", es decir, entidades o espíritus secundarios entre el hombre y un ser verdaderamente divino único.

El conocimiento de este ser supremo no representaba un problema particular para la mayoría de las personas medianamente cultas durante el primer siglo de nuestra era. Aunque los filósofos afirmaban que Dios era en sí mismo incognoscible, también era una teoría generalizada que el ser humano podía conocerlo a través de sus obras (como se menciona en Romanos 1,18-23). Incluso se sostenía que existía alguna vía intelectual para "comprender" en cierta medida su esencia impenetrable: su inmutabilidad, eternidad, bondad e implicación en el mundo. Además, se añadía la idea de que mediante la práctica de las virtudes, la mente se purificaba y podía alcanzar de manera natural un mejor conocimiento de lo divino.

II. LA FILOSOFÍA COMO RELIGIÓN

En la época del nacimiento del Nuevo Testamento, la práctica de la filosofía era verdaderamente la religión de muchas personas educadas, especialmente desde la época helenística. La filosofía no se limitaba a ser una disciplina crítica como hoy en día, sino que principalmente era un modo de vida completo. Ofrecía a sus seguidores una dirección espiritual y moral que les ayudaba a vivir de manera más plena y significativa. Cada escuela filosófica tenía su enfoque particular en la vida, con creencias y prácticas distintivas. Algunas de estas escuelas, tanto antes como durante la época del Nuevo Testamento, formaban una suerte de comunidad de "creyentes" en esa filosofía. Por ejemplo, los estoicos, los cínicos y los seguidores de Epicuro y su jardín.

La filosofía también estaba impregnada de un espíritu de proselitismo, con historias de "conversión" de unas escuelas a otras y rivalidades entre ellas. Dado que la religión oficial politeísta apenas proporcionaba una guía ética, las escuelas filosóficas se convirtieron en los formadores de la conciencia moral de la época. Para algunos, la filosofía representaba el único camino de conversión desde una vida libertina hacia la virtud y la purificación del alma.

Desde los tiempos de Sócrates, que influyó profundamente en todas las escuelas filosóficas posteriores, los seguidores de la filosofía aprendieron que el alma representa la personalidad moral e intelectual del individuo y que el primer deber de este era cultivarla. Esto llevó a un gran desarrollo de las doctrinas éticas en la filosofía.

Como se mencionó en el capítulo anterior, la ética estoica tuvo una enorme difusión entre las personas del siglo I d.C. Las enseñanzas morales, transmitidas por predicadores callejeros en forma de máximas, sentencias e historias edificantes, resonaban profundamente en la población del Imperio. Los conceptos de deber moral para diferentes clases de personas (obligaciones domésticas, deberes de gobernantes, ciudadanos, servidores, etc.) se difundieron ampliamente, incluso entre los judíos. El Nuevo Testamento heredaría directamente estas normas éticas, hasta el punto de que en muchos aspectos sería difícil distinguirlo claramente del estoicismo.

Además, el sistema ético de la filosofía platónica también fue bien recibido. Este sistema relacionaba la teoría de las Ideas de Platón (que afirmaba que las Ideas existen por sí mismas en un mundo superior y son el modelo por el cual las cosas de este mundo existen, esto podemos verlo en la Epístola a los hebreos) con la división del alma humana en tres partes, asignando a cada una de ellas virtudes correspondientes. La filosofía platónica popularizada contribuyó poderosamente al establecimiento de un marcado dualismo entre el mundo de las ideas, del espíritu y la sabiduría (el mundo superior, el cielo, esencialmente bueno) y el mundo inferior de la materia y la "carne" (considerado malo en sí mismo o al menos inferior).

Por otro lado, los cínicos, aunque menos difundidos, propagaban la idea de que el alma debía recibir el mayor cuidado posible, prestando al cuerpo solo la atención indispensable. Para ellos, la virtud era intrínseca a la naturaleza humana y se podía practicar de manera autónoma, sin necesidad de la intervención divina, viviendo en armonía con la naturaleza.

III. Los «hombres divinos»

En la Antigüedad tardía, se encuentran figuras que hoy denominamos "hombres divinos", individuos extraordinarios que según la opinión general de la época, poseían una participación especial del poder divino en su interior. Aunque los antiguos no siempre usaban esta expresión moderna para referirse a ellos, en la Antigüedad grecorromana, los taumaturgos (realizadores de milagros), ascetas, ciertos filósofos y consejeros de almas, e incluso magos ambulantes, caían dentro de esta categoría. Se creía que gracias a su potencia divina, tenían una profunda comprensión de las personas, podían brindar consuelo a las almas atribuladas con consejos que se consideraba que provenían directamente de la divinidad, y realizaban prodigios como sanaciones y exorcismos, cuya autenticidad no se cuestionaba en absoluto en aquel entonces.

