«Epístolas»

de Judas y 2ª de Pedro

Capítulo 25. EPÍSTOLA DE JUDAS Y SEGUNDA EPÍSTOLA DE PEDRO

Estas dos obras, la Epístola de Judas y 2 Pedro, deben considerarse conjuntamente debido a que la segunda parece inspirarse en la primera: el capítulo segundo de 2 Pedro reproduce casi todo el contenido de la Epístola de Judas. Además, en los capítulos 1 y 3, el autor de 2 Pedro también se inspira en su antecesor.

La Epístola de Judas se caracteriza principalmente por ser un escrito de retórica polémica, por lo que es una de las menos ricas en contenido teológico de todo el Nuevo Testamento. Por esta razón, no ha desempeñado una función significativa en el desarrollo del pensamiento teológico del cristianismo primitivo, ni se suele utilizar como lectura en las funciones litúrgicas de la Iglesia. Martín Lutero, en su edición del Nuevo Testamento de 1522, la relegó al final junto con Santiago, Hebreos y el Apocalipsis, considerando que esta epístola no estaba a la altura de los libros importantes del Nuevo Testamento.

Con casi total seguridad, 2 Pedro es el escrito más tardío del Nuevo Testamento. Pasó casi inadvertido en la Iglesia del siglo II y solo comenzó a ser citado tímidamente en el siglo III. A pesar de su parentesco con las epístolas de Judas, Santiago y 1 Pedro, Martín Lutero no la relegó al final de su edición del Nuevo Testamento. Sin embargo, algunos círculos del protestantismo moderno han visto en su contenido una desviación del sentido primordial del Evangelio y han intentado expulsarla del canon de las Escrituras. En la actualidad, esta animadversión parece haber disminuido.

1. Dependencia literaria

La segunda Carta de Pedro muestra una clara dependencia literaria de la Epístola de Judas. Para confirmar esta relación, basta con comparar el texto de Judas con el capítulo 2 de 2 Pedro. Aunque podría argumentarse que Judas copió de 2 Pedro, esta hipótesis parece poco probable. Es más plausible entender el proceso como una adaptación de Judas al contexto histórico de 2 Pedro. En esta adaptación, el autor de 2 Pedro reordena el material, elimina las citas de textos apócrifos presentes en Judas y lo ajusta a sus propias necesidades, presentando a los herejes mencionados en Judas como futuros falsos maestros en su carta (aunque a veces utilice el presente, como en 2 Pedro 2,10.12.20).

Independientemente del sentido de esta dependencia, ambas cartas están estrechamente relacionadas, no solo por compartir una misma tradición oral, sino también por su utilización literaria mutua. Además de las coincidencias prácticamente verbales, como en 2 Pedro 2,17-18, que parece depender literalmente de Judas 12-13, se pueden observar otros puntos de conexión:

* La descripción de los falsos maestros es sorprendentemente similar: son individuos integrados en la comunidad, quienes han introducido de manera furtiva sus impías doctrinas en su seno (Judas 4 = emplean para justificar sus argumentos palabras astutas: 2 Pedro 2:3, y cuentos sin fundamento: 2 Pedro 1:16).

* Presentan una ética cuestionable: son ávidos de riquezas (2 Pedro 2:3) y promueven la lascivia (Judas 4 = 2 Pedro 2:2,18). Parecen estar involucrados en prácticas homosexuales, ya que su comportamiento se asemeja al de los habitantes de Sodoma y Gomorra (Génesis 19: Judas 7 = 2 Pedro 2:6).

* Participan en actos de fornicación y pervierten el uso natural del cuerpo, "contaminan su carne", "se corrompen en las pasiones animales que conocen por instinto" (Judas 7,8,10 = 2 Pedro 2:12). En resumen: "viven según sus propios deseos" (Judas 16,18 = 2 Pedro 2:10,14,18,19).

* Son ilusos —"extraviados en su propio delirio"— y creen recibir revelaciones especiales a través de visiones (Judas 8). Desprecian a los seres celestiales, los ministros de Dios: "rechazan la autoridad y denigran las glorias" (Judas 8 = 2 Pedro 2:10).

* Son "murmuradores, inconformes con su destino" (Judas 16). Se consideran poseedores de una sabiduría superior o "espirituales" (Judas 19). Niegan al "único Soberano y Señor nuestro Jesucristo" (Judas 4 = 2 Pedro 2:1), es decir, defienden una cristología en relación a Jesús que no es apropiada, en todo caso, no se alinea con la de la comunidad.

