Legado Judío

Del Nuevo Testamento

Capítulo 5. EL ENTORNO DEL NUEVO TESTAMENTO

"EL JUDAÍSMO Y SU LEGADO"

El Nuevo Testamento y el cristianismo no emergen en aislamiento, como un evento religioso desprendido del cosmos, sino que son productos de su tiempo. Si bien se sostiene que el Nuevo Testamento introduce numerosas doctrinas revolucionarias, esto no es del todo cierto, incluso en lo que podría considerarse más innovador: la llegada de un Mesías celestial que pueda ser llamado genuino Hijo de Dios. En los documentos de Qumrán, se desvelan dos textos notables, 4Q246 y 11Q13, conocidos como 4QHijo de Dios y 11QMelquisedec. Estos fragmentos arrojan luz sobre la posibilidad de divinizar figuras humanas (claro, no como se interpreta "divinizar" en el cristianismo) en el judaísmo de la época.

F. García Martínez, editor y traductor de los Rollos del Mar Muerto, interpreta el fragmento 4Q246 de la siguiente manera: Un protagonista, similar a la figura de Daniel, se postra ante el trono del Rey y comparte una visión que anuncia un futuro enfrentamiento entre el rey de Asiria y el de Egipto. En este contexto, surge un personaje enigmático al que se le atribuyen los títulos “Hijo de Dios” y “Hijo del Altísimo”. Tras su aparición, se desencadenan tribulaciones temporales, que cesarán cuando él conduzca al pueblo de Dios. Su reinado será eterno; vencerá a todas las naciones con la ayuda divina, instaurará la paz y ejercerá dominio incluso sobre los abismos. En esta interpretación, el personaje misterioso al que se otorgan los títulos “Hijo de Dios” y “Hijo del Altísimo” se asemeja a un ser angélico cuyas funciones se asemejan a las que 11QMelquisedec atribuye a la figura celestial de Melquisedec, o a las que 1QM asigna al “Príncipe de la Luz” y al arcángel Miguel. Dado que estas funciones se presentan como mesiánicas, incluyendo la liberación escatológica, el juicio universal y la victoria sobre los enemigos con el respaldo divino, y el personaje comparte características con el “Hijo del hombre" de Daniel, es plausible describirlo como un Mesías celestial.

El segundo texto presenta a Melquisedec como líder de los ejércitos celestiales, los “hijos de Dios,” que vencen a las fuerzas de Belial. De alguna manera, identifica a Melquisedec con el “Príncipe de la Luz” y el arcángel Miguel, quienes desempeñan funciones similares. En este texto, Melquisedec es presentado como un ser celestial, incluso se le designa como ‘elohim’ (un “dioses” la mejor traducción: un “ser celestial”) y se hace referencia al “lote de Melquisedec” y “el año de gracia de Melquisedec,” sustituyendo las expresiones bíblicas que se referían a Dios mismo. Dado que a este ser celestial se le atribuyen funciones relacionadas con el juicio, la liberación de los cautivos y el establecimiento de la era de la salvación, características propias del Mesías, podemos considerar que esta figura celestial representa el tipo de Mesías que encontramos tanto en 4Q246 como en las representaciones del “Hijo del hombre” desde Daniel 7 hasta su culminación en el Nuevo Testamento, a través de las Parábolas de Henoc y el libro IV de Esdras.

En el ámbito judío, la noción de un Mesías aparentemente derrotado, que experimenta la pasión y la muerte, para luego resucitar en gloria, ciertamente representaría un concepto mesiánico novedoso, por no describirlo como contradictorio. Sin embargo, incluso para estas ideas, que se consideraban exclusivas del cristianismo, se han encontrado algunos documentos entre los manuscritos del Mar Muerto, aunque en número limitado (como 4Q471b y 4QHa fr. 7), que "sugieren" en pequeños rasgos; que el pensamiento cristiano podría haber tenido precedentes dentro de algunos círculos del judaísmo.

Por lo tanto, antes de sumergirse en el análisis y la lectura de los escritos del Nuevo Testamento, es esencial comprender el entorno que influyó en su origen y sus conceptos. La sugerencia de este capítulo y del siguiente es que para comprender el Nuevo Testamento, como cualquier fenómeno histórico, es necesario situarlo en su contexto político, social, económico, religioso y filosófico. Los eventos históricos de la época, junto con toda la tradición ideológica representada por el Antiguo Testamento, los Apócrifos del Antiguo Testamento y los textos de Qumrán, proporcionan el marco interpretativo para los escritos del Nuevo Testamento. En ocasiones, este marco histórico resulta fundamental para su interpretación. A partir de esta comprensión, podemos abordar el tipo de teología que el Nuevo Testamento presenta.

I. El entorno histórico: la situación política En la Palestina/israel del siglo I

Desde el misterioso final del último rey descendiente de David, Zorobabel, a finales del siglo VI a.C., la historia de Israel se caracterizó por una serie de infortunios. Los sacerdotes que gobernaron la tierra después de la caída de la monarquía establecieron la ley de Moisés como norma de comportamiento, convirtiéndola en la constitución del país y la fuente de todo derecho. Sin embargo, en aquellos momentos, Israel no gozaba de independencia, ya que estaba bajo el dominio persa. Durante el período de dominación persa, se fortalecieron las comunidades judías en Mesopotamia.

Casi doscientos años después, Alejandro Magno derrotó al imperio persa a finales del siglo IV a.C. (323 a.C.: año de la muerte de Alejandro)l. Después de los persas, los sucesores de Alejandro que gobernaron Egipto al oeste y la Gran Siria al este pusieron sus ojos en Israel, una tierra de paso constantemente codiciada por sus vecinos más poderosos, quienes buscaron controlarla. No es sorprendente que, después de tantos siglos de sometimiento, surgiera gradualmente en el pueblo el deseo de liberarse del yugo extranjero, para que los israelitas pudieran expresar sin restricciones su adhesión a las leyes y las tradiciones ancestrales, principalmente recogidas en la Ley y los Profetas. La idea común que tomó forma durante los siglos previos al cristianismo fue el anhelo de restaurar el antiguo Israel, reunir a las doce tribus y dar paso a un descendiente de David, un rey en cumplimiento de la promesa de la profecía de Natán (2 Sam 7), que posteriormente se llamaría Mesías. Este Mesías expulsaría a los enemigos de Israel y permitiría al pueblo vivir feliz, próspero y alegre bajo la protección de un Dios satisfecho, ya que su pueblo elegido seguiría las normas que le había otorgado.

El inicio de la era de los Macabeos, alrededor del 165 a.C., con la insurrección contra la tiranía religiosa y política de los reyes seléucidas, los monarcas helenísticos de la Gran Siria sucesores de Alejandro Magno, pareció inicialmente la realización de la utopía mesiánica. Sin embargo, esta impresión fue efímera, ya que los monarcas macabeos resultaron ser igual de imperfectos que cualquier otro gobernante, y el país tendió a asimilarse a la cultura helenística. Dios parecía no bendecir de manera especial a la tierra.

A mediados del siglo I a.C., Israel cayó efectivamente bajo el control de los romanos debido a la intervención de Pompeyo Magno hacia el año 60 a.C. Su intervención tenía como objetivo resolver un conflicto entre dos hermanos de la dinastía de los Macabeos que luchaban por el trono: Hircano II y Aristóbulo II. Pompeyo se decantó por Hircano II, lo reinstauró en el trono (aunque con el título de “etnarca”) y permitió que Israel conservara una cierta libertad, al menos en nombre.