La literatura semifilósofica antigua nos ha dejado descripciones de algunos de estos individuos, como Alejandro de Abonutico, Peregrino Proteo y, sobre todo, Apolonio de Tiana. Apolonio, en particular, que vivió en la época de Nerón, fue idealizado después de su muerte (su "biografía" escrita por Filóstrato apareció a principios del siglo III d.C.), y podría ser visto como la contraparte pagana de figuras como el profeta hebreo, especialmente Elías, un poderoso predicador moral y realizador de milagros que respaldaban su enseñanza.

Aunque hay corrientes de investigación que cuestionan la existencia de estos personajes como un tipo claramente definido y clasificable en la Antigüedad, es posible que esto sea cierto en términos de su designación específica. Sin embargo, es innegable que existía un cierto "modelo" de personaje que encajaba con estas características. El concepto del "hombre divino", que mantenía una relación especial con lo divino y se decía que recibía sus poderes y conocimientos de ahí, había sido completamente asimilado por las masas del Imperio. Esto explica cómo aquellos en la época helenístico-romana que nunca habían oído hablar de Jesús pudieron rápidamente situarlo dentro del esquema de este tipo de "hombre divino" que ya existía previamente.

Esta percepción facilitaba enormemente la predicación sobre Jesús. Además, los atributos sobrehumanos asociados con la figura del "hombre divino" podrían haber sido útiles para evangelistas como Marcos y Lucas, ya que les permitía explicar de manera más clara o incluso amplificar la imagen divina que los primeros seguidores de Jesús transmitían y que ellos recogían en sus evangelios.

IV. EL CULTO AL EMPERADOR

La muerte violenta de Julio César contribuyó enormemente a idealizar su figura. Su sucesor, Augusto, promovió en gran medida la idea de que después de su fallecimiento, César, una figura tan importante para la formación de la idea de un gobierno universal, había sido recibido en la esfera de los dioses. De esta manera, Augusto también indirectamente realzaba su propia figura, convirtiéndose él mismo en un divi filius, "hijo de un dios". A los ojos de la mayoría de los habitantes del Imperio, especialmente en Oriente, Julio César —y luego Augusto y sus sucesores— se convirtieron en el ejemplo más inmediato de un ser humano que ascendía al ámbito de la divinidad. La idea de aceptar que los emperadores fueran divinidades no era particularmente difícil para la mayoría en esa época.

Cuando el Imperio Romano adoptó el culto al Emperador, que incluía la construcción de templos, un sacerdocio especial, y ceremonias de sacrificio y oraciones frente a las imágenes de los soberanos, esto simplemente se unió a una corriente que ya existía ampliamente en todo el Medio Oriente. Por ejemplo, los faraones egipcios, e incluso los sucesores de Alejandro Magno, eran considerados encarnaciones de los dioses para las masas analfabetas de Egipto. Asimismo, en la religión asirio-babilónica, el monarca, aunque no un dios propiamente dicho, era visto como el representante natural de la divinidad debido a su cargo. Hay inscripciones del siglo I a.C. que proclamaban títulos como "gran rey, dios justo, divinidad manifestada a los hombres" para figuras como Antíoco I de Comagene.

En Grecia misma, incluyendo Asia Menor, la tendencia a divinizar a los seres humanos y considerarlos salvadores no era desconocida gracias a la antigua práctica de otorgar honores divinos a ciertas personas con poderes especiales, los llamados "héroes", quienes eran considerados semidioses tras su muerte.

En este contexto, el mundo helenístico-romano ya estaba familiarizado con la idea de buenas noticias de la "salvación" traída por estos seres semidivinos, conocida como "buena nueva" o "evangelio". Otros textos hacen referencia a la "salvación" que el soberano brinda, su "gracia, bondad y amor por la humanidad (filantropía)", su "venida" y su "manifestación". Encontramos términos similares en el Nuevo Testamento aplicados a Jesús.

Parte de la cristología, es decir, la "ciencia" sobre Jesús como el "cristo" o el ungido (mesías), se desarrolla en contraste con el culto al Emperador. Por un lado, se critica este culto. Por ejemplo, en el relato de las tentaciones de Jesús, Satanás se presenta como una parodia de Gayo Calígula —quien ofreció reinos a sus amigos personales como Agripa I— cuando intenta atraer a Jesús ofreciéndole todos los reinos de la tierra si lo adora (un acto conocido como proskynéo, el mismo término usado para referirse al acto de postrarse ante el Emperador y aceptarlo como un dios viviente: Mateo 4:9). Igualmente, en Marcos 13:14, el Nuevo Testamento hace eco del deseo de Calígula de colocar una estatua suya en el templo de Jerusalén, calificándolo como "desolación abominable". El Imperio Romano, que busca adoración en todo el mundo, es descrito como la Bestia o Satanás en el Apocalipsis (capítulo 13).