Considerando estas observaciones críticas, se desprende la impresión de que los supuestos falsos maestros o "herejes" mencionados en ambas Epístolas son, en realidad, cristianos con tendencias gnósticas incipientes o al menos orientación gnóstica, con una inclinación hacia el libertinaje, es decir, una moral laxa, y que forman parte de la comunidad a la que pertenece el autor.

Es decir, se consideran tan cristianos como los demás, pero su interpretación del cristianismo difiere... ¡y la consideran superior! Son libertinos (cf. 1 Corintios 6:12) en el sentido de que al tener el espíritu, creen que lo que hagan con su cuerpo (la carne) no tiene repercusiones en su salvación. Su espiritualidad los libera de las leyes morales (como se explica en Gálatas 5:13-26).

Según lo que sabemos de algunos sistemas gnósticos del siglo II, ciertos individuos creían estar por encima incluso de los ángeles, ya que, aunque estos seres son espirituales, no comparten la misma naturaleza divina en cuanto a su "espíritu". Sin embargo, el "espíritu" de los hombres "pneumáticos" o "espirituales" sí lo es. De ahí que "desprecien al Señorío e injurien a las Glorias" (Judas 8 = 2 Pedro 2:10).

En ambos casos se afirma que la llegada de los herejes fue anunciada por profecías escritas en las Escrituras (Judas 14-16 = 2 Pedro) o por "profetas" contemporáneos, es decir, los santos apóstoles (Judas 17-19 = 2 Pedro 2:1-2; aquí, el profeta es el propio Pedro). En 2 Pedro, a veces la descripción de los herejes se presenta en tiempo presente en lugar de futuro: ver 2:10,12,20.

La forma de combatir la falsa doctrina es similar en ambos casos. Ambos autores recurren a ejemplos del pasado, tomados de las Escrituras, que ilustran cuán terrible es desviarse de la fidelidad a Dios.

Tres casos de personajes malvados y sus respectivos castigos se encuentran relatados en el Antiguo Testamento, como se menciona en Judas 5-10 = 2 Pedro 2:4-16. Estos ejemplos bíblicos ilustran cómo Dios castiga a aquellos que no conservan la fe:

1. Los que no creyeron, a pesar de ser parte del pueblo que salió de Egipto, fueron destruidos por Dios: Números 14:26-35.

2. Los ángeles que no "mantuvieron su dignidad" (es decir, no se mantuvieron fieles a lo que les correspondía según el plan divino) fueron castigados: permanecen atados en tinieblas en espera del juicio definitivo: Génesis 6 y 1 Enoc 8ss. Esta frase probablemente se refiere al pecado sexual de los ángeles que se unieron a las "hijas de los hombres", lo que los llevó a salirse del orden que les correspondía.

3. Los habitantes de Sodoma y Gomorra perecieron por el fuego: Génesis 19. Estos mismos castigos serán experimentados por los falsos maestros. Además, otros tres ejemplos de castigos a personajes malvados son mencionados en Judas 11-13: Caín (Génesis 4:8), Balaán (Números 22-24) y Coré (Números 16).

Es importante señalar que 2 Pedro altera ligeramente el texto de Judas 5-7: cambia el castigo al pueblo que salió de Egipto por el Diluvio, y coloca los tres castigos en orden cronológico. La mención del Diluvio se relaciona con 2 Pedro 3:6-7, donde se interpreta como símbolo de la primera destrucción de la humanidad. La segunda, que será la del fin del mundo, será definitiva. Los personajes que se salvaron del primer castigo, como Noé y Lot, se consideran "figuras" de los fieles cristianos que serán salvados en la catástrofe final, o segundo castigo, antes de la parusía. Los otros tres castigos mencionados en Judas 11 (Caín, Balaán y Coré) son reducidos a uno solo en 2 Pedro 2:15-16, el de Balaán.

La lectura de ambas cartas nos revela que los autores combaten las doctrinas erróneas de manera similar a las Pastorales, excepto por la doctrina específica de 2 Pedro acerca de la parusía. No recurren a una discusión teológica con argumentos y contraargumentos, sino que apelan en primer lugar al ejercicio de la fe, entendida como la creencia en un conjunto de doctrinas establecido desde el principio y transmitido por tradición desde los apóstoles, y luego por medio del buen ejemplo (Judas 3 = 2 Pedro 2:21).

Los autores no detallan el contenido de la fe, sino que dan por sentado que todos los lectores lo conocen, pues se había ya formado una especie de credo incipiente. Desviarse intelectualmente del contenido de la fe se considera una impiedad y una negación del verdadero Jesucristo (Judas 4 = 2 Pedro 2:1). Como defensa contra la herejía, en segundo lugar se apela al ejercicio de las virtudes comunitarias: la oración, la esperanza y sobre todo la caridad (Judas 20-21; 2 Pedro 3:11-12: vivir en santa conducta y piedad).

