«Epístolas»

Pastorales

Capítulo 21. CARTAS PASTORALES

Las tres cartas conocidas como "Pastorales" en el Nuevo Testamento, es decir, 1 y 2 Timoteo y la Carta a Tito, forman un conjunto especial que comparten similitudes notables en cuanto a estilo, temas y atmósfera. La gran mayoría de los investigadores, incluyendo a los católicos, las consideran "pseudónimas", es decir, no escritas realmente por Pablo. A pesar de ello, estas cartas son ampliamente leídas y citadas en la liturgia cristiana, y la segunda carta a Timoteo en particular presenta una imagen de Pablo muy emotiva y atractiva.

Los protestantes, por lo general, las interpretan como el primer testimonio de lo que ellos denominan, de forma un tanto despectiva, el "cristianismo naciente" o "protocatolicismo". Algunas confesiones religiosas miran estas cartas con cierta desconfianza, considerándolas como ejemplos de cómo el auténtico mensaje evangélico comienza a desviarse. Sin embargo, independientemente de las interpretaciones y opiniones divergentes sobre su origen y significado, las cartas pastorales continúan siendo una parte importante del canon del Nuevo Testamento y siguen siendo objeto de estudio e inspiración para muchas personas en la fe cristiana.

A mediados del siglo XVIII, la costumbre de llamar "Pastorales" al conjunto de las cartas 1 Timoteo, 2 Timoteo y Tito se extendió. Esta denominación fue adoptada por la filología alemana para expresar la preocupación especial que muestran estos escritos por el establecimiento y el orden de la Iglesia, la determinación de las virtudes que deben practicar los fieles y los cargos eclesiásticos, es decir, las personas encargadas de cuidar del rebaño de Cristo.

Casi de forma unánime, los comentaristas consideran que las Pastorales, junto con las llamadas Epístolas católicas, representan la época final del Nuevo Testamento. Este período se caracteriza por un impulso general hacia la institucionalización y consolidación de la estructura de la Iglesia.

Desde un punto de vista sociológico e histórico, la aparición de las Pastorales en el panorama del Nuevo Testamento marca el comienzo de la lucha por el poder en los primeros años de la Iglesia, cuando se hace evidente que la separación de la Sinagoga es inevitable. Esta lucha se dirige en dos direcciones principales: por un lado, obtener un poder tangible sobre la comunidad mediante el establecimiento de cargos eclesiásticos objetivamente controlables; por otro lado, retener el poder ideológico. Este último impulso se concentra en definir lo que constituye la doctrina correcta y en combatir a los disidentes.

A la larga, en esta lucha por el control comunitario, los perdedores serán aquellos que buscaban guiarse por el Espíritu, los carismáticos itinerantes y los profetas, ya que su libertad será percibida como ingobernable.

En los primeros momentos después de la muerte de Jesús, la comunidad cristiana se percibía a sí misma como un grupo judío particular, diferenciado por su aceptación del Maestro como el Mesías y por su enfoque escatológico más intenso en comparación con el resto del judaísmo. La creencia en la inminencia del fin del mundo hacía que no fuera necesaria una organización estricta. La comunidad estaba consciente de ser guiada por el Espíritu, que había sido derramado abundantemente en los últimos días (Hechos 2:17). Incluso muchos judíos convertidos al cristianismo vendían sus posesiones y compartían los beneficios entre los más necesitados, creyendo que lo único necesario era mantener la unidad en la oración y la espera del fin (Hechos 2:45).

Sin embargo, esta situación pronto se volvió insostenible debido a la prolongación de la espera y al retraso en la venida del Mesías. Era necesario organizar el grupo si se quería que continuara existiendo. La cuestión era qué tipo de organización adoptar, ya que la naturaleza escatológica de los primeros tiempos de la comunidad podría entrar en conflicto con la idea de establecer normas temporales. Sin embargo, al igual que lo que ocurrió entre los habitantes de Qumrán, no parece que los primeros cristianos se preocuparan inicialmente por la posible contradicción entre una comunidad en espera del fin y su organización temporal, que incluiría ciertas normas propias de una sociedad establecida.

Según los Hechos de los Apóstoles, desde el principio había diáconos y se había establecido un servicio de atención y ayuda para los más necesitados de la comunidad, como las viudas. Esto indica que, a pesar de las expectativas escatológicas, la comunidad cristiana reconocía la necesidad de una organización interna para atender las necesidades prácticas de sus miembros.

Al principio, las comunidades cristianas delegaron el ejercicio mínimo pero necesario de la autoridad en aquellos que estuvieron más cerca de Jesús, en los proclamadores de la palabra y posiblemente en los ancianos. No había sacerdotes ni se consideraban necesarios, ya que los primeros seguidores de Jesús estaban principalmente en Jerusalén o en áreas cercanas a Israel y tenían acceso al Templo. Aquellos que se sentían particularmente inspirados por el Espíritu de Jesús, como los profetas y los maestros de la palabra, probablemente asumieron un papel predominante y, de facto, dirigieron las diferentes comunidades. Sin embargo, estos maestros y profetas no formaban una organización formal ni ocupaban cargos específicos, ya que eran itinerantes y su posición no era automáticamente sucedida por otros.