Por otro lado, el Nuevo Testamento también utiliza conceptos asociados con el culto al Emperador. Se habla de la "manifestación" del Señor, su "venida", el "evangelio", etc. En los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles, se expresa el comienzo de la cristología afirmando que Jesús fue designado mesías, "señor", e hijo de Dios en poder después de su muerte (similar a cómo Augusto fue declarado "hijo de un dios" en vida y dios tras su fallecimiento). El mensaje claro del cristianismo primitivo sería que toda la divinidad que se creía residía en un Emperador muerto, o aún en vida, se encontraba por derecho propio y en un grado más perfecto en Jesús resucitado.

VI. Los «misterios»

Lo mejor de la religiosidad helenística se sentía inclinada (aunque creían en otras deidades), como hemos indicado anteriormente, hacia el monoteísmo: tanto el universo como el ser humano se veían verdaderamente dependientes de un Dios único. Pero, al mismo tiempo, el hombre religioso de la época se sentía aprisionado por un destino ciego e inflexible, sujeto al hado, a un sino férreo y cruel que la mayoría consideraba como la tiranía inexorable de los astros. Otros se veían abrumados al creer en el poder agobiante de múltiples demonios o espíritus que habitaban los aires, o en la mala influencia de fuerzas semidivinas perversas, a veces controladas por artes mágicas.

No es de extrañar que, ante el asedio de tantas potencias sobrenaturales, el hombre religioso helenístico buscara desesperadamente la protección de otros poderes superiores, amigos que pudieran protegerlo y liberarlo de tantos peligros. Las religiones de misterios del mundo grecorromano, algunas de ellas antiquísimas, ofrecían exactamente la posibilidad de encontrar esa protección y liberación de los temores que acechaban. Después de una vida posiblemente difícil pero liberada de miedos y terrores, aquel que había sido iniciado en los misterios religiosos podía esperar ser trasladado, tras su muerte, desde el ámbito ciego del Destino al reino celestial de la divinidad, fuera Deméter, la protectora Isis, el sabio Hermes Trismegisto ("Tres veces grande"), o más adelante el misterioso Mitra.

De esta forma, la vida del miembro de una religión de misterios no concluía con su muerte física. La divinidad a la que había dedicado su vida también tenía el dominio sobre las potencias infernales y podía protegerlo de ellas: de este modo, el iniciado alcanzaba la salvación. La figura divina que proporcionaba esta salvación era vista como una "salvadora". En algunas ocasiones, esta figura divina tomaba la forma de un dios joven que había sufrido la muerte y había resucitado de alguna manera (como en los misterios de Osiris-Isis, Atis, Adonis). El iniciado experimentaba en su vida ese mismo proceso de muerte y renacimiento. La unión ritual con la divinidad permitía al iniciado participar en el destino, glorioso al final, de aquella deidad.

Se puede afirmar que las religiones de misterios estaban bien organizadas en el mundo helenístico y romano, lo que atraía a muchas personas. La membresía en estas religiones se obtenía a través de rituales de iniciación perfectamente regulados; los iniciados participaban en reuniones regulares (como banquetes rituales comunes), se comprometían a seguir ciertos preceptos morales y ascéticos, y se integraban en una red compleja de relaciones de apoyo mutuo con sus compañeros devotos, cultivando al mismo tiempo tradiciones religiosas compartidas, que normalmente estaban protegidas por la regla del silencio: nadie fuera del círculo de iniciados podía conocer estos misterios.

La aspiración religiosa hacia la salvación personal, junto con el deseo de ir más allá de la fría religión oficial del Estado, superó el estricto marco de las religiones de misterios para convertirse en un fenómeno común en la religiosidad de las épocas helenística y romana. Cuando el cristianismo se expandió por el mundo romano, se dio cuenta de que debía competir con estas religiones establecidas. La mejor manera de hacerlo fue afirmar, con los argumentos a su alcance, que ofrecía algo incluso mejor que las religiones de misterios. El cristianismo prometía una salvación mejor, más completa y segura... y además, gratuita. Jesús era considerado infinitamente superior a las divinidades salvadoras de los "misterios". La iniciación cristiana, a través del bautismo, se presentaba como la puerta hacia la salvación, y la eucaristía, en la que se recordaba y participaba claramente en el destino de Jesús, no tenía costo alguno, lo que contrastaba con los onerosos gastos de la mayoría de las iniciaciones. De ser un privilegio de unos pocos económicamente acomodados, la salvación se ofrecía a todos... y de manera gratuita.