2. Doctrinas específicas de la Segunda epístola de Pedro

* El contenido doctrinal de la Epístola de Judas se reduce a lo mencionado en los dos apartados precedentes. 2 Pedro añade por delante de Judas un "testamento" de Pedro, provocado por la ficción de la necesidad de enfrentarse a los herejes ante su muerte inminente (1:12-15). El fundamento de las verdades que va a impartir es que él, Pedro, fue testigo de Jesucristo (1:16-18). Añade luego una idea que le preocupará más adelante: demostrar contra los herejes que la futura venida de Cristo es segura.

De momento aporta dos argumentos:

a) La transfiguración de Jesús (Marcos 9:1ss) fue su primera "parusía". Fue el momento cumbre y la consumación de su primera venida a la tierra (encarnación; vida pública) porque en ella se reveló toda su gloria. Y si hubo una primera venida, habrá ciertamente una segunda (1:16).

b) El siguiente argumento es que la parusía ha sido anunciada por diversas profecías, a las que se debe prestar asentimiento.

El autor aprovecha (1:20-21) para sentar doctrina recta sobre la inspiración profética y la de las Escrituras en general. El trasfondo para entender su argumento es suponer que los falsos maestros —que niegan la parusía— apelan también a los profetas para defender sus teorías, pero hacen de los oráculos una exégesis no correcta. El autor defiende que ningún particular puede, por su cuenta, interpretar una profecía (como le venga en gana).

Para ello se necesita el poder del Espíritu Santo. Este poder es paralelo a la inspiración del mismo Espíritu que habló por medio de los profetas. Ahora bien, si no se puede interpretar ninguna profecía por cuenta propia, se sigue lógicamente (aunque no se manifieste de modo expreso) que la única intérprete oficial es la Iglesia, depositaria del Espíritu Santo. El que no siga esta vía va detrás de "fábulas artificiosas" (1:16).

* La Epístola segunda de Pedro añade por detrás de Judas una refutación específica de una de las ideas más importantes de los falsos maestros: si la parusía tarda en llegar... es porque en realidad no va a ocurrir nunca (3:3-4: «¿Dónde queda la promesa de su venida? Pues desde que murieron los Padres todo sigue igual como al principio de la creación»; cf. una idea parecida en 1 Clem 23:3). Al defender que la parusía no tendrá lugar nunca, los herejes (gnósticos) pueden estar sosteniendo que la salvación está ya en el presente por el conocimiento del Señor que dicen tener. Se trataría de otro caso de «escatología realizada» que hace innecesaria la parusía y el juicio.

La refutación de la doctrina de los falsos maestros tiene lugar en 3:5-10. El autor blande contra los herejes tres argumentos:

a) Ignoran deliberadamente las consecuencias que deben obtenerse de la historia del Diluvio. Éste fue una primera destrucción de la humanidad y es un preludio (esquema «figura / realidad», que ya vimos en Hebreos, por ejemplo) de la destrucción definitiva que sucederá al final de los días por una conflagración cósmica: fuego. Después vendrá el juicio (3:5-7).

b) Los herejes no saben computar los tiempos. Los años que han pasado no son nada. Para Dios «mil años son como un día» (Salmo 90:4). La divinidad tiene otra medida del tiempo: 3:8.

c) El aparente retraso no es un incumplimiento de las promesas, sino un acto de paciencia divina: Dios concede tiempo suplementario para arrepentirse: 3:9. 3:10. De todos modos el «Día del Señor vendrá» de súbito, como un ladrón (Mateo 24:43 y 1 Tesalonicenses 5:2), y entonces tendrá lugar la conflagración universal por medio del fuego.

* El caso de las cartas de Pablo y los herejes (2 Pedro 3:14-16). La verdad de la parusía aparece también en las cartas de Pablo (el autor de 2 Pedro aprovecha la ocasión para ponerse en pie de igualdad con el gran apóstol: «nuestro querido hermano», 3:15). Pero desgraciadamente en esas cartas también hay pasajes difíciles que los «herejes» utilizan erróneamente para defender sus doctrinas. El autor presupone, pues, como ya existente una colección de cartas de Pablo y que éstas son consideradas por la Iglesia «Escritura» santa como «las demás» (= ¿los Evangelios? ¿El relato de la transfiguración ha sido tomado de ellos?).

Parece que así es porque 2 Pedro rechaza el uso de textos que no sean «Escritura» (3:16). En este pasaje tenemos el primer indicio claro de que la Iglesia del final del Nuevo Testamento está en un período de formación de su propio canon de Escrituras, que situará al lado y con el mismo valor que el Antiguo Testamento (cap. 3).

