La Génesis

"Del Nuevo Testamento"

Capítulo 2. La Génesis del Nuevo Testamento

En sus primeros pasos, las comunidades cristianas compartían con el judaísmo, su raíz espiritual, las mismas Escrituras sagradas, sin necesidad de otros escritos. Al principio (gestación), los textos cristianos primigenios eran cartas, no evangelios. La aparición de estos últimos fue posterior, y exploraremos las razones detrás de su surgimiento. Tras el fallecimiento de Pablo y otros apóstoles, sus discípulos continuaron escribiendo cartas, atribuyéndolas a sus maestros en lugar de a sí mismos. Además de las cartas y evangelios, el cristianismo temprano también dio origen a una crónica de la Iglesia, los Hechos de los Apóstoles, y una literatura de revelaciones o apocalipsis. Lamentablemente, los originales de estas obras se han perdido con el tiempo. Esto nos plantea una pregunta intrigante: ¿cómo se componían y difundían los libros en la Antigüedad? Abordaremos estos asuntos en este capítulo, desde una perspectiva principalmente formal y literaria, aunque a lo largo de los capítulos siguientes exploraremos otros factores históricos y sociales que influyeron en la gestación de las obras del Nuevo Testamento.

1. Qué tipo de libros integran el Nuevo Testamento ?

Los primeros seguidores de Jesús solían ser conocidos como “nazarenos” (Hechos 24,5). Sin embargo, con el tiempo, cuando la nueva fe se extendió más allá de las fronteras de Palestina, específicamente en Antioquía de Siria, alguien ideó el término “cristianos”, derivado del griego “christós”, que significa “ungido” o “mesías”. Así, los primeros creyentes en Jesús se convirtieron en “cristianos”. Al inicio, estos creyentes eran simplemente una rama o “secta” del judaísmo, distinguiéndose solo por su afirmación de que Jesús, crucificado, era el mesías. No contaban con su propia “Biblia”, ya que sus “Escrituras sagradas” eran las mismas que las de cualquier otra comunidad judía. Y, en realidad, no requerían más.

La carencia de escritos propios estaba fundamentada en varias razones. En primer lugar, Jesús no dejó registros escritos ni ordenó a sus discípulos que compusieran libros para preservar sus enseñanzas. En segundo lugar, los cristianos primitivos no concebían su movimiento como una nueva religión. Si se le hubiera planteado a Pablo, incluso al final de su vida, si estaba fundando una nueva religión, habría considerado la pregunta “absurda”. El Apóstol había dejado en claro en su Carta a los romanos que los nuevos creyentes, principalmente los gentiles, eran como un injerto en el antiguo olivo del judaísmo, continuando y perfeccionando la antigua y venerable religión de sus antepasados. Consideraban a los creyentes en Jesús como el verdadero Israel, continuando la antigua y venerable religión del pueblo judío . A este nuevo Israel se le unirían algunos gentiles, según lo profetizado por los profetas, para formar el Israel completo en anticipación del fin de la historia.

Este nuevo grupo creía que los demás judíos habían abandonado efectivamente la Alianza con Dios al rechazar al mesías enviado. Y si los cristianos eran el verdadero Israel, no necesitaban nuevas Escrituras. Les bastaba con las que ya tenían, aunque debían interpretarlas adecuadamente para descubrir cómo testificaban plenamente a Jesús, el verdadero mesías, el “Cristo”. Por lo tanto, lo que hoy conocemos como el Antiguo Testamento era la única Biblia de los primeros nazarenos/cristianos. No obstante, con el tiempo, dentro de las diversas iglesias y grupos, comenzaron a generarse escritos internos para uso interno. Es probable que lo primero que se registró en papiros, pergaminos o códices fuera lo esencial para la predicación o la proclamación del mensaje sobre Jesús, es decir, lo que cada predicador cristiano acomodaba en una especie de manual: dichos y sentencias de Jesús considerados fundamentales, registros de milagros y, posiblemente, una selección de textos de las Escrituras que respaldaban la afirmación de que Jesús era el mesías prometido.