Los primeros documentos cristianos, el Nuevo Testamento, aprovecharon este ambiente y esta religiosidad existente para encajar su mensaje dentro de esta estructura, ya que ofrecía notorias similitudes con los misterios. Incluso llegaron a utilizar el mismo lenguaje y categorías religiosas comunes. Por ejemplo, como veremos más adelante, el apóstol Pablo habla del nuevo cristiano, el bautizado, como alguien que emerge de la muerte del ser anterior, un proceso que ocurre en Cristo, y que experimenta un nuevo nacimiento al emerger de las aguas del bautismo (Romanos 6,3-4). También se establecieron conexiones de similitud cuando la cena eucarística cristiana se comparaba con los banquetes de los misterios, ya que la ingestión simbólica de la divinidad garantizaba, como medicina para la inmortalidad, la vida eterna de aquellos que participaban en estos rituales.

El mensaje del Nuevo Testamento no pretendía simplemente llenar un vacío religioso en el mundo helenístico y romano, sino, en la mayoría de las ocasiones, mostrar que las respuestas verdaderas a las aspiraciones comunes de los piadosos se encontraban únicamente en la religión enseñada por Jesús de Nazaret y sus seguidores. Jesús era el único y definitivo salvador. Pero para que este mensaje fuera comprendido y aceptado, casi siempre era necesario adaptarlo a las estructuras y sistemas mentales ya establecidos.

VII. LA GNOSIS

Es difícil exagerar la importancia que este movimiento, o mejor dicho, esta atmósfera religiosa, tuvo en los siglos I y II de la era cristiana y su posible influencia en la teología del Nuevo Testamento, ya sea como una aceptación parcial de algunos de sus principios o como un rechazo activo. El término "gnosis" proviene del griego y significa "conocimiento". En el contexto religioso, la gnosis se refiere al "conocimiento de misterios divinos reservados a una élite, a través del cual se logra la salvación". O, en términos más simples, la gnosis implica alcanzar la salvación a través del conocimiento.

La gnosis es una experiencia religiosa que normalmente se basa en una sabiduría revelada. Para que exista la gnosis, debe haber una revelación, al menos para el maestro o líder del grupo gnóstico. La "gnosis" en sí misma no es estrictamente una religión, sino más bien un conjunto de conocimientos, ideas religiosas que luego se materializan en diversas religiones. Sin embargo, la gnosis no es un conocimiento puramente intelectual, sino más bien un conocimiento total, en el sentido de que la contemplación del objeto permite al contemplante fusionarse con él. El objeto de este conocimiento es el Absoluto, Dios, y todo lo que emana de él, incluyendo las regiones supracelestes donde reside la divinidad y las entidades que se imaginan que la acompañan. La gnosis también proporciona entendimiento sobre la creación del universo y del ser humano, así como la meta de su existencia. Conocer estas verdades por revelación directa o indirecta es alcanzar la verdad; significa ser y actuar de acuerdo con esa verdad y, en última instancia, obtener la salvación.

De esta manera, la gnosis entendida de esta forma pertenece al esfuerzo común que se encuentra en la base de muchos sistemas espirituales. Por lo tanto, diversas concepciones que se caracterizan como "gnósticas" también se encuentran en otras religiones, especialmente en las tradiciones místicas, tanto en el cristianismo antiguo como en el hinduismo o el islam. La gnosis puede considerarse como una atmósfera religiosa que percibe a cualquier religión específica, dentro de la cual se desarrolla, como una fase o un estadio inferior de la religiosidad. El estadio superior lo alcanzarán los verdaderos "conocedores" o gnósticos. El deseo de poseer este conocimiento de la verdad surge de un impulso humano hacia la unificación de la fe y el ser, que para muchos se traduce en el deseo de la unión del ser humano con la divinidad. Por lo tanto, la gnosis, o el deseo de obtener conocimiento, es esencialmente un comportamiento religioso fundamental. En ocasiones, este comportamiento se manifiesta en un sistema filosófico o religioso que da forma a la profunda y angustiante sensación de separación que sienten algunas personas entre dos polos: Dios (verdad) y el ser humano (buscador de la verdad), polos que se considera que deberían estar unidos. La gnosis, entonces, trata de responder a preguntas fundamentales del hombre religioso: ¿quién soy realmente? ¿de dónde vengo? ¿qué relación tengo con la divinidad? ¿cómo puedo regresar al lugar del que provengo, es decir, cómo puedo obtener la salvación? ¿cómo superar los obstáculos que se interponen en mi camino hacia este fin?