Una de las características de 2 Pedro, solo mencionada de pasada hasta ahora, es que en su arreglo de la Epístola de Judas elimina todas las "pruebas de Escritura" en las que el autor que le sirve de base apelaba a textos que en su época aún no habían sido declarados apócrifos. Los pasajes pertinentes son: Judas 7, que además del trasfondo de Génesis 19:4-11 apela probablemente también a 1 Enoc 10:6; Judas 9-10, que cita la Asunción de Moisés. Esta cita parece deformada en 2 Pedro 2:12; Judas 14 que cita expresamente a 1 Enoc 9, texto omitido en 2 Pedro. Todo ello quiere decir que en los años transcurridos entre la composición de una y otra carta la Gran Iglesia ha afinado mucho en el concepto de sagradas Escrituras. De hecho, se empieza a percibir un canon.

3. ¿Quién escribió las Epístolas de Judas y 2 Pedro?

* La respuesta completa a esta pregunta depende de la idea que podamos formarnos del autor del primero de estos textos. El escritor se presenta como Judas, "hermano de Santiago". Hay cuatro Judas en el Nuevo Testamento:

1. Judas Iscariote, el que luego sería el traidor (Lucas 6:16 y Juan 13:26; 14:22).

2. Judas, también uno de los Doce, hijo de Santiago (Lucas 6:16).

En la lista de Mateo 10:2-3 aparece como Tadeo. No se sabe si son dos personajes distintos (el nombre exacto de todos los componentes de los Doce no fue conservado por la tradición), o uno con dos nombres: Judas Tadeo. Probablemente eran dos personas diferentes. En época posterior al Nuevo Testamento se confundió a este Judas, miembro de los Doce, con Tomás Dídimo (el Mellizo). Se formó así un personaje híbrido, denominado Judas Tomás, que se consideró hermano gemelo de Jesús (!) y que fue depositario de revelaciones especiales por parte de éste (cf. Evangelio de Tomás copto y Hechos de Tomás, apócrifos, del siglo III).

3. Judas hijo de Sabás (Barsabás). Era profeta (Hechos 15:32) y fue delegado de la comunidad de Jerusalén, junto con Silas/Silvano, para llevar una carta con las decisiones del "concilio de los apóstoles" desde la capital de Palestina a Antioquía (Hechos 15:22ss).

4. Judas, hermano de Santiago, a su vez hermano de Jesús (Marcos 6:3 y Mateo 13:55).

El único individuo que se ajusta a las características insinuadas en el comienzo de la carta es el último mencionado, identificado también como hermano de Jesús, como se corrobora en Marcos 6,3. La designación de "hermano de Santiago" se debe probablemente a la prominencia de este último en círculos cristianos, siendo reconocido como líder de la comunidad judeocristiana en Jerusalén según lo narrado en Hechos 15. No obstante, en la actualidad son escasos los estudiosos del Nuevo Testamento que sostienen la atribución de la autoría a Judas, hermano de Santiago y de Jesús, tal como se establece al inicio del escrito. Esta postura se sustenta en tres razones principales:

a) La comprensión de un cristianismo disidente como una forma de gnosticismo plenamente desarrollada parece ser más plausible hacia finales del siglo I que en períodos anteriores. Si bien podemos identificar un fenómeno similar entre los cristianos corintios, quienes fueron censurados por Pablo en su primera carta a esa comunidad, dicho movimiento no aparece tan elaborado como se sugiere en la carta de Judas. Un pasaje que insinúa una interpretación cristiana similar es 1 Timoteo 6,20, que menciona una "falsa gnosis".

b) El autor de la carta parece concebir a los apóstoles como figuras del pasado. Los testigos originales han fallecido y ahora están rodeados de una aura de santidad que se asocia comúnmente con el paso del tiempo. La referencia a los profetas del Antiguo Testamento y al grupo inicial del cristianismo, los apóstoles, como autores de profecías, sugiere un período en el que el movimiento cristiano está bien establecido. Los apóstoles se convierten simplemente en una autoridad del pasado que no se cuestiona.

c) Es especialmente entre los comentaristas protestantes donde se enfatiza que la concepción de la fe tal como se presenta en la epístola, es decir, como un conjunto de verdades que constituyen una ortodoxia transmitida por tradición, parece más propia de una etapa avanzada del desarrollo cristiano que de una primitiva. Si la carta hubiera sido escrita por un individuo de la primera generación de cristianos, podríamos esperar una concepción diferente de la fe.