La división mencionada en los Hechos entre ministros de la palabra y encargados de la vida cotidiana de la comunidad probablemente sirvió como el germen organizativo. Con el tiempo, siguiendo el modelo de la comunidad de los sectarios de Qumrán o imitando figuras similares en entornos paganos, como se sugiere en Filipenses, la figura del anciano supervisor de la comunidad, conocido como epískopos en griego, comenzó a extenderse. Al principio, este papel no se distinguía claramente del de un presbítero o anciano. Pronto, sin que se pueda describir el proceso exacto, estas figuras de presbíteros-obispos se volvieron indispensables en todas las comunidades cristianas.

Inicialmente, la Iglesia estaba "gobernada" por el don del Espíritu manifestado en profetas y maestros, como se menciona en 1 Corintios; posteriormente, este don se restringió a aquellos a quienes se les confería mediante la imposición de manos, como se menciona en 1 Timoteo (1 Tim 1,18; 4,14): obispos o presbíteros. Dado que no podía haber muchos "inspectores" simultáneamente, la figura inicialmente indiferenciada del obispo/presbítero adquirió contornos más precisos con la aparición de un solo obispo bajo cuyo liderazgo se encontraban varios presbíteros, como lo describe Ignacio de Antioquía a principios del siglo II. Este grupo no solo asumió las tareas organizativas, sino también la responsabilidad de predicar la palabra y salvaguardar la doctrina, como se refleja en las cartas pastorales.

La explicación más profunda del surgimiento de la organización pudo ser la necesidad de garantizar la continuidad de la doctrina recibida de los primeros testigos (los "apóstoles") una vez que estos murieron. A finales del siglo I, los presbíteros y los obispos son presentados en nuestros textos como instituidos por los apóstoles y sus sucesores, aunque los estratos más primitivos del Nuevo Testamento no mencionan este evento. También hacia finales del siglo I se nos informa de la existencia de estos cargos como elementos fundamentales de la constitución de la Iglesia: los cargos no quedan vacantes, ya que distintas personas se suceden en el desempeño de la misma función.

Por lo tanto, la fuerza misma del desarrollo de una vida comunitaria, establecida en el retraso de la venida de Jesús como el mesías definitivo, llevó a que el gobierno inicial del Espíritu fuera sustituido por el de los "sucesores de los apóstoles", tanto ancianos (o "presbíteros") como inspectores u "obispos". La organización de la comunidad gradualmente se asemejaría a la de otros grupos religiosos o profesionales dentro del Imperio romano. Naturalmente, el modelo organizativo se basaba en el marco de la ciudad helenístico-romana, con un magistrado principal y otros subordinados, lo que ayudó a consolidar el esquema de un obispo auxiliado por presbíteros y diáconos.

En la primera Epístola de Clemente, compuesta entre el 90 y el 96, durante la época que ahora consideramos (aunque no esté expresamente en el canon del Nuevo Testamento), se observa cómo el autor tiene una idea clara de la organización de la comunidad. A los miembros de la Iglesia, les pide disciplina, obediencia y orden, es decir, las mismas virtudes que se exigen en la ciudad, en el ejército y en las relaciones con la administración del Emperador.

Esta evolución no fue uniforme en todas partes ni progresó con la misma rapidez en todos los casos: aún se manifestaban carismas espirituales en las generaciones posteriores a Pablo (Efesios 4,7; 1 Pedro 4,10-11) y se percibía un cierto tono de misticismo en las celebraciones litúrgicas (Colosenses 3,16). Todavía se observaban manifestaciones proféticas (1 Timoteo 1,18; 4,14) y se seguían escribiendo libros de revelaciones como el Apocalipsis de Juan.

En las Pastorales se menciona la existencia de carismas en la Iglesia, pero ya no se observa una comunidad vibrante llena de dones del Espíritu que requiera regulación, como se describe en la Primera Corintios. Más bien, se habla del carisma como una "gracia de estado" (1 Timoteo 4,14; 2 Timoteo 1,6). Normalmente, solo los líderes de la comunidad son considerados depositarios del Espíritu: en 2 Timoteo 1,6-7 se exhorta a recordar los dones divinos que Timoteo recibió al ser "ordenado" (¿supervisor = obispo?) mediante la imposición de manos de Pablo y los ancianos (1 Timoteo 4,14), lo que les permite controlar la doctrina y corregir las desviaciones (2 Timoteo 2,25; Tito 1,9.13).

La vida de los creyentes también está sujeta a una especie de disciplina eclesiástica por parte de aquellos que ocupan cargos y han recibido el Espíritu. Ellos controlan la vida moral de los miembros del grupo a través de una exhortación moral vinculante (1 Timoteo 5,3-16; 2 Timoteo 4,2; Tito 2,15).

El desarrollo de los cargos dentro de la Iglesia fue resultado y reflejo al mismo tiempo de una disminución de la expectativa escatológica. Aunque de hecho el grupo cristiano mantuvo las concepciones escatológicas (cf. 1 Timoteo 1,3-11: la comunidad de Timoteo se encuentra "en los últimos tiempos"; también en 2 Timoteo 3,1), a finales del siglo I la Iglesia aparece ya como una institución en proceso de organización que busca la salvación mediante el culto regular y los sacramentos estables, como veremos con mayor claridad al tratar la Epístola de Santiago. En las Pastorales y en los Hechos se observa claramente que la Iglesia se va preparando para una permanencia prolongada en el mundo. Vimos que la segunda parte de la obra lucana supone ya la composición de una historia de la primera comunidad, algo que hubiera sido inimaginable para quienes creían en un fin del mundo inmediato.