Comprender la gnosis facilita la comprensión de una gran parte del cristianismo primitivo, que surgió en un ambiente impregnado de ideas gnósticas. Veremos pronto cómo es muy probable que la gnosis tuviera sus raíces en un entorno judío. Durante una etapa temprana del cristianismo, especialmente alrededor del siglo II d.C., tanto el gran grupo de la Gran Iglesia como la corriente cristiana gnóstica representaban fenómenos teológicos tan similares que para los observadores externos resultaba difícil distinguir entre los llamados cristianos "ortodoxos" de la Gran Iglesia y ciertas ramas de gnósticos, especialmente los seguidores de Valentín, conocidos como los "valentinianos", un gnóstico de principios del siglo II d.C.

1. Ideas básicas de la gnosis

Dios existe. La existencia de la divinidad se da por supuesta, al igual que la realidad de un mundo igualmente divino que la rodea y que emana de ella.

La divinidad no es simple, sino compleja, y sin embargo puede ser conocida. El gnóstico está convencido de que todas las realidades del mundo presente, cuando son interpretadas adecuadamente, son reflejos de entidades superiores, no materiales, que existen arriba, en el "cielo"; y viceversa: las realidades superiores, divinas, tienen su contraparte aquí abajo. Este supuesto es similar a la teoría de las ideas de Platón, que sostiene que toda entidad en el mundo terrenal es simplemente un reflejo de una idea que existe realmente en el mundo celestial. Por lo tanto, si interpreto correctamente lo que veo aquí abajo, podré conocer lo que existe en el mundo divino, arriba.

Antes de la creación del universo, ese Dios único y trascendente vivió consigo mismo durante infinitos siglos en gran paz y aislamiento (Dios antes de la creación del mundo, como se narra en el Génesis, capítulo 1). Durante este tiempo, solo existía su Pensamiento. Este ser es, por tanto, uno y "múltiple" de alguna manera simultáneamente. Esta multiplicidad explicaría cómo el Universo, siendo múltiple, podría proceder del Uno.

En un momento determinado, este Ser trascendente, el Uno, decidió manifestarse y comunicarse hacia el exterior (lo que comúnmente se conoce como el acto de la creación por parte de Dios). En unión con su propio Pensamiento, su deseo de comunicarse engendró, por emanación, una serie de entidades divinas que forman una proyección de la divinidad hacia afuera. A estas entidades se les suele llamar "eones" (es decir, "los que existen") y siempre aparecen en parejas, ya que lo aislado no tiene existencia en el universo y, si existe, no es perfecto. En realidad, estos "eones" son formas en las que la divinidad se proyecta hacia el exterior. El conjunto de la divinidad junto con sus modos o eones se conoce como el "Pleroma", que es la total plenitud de la divinidad.

Todo esto ocurre fuera del tiempo y representa una situación estable. Sin embargo, llegará un "cambio" en un momento dado que conducirá a la creación concreta del universo. Por un "error" (aunque pueda parecer increíble que un ser divino pueda equivocarse, los gnósticos lo creían así), uno de estos eones, conocido como Sabiduría, se separa del Pleroma y, en un complejo proceso de distanciamiento del Uno o Padre, crea la materia. Sin embargo, no la crea directamente, sino a través de un intermediario, una divinidad inferior, conocida como el Demiurgo, que ella misma engendra. Este proceso que estamos describiendo es, en realidad, la expresión de una interpretación mística y alegórica de los primeros capítulos del Génesis, utilizando elementos tomados de la filosofía griega, particularmente del Timeo de Platón. El Demiurgo se describe de diversas formas, pero en todos los sistemas gnósticos es una especie de ser divino, un dios inferior que desconoce la verdadera naturaleza del Dios trascendente que está por encima de él.

Aquí tenemos, entonces, un mito cosmogónico. A través de él, la gnosis logra explicar varias cuestiones: el Universo es creado en última instancia por Dios, pero debido a un "error" de uno de sus modos o eones. Además, la divinidad no crea directamente, sino a través de intermediarios. Esto implica que la gnosis rechaza la fe del Antiguo Testamento en la creación, pero al mismo tiempo afirma la absoluta trascendencia divina y explica la dualidad entre Dios y la materia. Esta última, siendo el último nivel del ser, en última instancia será inconciliable con la divinidad.