En su totalidad, estos argumentos resultan razonables. La Epístola de Judas parece ser, por ende, una obra de data tardía y, por lo tanto, pseudónima. El autor, un individuo desconocido, parece ser un judío altamente influenciado por la cultura helénica, como lo indica su dominio del griego. Además, muestra un profundo conocimiento de las Escrituras en su lengua original, ya que sus citas no provienen de la Septuaginta, sino de un texto hebreo traducido al griego de manera diferente, y su estilo argumentativo se asemeja al de los sermones sinagogales de la época.

* Si esto es correcto, entonces resulta altamente improbable que la Segunda Epístola de Pedro pueda ser atribuida al apóstol Pedro, a pesar de que el autor se presente como tal e incluso haga referencia a haber escrito una carta anterior (sin duda la Primera Epístola de Pedro, como se sugiere en 2 Pedro 3,1).

Es completamente implausible que el verdadero Pedro pudiera haber tomado prestada una carta tardía. Además, los mismos argumentos utilizados contra la autoría apostólica de Judas se aplican también a 2 Pedro: esta epístola equipara a los profetas con los apóstoles, considerándolos entidades sagradas del pasado cuyas palabras son utilizadas para establecer la doctrina correcta (2 Pedro 3,2).

La negación de la parusía (la segunda venida de Cristo) por parte de herejes contemporáneos del autor se comprende mejor como un fenómeno posterior al inicio del cristianismo. La suposición de la existencia de un corpus de escritos paulinos ya considerado sagrado como "Escritura" indica un período posterior al año 100.

La presentación de Pedro como garante de una tradición de doctrinas consolidadas nos sitúa en una época muy tardía del Nuevo Testamento, donde "el tiempo de los Padres" ya parece lejano. Igualmente, la equiparación con Pablo dibuja un momento en el que estos dos apóstoles se presentan como los pilares principales de la fe cristiana, lo cual ocurre también tardíamente, probablemente a finales del siglo I o principios del II.

Estos argumentos también resultan convincentes. Si no podemos atribuir la composición de 2 Pedro a la figura histórica de Pedro, entonces ¿quién fue su autor? La respuesta es que tampoco lo sabemos. Además, queda descartado que el autor de 2 Pedro sea el mismo que el de 1 Pedro, ya que el lenguaje y el estilo de ambas cartas difieren considerablemente entre sí.

4. ¿A quiénes fueron dirigidas estas epístolas?

El encabezamiento de Judas es tan amplio que su audiencia potencial podría ser en principio toda la cristiandad, sin especificar si estos lectores provienen del mundo pagano o del judaísmo. Dado el personaje que el autor elige como firmante de la obra, se deduce que los destinatarios serían cristianos que mantuvieran sólidas relaciones con las iglesias de Palestina y que tuvieran un profundo conocimiento de las Escrituras. Por otro lado, 2 Pedro señala claramente (1,1) que sus lectores son todos los cristianos.

5. ¿Cuándo y dónde se compusieron?

Respecto a la Epístola de Judas, debemos admitir que no es fácil determinar su origen ni siquiera mediante deducciones internas. La única certeza es que Judas fue utilizada por 2 Pedro. Por lo tanto, debe ser anterior a esta última, probablemente bastante anterior debido a su diferente enfoque respecto al uso de textos apocalípticos, especialmente 1 Henoc, que en la época de 2 Pedro ya se consideran explícitamente "apócrifos" y, por lo tanto, no se citan.

Ya hemos mencionado que, debido a su concepción de la fe y su valoración de los apóstoles como una entidad sagrada del pasado, la carta debe situarse cronológicamente hacia el final del Nuevo Testamento. Por lo tanto, de manera imprecisa, en el último tercio del siglo I.

Dado que 2 Pedro utiliza Judas, debe ser posterior a esta. Esto nos sitúa, como mínimo, hacia finales del siglo I o principios del II. La consideración de las cartas de Pablo como "Escritura" nos lleva a situarlas hacia la mitad del siglo II o un poco antes. Es difícil precisar más.

Por otro lado, 2 Pedro es citada por Orígenes a principios del siglo III. Por lo tanto, tenemos un margen de aproximadamente cien años (entre el 100 y poco antes del 200) en el que podría haber sido compuesta.

En cuanto al lugar de composición de ambos escritos, lamentablemente, no podemos hacer más que reconocer nuestra ignorancia.

LA CUESTIÓN DEL «CATOLICISMO NACIENTE» EN EL NUEVO TESTAMENTO

Hemos mencionado anteriormente que las doctrinas presentes en las Cartas católicas (Universales), junto con las Pastorales, plantean una cuestión que, para la mayoría de los católicos, resulta sorprendente debido al rechazo que este conjunto de escritos del Nuevo Testamento encuentra en ciertas comunidades protestantes: se les acusa de dar origen al "catolicismo" dentro del mismo Nuevo Testamento.