Al disminuir la tensión escatológica, la vida "espiritual" se transforma en "piedad", valor característico de la religión helenística, lo que es otro indicio de adaptación al entorno. Los cristianos adoptan una actitud de piedad estoica-burguesa similar a la de los ciudadanos piadosos de otras asociaciones religiosas, como lo testimonia Plutarco para el siglo II. Así en 1 Timoteo 2,2, se pide ya "poder vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad", es decir, se solicita de la divinidad la concesión de una cierta comodidad y asentamiento espiritual dentro de una vida duradera en el mundo.

En las Pastorales, junto con las Cartas católicas, observaremos cómo la tradición va conformándose en un corpus o "depósito" fijo de creencias y cómo se van estableciendo poco a poco las bases para que más tarde, a lo largo de los siglos II y III, la Iglesia pueda extraer de entre estas ideas teológicas las que considera fundamentales, básicas e importantes para formar el credo o "confesión de fe [que procede] de los apóstoles".

El Evangelio de Lucas y los Hechos de los apóstoles habían sembrado la semilla de la idea rectora de este proceso: no ha habido ninguna evolución en la doctrina, sino que esta "ha sido transmitida a los santos [los cristianos fieles] de una vez para siempre".

La abundancia de doctrinas dispares y hasta contradictorias dentro del seno del cristianismo del siglo I era notable. No existía ninguna instancia, ninguna Academia sacra que velase por la pureza de la doctrina.

Muchas nociones teológicas, que más tarde serían tenidas por heréticas y que acabarían siendo abandonadas —en el ámbito de la cristología (como el tantas veces mencionado "subordinacionismo"), o en el de la ética, o doctrinas como el "milenarismo"—, fueron en un principio tan aceptadas como otras.

Y algunas más, por ejemplo, la mariología, no habrían de nacer sino con las narraciones tardías de la infancia de Jesús (Mateo 1-2; Lucas 1-2), y su primer desarrollo no se produce hasta bien entrado el siglo II. Por ejemplo, la virginidad de María antes y después del parto se defiende con claridad por vez primera en el Protoevangelio de Santiago, hacia el año 150. Esta idea no se consolidará hasta el siglo IV.

Al mismo tiempo, y aunque parezca contradictorio con la imagen hasta ahora dibujada, había una fuerte unidad doctrinal entre los grupos más importantes. Es muy probable que la unidad se lograra por la irradiación de ideas desde los grupos más poderosos y por los continuos contactos de personas y doctrinas entre las comunidades más importantes de la cristiandad: Roma, Alejandría, Antioquía, Corinto, Éfeso, etc., por las vías del comercio.

Los componentes de grupos más pequeños o las comunidades de ciudades menos importantes debieron de mirar y tomar como guía lo que se pensaba y enseñaba en las comunidades más importantes. Esta unidad en líneas generales hará posible más tarde la constitución de un canon único de Escrituras (cap. 3), a pesar de enormes titubeos, y la formulación de una «regla de fe» bastante firme.

Y poco a poco, a finales del siglo I, se produce el fenómeno de que la fe deja de ser algo dinámico y se convierte en una serie de verdades bien concatenadas que se transmiten tal cual por la tradición. Es un «depósito» (1 Timoteo 6,20) que se debe cuidar y al que se debe ser fiel.

Tras esta breve panorámica, vamos a tratar en primer lugar conjuntamente del contenido de las tres cartas Pastorales ordenándolo por temas y dejaremos para el final las cuestiones comunes a las tres: ¿fue su autor Pablo de Tarso? Y si no fuera así, ¿qué argumentos hay en contra de esa autoría?

1. Destinatarios de las Cartas pastorales

Timoteo ya es un personaje familiar para muchos. Los Hechos nos informan que era hijo de una madre judeocristiana y un padre pagano, nacido en Asia Menor (Hechos 16,1-3). Probablemente fue convertido por Pablo y, con el tiempo, se convirtió en uno de sus colaboradores más cercanos en sus actividades apostólicas en varias ciudades, como Tesalónica, Corinto y Filipos (1 Tesalonicenses 3,1; 1 Corintios 4,17; Filipenses 2,19). En las supuestas cinco cartas auténticas de Pablo, Timoteo aparece como compañero del apóstol (1 Tesalonicenses, 2 Corintios, Filipenses, Filemón, también en 2 Tesalonicenses).

Curiosamente, Tito no es mencionado en los Hechos de los Apóstoles, pero según Gálatas 2,1, sabemos que era un estrecho colaborador de Pablo, de origen pagano pero convertido posteriormente. El Apóstol lo llevó al "concilio de Jerusalén" (Hechos 15) para demostrar en persona cómo un antiguo gentil podía ser un cristiano ejemplar sin necesidad de ser circuncidado. En 2 Corintios, se le menciona repetidamente como un colaborador de Pablo al que se le encomiendan tareas difíciles, como restaurar la amistad en la comunidad de Corinto y recaudar fondos para la colecta en favor de los cristianos necesitados de Jerusalén.

2. Exposición de la falsa doctrina

1 Timoteo 1,3-20; 4,1-10; 6,3-10.20; Tito 1,10-16; 3,8-10; 2 Timoteo 2,14-16; 3,1-9 señalan la aparición en la escena de la Iglesia de falsos maestros que propagan una interpretación errónea del cristianismo, es decir, no conforme con la tendencia tradicional. Este problema ya es conocido por 2 Corintios, Gálatas y Filipenses.