En el momento en que Jesús de Nazaret nació, alrededor del 6-4 de nuestra era, Israel, compuesto por Judea, Galilea, Idumea al sur y algunos territorios más allá del Jordán, era un estado semiindependiente, efectivamente vasallo de Roma y gobernado por Herodes el Grande (37-4 a.C.). En el contexto histórico que concierne al surgimiento del cristianismo, el reinado de Herodes fue revolucionario: la antigua dinastía asmonea, heredera de la revuelta de los Macabeos contra los monarcas griegos que habían dominado Israel desde aproximadamente el 200 a.C. hasta el 165 a.C., había sido reemplazada en el poder por la familia de Edom (Idumea), es decir, la dinastía de Herodes el Grande, que prácticamente no tenía raíces israelitas. La élite judía de la época anterior a Herodes sufrió una notable disrupción debido a los cambios políticos que llevaron a Herodes al trono, y nuevos actores ascendieron para ocupar su lugar. Estos nuevos actores eran miembros de familias judías provenientes de la Diáspora, es decir, judíos que vivían fuera de Israel, en otros reinos helenísticos, descendientes de aquellos judíos que se quedaron en Babilonia después del exilio (a partir del siglo VI a.C.), o bien extranjeros griegos y romanos que se dirigían a Israel en busca de oportunidades comerciales y, más tarde, para avanzar en la corte de Herodes el Grande.

Este cambio de poder significó una mayor influencia de elementos helenizantes, es decir, de la cultura griega, en la sociedad. La cultura griega era universal y desempeñaba un papel unificador entre diferentes regiones dentro del dominio romano. Sin embargo, en el caso de Israel en los últimos años del siglo I a.C., la difusión de la cultura griega no contribuyó a mejorar la estructura social del país. El pueblo en general mostró hostilidad hacia Herodes y esa hostilidad persistió hasta su muerte. Su política y sus inclinaciones pro-romanas y pro-griegas a menudo chocaban con los sentimientos religiosos de la población. La atmósfera pagana en la corte, que en algunos lugares incluso había aceptado el culto al emperador Augusto como una figura divina relacionada de alguna manera con los dioses (como “hijo del divino Julio César”), resultaba inaceptable para las creencias religiosas del pueblo.

Tras la muerte de Herodes el Grande, su reino se desintegró según los deseos de Augusto. Arquelao se convirtió en el sucesor de Herodes en parte del territorio, gobernando sobre Judea, Samaría e Idumea, mientras que Galilea se convirtió en una “tetrarquía” bajo el mando de Antipas, otro hijo del "Gran Herodes" que también mantuvo una estrecha relación con Roma. Diez años después de la muerte de Herodes, Augusto depuso a Arquelao en el año 6 d.C., y sus tierras se convirtieron en una provincia romana. Antipas, por otro lado, continuó gobernando durante toda la vida de Jesús de Nazaret. Posteriormente, tras un breve período (41-44 d.C.), el gobierno de todo el país, unificado por voluntad del emperador Claudio, recayó en manos de un nuevo rey judío, Agripa I, nieto de Herodes el Grande.

La sensación constante en la mente del pueblo era la de vivir bajo una ocupación extranjera continua. Jerusalén ya no era la capital administrativa, siendo reemplazada por una ciudad nueva fundada por Herodes el Grande: Cesarea marítima, que estaba llena de habitantes paganos. El ejército romano era visible en todas partes, especialmente de manera molesta en la ciudad santa, cerca del Templo, donde la Torre Antonia, una fortaleza ocupada por los romanos, vigilaba el Santuario. Los impuestos, incluyendo la capitación y otras cargas tributarias, recordaban constantemente a los judíos piadosos que gran parte de la riqueza de la tierra de Yahvé estaba siendo destinada a manos de gentiles.

A pesar de que los romanos permitieron una amplia autonomía a las instituciones judías, con la jurisdicción civil y religiosa bajo el control del Sanedrín (compuesto por saduceos, fariseos y otros ancianos notables), la brecha entre el Estado romano y el pueblo judío se volvía cada vez más insalvable. Los primeros problemas serios surgieron alrededor del 6-7 d.C., poco después de la deposición de Arquelao, cuando un líder llamado Judas el Galileo se alzó contra los romanos durante el mandato de Quirino como legado de Siria. Su motivo: oponerse al censo de los romanos para controlar mejor los nuevos tributos que se impondrían cuando Judea se convirtiera en provincia romana. Aunque este movimiento fue aplastado, su lema principal, “Antes morir que permitir que la tierra de Yahvé pase a dominio de otro Señor,” y su celo por la Ley, proporcionarían más adelante las raíces del movimiento religioso-político más trascendental en la política judía del siglo I: el celotismo.

De una forma u otra, con mayor o menor intensidad, el espíritu de los celotas se extendió entre la mayoría de la población. Los judíos devotos sentían que vivían en una tierra ocupada. El control romano, de paganos, sobre el territorio de Dios, sobre la ciudad santa y su Templo, era considerado una profanación. Muchos creían que la situación era tan grave que Dios pronto intervendría para poner fin a un estado que iba en contra de sus deseos, ya que su pueblo no podía seguir la Ley sin impedimentos y la tierra seguía siendo acosada por paganos. No cabe duda de que muchos anhelaban en sus corazones el inicio de una guerra de liberación nacional que Dios, con su ayuda especial, se encargaría de llevar a cabo

Durante el gobierno de Poncio Pilato (26-36 d.C.), hubo años de tensión significativa, con pequeños pero continuos movimientos antirromanos. Aunque la situación parecía tranquila en apariencia, Pilato constantemente socavaba la sensibilidad religiosa de sus súbditos. Se sabe que introdujo estandartes romanos con la imagen del emperador Tiberio en la ciudad santa de Jerusalén, lo que casi desencadenó una revuelta popular sangrienta. También intentó utilizar los fondos del Templo para construir un acueducto para la capital, lo que significaba la apropiación de tesoros sagrados y provocaba un rechazo generalizado. Además, durante su mandato, Pilato ordenó el asesinato de un grupo de galileos que presentaban sus ofrendas en el Templo, y poco después, un número considerable de samaritanos que se habían congregado pacíficamente en las laderas del monte Garizim, convocados por un autodenominado profeta que prometía que Dios haría aparecer los vasos sagrados del Templo en la montaña sagrada, un milagro que podría considerarse un signo de la inminente llegada del Mesías.

Durante el gobierno de Poncio Pilato, en un entorno en apariencia tranquilo pero en realidad agitado, con graves tensiones políticas, sociales y religiosas, pero al mismo tiempo lleno de esperanzas en el reino de Dios sobre el atribulado Israel, es donde se sitúan Juan Bautista y su discípulo Jesús de Nazaret. La muerte de Tiberio en el año 37 llevó a Gayo Calígula, bisnieto de Augusto, a asumir el cargo (hasta el 41). De su corto reinado, es importante destacar el nombramiento de su amigo Agripa I como tetrarca de Abilene y otros territorios al este y norte de Galilea. Otra cuestión importante durante el reinado de Calígula fue su convicción desafiante de ser un dios viviente sobre la Tierra y su deseo de presentarse como tal ante los ciudadanos del Imperio, especialmente en las provincias. Esto implicaba la adoración divina de un hombre y fue firmemente rechazado por la comunidad judía de Alejandría, lo que resultó en un violento movimiento antijudío en el año 38, instigado por el propio Emperador. Esta revuelta antijudía resultó en la muerte de muchos judíos en la capital de Egipto, intensificando el odio entre judíos y gentiles. Otra situación terrible para los judíos en general, y especialmente para los de Jerusalén, ocurrió cuando Calígula solicitó que una estatua suya fuera venerada en el Templo de Jerusalén. Esta petición se convirtió en una orden, y estuvo a punto de cumplirse. Esta “abominación de la desolación” (cuyos ecos se perciben en Marcos 13:14) amenazaba con ocurrir en el corazón mismo de la práctica religiosa israelita. Sin embargo, la muerte prematura de Calígula en el año 41 evitó una confrontación armada a gran escala de Judea con el Imperio romano.