Luego surgieron otros textos que expresaban perspectivas propias de esta nueva “secta” judía, que se alejaba gradualmente de su religión matriz debido a la profundidad de sus convicciones, “especialmente en lo que respecta a la figura y misión de Jesús”. Solo varias décadas después, algunos de estos escritos internos, que daban forma a las ideas teológicas que se estaban desarrollando en las diversas comunidades del grupo, serían considerados “sagrados” y “autoritativos”. Esto ocurrió únicamente cuando la secta judía de los nazarenos/cristianos se separó por completo de la religión judía común. En el próximo capítulo, exploraremos cómo y por qué se dio esta separación.

Los primeros ejemplos de textos que finalmente conformarían el Nuevo Testamento son cartas, no evangelios. Como mencionamos anteriormente, el orden en el que hoy se imprimen los libros del Nuevo Testamento, es decir, la colocación de los evangelios al principio, seguidos de las cartas de Pablo, con la idea de que primero fue Jesús y luego su Apóstol, es engañosamente cronológico y no debe hacernos olvidar que “los evangelios son productos literarios que surgieron más tarde que las cartas de Pablo”.

La razón de que al principio solo se escribieran cartas se debe fácilmente a la mentalidad de los primeros cristianos y a las necesidades de la formación de las primeras iglesias. En estas comunidades, algunos líderes habían tenido un contacto más o menos directo con Jesús y podían transmitir noticias sobre él de primera mano, o se esperaba que el regreso de Jesús, investido de plenos poderes mesiánicos tras la resurrección, como el juez supremo de los vivos y los muertos, sucedería pronto. En ese momento, no se sentía la necesidad de escribir “biografías del Señor”. Sin embargo, las cartas eran esenciales para abordar dudas, cuestiones teológicas y problemas de organización en las comunidades. Como veremos más adelante, el formato de estas cartas se adaptaba a lo que era común en el mundo greco-romano de su época.

2. Los Primeros Escritos del Nuevo Testamento: “Las Cartas”

Las primeras cartas del Nuevo Testamento que se han conservado llevan la firma de un personaje histórico, Pablo de Tarso. Esto es natural, ya que el Apóstol desempeñó un papel fundamental en la fundación de iglesias, era un misionero itinerante y respondía a numerosas preguntas planteadas por sus nuevos seguidores. Dado que las cartas fueron las primeras producciones literarias de los cristianos, algunas de las cuales eventualmente ocuparían un lugar en el futuro “Nuevo Testamento”, no debemos esperar de ellas un tratamiento sistemático de la nueva fe, sino más bien soluciones o aclaraciones a temas puntuales de ese momento.

Más tarde, cuando Pablo y otros misioneros fallecieron, sus discípulos continuaron la tradición de redactar cartas para guiar a los fieles en medio de sus nuevos desafíos. Sin embargo, la mayoría de estos escritores no se aventuraron a firmar las cartas con su propio nombre. En cambio, recurrieron a la autoridad de sus maestros difuntos, principalmente Pablo u otros apóstoles. Así nació una literatura epistolar que lleva el nombre de Pablo, Pedro, Santiago, Judas, etc., pero hoy sabemos, respaldados por sólidas evidencias, que estos escritos no fueron directamente escritos por esos personajes, sino por sus seguidores. Estos discípulos se sentían tan conectados con sus maestros ya fallecidos, tan imbuidos de su espíritu y mentalidad, que no dudaron en escribir en sus nombres. Este enfoque tenía la ventaja de otorgar mayor autoridad a lo que surgía de su modesta pluma.

Este fenómeno plantea un dilema que en la actualidad consideraríamos una forma de “falsificación” (técnicamente llamada “pseudonimia”, derivada de los términos griegos “pseúdos” y “ónoma”, que significan “nombre falso”). Sin embargo, en la antigüedad, se percibía de manera diferente. La noción de engaño, si es que existía en absoluto, era considerablemente distinta, y este proceso de atribuir a los maestros escritos propios era bastante común. Se veía de manera positiva, ya que se consideraba un honor participar del espíritu del maestro y escribir en su nombre. Abordaremos este tema y los problemas teológicos que conlleva en el capítulo 18.