Después del mito de la creación que explica la dualidad, sigue un segundo mito: el de la creación del ser humano. Este, en su aspecto material, es creado por el Demiurgo con la ayuda de una serie de ángeles asistentes, que a su vez fueron creados previamente por él y que están a cargo del sistema planetario y de otros astros del universo. Juntos, los ángeles y el Demiurgo forman al primer ser humano, Adán, a imagen del Dios supremo y a semejanza del dios secundario, el Demiurgo. Su parte superior, su espíritu, es insuflado en el ser humano por el eón Sabiduría. De esta manera, también se explica la dualidad que existe en el ser humano. Por un lado, es un ser carnal, material y degradado, producto del Demiurgo. Por otro lado, es un ser espiritual, un producto de la Sabiduría, y gracias a su espíritu, que es igual a la divinidad, el ser humano es un ser superior que de alguna manera pertenece al cielo. Sin embargo, carne y espíritu estarán enfrentados para siempre.

El nivel de influencia o participación del espíritu celestial determina que, para la gnosis, los seres humanos se dividan en tres categorías o clases:

Hílicos: Hay una clase de hombres puramente materiales, los llamados "hílicos" (del griego hýle, que significa "materia"), que no reciben ninguna insuflación de la Sabiduría, y por ende, ninguna parte de la chispa divina o espíritu. Son aquellos que están totalmente inmersos en lo material, sin conexión con lo divino. Esta clase representa la condición más baja de la humanidad según la visión gnóstica.

Psíquicos: Luego, existe una segunda clase, un segundo "pueblo" (interpretación alegórica de la división de la humanidad en pueblos como se menciona en Génesis 10), que absorbe una insuflación a la mitad. Esto significa que reciben del Demiurgo el aliento de su propia y única sustancia, llamada "psíquica" o anímica (del griego psýche, que significa "alma"). Los psíquicos tienen cierta conexión con lo espiritual, pero también están arraigados en lo material. Representan un estado intermedio entre lo terrenal y lo divino.

Pneumáticos: Finalmente, está la tercera clase, la más elevada, que recibe tanto la insuflación psíquica como la pneumática o espiritual (del griego pneuma, que significa "espíritu") de Sabiduría. Estos son los individuos que han alcanzado la verdadera conexión con lo divino, poseyendo tanto el alma como el espíritu. Representan la cúspide de la humanidad según la gnosis, siendo seres que han despertado a su verdadera naturaleza espiritual y han trascendido las limitaciones puramente materiales.

La Misión del Salvador:

El Salvador desciende desde las alturas del Pleroma divino, atraviesa las esferas celestiales engañando a los vigilantes, y llega a la tierra con un propósito claro: recordar a los hombres espirituales su naturaleza divina. Su misión es despertar al alma humana del letargo en el que vive, causado por la adherencia a lo material. Esta revelación de la gnosis es un llamado a despertar y formular las preguntas fundamentales: ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿cómo retorno al cielo de donde procedo?

La revelación del Salvador no solo plantea las preguntas esenciales, sino que también ofrece los medios para responderlas. Enseña que la salvación se logra a través del ascetismo, la renuncia al mundo y el desapego de lo carnal. Su objetivo es enseñar al ser humano a liberar su espíritu de la materia y ascender de nuevo a las alturas.

Hílicos: La clase puramente material, equiparada a los paganos, no tiene camino hacia la salvación. Su destino es volver a la nada, a lo que es en realidad.

Psíquicos: La segunda clase, los psíquicos, comparables a los cristianos comunes de la Gran Iglesia, pueden alcanzar una salvación intermedia. Si siguen los preceptos del Salvador y llevan una vida recta, al morir se despojarán de la materia y ascenderán al llamado cielo inferior, una región bienaventurada junto con el Demiurgo y los ángeles buenos.

Pneumáticos: La tercera clase, los pneumáticos o espirituales, los verdaderos gnósticos, recibirán la salvación completa. Al despertar del sueño ilusorio de la materia gracias al Salvador y recibir la gnosis, conocerán su verdadera naturaleza. Tras la muerte, su cuerpo carnal perecerá, pero su alma ascenderá al cielo inferior junto con los psíquicos. Su espíritu, sin embargo, traspasará el límite del Pleroma para unirse a su contrapartida celeste. En esta unión con lo divino, encontrarán descanso eterno y alabarán a la divinidad por siempre.

El Origen y Desarrollo de la Gnosis:

El origen específico de la gnosis y todo su ideario, que se aclara con mayor nitidez en el siglo II d.C., es objeto de un intenso debate entre los investigadores, quienes aún no han alcanzado una posición unánime al respecto. Sin embargo, resulta plausible pensar que el germen inicial de la gnosis surge en el arco geográfico conformado por las regiones de Siria, Palestina y Egipto.