Este contexto histórico, político y religioso es esencial para comprender la atmósfera en la que surgió el movimiento liderado por Juan Bautista y, posteriormente, por Jesús de Nazaret en el siglo I. El pueblo judío vivía bajo el dominio romano, con un sentimiento constante de ocupación extranjera y la presencia visible del ejército romano en su tierra, lo que generaba hostilidad y resentimiento. A pesar de mantener cierta autonomía en las instituciones judías, la brecha entre el Estado romano y el pueblo judío era profunda.

La esperanza de liberación nacional y la restauración de Israel eran comunes entre la población judía. Muchos creían que Dios intervendría para poner fin a la opresión romana y restaurar la gloria de Israel. Este contexto político tenso y el deseo de un rey mesiánico que liberaría a Israel y establecería el reino de Dios proporcionaron el telón de fondo para el surgimiento de líderes religiosos como Juan Bautista y Jesús, quienes predicaron la llegada del reino de Dios y llamaron a la transformación espiritual y social.

Este entorno histórico y político desempeñó un papel crucial en la comprensión de las circunstancias que rodearon la vida y el ministerio de Jesús, así como en el surgimiento del movimiento cristiano en el primer siglo.

El reinado de Claudio y los eventos que ocurrieron en ese período tienen un impacto significativo en la historia de los judíos y, en particular, en el contexto del cristianismo primitivo. Durante el gobierno de Claudio, se restauraron los derechos y propiedades de los judíos en Alejandría, lo que marcó un período de mayor estabilidad para la comunidad judía en ese lugar

Claudio también amplió los territorios gobernados por Agripa I, incluyendo Galilea y Judea. Esta extensión territorial dejó a Israel en una situación similar a la que existía en tiempos de Herodes el Grande.

En cuanto a los judíos en Roma, durante el reinado de Claudio, hubo disturbios públicos provocados por disputas internas, posiblemente relacionadas con la aceptación del cristianismo dentro de la comunidad judía. La expulsión de los judíos de Roma, incluidos los cristianos, por orden de Claudio, generó una mayor difusión del judeocristianismo.

Después de la muerte de Claudio, Nerón permitió el regreso de los judíos a Roma. Durante el reinado de Nerón, también se menciona un episodio mesiánico en el que un profeta egipcio lideró una sedición contra los romanos en el desierto Hch 21: 38, (es decir, un judío de la diáspora egipcia) lo que refleja la agitación y la tensión política de la época.

Este contexto histórico muestra cómo los eventos políticos y sociales influyeron en el desarrollo del cristianismo primitivo y la relación entre los cristianos y la comunidad judía en diferentes partes del Imperio Romano.

Tras el ocaso de Claudio, las expectativas mesiánicas arraigaron profundamente en Israel, manifestándose de manera inquebrantable. La muerte del monarca desencadenó un fervor generalizado, donde la población anhelaba liberarse de la presencia extranjera y aspiraba a vivir en paz, regida por las leyes patrias. El Libro de Daniel, ya casi consagrado como canónico, proporcionaba un terreno fértil para concebir la pronta restauración de Israel, vislumbrada a través de la derrota de todos sus adversarios.

Cada generación de piadosos concebía sus tiempos como los últimos de una historia ordinaria, aguardando la intervención divina para rectificar la situación moral, religiosa y política de Israel. Aunque el breve reinado de Agripa I (41-44 d.C.) aportó cierto alivio al respetar las costumbres religiosas, marcó también la persecución de los judeocristianos, culminando en la trágica ejecución de Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de Juan (Hch 12,2). Los Hechos de los Apóstoles (capítulos 24-26) detallan el juicio de Pablo ante los procuradores Félix y Festo, con la participación del rey Agripa I.

La prematura muerte de Agripa I en el año 44 d.C. colocó a Judea y Galilea bajo el control directo de Roma, integrándolas como una provincia más del vasto Imperio. Los procuradores sucesivos (44-66 d.C.) fueron percibidos por la población judía como carecientes de tacto y diplomacia hacia sus sensibilidades religiosas, además de incurrir en prácticas de robo y exacción. Las tensiones entre los gobernantes y los gobernados, las elevadas expectativas mesiánicas y el fervor nacionalista caracterizaron este período, siempre con la anticipación del reino de Dios y la liberación tanto política como religiosa de Israel.

Incluso durante el gobierno del primer procurador, Cuspio Fado (44-46 d.C.), surgieron levantamientos profético-mesiánicos. Teudas, un líder carismático, prometió a sus seguidores que cruzarían el Jordán a pie enjuto, emulando a Josué, como una evidencia tangible de su misión divina. No obstante, Fado respondió de manera contundente enviando un destacamento que capturó y ejecutó a Teudas antes de que sus aspiraciones pudieran cristalizar.

En el despliegue de la Gran Revuelta contra Roma (66-70 d.C.), las expectativas optimistas de una victoria facilitada por la intervención divina se desmoronaron, marcando el primer gran fracaso del pueblo judío en nuestra era como nación. La contienda resultó en la derrota total ante las legiones romanas lideradas por Vespasiano y Tito, con la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo, eventos que han dejado una impronta indeleble en el judaísmo hasta nuestros días.

La historia y la leyenda narran que Yohanán ben Zakay, un sabio rabino que logró escapar de Jerusalén antes de su desolación, reunió a sus colegas en Yabne, cerca de Gaza. En este lugar, reflexionaron sobre la imperiosa necesidad de que el pueblo judío se vuelva hacia sí mismo, examinando sus costumbres y su Ley, especialmente en un Imperio hostil. Yohanán ben Zakay y los eruditos de la Ley reunidos en su entorno buscaron reconstruirse tras los golpes sufridos. Atribuyeron la desgracia a los pecados del pueblo y al consiguiente castigo divino. Ante la falta del Templo, la religiosidad judía debía centrarse en el estudio y práctica de la Ley, en la recopilación de las tradiciones de los maestros del pasado para comprender y transmitir mejor, convirtiendo a la sinagoga en el epicentro de estudio de la Ley y, incluso, de la vida social judía.

En este contexto, la religión judía experimentó una notable despolitización y casi abandonó sus pretensiones universalistas, dejando de lado gradualmente los intentos de proselitismo. La historia y la leyenda también relatan que a finales del siglo I, los rabinos de Yabne, sobrevivientes de la catástrofe, determinaron qué escritos de Israel eran sagrados, dando origen al canon del Antiguo Testamento. Además, introdujeron en las plegarias sinagogales una “bendición” a Dios que pedía la aniquilación de todos los herejes, especialmente los cristianos disidentes del judaísmo (la llamada birkat ha minim: “bendición [a propósito] de los herejes”). Esta decisión, sin duda, aceleró la separación entre judíos y cristianos desde finales del siglo I.

Los eventos trágicos de la guerra del 66-70 también son cruciales para comprender las actitudes y reflexiones del Nuevo Testamento sobre la función del Templo y de Jesús mismo, quien se erige como sustituto del Santuario (Cuarto Evangelio; Epístola a los hebreos). Se abordan el castigo divino a los judíos por lo que hicieron con Jesús y el papel religioso e histórico de la secta judeocristiana, distinta del judaísmo, en los planes de salvación de Dios (Mateo y Lucas).

En el marco de esta visión histórica sintética, es necesario dirigir nuestra atención, aunque brevemente, a tres temas cruciales que afectan la comprensión de Jesús y del cristianismo primitivo: las peculiaridades de Galilea en esta época, la situación jurídica del judaísmo dentro del Imperio romano con sus privilegios y ventajas, y el fenómeno del proselitismo.

En el entramado histórico del judaísmo del siglo I, Galilea se destacaba como una provincia relativamente periférica de Israel. Apenas unos cien años habían transcurrido desde que obtuvo pleno derecho como entidad israelita bajo la dinastía de los Macabeos. Este rincón fundamentalmente agrícola, distante del bullicio de Jerusalén y rodeado de población pagana, adquirió una dimensión peculiar en la época de Jesús.

