«Epístola»

de Santiago

Capítulo 23. EPÍSTOLA DE SANTIAGO

La Epístola de Santiago es la clara manifestación de la división primordial entre los seguidores de Jesús, entre judeocristianos y paulinistas. Esta epístola enfrentó numerosas dificultades para ser incluida en el canon de las Escrituras del Nuevo Testamento. Incluso a principios del siglo IV, el historiador de la Iglesia Eusebio de Cesarea la consideraba entre las "dudosas". En 1522, Martín Lutero la etiquetó como "epístola de paja" (en contraposición a "epístola de oro", es decir, una obra sin valor), relegándola al final de su traducción del Nuevo Testamento y expresando su deseo de eliminarla del canon.

Según su perspectiva, el contenido de esta carta no se ajustaba al espíritu del Evangelio. A pesar de ello, con el tiempo, esta obra ha sido rehabilitada y comprendida mejor, de modo que algunos comentaristas católicos contemporáneos la consideran la "obra con mayor carga social de todo el Nuevo Testamento".

La Epístola de Santiago se compone principalmente de un conjunto de exhortaciones morales. A primera vista, resulta difícil identificar una estructura que explique por qué ciertas máximas, consejos y normas específicas están agrupadas de la manera en que lo están en la Epístola. Recientemente se ha sugerido que la organización de Santiago está influenciada por los temas que los catequistas cristianos primitivos empleaban en su enseñanza y predicación, o por los motivos que se desarrollaban sistemáticamente en las homilías bautismales.

A excepción de algunas normas aisladas y pequeños grupos de consejos vinculados por palabras clave, Santiago presenta tres pequeños conjuntos cuyo tema es más unitario:

a) Ricos y pobres. (Santiago 1:9-11; 2:1-9; 4:13-5:6)

b) fe y obras. (Santiago 2:14-26)

c) Contra la inmoderación en el hablar (Santiago 1:19; 3:1-12). En conjunto, la Epístola se asemeja a un tratado de moral cristiana y general, destacando su tono exhortativo por la presencia de 54 imperativos en 106 versículos (Marxen, 194).

El autor no es original en cuanto a la tradición literaria de la que su obra es deudora, sino que utiliza material de la tradición judía, especialmente de la corriente sapiencial presente en los últimos estratos del Antiguo Testamento, así como de la tradición de máximas morales del helenismo. Además, incorpora elementos de la tradición cristiana.

Aunque el texto tiene una apariencia predominantemente judía y poco cristiana, se observan motivos cristianos más sutiles, como temas cristológicos en ciertos versículos (Santiago 1:18; 2:7; 5:14). Sin embargo, la cristología ocupa un lugar limitado en la Epístola, probablemente debido al énfasis en resaltar las normas morales y al deseo del autor de asegurar que sus posibles lectores judíos entiendan que aceptar a Jesús como el Mesías no implica abandonar el legado ético ancestral.

1. Contenido de la Epístola

El enfoque general del pasaje 1,2-18 parece girar en torno a la noción de "tentación", vista desde una perspectiva tradicional judía: la tentación no solo representa un "peligro de caída", sino también una prueba, utilizada por la enseñanza divina para que el justo manifieste su fidelidad. Esta concepción puede ser inspirada por el dicho de Mateo 5,11-12.

Los versículos 1, 9-11 + 2,1-9 + 10-12 + 4,13-5,6 + 5,1-6 critican la riqueza y a los ricos. El creyente debe evitar favorecer a los ricos y actuar de acuerdo con la "ley de la libertad" (2,12), es decir, con la ley evangélica que promueve el completo desprendimiento de las riquezas. El pasaje 2,5-7 refleja la teología de los "pobres" del Antiguo Testamento, aquellos que aceptan la pobreza como símbolo de rechazo a los valores mundanos opuestos a la voluntad de Dios (cf. Mateo 5,3).

El fragmento 5,1-6 también arremete contra los ricos. El tema de la fugacidad de la riqueza, corroída por la herrumbre y la polilla, quizás esté inspirado en Mateo 6,19-20. Este pasaje también evoca la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro (Lucas 16,19-31). El autor parece compartir el sentimiento general cristiano de que la Iglesia está viviendo en la última época de la historia (5,3).