Una cierta exégesis protestante moderna utiliza términos como "catolicismo naciente" o "protocatolicismo" para referirse al conjunto de características que dibujan en este corpus una Iglesia que se asemeja mucho más en su doctrina y organización a la Iglesia católica romana que a las iglesias protestantes surgidas de la Reforma del siglo XVI. Estos mismos exegetas sugieren que este "catolicismo" incipiente en el Nuevo Testamento marca el inicio de una desviación del espíritu evangélico, que según ellos fue restaurado por los Reformadores.

Los rasgos o características más destacadas de este movimiento protocatólico que se observan dentro de las obras del Nuevo Testamento son los siguientes:

* Se enfatiza una fe que consiste en el "contenido de unas doctrinas específicas" transmitidas por tradición (Judas 3). Esta fe se percibe como un objeto estático; ya no es, como en el caso del apóstol Pablo, un principio dinámico que une al creyente con Cristo y que implica un acto de confianza en su obra redentora y un acto de obediencia profunda a las demandas de Cristo. En contraste, la fe protocatólica depende de la historia (la tradición) para su confirmación, un aspecto que tampoco se observa en el pensamiento de Pablo (quien prescindió del Jesús histórico).

Este concepto de fe, no conforme al pensamiento de Pablo, se formula en algunos escritos del Nuevo Testamento con un lenguaje y un espíritu griego, es decir, con una cierta adaptación al vocabulario de la filosofía helenística (un ejemplo más evidente se encuentra en 2 Pedro 1,3.4.5.6.12; 2,21; 3,17-18).

* Se consolida la noción de "tradición apostólica". La iglesia protocatólica se percibe separada de la era apostólica y cree que allí se formó de una vez por todas y de manera completa, gracias a la revelación recibida de Jesús por parte de los apóstoles, el depósito de la fe. Este depósito se considera inmutable desde el principio y debe ser conservado íntegro dentro de la Iglesia mediante un firme apego a la tradición, la cual sirve como sustento de la fe. Este concepto se observa en varios aspectos:

a) La deliberada utilización de la pseudonimia en los escritos dirigidos a toda la cristiandad o a un grupo importante de comunidades. En este contexto, lo importante no es el nombre del verdadero autor, sino la Iglesia que representa. A su vez, esta Iglesia se considera representante de los apóstoles originales. De manera explícita, las normativas contemporáneas de la Iglesia se presentan bajo el manto, ficticio, de un apóstol del pasado ya glorioso: Pablo, Pedro, Judas, Santiago, Juan.

b) Se rechaza a los herejes sin necesidad de profundizar en la discusión sobre su doctrina. Simplemente se argumenta que se han apartado del depósito de la fe.

* Se observa un cambio de una Iglesia caracterizada por los carismas (como se describe en 1 Corintios) hacia una más organizada y burocratizada. Este fenómeno se manifiesta de la siguiente manera:

a) En la consolidación de los cargos eclesiásticos, los cuales pasan a ser remunerados y adquieren fuerza a medida que retrocede la influencia de maestros y profetas. Estos cargos reciben lo que más tarde se conocerá como el sacramento del orden mediante la imposición de manos.

b) Los cargos eclesiásticos se vinculan a los primeros apóstoles a través de la idea de una sucesión apostólica. Posteriormente, los obispos y otros cargos eclesiásticos (y finalmente el Papa) reciben su autoridad como sucesores legítimos de los apóstoles.

c) La tradición de los dogmas que se deben creer se garantiza, representa y pone a disposición de todos a través de la acción de los cargos eclesiásticos, precisamente porque se han formado dentro de la sucesión apostólica. Este fenómeno implica una burocratización de la Iglesia.

* Se evidencia una tendencia hacia el legalismo, dentro del cual se engloba la "burocratización de la Iglesia" mencionada anteriormente. Desde la primera comunidad escatológica de Jerusalén hasta la Iglesia de 2 Pedro, se observa la inclinación del grupo cristiano hacia un mayor legalismo en varios aspectos:

a) En 1 Juan, Judas y 2 Pedro ya se observa un esfuerzo explícito por definir la "ortodoxia y la herejía" dentro de la Iglesia: todos los argumentos teológicos y de la Escritura se formulan con el propósito de establecer una ortodoxia claramente definida.

b) Se produce un cambio del concepto de salvación como algo ya iniciado en el presente (como lo expone Pablo, y sobre todo el Evangelio de Juan con su "escatología realizada"), y muy ligado a la fe, hacia otra concepción de la salvación concebida como un evento que ocurrirá en el futuro después del juicio individual de cada persona por parte de Dios, y dependiente de las obras realizadas en la tierra.