El ataque contra ellos comienza con el insulto y una descripción denigratoria, lo que da idea de la pugna: están inspirados por el Diablo (1 Timoteo 4,1), son amigos del dinero (Tito 1,11), mentirosos (1 Timoteo 1,10.12), impíos (2 Timoteo 2,16), hombres llenos de todos los vicios con apariencia de piedad (2 Timoteo 3,1-6). Comienzan por conquistar a las mujeres de poca formación y amigas de novedades (2 Timoteo 3,6).

Son charlatanes y discutidores (2 Timoteo 2,14.16); conducen a estériles discusiones, basadas en vana palabrería (1 Timoteo 1,4; 1,6); repiten genealogías interminables (1 Timoteo 1,4); fábulas judaicas y cuentos de viejas (1 Timoteo 4,7; Tito 1,10.14) propias de inteligencias corrompidas (1 Timoteo 6,5).

Rasgos ideológicos más concretos de estas doctrinas son los siguientes: los falsos maestros se jactan de poseer una ciencia o conocimiento, una gnosis al fin y al cabo (1 Timoteo 6,20; 2 Timoteo 3,7); "profesan conocer a Dios" (Tito 1,16); afirman que la "resurrección ya ha sucedido" (2 Timoteo 2,18); pretenden ser maestros en la ley de Moisés (1 Timoteo 1,7); son judeocristianos: "de la circuncisión" (Tito 1,10); al disputar sobre la Ley demuestran que aún no han progresado en la línea teológica de libertad del maestro Pablo (Tito 3,9); son falsos ascetas: prohiben el matrimonio (1 Timoteo 4,3) e ingerir ciertos alimentos, como los judíos (1 Timoteo 4,3; Tito 1,15).

El conjunto de acusaciones es poco preciso. Da la impresión de que el autor se refiere a una interpretación del cristianismo teñida de gnosis y de prácticas judías, una suerte de "judeocristianismo gnóstico" (¿una interpretación gnosticisante de las cartas anteriores de Pablo?). El "estar inspirados por el Diablo" podría referirse a enseñanzas inspiradas por el Demiurgo (= el Diablo). Desde luego, el autor previene contra los peligros de una "falsa gnosis" (1 Timoteo 6,20). Se trataría, pues, de una lucha contra una gnosis incipiente.

Una visión de la Iglesia asentada en el mundo —que en el fondo acepta lo material/carnal (por ejemplo, tener hijos: 1 Timoteo 2,15; "todo lo que Dios ha creado es bueno": 1 Timoteo 4,5)— va contra una concepción dualista, gnóstica, que niega el mundo (ascesis exagerada) y que sostiene en el fondo que la creación, la materia, es mala. Apenas si se puede precisar más porque quizás los autores están ofreciendo rasgos generales de un bloque de herejías, es decir, de un conjunto de otras interpretaciones del cristianismo, de tono gnostizante.

Es interesante, sin embargo, observar que las Pastorales confirman la impresión de que los inicios de los sistemas gnósticos plenamente desarrollados (mediados del siglo II) son judíos, es decir, que la gnosis nació en el seno de un judaísmo esotérico y marginal.

3. Comportamiento frente a los herejes

El remedio contra estos malvados maestros, según las Pastorales, no es discutir con ellos (1 Timoteo 6,4-5; 2 Timoteo 2,14.24), sino —basándose en el sólido fundamento de la fe en Dios (2 Timoteo 2,19)— presentarles el contenido de la fe, "las sanas palabras de Jesucristo y la doctrina que es conforme a la piedad" (1 Timoteo 4,6.16; 6,3), recibido por tradición (1 Timoteo 6,20). La reprensión debe ser tal que les convenza de las ventajas de mantenerse fieles a la sana doctrina (= fe recta) (Tito 1,11.13; 2,1.15+ 3,8-10). Esto debe bastar para persuadirlos, con lo que el tiempo ganado podría dedicarse a fomentar la fe (1 Timoteo 1,4-11).

Los encargados del buen funcionamiento de la vida comunitaria deben llevar una vida ejemplar que sirva de modelo de la fe para los falsos maestros (naturalmente también para los fieles: 1 Timoteo 4,12). En 2 Timoteo 4,1-5 el autor conjura solemnemente a Timoteo a cumplir sus funciones: predicar la doctrina recta contra viento y marea, comportarse con justicia, y desempeñar a la perfección su ministerio. Esto significa: apartarse del afán de dinero y del lucro (1 Timoteo 6,6-10) y practicar toda suerte de virtudes (1 Timoteo 4,7-8. 12; 6,11ss; 2 Timoteo 2,22; 3,10; 3,14-15), fe, caridad, paciencia, dulzura. Esta práctica de la virtud es como una lucha, "el combate de la fe" (1 Timoteo 4,10 y 6,12). En 1 Timoteo 1,18-20, comienzan claramente las imágenes del cristianismo como "milicia de Cristo".

4. ¿Qué es la recta doctrina?

Las Pastorales no son explícitas al respecto, porque la cuestión se da por sobrentendida. Ello indica que estamos ya bien alejados del Jesús histórico.