Estas cartas de segunda (Efesios, Colosenses, 2 Tesalonicenses) o tercera generación (Hebreos, 1 y 2 Pedro, Judas) también se caracterizan por tratar temas más generales. Abordan cuestiones como por qué se retrasa la venida del Señor (la “parusía”), cómo se debe organizar la Iglesia que debe existir en el mundo durante este período de espera, la definición del “depósito de la fe”, la situación del grupo cristiano cuando Jerusalén y el Templo ya no existen, el papel de las mujeres en la Iglesia, las responsabilidades de los jóvenes y los ancianos en una comunidad bien establecida, entre otros temas.

A medida que las iglesias cristianas se asentaban en el mundo debido al retraso de la venida de Jesús como el juez final, surgieron naturalmente otros tipos de escritos, además de las cartas. Con el tiempo, aquellos que habían conocido personalmente a Jesús estaban en el cenit de sus vidas, y los predicadores y catequistas necesitaban recopilar dichos y acciones de Jesús para respaldar su proclamación central: la salvación de toda la humanidad a través de la muerte en la cruz del Mesías. Como discutiremos en el primer capítulo dedicado a los evangelios, esta recopilación de material biográfico sobre Jesús, que previamente se había transmitido oralmente, ocurrió alrededor de los años 50, y se estima que el primer evangelio, el de Marcos, se escribió aproximadamente veinte años después, alrededor del 70 d.C. Es probable que no se haya perdido ningún detalle sustancial sobre la vida de Jesús. Sin embargo, la selección de material se realizó en función de su relevancia concreta para los problemas específicos de las iglesias, además de los intereses particulares de los recopiladores de tradiciones.

Dos factores influyeron significativamente en la generación de una literatura “evangélica”. En primer lugar, la entrada masiva de paganos en el grupo de seguidores de Jesús, quienes no lo habían conocido personalmente y necesitaban orientación e instrucción para comprender las costumbres y la teología judías. En segundo lugar, la necesidad de proporcionar una base más sustancial a la teología paulina, que se centraba exclusivamente en el significado y la importancia de dos eventos en la vida de Jesús: su muerte redentora y su resurrección. Esta teología apenas hacía referencia a la vida, palabras y acciones de Jesús. Después de Marcos, se escribieron otros evangelios. Lucas, en su “Prólogo”, señala que muchos habían intentado escribir una narración ordenada de los acontecimientos relacionados con Jesús, y él se compromete a realizar un nuevo intento con una mayor precisión que los demás (Lucas 1,1-4). Cada uno de estos evangelios, sin embargo, reflejaba perspectivas y interpretaciones distintas sobre Jesús, según la comunidad en la que vivían sus autores. A pesar de la diversidad, la Iglesia finalmente seleccionó solo cuatro: los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. En el próximo capítulo, exploraremos las razones detrás de esta selección.

Es importante destacar que estos cuatro evangelios fueron, con toda probabilidad, anónimos desde su concepción. Cada uno de ellos fue compuesto por un miembro destacado de una comunidad cristiana importante, pero ninguno de los autores incluyó su nombre al principio de la obra. La atribución de nombres a los evangelios se produjo más tarde en la tradición eclesiástica, pero sabemos muy poco sobre estos autores, aparte de sus nombres. En realidad, es difícil que alguno de estos cuatro evangelistas haya sido un discípulo directo de Jesús; más bien, eran seguidores más o menos cercanos de otros seguidores de Jesús y formaban parte de la segunda o tercera generación cristiana. Así que las atribuciones de nombres a los evangelios son incorrectas en términos de autoría directa, pero tenían la intención de subrayar que la tradición sobre Jesús se basaba en lo transmitido por testigos presenciales. Más adelante, veremos cómo estos autores mezclaron interpretaciones teológicas profundas que a veces alteraron la percepción de la figura de Jesús.