c) Aunque la vida presente sigue siendo vista como un período temporal hasta la muerte (como se expresa en 1 Pedro 1,1), comienza a ser percibida como necesitada de ser regulada y dirigida por el cumplimiento de mandamientos específicos de Dios. Se pasa de una teología basada puramente en la gracia y la fe, como lo promovía Pablo, que se resumía en el precepto casi único del amor a Jesús y al prójimo, con una casi ausencia de la Ley que se condensa en la fe en el Revelador y el mandamiento del amor (como se ve en el Evangelio de Juan y las Epístolas joánicas), a un nuevo legalismo: la salvación del ser humano se logra mediante el cumplimiento de preceptos específicos establecidos por la Iglesia. Surge una nueva Ley, reinterpretación de la antigua por parte de Jesús, a la que se añaden los preceptos particulares de la Iglesia.

d) La Epístola de Santiago contradice a Pablo al afirmar que el cristiano no se justifica solo por la fe, sino que debe sujetarse al cumplimiento de normas: la ley mosaica transformada en la "ley de la libertad" por Jesús (Santiago 2,12). Esta epístola representa dentro del cristianismo incipiente el triunfo del espíritu moralista y legalista de la sinagoga helenística. Si bien se eliminan en cierta medida los aspectos demasiado judíos del cristianismo en esta época, surge un fenómeno contrario: la influencia de las raíces judías es tan fuerte que se permite la inclusión en el canon de escritos cristianos que incorporan una sólida base judía (Santiago y Apocalipsis). En este contexto también se describe la "piedad" como un sistema de vida cristiano según pautas bien definidas (1 Timoteo 2,2; 5,4; 6,11; 2 Timoteo 3,12; Tito 2,12).

* Se observa una pérdida de la distinción entre la letra y el espíritu, con una inclinación hacia este último. Esta falta de distinción lleva a identificar el Evangelio con la tradición eclesiástica misma, lo cual es un error.

* Se observa un intento de control de los textos sagrados. La exégesis de estos textos no se considera posible para los cristianos individuales, sino que queda regulada por la Iglesia y sus autoridades, bajo un sistema de autoridad doctrinal. Aunque la exégesis se supone basada en el Espíritu Santo, este Espíritu está "controlado" por la Iglesia. La Iglesia se convierte en la única entidad jurídica transmisora de la palabra de Dios, la cual se vuelve así "disponible", junto con la salvación. Este enfoque conlleva la pérdida del espíritu cristiano primitivo, en el cual "escuchar la Palabra" era un acto personal, así como la pérdida de la capacidad de ser guiado personalmente por el Espíritu, que se comunica libremente a cada individuo a través de la lectura de las Escrituras, sin necesidad de intermediarios.

* Se mantiene únicamente de manera teórica la idea de la parusía y del fin del mundo, concepción que se repite en todas las obras protocatólicas. Esto implica, en la práctica, relegar la creencia en la parusía a un futuro muy distante e impreciso. Mientras este evento llega, y se espera que tarde mucho en hacerlo, lo primordial es cómo comportarse en el mundo actual: se enfatiza la necesidad de llevar una vida ordenada y cívica. Un ejemplo claro de esto lo encontramos en las Pastorales, donde se promueve el ideal de una vida como ciudadano cristiano ejemplar: vivir de manera tranquila y pacífica, practicando la sensatez, la justicia y la piedad en el contexto presente (Tito 2,12).

* Se observa una tendencia hacia la "sacramentalización", donde la salvación se entiende como algo que se obtiene a través de una mediación sacramental. Por ejemplo, se destaca la organización de la eucaristía. Esta ya no se considera simplemente como un recuerdo de la Cena del Señor, sino como un medio organizado para "administrar" la salvación. Otro ejemplo evidente de esto se encuentra en los primeros pasos hacia la institución del sacramento del orden, tal como se observa en las Pastorales.

* Se observa una tendencia hacia la formación de un canon fijo de las Escrituras, lo cual es evidente en 2 Pedro: se eliminan citas consideradas apócrifas y se acepta el incipiente canon judío del Antiguo Testamento, además de los primeros indicios de la formación de un canon de Escrituras específicas para los cristianos, como los Evangelios y las cartas de Pablo.