En 2 Timoteo 1,13-14 se incluye una definición de la fe característica de las generaciones que sucedieron a Pablo: es una "palabra sana / saludable". En 1 Timoteo 1,18-20, la fe es igual a conciencia recta. Quien no la tiene no es buen cristiano (1 Timoteo 1,19). En 1 Timoteo 1,4-5 la "fe" es sinónimo de plan de Dios. Seguirlo es practicar la "religión cristiana" que acepta como su base un contenido concreto de doctrinas, que se dan por supuestas en el lector y que se apoyan en una recta interpretación de los textos de la Escritura, el Antiguo Testamento entendido por la Iglesia (2 Timoteo 3,14-17: este pasaje es el que afirma con más claridad en todo el Nuevo Testamento la inspiración de las Escrituras judías, las únicas que tenían los primeros cristianos.

Timoteo, modelo de la función eclesiástica cristiana, puede "argüir, corregir y educar en la justicia" mediante las Escrituras judías según las interpreta la Iglesia. Es también importante el concepto de fe como "depósito" de doctrinas ya constituido "Timoteo, guarda el depósito" (1 Timoteo 6,20-21). Las creencias en él contenidas se refieren sobre todo a Jesús y su significado: lo que fue y sigue siendo.

En 1 Timoteo 1,15 se expresa su contenido esencial: Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores. Un ejemplo de sana doctrina (= a Mc 7,15): Dios creó todos los alimentos, por tanto son todos buenos, es inútil hacer distinciones de bondad o maldad entre ellos (1 Timoteo 4,3-5) y es innecesaria la práctica ascética de los adversarios. Otro aspecto doctrinal mencionado expresamente en las Pastorales es la función de la Ley, que debe ser bien comprendida: para el cristiano vale aún, aunque sólo como exponente de normas morales de validez universal (1 Timoteo 1,8), un código de preceptos que señala caminos de comportamiento: evitar la impiedad, el asesinato, desviaciones sexuales, etc. (1 Timoteo 1,9-10) pero nada más.

Entendida así, la ley de Moisés está de acuerdo con el Evangelio (1 Timoteo 1,11). Esta crítica da por supuesta la idea de Pablo de la "justificación por la fe y no por las obras de la Ley" (Gálatas y Romanos): en el cristianismo que vive el autor la Ley tiene ya una función absolutamente secundaria.

5. Fundamentación de la ética

Tito 2,11-14 expresa el fundamento doctrinal que sostiene la práctica de estas virtudes con ideas ya expresadas por 1 Timoteo: la ética es el comportamiento exigido por la gracia salvadora de Dios. Jesucristo se entregó en sacrificio para liberar al cristiano de toda iniquidad: por tanto, es necesario renunciar a la impiedad y a las pasiones. El premio vendrá con la manifestación de la gloria divina, es decir, la venida de Jesús o parusía.

En Tito 3,4-7, tras la lista de exigencias morales, aparece la fundamentación teológica de la vida cristiana basada en dos ideas principales: los cristianos son salvados por la misericordia divina, no por sus propias obras (= justificación por la fe y por la gracia de Gálatas 2,16; Romanos 1,16-17 y Filipenses 3,9); la infusión del Espíritu Santo hace al cristiano heredero de la gloria (como en Romanos 8). Es crucial actuar conforme a esta realidad.

6. La constitución de cargos eclesiásticos. Sus deberes

Las Pastorales no relatan la historia de la creación de los cargos eclesiásticos, sino que los presentan como algo ya establecido para el funcionamiento de la comunidad. Estos roles deben satisfacer las siguientes necesidades: enseñanza, cuidado pastoral, supervisión de la fe, disciplina comunitaria y servicios sociales. Los autores atribuyen la generación de las normas necesarias para cumplir con estos objetivos a la experiencia y autoridad de Pablo.

Obispo(s)

En 1 Timoteo 3:1, se menciona al obispo en singular y se lo presenta como un cargo deseable dentro de la Iglesia. Por otro lado, en Tito 1:7-9, se identifica al obispo como uno entre los presbíteros, actuando como el supervisor principal del grupo, aunque en posición de "primus inter pares", es decir, como el primero entre iguales. Este hecho contrasta con Filipenses 1:1, donde se hace referencia a los obispos en plural dentro de una comunidad cristiana muy reducida. Es razonable suponer que la comunidad mencionada en 1 Timoteo está en proceso de desarrollar una estructura eclesiástica que solo se clarificará más adelante: un obispo al frente de los diferentes cargos eclesiásticos, incluyendo diáconos (1 Timoteo 3:8-13) y presbíteros (1 Timoteo 5:17).

1 Timoteo 3:2-7 detalla las virtudes y cualidades que debe poseer aquel que aspire a ser obispo. Esta lista de virtudes, que incluye ser sobrio, sensato, tener una sola esposa, ser prudente, entre otras, guarda similitud con las cualidades requeridas para otros cargos similares en el contexto pagano circundante, como los "supervisores" de sociedades tanto industriales como religiosas.

En Tito 1:7-9, se ofrece una lista similar de virtudes para el obispo, destacando su habilidad para refutar a los herejes que van en contra de la doctrina aceptada por el grupo. En Tito 2:7-8,15, el autor menciona otras virtudes que deben caracterizar a los líderes eclesiásticos, personificadas en las expectativas depositadas en Tito.

Presbíteros

En 1 Timoteo 5:17-21, el autor no aclara claramente las diferencias entre el cargo de presbítero, obispo y diácono, ni proporciona una lista de cualidades o virtudes exigibles. Sin embargo, en Tito 1:6 se detallan las cualidades requeridas para los presbíteros, que incluyen ser irreprochables, casados solo una vez, y tener hijos creyentes y practicantes.