Contrariamente a la tendencia de fusionarse con los extranjeros circundantes, los galileos fortalecieron sus inclinaciones nacionalistas. Rodeados de forasteros, los judíos de Galilea, en un celo por su religión, demostraban incluso mayor cumplimiento y rigor que los habitantes de Jerusalén. Esta devoción se erigía como una señal de identidad, un medio para diferenciarse de los gentiles vecinos. La revolución destacada en la era de Jesús, encabezada por Judas el Galileo, surgió no en el corazón de Judea, sino en Galilea. Judas cimentó la base ideológica que luego materializaría los impulsos mesiánicos y la guerra contra Roma del 66-70. Así, en Galilea, no se manifestó el típico movimiento centrífugo respecto a Jerusalén y a la idea de nación, sino más bien un arraigo profundo a la identidad judía.

Dada la distancia geográfica del Templo, los galileos centraban su espiritualidad en la sinagoga (estudio de la Ley y oración) más que en los sacrificios. Aunque existen evidencias de la lealtad al santuario central de Jerusalén por parte de los galileos en la época de Jesús, la lejanía geográfica pudo haber influido en fortalecer una piedad más interna, compensando la imposibilidad de asistir regularmente a los sacrificios del santuario central. El impacto de las grandes sectas del judaísmo de la época se percibía con menos fuerza en Galilea. Los saduceos tenían escasa relevancia, y al parecer, los fariseos contaban con pocos miembros específicamente afiliados al “partido”.

Aunque observantes de la ley de Moisés, los galileos tenían la reputación de ser algo “laxos” o flexibles en sus interpretaciones de la Ley. Esta etiqueta probablemente pretendía señalar en Jerusalén que los galileos carecían del espíritu meticuloso y minimalista en la observancia de la Norma que predominaba en círculos jerusalemitas. Los galileos otorgaban menos importancia a cuestiones externas de la pureza ritual, para centrarse en aspectos esenciales como la circuncisión, la observancia del sábado, el respeto general por la Ley, el sustento económico del Templo y las peregrinaciones anuales a él. Estas características delinearon aspectos cruciales de la personalidad de los galileos, explicando algunos rasgos distintivos del Jesús histórico y de sus seguidores.

Este contexto singular de Galilea, marcado por una espiritualidad más interiorizada, contribuyó a forjar la naturaleza rural y campesina del ministerio y la predicación de Jesús. Sus parábolas rebosan de analogías tomadas del campo, reflejando la realidad y la vida cotidiana de aquel entorno. El fuerte sentido de que su misión se orientaba preferentemente hacia los israelitas, no hacia los paganos, se evidencia en sus viajes de predicación, limitados a las aldeas de Galilea, donde consideraba a los habitantes como israelitas genuinos, libres de contaminación por el contacto con los paganos. Por el contrario, las ciudades de Galilea, con su población mixta de israelitas y gentiles impuros, eran consideradas menos adecuadas como base para la predicación del Reino.

Estas circunstancias particulares de Galilea también arrojan luz sobre la espiritualidad de Jesús, más inclinada hacia la piedad interior y la oración que hacia el culto en el Templo. Además, explican sus debates con los fariseos sobre interpretaciones divergentes de la Ley. En este escenario, la figura de Jesús se configura de manera más auténtica, arraigada en la idiosincrasia de Galilea y su singular conexión con la identidad judía.

En el trasfondo de los conflictos entre Julio César y Pompeyo por el dominio absoluto en la República romana (años 50 a.C.), los judíos desempeñaron un papel fundamental al respaldar a Julio César. Antípatro, padre de Herodes el Grande y consejero del tetrarca Hircano II, desplegó tres mil soldados judíos para apoyar a César durante su campaña en Egipto contra Pompeyo. Según el historiador judío Flavio Josefo (Antigüedades de los judíos XIV 213-216 y 241-261), a partir de este momento, los romanos adoptaron una actitud más favorable hacia el judaísmo. Reconocieron la firme defensa de los judíos de sus costumbres y religión, comprendiendo la inutilidad de forzarlos a una adaptación religiosa y social con otros ciudadanos de las provincias.

La República y posteriormente el Imperio concedieron a los judíos ciertas “libertades” respaldadas por decretos. Estas libertades incluían el pleno derecho de reunión y asociación para practicar sus cultos, la celebración de sus festividades religiosas, la exención del servicio militar debido a sus estrictas leyes alimentarias, la administración propia de justicia a través de “sanedrines” o colegios de ancianos, y la tolerancia para no participar en los cultos públicos de la República o el Imperio. También se les permitió enviar dinero a Jerusalén para el mantenimiento del Templo.

Estas exenciones conferían beneficios tangibles en comparación con otros grupos religiosos dentro del Imperio, que tenían prohibido reunirse para practicar sus cultos particulares o regirse por sus leyes y costumbres judiciales. Ser judío implicaba una protección significativa por parte de la ley romana para la práctica de la religión. A lo largo de los reinados desde Julio César hasta Trajano, los distintos gobernantes no derogaron estos privilegios, incluso enfrentando desafíos como los problemas con Calígula o Claudio, y a pesar de las consecuencias de la guerra judía. Incluso durante el tiempo de Vespasiano, después de la derrota judía del 70 y la destrucción del Templo, las exenciones persistieron, transformando el dinero destinado al Santuario en una contribución al Estado conocida como el “fiscus judaicus”.

Esta situación perduró probablemente hasta la época de Trajano (117 d.C.), cuando se redujeron los privilegios después de las rebeliones judías en Chipre, Libia y Egipto. En tiempos de Adriano, tras la segunda derrota de los judíos ante Roma en su segunda gran revuelta en el año 135, estos privilegios fueron finalmente abolidos.

En sus primeros días, los primeros cristianos, inicialmente una confesión específica dentro del judaísmo, se beneficiaron de manera natural y espontánea de los privilegios otorgados a los judíos por el Imperio romano. Durante el reinado de Nerón, la policía romana identificó ciertas diferencias internas entre los grupos judíos en la capital, lo que llevó al Emperador a señalar a los cristianos como chivos expiatorios del incendio de Roma, incluso provocado por él mismo. Esta persecución fue local y pasajera, y durante el tiempo de Domiciano (hasta el 96), no hubo una persecución general, sino más bien un hostigamiento generalizado a los cultos no romanos.

Aunque surgen menciones de persecuciones contra los cristianos en Bitinia, Asia Menor, durante la época de Trajano (110 d.C.), así como algunos episodios esporádicos previos posiblemente vinculados a algún gobernador de esa provincia, no fue sino hasta bien avanzado el siglo III, alrededor del año 250 con el emperador Decio, que se desató una persecución generalizada contra los cristianos. Antes de este momento, no se puede hablar de una “Iglesia de los mártires”

El refugio encontrado por los cristianos bajo el amparo de los privilegios de la Sinagoga explica la escasez de información sobre los cristianos entre los escritores latinos y griegos del Imperio romano, así como la baja frecuencia de conflictos de los cristianos con la autoridad civil hasta los años de Trajano y Adriano. Esta situación protectora resultó muy beneficiosa para la incipiente secta. Sin embargo, las expulsiones de la Sinagoga, que se reflejan amargamente en los Evangelios de Mateo y Juan, marcaron un punto de quiebre. Una vez expulsados de la Sinagoga, los cristianos perdieron interés en seguir siendo percibidos como “judíos” a ojos de los paganos.

En la época que nos ocupa, los propios Evangelios testimonian la existencia de un afán entre los judíos por atraer nuevos adeptos a su religión. “Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas que recorréis el mar y la tierra para ganar a un prosélito…”, nos advierte el Jesús del Evangelio de Mateo (23,15). El libro de los Hechos, en su conjunto, también brinda un testimonio destacado del deseo proselitista judío durante el primer desarrollo del cristianismo.