En estas tierras, habitadas por personas impresionadas por la idea de una enemistad radical entre la materia y el espíritu (dualismo), así como por la concepción de una lucha feroz entre el Bien y el Mal, se gesta la gnosis. Estos conceptos fueron alimentados por ideas de la filosofía griega espiritualista, como la división del ser humano en cuerpo y alma, enfrentados entre sí.

Se sugiere que la gnosis en el Mediterráneo comienza a florecer en estos lugares entre grupos de judíos piadosos, esotéricos y marginales. Estos judíos, que se interesaban por la filosofía griega, aplicaban conceptos del platonismo a la interpretación de textos sagrados, especialmente el Génesis, que relata el origen del mundo y del ser humano.

Estos presuntos judíos marginales o sectarios no estaban estrechamente ligados a ninguna corriente de pensamiento judío en particular. Más bien representaban un judaísmo altamente helenizado, que intentaba explicar de manera "científica" y filosófica la historia de la creación.

En su afán de interpretar de manera "moderna" los antiguos textos judíos, utilizaron los conceptos y metodologías de la filosofía platónica. Parece ser que la gnosis, como atmósfera religiosa, se extendió por el Mediterráneo oriental poco antes del surgimiento del cristianismo. No se consideraba una religión estricta, sino más bien un conjunto de ideas o una atmósfera religiosa que representaba un estado superior de la religión "tradicional".

Un ejemplo claro de esta influencia gnóstica se puede observar en las obras de Filón de Alejandría, un teórico judío contemporáneo de Jesús de Nazaret. Filón empleó muchas ideas "gnósticas" para promover una forma más espiritual y mística de judaísmo, en la que el camino del espíritu hacia la divinidad, el Dios de la Ley y las promesas, se encontraba a través de la interpretación alegórica de las Escrituras, apoyada en conceptos platónicos.

Es interesante notar que el núcleo de la filosofía platónica popularizada en la época del surgimiento del cristianismo —ideas como el Bien supremo y el mundo de las Ideas superiores, la composición del hombre en alma y cuerpo, la inmortalidad del alma, la muerte como tránsito al mundo superior, entre otros— se podía acomodar perfectamente a la religión judía, de la cual provienen los autores del Nuevo Testamento. Esta convergencia se había gestado durante aproximadamente dos siglos.

Enfrentamientos con la Gnosis en el Nuevo Testamento:

Desde el inicio del Nuevo Testamento, en las epístolas de Pablo y otras obras, se observa que los autores se enfrentan a adversarios con ideas que parecen ser gnósticas.

En la Primera Epístola a los Corintios, Pablo lucha contra gnósticos cristianos en la comunidad de Corinto. Estos negaban una resurrección futura del cuerpo y afirmaban que la única resurrección posible era la del espíritu. Consideraban los casos de profetismo en trance extático, como el "hablar en diversas lenguas", como signos visibles de esta resurrección.

La Epístola a los Colosenses presupone la existencia de una gnosis judeocristiana en la comunidad. Esta corriente atribuía la obra salvadora a Cristo, pero exigía honrar probablemente por encima de él al resto de las potencias divinas del "Pleroma" o plenitud divina (llamados "elementos del mundo" en 1,19 y 2,9).

Las Epístolas pastorales hacen referencia continua a doctrinas gnósticas que invaden la comunidad, caracterizándolas como enseñanzas erróneas. Prohíben las discusiones teóricas con los gnósticos, ya que consideran que solo conducen a estériles disputas. Se opone a la expansión del error gnóstico con la "sana doctrina de la Iglesia".

En el Apocalipsis, el autor lucha contra lo que él consideraba posibles gnósticos, probablemente cristianos con tendencias paulinas, conocidos como nicolaítas. Estos creían conocer las "profundidades de Satanás", refiriéndose al Demiurgo o agente divino creador del mundo que se opone a Dios, 2,24 y tenían comportamientos cuestionables en asuntos sexuales 2,14. 20-23.

Utilización de Conceptos Gnósticos por Autores del Nuevo Testamento:

Pero sabemos que, ciertos autores neotestamentarios emplean conceptos de los adversarios gnósticos que les parecen adecuados para expresar su teología, interpretaciones de la vida y mensaje de Jesús, o la constitución de la Iglesia.