En 1 Timoteo 5:22 (y también en 4:14; 6:12), se menciona que los presbíteros han sido ordenados mediante la "imposición de manos", un rito judío para la ordenación como ministro que aún se practica en el judaísmo y el cristianismo hasta el día de hoy.

Además, en 1 Timoteo 5:17 se establece claramente que el cargo está remunerado, ya que la expresión "doble honor" se interpreta como una doble remuneración o salario. También se indica que aquellos presbíteros que se dedican a la predicación y enseñanza son los que merecen esta doble paga. Sin embargo, no se hace mención en 1 Timoteo de que los presbíteros deban presidir la asamblea litúrgica.

Por otro lado, en Tito 1:5-9 se mezclan sin solución de continuidad los cargos de obispo y presbítero con las cualidades que se les deben exigir. Esto sugiere que estos versículos están contemplando la organización de una Iglesia en sus primeros momentos, donde aún no se distingue claramente entre los dos órdenes. En la fecha de composición de 1 Timoteo y Tito, aún no estaban claras las líneas de distinción entre estos dos cargos eclesiásticos.

Diáconos

En 1 Timoteo 3:8-13, encontramos el único pasaje en las Pastorales que menciona a los diáconos. Aunque no se especifican las tareas específicas encomendadas a este cargo, el término mismo, derivado del griego "diakoneîn", que significa "servir", sugiere que se trata de una posición subalterna destinada a asistir al obispo y a los presbíteros en diversas labores. Las virtudes exigidas para los diáconos son las mismas que se esperan de cualquier buen cristiano: ser honorable, sin doblez, desinteresado en el lucro, y tener un compromiso matrimonial íntegro, entre otras cualidades.

Viudas

Las viudas desempeñan un papel importante en la estructura y funcionamiento de la comunidad cristiana según se describe en 1 Timoteo 5:3-16. El autor distingue entre las viudas que simplemente han perdido a sus esposos y aquellas que cumplen una función específica en la Iglesia, a las que se refiere como "las viudas de verdad" (5:3). Estas últimas deben cumplir una serie de requisitos, que incluyen tener más de sesenta años, estar desamparadas, no haberse vuelto a casar y haber sido ejemplos de virtud.

La misión de estas viudas es triple: primero, deben perseverar en la oración constante por la Iglesia, noche y día (5:5); segundo, deben participar en obras de beneficencia; y tercero, deben ser testigos del ideal del matrimonio como una unión entre un hombre y una mujer de por vida. Se enfatiza que si uno de los cónyuges fallece, es preferible que la viuda no vuelva a casarse, reflejando la idea de que la pareja se convierte en una sola carne y que esto ocurre solo una vez, de acuerdo con el orden de la creación (Génesis 1:27).

Sin embargo, la comunidad descrita en las Pastorales muestra cierta preocupación por las viudas más jóvenes. Se señala que están expuestas a diversos peligros, especialmente la tentación de la lascivia. Como medida preventiva, el autor les aconseja volver a casarse y tener hijos, para evitar que se hable mal de la Iglesia. Esta actitud contrasta notablemente con la postura de Pablo en 1 Corintios 7.

7. Obligaciones de todos los miembros de la Iglesia

Los catálogos de deberes domésticos presentes en las Pastorales tienen como objetivo último transformar a los miembros de la Iglesia en ciudadanos ejemplares en este mundo, cuyo comportamiento honre la doctrina de Dios, nuestro salvador (Tito 2:10). La práctica de virtudes sitúa a los cristianos en un nivel similar al de los paganos educados que cumplen con las normas éticas de la época, especialmente las derivadas de la filosofía estoica. El cristianismo no rechaza estas normas, sino que las incorpora en un contexto cristiano dentro de la historia de la salvación, cristianizándolas.

De acuerdo con 1 Timoteo 2:1-8, la oración en la Iglesia es considerada necesaria en todo momento y lugar. Se exhorta a orar por todos los hombres para que conozcan la verdad y sean salvos, así como por las autoridades paganas como al emperador, para que permitan a los cristianos vivir en paz (1 Timoteo 2:1-2). Esta práctica refleja una costumbre judía de orar por sus lideres (el rey-sacerdotes-principados etc...), la cual el cristianismo adopta y promueve como parte de su preocupación por el bienestar y el buen funcionamiento del mundo, en la expectativa de la venida de Jesús.

En Tito 2:1-6, 7-8, 9-10, 11-14 y 3:1-7, se presentan listas de virtudes que deben ser practicadas por los miembros de la comunidad, incluyendo ancianos, ancianas, jóvenes y esclavos. Estas virtudes incluyen la sensatez, la caridad, la paciencia y otras cualidades que hacen del cristiano un buen ciudadano, destacando especialmente la mansedumbre como base para un excelente comportamiento social.

Esclavos

Como es típico en el resto del Nuevo Testamento, los autores de 1 Timoteo 6:1-2 y Tito 2:9-10 no entran en debate sobre la moralidad o inmoralidad del estado de esclavitud, sino que lo aceptan como una institución social establecida. Los esclavos son exhortados a mostrar respeto hacia sus dueños, sirviéndolos de la mejor manera posible y complaciéndolos en todo sin contradecirlos ni defraudarlos.

Es notable que en estas cartas solo se mencione las responsabilidades de los esclavos y no se aborden las obligaciones correspondientes de los amos o dueños.

