«Escuela Paulina»

2ª de Tesalonicenses

Capítulo 18. LA ESCUELA PAULINA. SEGUNDA EPÍSTOLA A LOS TESALONICENSES

Es cierto que puede resultar sorprendente descubrir que una parte significativa de las cartas incluidas en el Nuevo Testamento no fueron realmente escritas por los autores cuyos nombres figuran al comienzo de ellas (aproximadamente el sesenta por ciento). Este fenómeno, conocido como pseudonimia, es una realidad que no debería extrañarnos demasiado, especialmente si consideramos que también existe incertidumbre sobre la autoría de algunos Evangelios.

Las cartas que llevan el nombre de figuras prominentes como Pablo, Pedro o Juan, entre otros, son objeto de debate entre los estudiosos debido a discrepancias estilísticas, lingüísticas y teológicas que sugieren la intervención de diferentes autores o redactores. Entonces, ¿cómo se explica este hecho y cuál es su importancia para la teología y la interpretación del Nuevo Testamento?

El último estadio del desarrollo teológico del cristianismo primitivo, tal como aparece en el Nuevo Testamento, así como las obras que aún nos restan por considerar, pueden caracterizarse globalmente como una etapa de consolidación de la institución eclesiástica. El momento cronológico preciso de este proceso no puede señalarse con exactitud, ya que difiere en los diversos grupos y comunidades cristianas repartidas por el Medio Oriente, Grecia y Roma.

De hecho, este proceso se solapa temporalmente con la consolidación por escrito de las tradiciones e interpretaciones sobre Jesús del grupo johánico (Cuarto Evangelio), que ya hemos visto, y se extiende hasta bien mediado el siglo II, según nos lo indican 2 Pedro y otros escritos varios del conjunto denominado "Padres Apostólicos" (Clemente, Ignacio de Antioquía, Didaché o Doctrina de los doce Apóstoles, y el Pastor de Hermas).

En esta etapa de consolidación de la comunidad cristiana se insertan:

1. Las primeras epístolas deuteropaulinas, atribuidas al Apóstol por la tradición, pero que en realidad fueron escritas por sus discípulos: 2 Tesalonicenses, Colosenses y Efesios.

2. La Epístola a los hebreos, que sólo puede considerarse paulina de algún modo.

3. Otras epístolas deuteropaulinas: las Pastorales.

4. Las Epístolas universales (católicas): 1 y 2 Pedro, Santiago, Judas, y las tres cartas de Juan.

1. División de la literatura deuteropaulina (grupos 1, 2 y 3)

Dividimos en dos partes el conjunto de cartas que llevan el nombre de Pablo, pero que no fueron compuestas ni escritas por él:

a) Un primer grupo de obras, redactadas probablemente poco después de la muerte de Pablo, y que intentan ante todo complementar su pensamiento teórico. Suponen alguna corrección del pensamiento del Apóstol, pero ante todo amplían, a veces de manera muy original, ciertos puntos de la doctrina paulina. Estas epístolas son 2 Tesalonicenses, Colosenses, Efesios. A este grupo puede añadirse la Epístola a los hebreos. En los primeros tiempos se transmitió como anónima. Más tarde, a partir del siglo II, se adscribió a Pablo. En realidad, forma un apartado por sí misma, pues su teología es particular. Su interés es ante todo doctrinal y se acerca más al ámbito del grupo 1 que al 3.

b) Epístolas compuestas en nombre de Pablo que tienen menor interés en el desarrollo teológico y mayor en la organización de los grupos cristianos fundados por Pablo: las "Epístolas pastorales": 1 y 2 Timoteo, Tito.

Parece que este doble grupo de cartas compuestas por los discípulos de Pablo fueron redactadas no muchos años después de la muerte del Apóstol. Su época de composición coincide grosso modo con la redacción de los tres primeros evangelios y los Hechos de los apóstoles. Sus autores conocen las cartas de Pablo y meditan sobre ellas. El impulso de la teología del maestro les sirve para enfrentarse al hecho de que la reconciliación con las ideas representadas por la antigua Iglesia de Jerusalén no era posible. También quedaba lejos la etapa de Antioquía. Nuevas perspectivas y problemas del cristianismo surgen después de la muerte de Pablo, y tras un cierto tiempo de silencio como afectados por la desaparición de aquel, sus discípulos comienzan a entonarse y a enfrentarse a los problemas en nombre y con el espíritu del Apóstol.