Este movimiento de captación de adeptos tiene raíces dobles en el siglo I. En primer lugar, fue una consecuencia necesaria del cambio en la religión judía durante el helenismo, donde el Dios particularista del “pueblo elegido” se convirtió en una divinidad más abstracta y universal. Por otro lado, se basó en la creencia de que las promesas de Dios a Abraham (Gn 12,3) implicaban bendiciones para todos los pueblos, no solo el judío.

Además del proselitismo explícito, mucho antes del nacimiento del cristianismo, la religión judía había atraído a numerosos simpatizantes que, sin convertirse plenamente al judaísmo, eran visitantes habituales de las sinagogas y leían las Escrituras sagradas. El monoteísmo absoluto y la defensa apasionada de los judíos, junto con prácticas admirables como el descanso sabático, la elevación de los preceptos morales y la red de ayuda a huérfanos, viudas, pobres y desvalidos, generaban admiración entre estos “aficionados” al judaísmo.

Sin embargo, la entera observancia de una Ley rigurosa, llena de meticulosos preceptos y la circuncisión, en el caso de los varones, constituían barreras significativas para la conversión completa. Efectivamente, Flavio Josefo proporciona un indicio interesante al respecto. Durante la guerra del 66-70 de Israel contra Roma, los habitantes de Damasco consideraron la posibilidad de acabar con los judíos que residían en la ciudad. Sin embargo, no llevaron a cabo esta acción "por temor a sus propias esposas que se habían pasado casi todas a la religión judía" (Guerra de los judíos II 560). Este pasaje sugiere que las mujeres tenían una mayor facilidad para adoptar la religión judía, y este contexto histórico respalda la idea de que la circuncisión, una práctica obligatoria para los varones, actuaba como una barrera significativa para la conversión completa de estos últimos. La mayoría de los simpatizantes del judaísmo optaban por quedarse en un estadio de “amistad” con la religión, siendo denominados por los judíos como "temerosos de Dios". Estos “temerosos de Dios”, ya psicológicamente preparados y a menudo devotos lectores de las Escrituras, serían los primeros paganos a quienes los cristianos dirigirían sus esfuerzos persuasivos, buscando convencerles de que Jesús era el Mesías esperado. Estos individuos eran los más receptivos a la persuasión cristiana.

II. La situación social y económica en el Israel del siglo I

La situación social de Israel en la época de Jesús y sus primeros seguidores, denominada Palestina por los romanos desde tiempos de Adriano, no era favorable, a pesar de los elogios de Josefo a la riqueza agrícola (Contra Apión 1,60). La industria y el comercio, especialmente el marítimo con el exterior, eran prácticamente inexistentes, y la pobreza prevalecía entre amplias capas de la población.

La actividad principal era la agricultura, donde convivían grandes fincas de terratenientes y pequeños labradores propietarios. Estos últimos sufrían impuestos onerosos, y los colonos dependientes entregaban la mitad de sus ganancias a los dueños, generando descontento. Los temporeros, jornaleros contratados por días o épocas de cosecha, tampoco disfrutaban de una situación ventajosa.

En este contexto, el campesinado representaba la imagen del Israel oprimido y desheredado, despojado de sus derechos a la tierra, la heredad de Dios. Mientras tanto, los romanos y sus colaboradores locales eran percibidos como los causantes de la miseria, mediante impuestos, obligaciones económicas y regulaciones centralizadoras (S. Vidal, 315).

Los caminos, cruciales para el comercio interno, eran inseguros, como se ilustra en la parábola del buen samaritano (Lc 10,29-37). Los sin tierra, temporeros y desafortunados constituían una masa potencial de descontento, expresado políticamente contra el poder extranjero y los ricos, y religiosamente en un ambiente de irredentismo mesiánico. Aunque existían tensiones sociales y económicas, no hubo un movimiento revolucionario significativo en Israel durante la juventud y madurez de Jesús, y tras su muerte hasta bien entrada la década de los sesenta

Flavio Josefo, en sus Antigüedades de los judíos XIII 5,9: & 171-173, describe la sociedad judía de la época como dividida entre una gran masa de individuos anónimos, más o menos observantes de la Ley, y cuatro grupos más devotos, a los que llama “filosofías” o “escuelas filosóficas”. Este término se refiere a sectas religiosas entre los judíos, destacando la complejidad social y religiosa que caracterizaba el contexto de la vida y enseñanzas de Jesús.

1º- Los saduceos, como la elite dirigente de su época, desempeñaban un papel central en la sociedad judía. Su posición sacerdotal y opulencia les conferían un papel preeminente en el gobierno del Templo y la capital. A pesar de sus estrechas relaciones con los romanos, consideradas por algunos como colaboracionistas, su enfoque religioso era sorprendentemente anclado en tradiciones arcaicas y conservadoras.

Aunque abrazaban la apertura social y económica al Imperio romano y a la cultura helénica, los saduceos se aferraban a creencias religiosas arraigadas. Rechazaban la inmortalidad del alma, la resurrección de los muertos y conceptos como los premios y castigos en el más allá. Incluso los ángeles, excepto la última incorporación, eran ajenos a su cosmovisión, revelando una resistencia a las ideas más recientes que habían influido en la religiosidad judía durante la época helenística.

Para los saduceos, la Ley era principalmente ritual, y la observancia de la “pureza” se centraba en la correcta celebración del culto en el Templo. Consideraban este lugar como el epicentro de la Ley. Su judaísmo era más bien ritualista y cómodo, limitando la Ley moral a los Diez Mandamientos y poco más.

En contraste con la creencia en que Dios controla todas las acciones humanas que influyen en la salvación o condenación, los saduceos sostenían que el ser humano era totalmente libre y responsable de su destino. Su concepción de la “salvación” se reducía a obtener las bendiciones divinas en esta vida, basada en el cumplimiento de la Ley. Para ellos, la “salvación” era alcanzada por las propias fuerzas y voluntad del hombre.

Los saduceos reconocían únicamente el Pentateuco como Escritura sagrada, rechazando cualquier revelación oral transmitida por Dios en el monte Sinaí a través de Moisés. Consideraban que solo debían atenerse a lo “escrito por Dios” en los primeros cinco libros de la Biblia, desestimando todo lo demás como novedades sin valor. Estas ideas marcaban una clara oposición al fariseísmo y, aunque no surgieron como un movimiento antifariseo, se fortalecieron como una secta en contraposición a los fariseos.

2º- Los fariseos, «escuela filosófica» del judaísmo, nacieron como un movimiento más entre los orientados a la restauración y renovación de Israel, pero con el tiempo fue el de mayor éxito. Aunque su nombre significara probablemente «los apartados» (de la «masa» que no cumple bien la Ley: hebreo p[h]erushim), los fariseos eran en época de Jesús los auténticos dirigentes, o al menos los de mayor influencia, del pueblo judío.

Imagínate adentrarte en las épocas pasadas, donde los fariseos se alzaban como los guardianes de la fe y las tradiciones, como faros de conocimiento en medio de la oscuridad de la incertidumbre. Procuraban adoctrinar continuamente a sus compatriotas en una absoluta fidelidad a la Ley, en el camino de la más recta lealtad a la alianza con Yahvé, en la creencia en la inmortalidad del alma, en la resurrección, y en premios y castigos después de la muerte.

Estos sabios, envueltos en mantos de enseñanza, defendían una solución que se erguía en un equilibrio delicado entre las posturas de los saduceos y los esenios: la salvación, enseñaban, no dependía únicamente de las solas fuerzas del hombre, sino de una cooperación hombre-Dios. ¡Imagina esta sinfonía de esfuerzos terrenales entrelazados con la gracia divina que guiaba los pasos de aquellos que buscaban la salvación!