La exégesis protestante sostiene que estas características "protocatólicas" de las obras tardías del Nuevo Testamento reflejan una religiosidad que no se ajusta al espíritu del verdadero cristianismo, cuyos modelos son Jesús y su principal intérprete, Pablo. Estos rasgos representan una espiritualidad no auténtica, alejada de su centro primitivo y genuino: Jesús. Como resultado de estas observaciones, los protestantes sienten desagrado hacia el catolicismo, ya sea temprano o tardío, y eventualmente desean eliminar algunos escritos del Nuevo Testamento del canon de las Escrituras, especialmente Judas, Santiago y 1 Pedro. Martín Lutero estuvo cerca de hacerlo: lo deseaba internamente pero no se atrevió a llevar a cabo tal eliminación. En el siglo XX, este mismo impulso ha llevado a:

a) Esta cuestión conduce a precisar un "canon dentro del canon", es decir, determinar qué obras son realmente importantes dentro del Nuevo Testamento y cuáles pueden ser prescindibles en la práctica. Este "canon dentro del canon" coincide con lo anteriormente señalado: los Evangelios y las epístolas auténticas de Pablo. Aunque se acepte el canon eclesiástico, el verdadero cristiano (según la perspectiva protestante) siempre debe considerar qué obras en el Nuevo Testamento "predican e impulsan a Cristo" (según Martín Lutero) y cuáles no.

b) Se plantea como un auténtico problema teológico la contraposición entre la Epístola de Santiago y las enseñanzas de Pablo. A pesar de los esfuerzos por mitigar las diferencias de pensamiento, estas diferencias son evidentes, llegando casi a la contradicción. En la práctica, la Epístola de Santiago no se considera relevante.

c) Se percibe también una contraposición real entre el verdadero espíritu cristiano y la teología de 2 Pedro, lo que lleva a reflexionar sobre si la teología de esta obra tiene o no carácter normativo para los verdaderos cristianos (los protestantes, en este caso).

Para los católicos, por el contrario, toda esta problemática del "protocatolicismo" suena arbitraria y artificiosa. Lo más sorprendente para un católico es atribuir al Nuevo Testamento mismo un cierto movimiento "desviacionista" del espíritu que animaba a Jesús y a Pablo. Y aún más sorprendente es pensar que la Iglesia del siglo XVI pueda corregir ciertos errores de religiosidad muy primitivos y respaldados por el Nuevo Testamento mismo.

Estos "errores", además, son la esencia de una manera de entender el cristianismo, la Iglesia católica, que se basa precisamente en preservar con el mayor celo la tradición más primitiva, no solo de las Pastorales, las Epístolas católicas (Universales) o de Pablo, sino sobre todo las enseñanzas de Jesús mismo. En esta línea, se argumenta contra los protestantes que:

* Las objeciones al "protocatolicismo" del Nuevo Testamento no son más que un reflejo de la animosidad protestante contra la Iglesia católica. Se trata principalmente de un punto de vista moderno fundamentado en la hostilidad hacia la Iglesia católica, una actitud que fue particularmente común en el siglo XIX.

* Los protestantes aplican a la comprensión del Nuevo Testamento, una obra fundamentalmente del siglo I, criterios de la teología de la Reforma del siglo XVI.

* Los protestantes corren el riesgo de eliminar del Nuevo Testamento aquellas doctrinas que no concuerdan con su idea preconcebida del cristianismo.

* El hecho de que el Nuevo Testamento exhiba estas tendencias "católicas" en su seno mismo es una evidencia clara de que el catolicismo es la interpretación genuina del cristianismo. Las demás interpretaciones carecen de la garantía de autenticidad que proporcionan los orígenes.

* Uno de los principales puntos de crítica al "protocatolicismo" es el concepto de fe "petrificado" defendido por la Iglesia católica. Sin embargo, ¿es creíble que el cristianismo haya podido perdurar hasta el día de hoy sin haber organizado y formulado claramente sus creencias? La "petrificación" de la fe, por lo tanto, es necesaria e inevitable tarde o temprano.

* La adaptación de la Iglesia al mundo, incluyendo aspectos como los cargos eclesiásticos, la noción de sucesión apostólica, la importancia de la tradición, entre otros, era absolutamente necesaria para su supervivencia. Sin esta adaptación, tampoco existiría el protestantismo tal como lo conocemos hoy en día.

* La adaptación del lenguaje de Jesús a la lengua y mentalidad griega helenística, especialmente evidente en las cartas más tardías del Nuevo Testamento, no representa una traición ni una corrupción del espíritu original de su mensaje, sino más bien "un impulso inevitable de la proclamación de un evangelio de la encarnación".

* También el verdadero Pablo representa una interpretación y adaptación del mensaje de Jesús.

De nuevo, como sucede con la contraposición entre el Jesús histórico y la figura de Pablo de Tarso, esta guía anima al lector a que reflexione y emita su propio juicio. Es un llamado a la autonomía intelectual y espiritual, invitándolo a explorar por sí mismo las diversas perspectivas y argumentos presentados, y a llegar a sus propias conclusiones en base a su análisis y comprensión personal.