3. Desde la Ascensión hasta Roma: La Epopeya Cristiana en Lucas

El evangelio de Lucas, posiblemente el tercero en ser compuesto entre los aceptados por la Gran Iglesia, tiene la particularidad de incluir en su segunda parte una especie de “historia de la Iglesia”, desde la ascensión de Jesús hasta la llegada de Pablo a Roma como prisionero por predicar la “Palabra”. Esto marca el inicio del género historiográfico dentro del cristianismo primitivo y sugiere que el autor estaba escribiendo desde una comunidad cristiana que ya había existido durante un tiempo y que podía adoptar una perspectiva histórica más amplia. El autor de los Hechos considera que el cristianismo es prácticamente una nueva religión, que es inofensiva para el Imperio, que perdurará durante muchos años en este mundo debido a que los planes de Dios han retrasado la venida de Jesús, y que la Iglesia se ha formado como continuación directa de los hechos y enseñanzas de Jesús y de sus principales apóstoles, Pedro y Pablo.

4. Revelaciones y Profecías: La Emergencia de la Escatología Cristiana

Dentro de la comunidad cristiana primitiva, había grupos que esperaban ansiosamente el regreso inminente de Jesús a la Tierra como juez y vengador de la injusticia, para establecer definitivamente el reino de Dios. Algunos de estos grupos incluían visionarios que afirmaban haber recibido revelaciones divinas sobre los eventos finales: las luchas entre Dios y Satanás, los dolores del fin de los tiempos y las catástrofes cósmicas que precederían la venida de Jesús. Esto dio origen a una literatura llamada “apocalíptica” dentro de la comunidad cristiana, que describía estos eventos finales. En el Nuevo Testamento, encontramos algunas muestras de estos escritos, como el capítulo 13 del Evangelio de Marcos y otros pasajes paralelos, y especialmente el Apocalipsis, atribuido a un profeta llamado Juan. Además, una fuente perdida conocida como “fuente Q”, que fue una de las fuentes utilizadas por los evangelistas Lucas y Mateo, también contenía material relacionado con la escatología o el “fin de los tiempos”.

Los cristianos, autores de textos apocalípticos, se sumergían en una antigua tradición, sólidamente arraigada en su religión ancestral. En ese vasto panorama se encontraban las “obras apocalípticas” como el Libro de Daniel, el ciclo en torno al “profeta” Henoc, así como los textos conocidos como IV Esdras y II Baruc. Los escritos apocalípticos cristianos, aunque no todos alcanzarían el estatus canónico de las Escrituras, como es el caso del Apocalipsis de Pedro, emergieron desde lo más profundo del seno de la comunidad cristiana. Estas obras tenían un propósito claro: brindar consuelo y fortaleza en medio de la esperanza del triunfo final, una esperanza bellamente pero también terriblemente representada en estas composiciones. Estos textos servían como fuente de inspiración para enfrentar el desprecio de la sociedad circundante y, en ocasiones, las atroces persecuciones que los cristianos debían soportar.

5. El Camino hacia una Teología Sólida: Reflexiones Tempranas del Cristianismo

Con el tiempo, los cristianos también dieron forma a otro tipo de escritos más teóricos que exploraban su nueva fe, la importancia de la Iglesia y los planes divinos para la salvación de los gentiles, entre otros temas. Este fenómeno literario surgió a medida que las comunidades cristianas, conscientes del retraso en la segunda venida de Jesús, se propusieron ofrecer una base más sólida, respaldada por una teología bien fundamentada, a las creencias que ya comenzaban a tomar forma dentro de sus congregaciones. Ejemplos notables de estos esfuerzos teológicos incluyen las cartas a los Colosenses y Efesios dentro del grupo de seguidores de Pablo, así como la Primera Carta de Juan, que profundiza en los temas presentes en el Cuarto Evangelio. Sin embargo, destaca sobremanera la Epístola a los Hebreos. Aunque erróneamente atribuida en algún momento a Pablo, su autor es claramente alguien distinto, posiblemente ni siquiera un discípulo directo suyo. Esta “epístola” podría considerarse, como exploraremos más adelante, una magnífica homilía bautismal que ha sido registrada y ampliada por escrito. En sus páginas, el autor discute la supremacía de Jesús como sacerdote y víctima a la vez, centrándose en su sacrificio único que invalida todos los demás y profundiza en la nueva interpretación de la Ley que Jesús aporta. La venida y la muerte sacrificial de Jesús establecen una nueva alianza que, a su vez, complementa y supera la antigua alianza o ley de Moisés.