Mujeres

El pasaje de 1 Timoteo 2:11-14 establece el estatus de sumisión de la mujer al varón en todos los aspectos, fundamentado en el orden de la creación: Adán fue creado primero y luego Eva (Génesis 2:18ss), y Eva pecó primero, seduciendo a Adán (Génesis 3:16). El texto también indica que las mujeres, tanto en el culto como en la vida cotidiana, deben comportarse con compostura, mostrando modestia y decencia en su vestimenta (1 Timoteo 2:9). El autor prohíbe a las mujeres enseñar públicamente temas religiosos (1 Timoteo 2:12), lo que puede interpretarse como una medida contra ciertos entornos gnósticos que otorgaban a las mujeres esta facultad.

Además, 1 Timoteo 2:15 enseña que la función de madre de las mujeres las salvará para la vida eterna. Esta perspectiva contrasta con la de Pablo en 1 Corintios 7, donde el matrimonio se considera como una especie de mal menor mientras se espera el inminente fin del mundo.

8. ¿Fueron las Pastorales escritas por el apóstol Pablo?

El noventa por ciento de los estudiosos sostiene que no. Las Epístolas Pastorales fueron redactadas por uno o dos seguidores del Apóstol (1 Timoteo, Tito / 2 Timoteo) de la segunda o, preferiblemente, de la tercera generación. Los argumentos para sostener esta postura son los siguientes:

* La situación hipotética de Pablo en las Epístolas Pastorales. Los detalles sobre la vida de Pablo presentados en estas cartas no concuerdan con lo que se sabe del final de su vida según 1 Clemente (5,7), los Hechos de los Apóstoles (20,25.38) y las propias Epístolas Pastorales (2 Timoteo), las cuales ignoran cualquier indicio de liberación del Apóstol de su prisión en Roma que hubiera permitido una segunda evangelización en el Oriente (por ejemplo, en Chipre), como sugiere la Epístola a Tito.

* El léxico de las Epístolas Pastorales es considerablemente diferente al utilizado en las cartas auténticas de Pablo: se han identificado más de trescientas palabras que no se encuentran en estas últimas. Aunque las estadísticas no son un argumento concluyente, respaldan otras evidencias.

* El estilo de redacción también presenta marcadas diferencias. Mientras que en las cartas de Pablo se observa una construcción de frases dinámica y apasionada, con argumentos y efectos dramáticos, las Epístolas Pastorales muestran un estilo más reflexivo y pausado, similar al de las obras filosóficas del helenismo tardío. Esta disparidad es evidente al compararlas con cartas como Gálatas o 2 Corintios.

* La teología expresada en las Epístolas Pastorales difiere en varios aspectos de las concepciones paulinas. Los temas, conceptos y puntos de vista presentados en estas cartas no coinciden con los de las cartas auténticas. Por ejemplo, mientras que en las cartas auténticas el énfasis está en la anticipación del fin del mundo, en las Epístolas Pastorales se destaca más un comportamiento ciudadano ejemplar en la sociedad secular, promoviendo una vida pacífica, ordenada y tranquila. Ello explica también:

a) Se enfatiza la importancia de adherirse a una doctrina sólida, fomentar las buenas acciones y mantener una correcta estructura dentro de la Iglesia. Se promueve la consolidación de la familia, el cuidado de los más necesitados, como las viudas desamparadas, así como evitar conflictos y cultivar virtudes sociales. También se insta a conformarse con los bienes materiales disponibles, entre otros aspectos.

b) Se defiende la necesidad de combatir a los falsos maestros que distorsionan la enseñanza de Pablo y promueven una moral extraña y sectaria, con el objetivo de separar al cristianismo de su contexto en el mundo.

c) Se destaca la importancia de la tradición y el rol de los cargos eclesiásticos en la preservación de esta tradición. Estos roles son más institucionales y menos basados en dones carismáticos, como la profecía. Se observa un cambio en la estructura de la Iglesia que va más allá del tiempo de Pablo, lo que sugiere que ha transcurrido un largo periodo desde las fundaciones originales.

d) El fundamento de toda esta organización es la autoridad del Apóstol original, quien transmite su legado como modelo a seguir. Estos argumentos, al combinarse, forman un bloque sólido y difícil de rebatir. Se sugiere que el autor de estas cartas fue un discípulo del Apóstol que intentó adaptar su legado. Parece improbable que Pablo, siendo un líder carismático, haya compuesto estas cartas, ya que contradicen la visión de una Iglesia carismática y la expectativa del fin de los tiempos que él mismo vivió.

9. ¿Quién es entonces el autor o autores? ¿En qué momento y dónde se compusieron?

En verdad, no podemos estar seguros, y es probable que nunca lo estemos. Se han sugerido algunos posibles autores para estas cartas: Lucas, quien escribió el tercer Evangelio y los Hechos, ya que el autor de las Pastorales parece haberse inspirado en ellos y haber tomado ciertos datos de esa obra; o el obispo Policarpo de Esmirna (fallecido hacia el 160), debido a similitudes en el vocabulario y en la situación de la Iglesia. Sin embargo, ninguna de estas propuestas, ni ninguna otra alternativa, ha logrado convencer a la mayoría. Por lo tanto, es más sensato admitir nuestra ignorancia al respecto.