Diferentes a los saduceos, los fariseos creían fervientemente en una «ley oral», una verdad revelada por Dios a Moisés, tan sagrada como la ley escrita. Esta ley oral, transmitida de generación en generación desde la revelación del Sinaí, se erigía como un faro de luz adicional, una guía para completar las leyes sagradas del Pentateuco. Los fariseos, inquietos por entender cómo aplicar estas leyes divinas a las nuevas circunstancias, se sumergían en profundas discusiones sobre cómo interpretar las Escrituras de manera adecuada.

En medio de la bruma de las incógnitas, los fariseos y los escribas, como eruditos de las palabras divinas, dedicaban sus días a desentrañar el sentido exacto de las Escrituras. El fervor de estas discusiones, los debates encendidos entre mentes brillantes que buscaban la sabiduría en cada verso. Desde mucho antes del tiempo de Jesús, los fariseos habían comenzado a coleccionar de memoria las opiniones de sus rabinos sobre cómo interpretar cada pasaje de la Escritura, especialmente de la Ley. Estas opiniones, como tesoros de sabiduría, las compartían con el pueblo, con quienes generalmente mantenían una relación de respeto y entendimiento.

Junto con los escribas, estos maestros de la Ley habían forjado reglas sobre cómo debatir acerca de ella, y habían esculpido normas de interpretación o exégesis que iluminaban el camino de aquellos sedientos de conocimiento. En las sinagogas resonaban sus voces, no solo enseñando, sino también debatiendo, explorando los límites del entendimiento humano en busca de la verdad divina que guiaba sus vidas.

Los fariseos, dedicados primordialmente al cumplimiento de la Ley y, en un plano secundario, al servicio en el Templo, también tenían en su corazón la llama ardiente de la pureza ritual. Aunque no ocupaban roles sacerdotales, buscaban fervientemente llevar el espíritu de pureza que caracterizaba las relaciones con Dios en el Templo hacia la vida cotidiana.

Se esforzaban por mantener un vínculo puro con lo divino, como una danza delicada entre lo terrenal y lo sagrado. Esta búsqueda de pureza les llevaba, en ocasiones, a distanciarse de aquellos que voluntariamente desconocían la Ley y se apartaban de ella, especialmente en lo concerniente a las leyes sobre alimentos. Aunque esta minoría que no se doraba con el brillo de la Ley era reducida en Israel, los fariseos la veían como una sombra que proyectaba su impureza sobre el resto del pueblo. Temían que este estado de impureza colectiva pudiera retrasar la intervención divina tan esperada para reformar la nación en su lamentable estado.

Los Evangelios, como crónicas de la vida y enseñanzas de Jesús, señalarán a ciertos individuos de esta "masa condenada", como la llamaban algunos fariseos. Entre ellos mencionan a los publicanos o recaudadores de impuestos, las prostitutas, los pastores que cuidaban piaras de cerdos y ciertos comerciantes. Para los fariseos, estos individuos representaban una desviación del camino de la Ley, una mancha que debía ser apartada para mantener la pureza del pueblo y acelerar así la intervención divina.

Sin embargo, con el resto del pueblo, la inmensa mayoría que no caía en esta categoría de "masa condenada", los fariseos mantenían una relación bastante favorable. Este pueblo, que frecuentaba las sinagogas y observaba las prácticas esenciales de la Ley, como la circuncisión, las peregrinaciones al Templo, la prohibición de matrimonios mixtos y la abstención de alimentos impuros, no era objeto de desdén por parte de los fariseos. Más bien, procuraban guiarlos por la senda de la Alianza, nutriendo la llama de la fe y el compromiso con la Ley.

Los orígenes de los fariseos, en la mirada retrospectiva del tiempo, se remontan a la época macabea, alrededor del siglo II a.C. No obstante, sus raíces ideológicas se hunden aún más en el pasado, hasta los tiempos de Nehemías y Esdras, los piadosos judíos que, desde el exilio, regresaron a Palestina con la luz de las Escrituras en sus corazones. Estos fariseos, junto con los escribas, dieron vida a los "sabios", aquellos eruditos que, tras los duros tiempos de la Gran Revuelta contra Roma en el año 66 d.C., se unieron en torno a Yohanán ben Zakay para forjar el judaísmo que perdura hasta nuestros días.

Estos sabios, reunidos en la encrucijada de la historia, fraguando los cimientos de una fe que perduraría a través de los siglos. Este judaísmo, moldeado por los debates, las interpretaciones y las enseñanzas de aquellos tiempos tumultuosos, fue el mismo que, hacia el final del siglo I, habría de condenar a la secta emergente de los cristianos como herejes sin remedio. En estas disyuntivas, en estos cruces de caminos entre la tradición y la novedad, se gestaba el futuro de una fe que marcaría los destinos de incontables generaciones.

3º- «filosofía», los esenios, permanecen en las sombras del Nuevo Testamento, aunque algunos investigadores sugieren que quizás se les mencione bajo la denominación de «escribas y doctores de la Ley». Este grupo, con alrededor de cuatro mil miembros en el siglo I d.C., habitaba principalmente en comunidades dispersas por toda Judea, con asentamientos comunes en las afueras de las ciudades. Sin embargo, una parte de ellos, unos pocos selectos, optaron por retirarse al desierto cercano al mar Muerto, en un lugar conocido como Qumrán.

Estos santuarios de sabiduría, estos oasis de conocimiento rodeados por la vastedad del desierto. Los esenios, al igual que los fariseos, se levantaban como guardianes de la tradición, luchando contra la influencia del helenismo y buscando la pureza ritual más extrema. En su vida comunal, no conocían la propiedad privada; los ingresos de los miembros se entregaban a administradores comunes, quienes proveían para las necesidades de todos.

Aunque eruditos de la Ley se consagraban principalmente a la agricultura, apartándose de la fabricación de armas y del comercio que no fuera con otros afiliados a la secta. Sus comunidades, lugares de estricta disciplina y devoción, estaban abiertas para aquellos que estuvieran dispuestos a abrazar la vida rigurosa y los ideales religiosos del grupo. Aunque permitían el matrimonio, algunos de ellos optaban por el celibato, en una muestra de su preocupación por la corrupción y la concupiscencia del mundo.

En sus creencias religiosas, los esenios abrazaban un determinismo rígido: todo, sostenían, estaba predeterminado por Dios, quien había creado a cada ser humano con disposiciones específicas de alma y cuerpo, determinando quiénes serían salvados y quiénes no. Sin embargo, a pesar de esta predestinación divina, también afirmaban que el ser humano poseía cierta libertad relativa, invitado a elegir el camino del bien bajo la guía de los ángeles buenos, y a evitar el sendero del mal, controlado por el poder de Satanás, también conocido como Belial.

Sus estudios eran intensivos, las noches dedicadas a desentrañar los secretos de los libros religiosos, junto con las Escrituras aceptadas por todos. Los esenios, firmes en su fe, aguardaban el fin del mundo inminente y la llegada del reino de Dios sobre la tierra de Israel. Esta creencia los impulsaba a prepararse, a vivir con una fidelidad extrema a la Ley, aguardando el momento crucial que transformaría sus vidas y la historia misma.

De entre los esenios, hacia el tercer cuarto del siglo II a.C., surgió un grupo separado, liderado por un sacerdote de Jerusalén, profeta y experto en la Ley. La causa de su separación probablemente radicaba en las serias discrepancias que mantenían con otros sacerdotes y la mayoría de sus correligionarios judíos. Entre las diferencias estaban los temas legales, el culto, la interpretación de la función del Templo y, sobre todo, el calendario de las fiestas sagradas y su significado.

Estos disidentes se retiraron a Qumrán, en las proximidades del mar Muerto, formando un grupo que se consideraba el verdadero remanente de Israel. Se preparaban, con una vida de devoción y fidelidad inquebrantable a la Ley, para la inminente llegada del reino de Dios, el cual implicaba el fin del mundo tal como lo conocían.