En 2,14-26 Encontramos un pequeño tratado orientado a precisar la doctrina de Pablo sobre la "justificación por la fe" (Gálatas 2,16 + capítulo 3; Romanos 1,16-17; 3,27, etc.). El ataque indica que el autor de Santiago no ha comprendido completamente el complejo concepto paulino de fe: un don gracia de Dios que lleva a creer en lo que Él ha hecho por la humanidad a través del sacrificio expiatorio de Cristo, a obedecer este don y a apropiarse de los beneficios del sacrificio de Cristo. El autor de Santiago interpreta la fe como "creer en un solo Dios" (2,19). La interpretación errónea del concepto de fe paulino lleva al autor a criticar una fe (sin obras) que el propio Pablo no aceptaría, ya que para el Apóstol también sería inconcebible una fe sin obras. Como se ha explicado anteriormente, Pablo no divide el concepto de fe en creencia + obras, sino que para él la fe es una aceptación de un plan divino que simultáneamente se realiza al hacer la voluntad de Dios.

A partir de esta interpretación de la fe, Santiago apela como Pablo (Gálatas 3,6ss) al ejemplo de Abraham (Génesis 22,9), pero llega a una conclusión contraria a la del Apóstol: el patriarca no fue justificado por la fe, sino por las obras (2,21).

Muchos comentaristas opinan que Pablo y Santiago no abordan exactamente la misma cuestión porque parten de una base diferente: qué es la fe. Para los protestantes, la única definición correcta de la fe es la paulina. Para los católicos, ambas definiciones tienen cabida en la teología: Dios otorga la "justificación" por la fe, pero en el Juicio Dios juzgará a cada uno por las obras (Mateo 25,34-46).

En 3,1-12 Se presenta el lema "refrenad la lengua" (cf. antes 1,19). El versículo 3,1 debe entenderse probablemente como referido al cargo eclesiástico de "maestro", que existe en la comunidad del autor al igual que el de "presbítero" (5,14). El maestro es el personaje que más debe guardar su lengua de toda inmoderación. Algunos comentaristas han interpretado aquí una crítica del autor de Santiago contra el desorden que reinaba en la liturgia de las comunidades paulinas (donde predominaba el ejercicio de los carismas del Espíritu y que podrían parecer "una casa de locos".

5,13-16 Contiene orientaciones en caso de enfermedad. El autor recomienda la unción de los enfermos y la oración como remedio para (algunas) enfermedades. Es interesante que la unción esté a cargo de los presbíteros. Es éste probablemente un cargo ya fijo, una de cuyas funciones es administrar la (extrema) unción. En este momento de la evolución de la Iglesia el antiguo carisma de la sanación (1 Corintios 12,9.28.30) ha sido sustituido por la tarea de un cargo eclesiástico.

El trasfondo de orar por los enfermos es la creencia de que las enfermedades tienen su origen en el pecado, atestiguada en el judaísmo antes de Cristo (cf. Eclesiástico 38,15: "El que peca contra su Hacedor caerá en manos del médico") y también en los evangelios (por ejemplo, Juan 9,2). La oración y el perdón de los pecados van juntos y pueden obrar la recuperación de la salud. Por ello, el autor menciona la confesión pública de los pecados en 5,16. El recuerdo de Jesús como sanador pudo ser el origen de esta práctica cristiana de la unción de los enfermos, así como la memoria de acciones similares de los apóstoles: "Predicaban el arrepentimiento y expulsaban muchos demonios, y ungiendo con óleo a muchos enfermos los curaban" (Marcos 6,13).

2. ¿Quién escribió la Epístola?

Según el saludo inicial, el escrito se atribuye a un cierto "Santiago, siervo de Dios y de Jesucristo". En el Nuevo Testamento hay cinco personas que llevan este nombre:

— Santiago, el Mayor, hijo del Zebedeo (Marcos 1,19; 3,17; Hechos 12,2);

— Santiago, hijo de Alfeo (Marcos 3,18);

— Santiago, hermano del Señor (Marcos 6,3; 1 Corintios 15,7; Gálatas 1,19; Hechos 12,17; 15,13);

— Santiago, el Menor (Marcos 15,40, hijo de otra María, mujer de Cleofás, distinta de la madre del Señor);

— Santiago, padre del apóstol Judas (Lucas 6,16 y Hechos 1,13).