Tampoco es sencillo determinar cuándo y dónde fueron escritas las Pastorales. Lo único que podemos afirmar con seguridad es que el autor estaba alejado de Pablo por dos o incluso tres generaciones. Si estimamos que una generación equivale a unos 20 o 25 años, y aceptamos la tradición de que Pablo murió durante la persecución de Nerón en Roma alrededor del año 64, entonces podríamos situar la redacción de las Pastorales alrededor del año 100 o 110. En ese momento, el autor o autores ya tendrían a su disposición una cierta colección de cartas de Pablo y al menos una edición temprana de los Hechos de los Apóstoles, ya que parece que conocían y utilizaban esos escritos.

Alrededor del año 100, la Iglesia estaba produciendo cartas que trataban sobre la constitución y el ordenamiento de la comunidad cristiana, como la Epístola de Clemente a los Corintios (hacia el 96), la Didaché o Enseñanzas de los Doce Apóstoles (hacia el 100), las cartas de Ignacio a diversas iglesias antes de su martirio (hacia el 110) y la carta de Policarpo a la Iglesia de Esmirna (hacia el 110-120). Estos años podrían ser un momento adecuado para la composición de las Pastorales, aunque también parecen tener un cierto aire más primitivo que las obras mencionadas. Al imaginar esa época, es natural situar las Pastorales un poco antes, hacia el 90-100.

Respecto al lugar de origen, nuestra ignorancia es total. Es muy probable que, dado que se trata de una literatura en la que el autor oculta deliberadamente su identidad real y los detalles pintorescos de las cartas (como se observa en 1 Timoteo 5,23 y 2 Timoteo 4,13) se utilizan principalmente para crear una sensación de autenticidad, las Pastorales se hayan compuesto en el entorno mencionado en las propias obras y hacia el cual están dirigidas: Éfeso (1 Timoteo), Creta (Tito) o Asia Menor en general (2 Timoteo).

Se sabe que en Éfeso había numerosos discípulos de Pablo y que allí continuó desarrollándose la tradición paulina. Por lo tanto, esta ciudad podría haber sido un lugar adecuado para la redacción de las Pastorales.

PANORÁMICA LA DIVERSIDAD DE LAS CIRCUNSTANCIAS Y LA EVOLUCIÓN DE LAS DOCTRINAS

Si volvemos nuestra mirada hacia atrás y consideramos el conjunto de los nuevos desafíos a los que se ha enfrentado la literatura deutero-paulina, podemos apreciar el progreso experimentado desde los primeros tiempos de la predicación madura de Pablo (1 Tesalonicenses).

El primer problema surgió con el retraso de la parusía. El autor de 2 Tesalonicenses presenta argumentos sólidos para refutar la idea de que "el día del Señor" está próximo o inminente.

El segundo desafío fue la posibilidad de persecución. En 2 Tesalonicenses 1,4-10, el autor intenta consolar a los cristianos perseguidos, ya sea por sus conciudadanos o por las autoridades, como aquellos que se abstienen de participar en el culto al Emperador. Sin embargo, el consuelo radica en la creencia de que la justicia de Dios prevalecerá, castigando a los que hacen sufrir a la comunidad y recompensando a los creyentes con el paraíso en el juicio final.

El tercer desafío fue la proliferación de cristianos que interpretaban su fe desde una perspectiva gnóstica o con motivaciones gnósticas. Este problema ya se vislumbraba en Corinto (1 Corintios), pero en 1 Timoteo 6,20 se evidencia que la situación se había agravado. En esta etapa inicial del deuteropaulinismo, los autores de Colosenses y Efesios abordan esta cuestión. La disputa con los herejes impulsa el desarrollo de la cristología y la eclesiología, especialmente en Efesios y Colosenses.

El cuarto desafío fue la necesidad de establecer normas morales concretas a medida que pasaba el tiempo, para guiar a los distintos grupos dentro de la comunidad cristiana. Los autores de Efesios y Colosenses presentan por primera vez en el Nuevo Testamento lo que se conoce como "cuadros de deberes" de los diversos estamentos que componen la Iglesia, y las Pastorales completan este marco normativo.

La quinta cuestión aborda parcialmente la relación entre la Iglesia y su entorno, ya que el cristianismo se encuentra en competencia con los seguidores de las religiones de misterios. El argumento utilizado para atraerlos hacia la fe cristiana es similar al empleado contra los "gnósticos": Cristo ofrece una experiencia superior a cualquier divinidad de las religiones de misterios, proporcionando no solo la resurrección y liberación del destino, sino también una oferta más accesible y con una recompensa superior (Colosenses y Efesios).

La sexta cuestión implica tomar una postura frente a la destrucción del templo de Jerusalén, una pérdida significativa para la comunidad judía. Los cristianos son instados a no preocuparse profundamente por esta ausencia, ya que Dios ha provisto un nuevo templo: la Iglesia (Efesios 2,19). El libro de Hebreos resuelve esta cuestión de manera radical al presentar un nuevo paradigma que hace innecesario el Templo: un nuevo sacerdocio, un nuevo sacrificio, un templo celestial, una nueva alianza y una nueva ley, todo gracias a la obra de Cristo.

Por último, el autor de Efesios sienta las bases para fundamentar la fe y la doctrina de la Iglesia sobre la sólida tradición, específicamente la de los seguidores más cercanos de Jesús, es decir, "la tradición apostólica". Las Pastorales desarrollan vigorosamente esta línea, estableciendo las primeras directrices claras para la organización temporal de la comunidad como Iglesia y presentando la doctrina cristiana como un bloque inmutable basado en la tradición apostólica. Este diseño del control del poder fáctico e ideológico en la Iglesia ya había comenzado a tomar forma.