Los esenios, y en particular los de Qumrán, legaron documentos que revelan su creencia en diversos tipos de mesías. La creencia predominante era en la venida de un mesías doble: uno sacerdotal, encargado del cumplimiento de la Ley, y otro guerrero, destinado a librar las batallas contra los extranjeros que dominaban Israel. Otras visiones mesiánicas presentaban a una figura celestial, similar al "Hijo del hombre" del Libro de Daniel, considerado un ayudante de Dios en la tarea de establecer el Reino.

Estas ideas mesiánicas, arraigadas en la fe esenia, influirían en la interpretación del mesianismo por parte de los primeros cristianos. Al comparar las similitudes entre la teología esenia y las enseñanzas cristianas, surge la pregunta sobre si el Nuevo Testamento, de forma deliberada o no, oculta o menciona poco a los esenios. Algunos argumentan que esta omisión podría ser para presentar las enseñanzas de Jesús como más originales.

Sin embargo, otros sugieren que esta conexión se debe a que el fariseísmo, el esenismo y el cristianismo comparten un tronco común en sus raíces teológicas. En esta trama de pensamientos entrelazados, donde las comunidades como la primitiva de Jerusalén compartían creencias en un fin del mundo inminente, encontramos la esencia de una herencia teológica compartida. Las similitudes en las designaciones de la comunidad, en el sistema de vida comunal y en la interpretación de las Escrituras como profecías del tiempo presente, revelan los lazos invisibles que unen estas teologías hermanas en la historia de la fe.

4º- Los celotas emergieron como la cuarta "filosofía" del judaísmo de aquel tiempo, compartiendo principios religiosos cercanos a los fariseos, aunque divergiendo en su enfoque hacia la liberación política de Israel y la independencia de Roma. En este aspecto, su postura era radical: la sumisión al poder romano representaba no solo una afrenta política, sino también una transgresión religiosa, un compromiso con la idolatría misma.

Su fervor, su convicción de que la situación podía cambiar, de que el "reino de Dios" estaba próximo. Creían que podían acelerar la llegada de este reino a través de acciones políticas y guerreras que allanaran el camino para Dios. Estaban persuadidos de que Dios, con su ayuda, llevaría estas acciones a cumplimiento, estableciendo así su voluntad y su reinado sobre la tierra.

El resultado de esta doctrina fue un ambiente continuo de rebelión contra Roma, a veces sutil, otras veces más activa. Vivían en una expectativa exaltada por la llegada del mesías y el reino de Dios, llamando constantemente al sacrificio, incluso hasta la muerte en la cruz romana si fuera necesario, para favorecer este ideal religioso de un gobierno divino sobre Israel.

Sin embargo, no todos los celotas eran sicarios, portadores de dagas en busca de venganza. Los sicarios eran seguidores del movimiento liderado por Judas el Galileo, figuras aisladas que surgieron desde los albores del siglo I hasta la guerra judía del 66-70. Los celotas, por su parte, comenzaron como "celadores de la ley", fervientes en su defensa de un cumplimiento estricto de la Ley, para transformarse más tarde, hacia el año 60 del siglo I, en un partido político concreto y definido.

Además de estos grupos sólidos, existían otras corrientes y tendencias en el judaísmo de aquel tiempo. Entre ellas estaban los grupos apocalípticos, obsesionados con el fin del mundo presente. La apocalíptica no constituía una secta en sí misma, sino más bien una corriente de pensamiento religiosa con un enfoque particular en desentrañar los misteriosos designios de Dios para los últimos días.

Estas discusiones, las visiones del futuro que ocupaban las mentes y los corazones de aquellos fervientes creyentes. Estos grupos, aunque minoritarios, fueron responsables del surgimiento de una literatura apocalíptica única, un tema que exploraremos más adelante en los apócrifos del Antiguo Testamento.

Este breve panorama de las corrientes y "sectas" judías, junto con las ideas que desarrollaremos más adelante, nos ayuda a comprender la aparición de figuras proféticas como Juan Bautista y Jesús de Nazaret. Nos permite iluminar el ambiente de expectación mesiánica en el que surgieron, una atmósfera cargada de interpretaciones y ansias de redención.

Asimismo, nos ayuda a comprender la comunidad primitiva judeocristiana, con sus lazos de continuidad con los movimientos religiosos judíos de su tiempo. Nos muestra cómo el judaísmo de aquel entonces no era un bloque homogéneo, sino más bien heterogéneo y plural en sus creencias y prácticas.

En el corazón de todo esto, la adhesión al Libro sagrado, la Ley y los profetas, como palabra de Dios, definía la identidad judía. Así, los esenios y los saduceos, los fariseos y los judeocristianos, aunque pudieran sostener doctrinas radicalmente diferentes, seguían siendo igualmente judíos debido a su firme compromiso con la Biblia y la Alianza. En este judaísmo de la época de Jesús, no encontramos una ortodoxia definida, sino más bien una "ortopraxia", una observancia de ciertas formas de vida arraigada en la veneración por el Libro sagrado y en la convicción de ser el pueblo elegido de Dios.

III. Ideas religiosas de la época

El Nuevo Testamento, como heredero de las antiguas ideas religiosas del judaísmo, refleja y profundiza en varios aspectos clave que caracterizan la religiosidad judía del siglo I. Estos rasgos, arraigados en siglos de tradición y pensamiento, son fundamentales para comprender el trasfondo teológico y espiritual de las enseñanzas cristianas.

Monoteísmo: El judaísmo del siglo I sostiene firmemente la creencia en un Dios único y personal. Esta concepción del Dios único, Creador del mundo y Señor tanto de la naturaleza como de la humanidad, está arraigada profundamente en las enseñanzas del Antiguo Testamento. La idea de un único Dios, que reina sobre todo, es un principio inquebrantable que se refleja en el Nuevo Testamento (Marcos, 12:29) y que establece una base sólida para la fe cristiana.

La Alianza y la Ley: La relación entre Dios y su pueblo se entiende en términos de una alianza sagrada. Esta alianza se sella y se confirma a través del estricto cumplimiento de la Ley, entregada por medio de Moisés. En el judaísmo del siglo I, la religión se define como un "nomismo de la alianza", donde la fidelidad a Dios se expresa mediante la observancia y el cumplimiento de la Ley. El Nuevo Testamento, entonces, se concibe como una nueva alianza basada en las enseñanzas y el sacrificio de Jesucristo.

Historia de Salvación: La historia de Israel, tanto la antigua como la nueva, se ve como una historia de la salvación obrada por Dios. Desde la creación del mundo hasta el exilio en Babilonia y la restauración, los judíos ven la mano de Dios interviniendo en los acontecimientos históricos para guiar y proteger a su pueblo. Los cristianos, por su parte, creen que la venida de Jesús marca el momento culminante de esta historia de salvación, abriendo la puerta a una nueva era de restauración y redención.

El Reinado de Dios: En el contexto judío del siglo I, Dios es reconocido como el verdadero Rey de Israel. Para muchos, especialmente los celotas, cualquier autoridad terrenal, como la de los romanos, era vista como una usurpación del gobierno ideal de Dios. La religión judía estaba impregnada de una expectativa del reinado de Dios, y el papel del Mesías se entendía como el instrumento divino para establecer ese reinado en la tierra.

Obediencia y Pecado: La relación entre el ser humano y Dios se caracteriza por la necesidad de una obediencia absoluta a los mandamientos divinos. Esta obediencia va acompañada de sentimientos de temor reverencial, confianza en la providencia divina y gratitud por sus dones. El pecado, entonces, se define como la rebelión contra Dios y sus designios, rompiendo la armonía de la alianza.