Dado que el autor de la carta muestra tener una gran autoridad, se suele descartar sin más como posibles autores a los Santiagos casi desconocidos. El hijo del Zebedeo queda eliminado también porque murió mártir hacia el año 44 d.C. (Hechos 12,22) y porque el análisis de la carta, sobre todo la controversia con la doctrina de Pablo sobre la justificación por la fe (2,14-26), no permite una datación tan temprana. Queda, pues, tan sólo Santiago, el hermano del Señor. De él sabemos por Pablo, los Hechos y Josefo (que lo caracterizan como un fiel observante de la Ley, aunque no tan fanático como para prohibir la misión a los gentiles: Hechos 15), que era jefe supremo de la Iglesia de Jerusalén. Según Josefo (Ant. XX 200), murió mártir en el 62. Sin embargo, la inmensa mayoría de los especialistas opina que no es posible esta atribución. Se suelen apuntar los argumentos siguientes:

* El estilo y la lengua elevada del escrito, compuesto originalmente en griego, hacen muy inverosímil la autoría por parte de un sencillo campesino galileo. También es muy inverosímil que el "hermano del Señor" citara la Biblia no en hebreo, sino según la versión griega de los LXX.

* La discusión sobre la doctrina paulina de la "justificación por la fe" exige un momento de la historia de la teología cristiana en el que esta idea se hubiera extendido e interpretado de diversas maneras. Probablemente, pues, después de la muerte de Pablo. Es poco probable que Santiago, el hermano del Señor, hable de la "ley de la libertad", el Evangelio, (1,25) cuando para él y sus seguidores no había otra "ley" que la de Moisés.

* Las dificultades que tuvo este escrito para ser admitido en el canon apuntan a que no existía una tradición fija en los siglos II y III que señalara a Santiago como autor de este escrito.

Estos argumentos parecen en conjunto muy convincentes (pero con matices). Tenemos, pues, en Santiago un escrito voluntariamente pseudónimo, compuesto probablemente por un judío convertido al cristianismo, que se inscribe en la corriente tardía del Nuevo Testamento de apuntalar toda la verdad de la moral o de la tradición con la autoridad de un "apóstol".

3. ¿A qué lectores va dirigida la Epístola?

La respuesta se sugiere de manera críptica en el saludo de la carta. No se puede afirmar con certeza qué significa la expresión "las doce tribus de la dispersión". Puede referirse a judíos dispersos por el mundo (la denominada "diáspora"); judeocristianos dispersos por diversas comunidades; o cristianos en general a los que se considera el "verdadero Israel", disperso por todo el mundo conocido. De cualquier manera, son cristianos que se reúnen en una "sinagoga" (según el griego de 2,2, otros traducen "asamblea"), lo que indica que tienen una fuerte afinidad con la herencia judía. Por el contenido de la carta, la tercera interpretación parece más adecuada.

A partir del tono general de la obra, se deduce que el trasfondo sociológico de los lectores es algún lugar que tiene cerca una sinagoga helenística de judíos "normales", que no creen en Jesús como el Mesías, pero con los que los judeocristianos lectores de esta carta conviven pacíficamente. Estos últimos piensan que quizás algunos de los judíos normales puedan ser atraídos a la nueva visión del judaísmo que ellos representan. Ambos grupos consideran que la Ley como libro de normas morales sigue siendo válida. Los judeocristianos opinan que la ley de Moisés se ha transformado en la "ley perfecta de la libertad" (2,12) mediante la interpretación de Jesús. Ya no se concibe la Ley como prescripciones rituales ni como la única vía de salvación.

El autor no ve ningún problema en que el nuevo judaísmo esté compuesto de judíos y gentiles: la época en la que esto se discutía acaloradamente ha pasado.

4. ¿Cuándo y dónde se escribió?

Partiendo de la premisa de que el autor no pudo ser Santiago, el hermano del Señor, es difícil precisar unas respuestas concretas. En cuanto al cuándo, hay que pensar en un momento en el que estaba bien extendida la tradición sobre las palabras de Jesús, pero aún no se conocían por todas partes los evangelios canónicos: Santiago no parece conocerlos por escrito, sino que parece citarlos más o menos de memoria o siguiendo una tradición oral.

Se han señalado contactos literarios entre Santiago y otras obras de la literatura cristiana primitiva que parecen aludir a esta epístola: primera Epístola de Clemente y sobre todo el Pastor de Hermas (compuesto en Roma hacia el 140). Si tales contactos son ciertos, tendríamos en el 140 una fecha tope antes de la cual hubo de componerse esta epístola. Sin más argumentos, suele postularse que la obra debió de componerse en el último tercio del siglo I.

Respecto al dónde, no hay manera de ofrecer una respuesta concreta, puesto que este material de tono ético estaba muy extendido por todo el Imperio: allí donde había comunidades judías, y luego comunidades de judeocristianos.