De esta manera, la comunidad cristiana se enriqueció con una literatura religiosa propia que abordaba y aclaraba cuestiones únicas. Comenzando como una literatura de circunstancias y edificación, esta tradición pronto evolucionó hacia textos teológicos que sustentaban las nuevas perspectivas de fe. Desde esta amalgama de escritos, la Iglesia seleccionaría aquellos que consideraba “sagrados”, es decir, portadores de la Palabra de Dios, como exploraremos en el capítulo siguiente.

6. Los Desafíos de Preservar Textos Antiguos: Papiro, Pergamino y Copias

En la Antigüedad, particularmente en el primer siglo de nuestra era, la creación y difusión de libros no seguía el modelo que conocemos en la actualidad. Los autores rara vez escribían directamente sus obras. En cambio, el autor solía dictar su contenido, ya sea de memoria o consultando notas y esbozos, a un amanuense. Este escriba registraba las palabras en diversos soportes físicos, que variaban según la disponibilidad y los recursos económicos. El material más comúnmente empleado para escribir libros y cartas era el papiro, aunque solo aquellos con recursos financieros podían permitirse el lujo del pergamino, hecho a partir de pieles de animales como la vaca o la ternera, cuidadosamente tratadas para crear una superficie apta para la escritura con tinta. Los grupos cristianos acomodados también recurrieron al pergamino, especialmente cuando sus Escrituras canónicas ya estaban definidas y necesitaban difundir los textos que se consideraban sagrados.

El papiro, hecho de tallos de una planta común en el antiguo Egipto, se cortaba en tiras finas y se superponían en capas cruzadas para formar largas tiras, que luego se enrollaban en lo que se conocía como un “volumen” (un rollo, esencialmente). La escritura solía realizarse en un solo lado, en varias columnas separadas por espacios que constituían los márgenes. Las palabras se inscribían sobre las fibras horizontales del papiro. Solo en circunstancias excepcionales se usaba el reverso, es decir, las fibras verticales. Debido a la fragilidad del papiro y su propensión a deteriorarse rápidamente, era esencial copiar y recopiar cualquier texto considerado importante. Esta tarea, sin embargo, conllevaba el riesgo de errores, ya que la fuente original podía estar en mal estado o las letras podían confundirse. La transmisión del texto del Nuevo Testamento se vio especialmente afectada por esta labor de copiado y recopiado, un tema que abordaremos en un capítulo posterior.

La forma del “volumen” o rollo era determinante para la extensión de un libro, ya que no debía ser demasiado grande para que pudiera manejarse y transportarse con facilidad. Esta consideración llevó a la división de la obra de Lucas, originalmente concebida como una sola unidad en dos partes, que finalmente se transformó en el tercer Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. En el futuro, los cristianos optarían por abandonar el engorroso formato de rollo y, hacia mediados del siglo II, se impondría el uso del códice, un formato similar al de nuestros libros actuales, con hojas de papiro pequeñas dobladas y cosidas en cuadernillos. Hasta ese momento, los códices se reservaban principalmente para textos técnicos o obras de menor importancia, pero no se usaban para escritos religiosos, especialmente los considerados sagrados.

Podemos suponer con alta probabilidad que, después de la muerte de Pablo, sus cartas comenzaron a copiarse y distribuirse entre las comunidades que le eran cercanas. Además, es seguro que, entre la multitud de “evangelios” que se estaban generando en diversos grupos y autores (se estima que entre el primer y segundo siglo se compusieron cerca de un centenar de evangelios), se copiaron y circularon aquellos que se consideraron más dignos de aceptación. Por último, escritos de circunstancias, como las cartas de segunda y tercera generación cristianas, se recopilaron y distribuyeron al menos entre un grupo amplio de comunidades cristianas, específicamente aquellas a las que iban dirigidas debido a su tono más general.

De este modo, podemos visualizar con bastante certeza el proceso mediante el cual los textos considerados sagrados por los cristianos fueron copiados y recopiados hasta bien entrado el segundo siglo. Sin embargo, es en este momento cuando la Iglesia se enfrentó al desafío de hacer una selección, un tema que exploraremos en el siguiente capítulo.