El Mundo y la Escatología: En cuanto al mundo creado por Dios, el judaísmo del siglo I lo veía como el escenario donde se desarrolla la vida humana y se cumple el plan divino a través del trabajo y la acción. Sin embargo, con influencias helenísticas, comienza a surgir la idea de que el mundo es un lugar de tránsito hacia un paraíso o reino de Dios más allá de esta vida terrenal. El Nuevo Testamento, especialmente con las enseñanzas de Pablo de Tarso y el Evangelio de Juan, empieza a desarrollar una visión más crítica del mundo material, influenciado por corrientes gnósticas que ven el mundo como intrínsecamente malo.

En resumen, el Nuevo Testamento recoge y profundiza en estas antiguas ideas religiosas del judaísmo del siglo I. Estos rasgos fundamentales, como el monoteísmo, la alianza con Dios, la historia de salvación, la expectativa del reinado divino, la obediencia y el pecado, y la visión del mundo y la escatología, forman el trasfondo teológico y espiritual en el cual se desarrolla y florece el mensaje cristiano.

"El legado de Filón de Alejandría"

Se erige como un faro que ilumina la comprensión del Nuevo Testamento y la riqueza cultural de su época. Nacido en la capital del Egipto helenístico alrededor del año 15 a.C., en el seno de una familia judía rica y profundamente influenciada por la cultura griega, Filón creció inmerso en el griego, su lengua materna, y educado bajo la tutela de los mejores maestros de la época. Esta amalgama de influencias, entre la riqueza de la tradición judía y la erudición helénica, forjó en él una mente ágil y un profundo entendimiento de la lengua, la historia y la filosofía griegas.

A través de la lectura de la Biblia y su participación activa en la vida sinagogal, Filón se familiarizó con la liturgia, los métodos exegéticos y la apologética propios de los judíos helenísticos de su tiempo. Su obra, dedicada casi por completo a comentar y explicar los cinco primeros libros de la Biblia, buscaba hacer accesibles estas enseñanzas tanto para sus compatriotas judíos como para los pensadores paganos de su entorno. Para Filón, la religión judía encerraba las más elevadas expresiones del espíritu humano, enriquecidas por la revelación divina, y veía en la filosofía de Platón y en otros pensadores griegos un eco y una complementariedad a estas verdades eternas.

Este erudito comprometido nos ayuda a comprender el ambiente intelectual en el que se gestó la interpretación de la Biblia en los albores del cristianismo. La teología del Nuevo Testamento, desde sus cimientos en la cristología hasta sus revelaciones más profundas, encuentra en Filón un precursor y un guía. A través de su enfoque alegórico, Filón nos muestra cómo ciertos textos del Antiguo Testamento, interpretados de manera especial, apuntan o predicen la vida, la figura y la misión de Jesús de Nazaret. Su influencia en la hermenéutica, aunque no directamente atribuible en todos los casos, ha dejado una huella indeleble en el modo en que los cristianos interpretan las Escrituras.

Para Filón, la Biblia posee una doble naturaleza de significado: uno patente y visible, el sentido literal de cada texto, y otro oculto y espiritual que requiere ser desentrañado con cuidado. No siempre el sentido literal es el más revelador; hay pasajes que demandan una interpretación más profunda y alegórica. Por ejemplo, la creación en "seis días" no debe tomarse literalmente, pues el sol, creado en uno de esos días, es en sí mismo un objeto de la creación. De manera similar, la creación de Eva de la costilla de Adán no puede entenderse de forma literal, sino que demanda una lectura simbólica y espiritual.

En esta senda de interpretación, Filón encuentra resonancias con lo mejor del pensamiento griego, especialmente el platónico y estoico. Su convicción es que un lector bien preparado, iluminado por el Espíritu, descubrirá estos significados profundos. Este enfoque no solo preparó el terreno para una interpretación razonable de la Biblia, sino que también inspiró a los primeros cristianos a buscar a Jesús en los textos donde su presencia parecía estar velada.

Dentro del vasto mundo de ideas exploradas por Filón de Alejandría, encontramos algunas que resuenan de manera notable con conceptos presentes en el Nuevo Testamento. Aunque es difícil afirmar con certeza si los autores del Nuevo Testamento tomaron directamente estas ideas de Filón, es claro que en el contexto del nacimiento de la teología cristiana, ya existía un terreno fértil para ideas que, aunque sonaban a cristianas, tenían raíces profundas en la tradición helenista/judía.

Una de estas ideas que Filón y el judaísmo helenístico especulaban es sobre la Sabiduría divina. Influenciados por el sistema platónico, sostenían que la creación del mundo no fue un acto directo de Dios, sino más bien obra de un principio divino, el Logos o Sabiduría, que actuaba como intermediario entre lo divino y lo humano. Esta Sabiduría, considerada como un "segundo Dios", era la fuerza creativa que sustentaba el universo y que irradiaba su luz sobre toda la creación. Esta concepción se vislumbra en el Prólogo del Cuarto Evangelio, donde se habla del Verbo que se hizo carne en Jesucristo. También se encuentra en los Evangelios sinópticos, donde la Sabiduría divina se encarna en Jesús de Nazaret.

Además, Filón introdujo en el judaísmo ideas de los estoicos, destacando el valor ético y la importancia de vivir conforme a la razón. Sin embargo, a diferencia de los estoicos, para Filón y los cristianos posteriores, el sabio no es simplemente aquel que se ajusta a las leyes del universo como expresión de una Razón universal, sino que encuentra su fundamento en Dios, el origen de toda norma moral e intelectual. Así, la sabiduría filoniana se basa en una ley que trasciende al individuo, una ley divina otorgada por un Dios personal y espiritual del cual emanan todas las cosas buenas.

Esta perspectiva ética también se refleja en ciertos aspectos de la vida social y ciudadana. Tanto Filón como el judaísmo en general encontraron afinidades en la ética estoica, especialmente en lo que respecta a la libertad frente a las pasiones, la armonía entre lo bello y lo bueno, y la sumisión a una ley cósmica. Sin embargo, para ellos, esta ley cósmica no es solo un producto de la razón universal, sino una emanación de la voluntad de Dios, como se refleja en la Ley dada a Moisés. Esta síntesis entre la ética estoica y la ley mosaica se convertirá en una parte integral del cristianismo incipiente, como se evidencia en las epístolas de los discípulos de Pablo, donde se abordan normas de comportamiento que combinan estas influencias.

Al interpretar la ley de Moisés de manera alegórica en numerosas ocasiones, Filón desempeñó un papel crucial en la superación de las dificultades que enfrentaban los paganos al cumplir con ciertas normas que les parecían absurdas o intolerables, como las relacionadas con los alimentos puros e impuros. Para Filón, la ley de Moisés representa principalmente una ley moral universal que está en armonía con la ley natural. Dentro de esta ley, destaca el "Decálogo" (Los Diez Mandamientos), que Filón considera válido para todos los seres humanos sin excepción. Según su perspectiva, aquellos que son virtuosos y están iluminados por la divinidad pueden comprender fácilmente la diferencia entre el bien y el mal. Para Filón, cualquier pagano virtuoso que abandone su vida deshonesta y abrace la rectitud moral está muy cerca de ser considerado como parte del verdadero Israel.

Estas ideas de Filón prepararon el terreno para las discusiones posteriores de Pablo de Tarso sobre la validez de la ley de Moisés. Además, Filón contribuyó a difundir entre los judíos una antropología dualista, que sostiene que el ser humano está compuesto por alma y cuerpo, implicando la inmortalidad de la primera. Esta concepción promovió la idea del desapego necesario de lo material para alcanzar lo espiritual y divino. Estos conceptos fortalecieron la noción de la supremacía del mundo celestial sobre el terrenal, de lo invisible sobre lo visible, de la razón sobre la materia y del alma sobre el cuerpo.

Así, el legado de Filón de Alejandría se alza como un puente entre dos mundos, entre la rica tradición judía y el pensamiento griego, donde esta teología será uno de los fundamentos de las "Sagradas Escrituras" del cristianismo primitivo.