Ejemplos:

Pablo efectúa una contraposición entre dos tipos de hombres, los «psíquicos» y los «espirituales» (1 Corintios 2:14-15; 15:44-49). Esta distinción se basa en una antropología de corte gnóstico/platonizante, que distingue tres partes en el ser humano: el cuerpo, el alma vivificante, y el espíritu o zona superior. Sólo el hombre «espiritual» es capaz de la verdadera sabiduría, la que conduce a la comprensión del «misterio de Cristo» (1 Corintios 2:6-7). Los cristianos regidos sólo por el Espíritu, es decir, los «pneumáticos» o «espirituales» (aquellos en los que mora el Espíritu: 1 Corintios 3:16; Romanos 8:9), en poco se diferencian de los verdaderos conocedores, «gnósticos», igualmente espirituales. En ambos casos los pneumáticos son una nueva creación en Cristo (2 Corintios 5:17) y participan de la gloria divina (2 Corintios 3:18).

Pablo habla también de la idea de la unión de los cristianos con Cristo (1 Corintios 12:12-27; Romanos 12:4-5), formando un solo cuerpo. Esta idea se basa en concepciones muy queridas por la gnosis: la syggéneia o igualdad sustancial entre el Redentor y los redimidos a través de la posesión de un mismo espíritu.

El Evangelio de Juan presenta unos discursos del Salvador, Jesús, con un talante, unos motivos y unos temas muy parecidos a la gnosis que no se hallan en los otros evangelios (los de Marcos, Mateo y Lucas), pero sí difusamente en la literatura sapiencial judía muy influenciada por el helenismo, en Filón de Alejandría y en la religiosidad mística del helenismo (por ejemplo, el Corpus Hermeticum).

En sus líneas de pensamiento más particulares el cristianismo del Evangelio de Juan y su interpretación de Jesús se pueden entender mejor si se acepta que el autor ha tomado nociones de la atmósfera o espiritualidad gnóstica nacida en suelo judío y extendida por todo el ámbito del Mediterráneo. Estas ideas son las siguientes:

Dualismo a ultranza (luz / tinieblas; verdad / mentira; arriba / abajo).

La noción de un salvador preexistente, logos divino que desciende a la tierra, revela y asciende al cielo.

El concepto de la unidad sustancial del Enviado y sus seguidores con Dios.

La salvación por medio del conocimiento o fe que aporta la palabra de Jesús.

Estos temas y motivos del Evangelio de Juan solo aparecerán claramente estructurados en el gnosticismo posterior, tanto cristiano como no cristiano, en los siglos II y III.

Esta breve explicación en torno a la gnosis es importante también para comprender el Nuevo Testamento como un producto de síntesis de diversas ideas. Nociones centrales de otros mundos religiosos, como las concepciones bien definidas de la lucha del Bien y del Mal y la vuelta del espíritu del hombre hacia donde procede, hacia su verdadera patria celeste, se piensa comúnmente que nacieron en la religiosidad indoirania y fueron asimiladas por el judaísmo anterior al Nuevo Testamento y transmitidas a este.

Según la hipótesis bastante verosímil del origen y primera expansión de la gnosis entre gentes judías helenizadas, se puede considerar a la gnosis como un movimiento fundamentalmente exegético. Es decir, un ensayo de interpretación de un texto ya sagrado que surge en la periferia de una gran religión del Libro, el judaísmo, como consecuencia de la introducción de elementos helénicos y orientales en la exégesis de los datos revelados.

El Nuevo Testamento, y el conjunto de la teología cristiana primitiva, constituirá un caso parecido: el cristianismo es también un fenómeno exegético. Su teología nace de una nueva interpretación —con unas categorías nuevas— de textos ya sagrados, el Antiguo Testamento. Estos textos, vistos con otra luz, revelan realmente lo que fue y significó Jesús; Por lo tanto, según el cristianismo los judíos que no admiten esta interpretación de las Escrituras dejan de ser «conocedores» y por tanto no se salvarán. ("Afirmar esto es negar las Sagradas Escrituras...")

El origen judío de la gnosis explica por qué se han detectado ecos de esta atmósfera gnóstica entre los manuscritos de Qumrán (el muy conocido dualismo; la lucha de los dos espíritus, del Bien y del Mal), por qué se extiende tan fácilmente la gnosis entre los judeocristianos (al principio una secta judía) y en el ambiente en el que predican Pablo y sus discípulos.

Pablo acepta algunas de las ideas gnósticas que le parecen convenientes para explicar su mensaje. Asimismo, influye en las concepciones del Cuarto Evangelio.

Finalmente, el Nuevo Testamento toma postura frente a esta atmósfera religiosa gnóstica cuando esta se constituye en sistema religioso y le hace la competencia (Colosenses; Pastorales).

En los siglos II y III, la gnosis llegará a ser una versión competidora del cristianismo frente a la «ortodoxa» de la Gran Iglesia. La lucha será entonces a muerte y fue la gnosis la que perdió la batalla.