Hemos indicado ya en el capítulo 11 que son tres las razones principales que han inducido a los investigadores a efectuar una separación entre cartas auténticas de Pablo y otras escritas por sus discípulos, pero puestas a nombre de aquel:

a) diferencias de estilo y vocabulario;

b) notables divergencias de concepciones teológicas;

c) dificultades para encajar los datos ofrecidos por algunas de las cartas sospechosas con lo que se sabe con certeza de la vida de Pablo.

A lo largo del tratamiento de las siete cartas atribuidas a Pablo, pero que no salieron de su pluma, iremos poniendo ejemplos de estos tres argumentos.

Mas antes de abordar la Segunda Epístola a los tesalonicenses, es preciso tratar una cuestión preliminar, pero importante, que afecta tanto a las cartas de la escuela paulina como a las colocadas bajo el amparo de otros apóstoles (Pedro, Santiago, Judas, Juan):

¿Por qué algunos cristianos primitivos no firmaron sus propias cartas y las pusieron a nombre de Pablo, falsamente?

Con otras palabras: ¿cómo se explica el fenómeno de la pseudonimia o «nombre/autor falso» (atribuido a un escrito)?

2. La «pseudonimia» o «pseudoepigrafía»

Pseudonimia o pseudoepigrafía significa poner a nombre de una persona (normalmente famosa) una obra literaria escrita por otra (normalmente sin fama alguna). Este fenómeno literario era bastante común en la antigüedad y no es propio solo del cristianismo primitivo: conocemos otros casos en la antigüedad grecolatina y egipcia.

Sin ir más lejos, la misma Biblia canónica atribuye gran parte del salterio al rey David y toda la literatura sapiencial a Salomón, aunque de ellos no procedan en verdad más que algunas composiciones, y del último quizá nada. Igualmente, el Deuteronomio, posterior en varios siglos a Moisés, declara a éste como su autor. En el grupo de escritos denominado Apócrifos del Antiguo Testamento encontramos decenas de ejemplos, pues todos ellos son pseudoepígrafos.

En todos estos casos, la más elemental crítica histórica, interna y externa, llega al resultado de que tal autoría es falsa. Muchos detalles del contenido de estas obras nos indican que no encajan con el mundo de sus pretendidos autores. Son en realidad anónimas, o mejor, pseudónimas: sus verdaderos autores no se atrevieron a estampar sus nombres reales al frente de su producción escrita, sino que prefirieron escudarse en el amparo del nombre de venerables antepasados.

Si la costumbre de la pseudonimia estaba tan extendida en el mundo judío y antiguo en general, no es extraño que en el Nuevo Testamento, conjunto totalmente judío, encontremos el mismo fenómeno. Atribuir falsamente una obra a un autor conocido era, pues, una tradición entre los judíos cuando se compone el Nuevo Testamento, aunque tal costumbre sea verdaderamente curiosa para la mentalidad moderna.

Por ello se han ensayado diversas explicaciones de ella. La primera y más obvia sería aceptar simplemente que estos autores engañaban conscientemente a sus lectores. Esta posibilidad queda siempre abierta, pero es poco probable psicológicamente cuando se leen los escritos en cuestión y cuando se penetra un poco en el espíritu de la gente de la época.

La segunda razón sería una motivación de tipo práctico: pensar que la época de la revelación ya había pasado. Se estaba en la tercera generación de cristianos y se podía creer que Dios no se revelaba más que por medio de unos «personajes del principio»: Pablo y otros apóstoles. Por tanto, todo lo que se escribiera para que fuera apreciado debería llevar sus nombres. Esta explicación podría ser también teóricamente posible en el Nuevo Testamento.

Los autores de cartas atribuidas a Pablo u otros apóstoles debían de ser conscientes de que, muertos los maestros (los apóstoles), Dios ya no se manifestaría de una manera tan directa. Por tanto, si se componía una carta que pretendiera complementar el pensamiento de un apóstol, como Pablo o Pedro, por ejemplo, debería llevar el nombre de ese «inspirado». A pesar de su aparente razonabilidad, esta segunda teoría es poco aplicable a los autores del Nuevo Testamento.

Por una razón de peso: tales autores estaban convencidos de estar viviendo en una época en la que el Espíritu era el que verdaderamente gobernaba la Iglesia. Se estaba en los momentos finales del mundo, y eran estos años en los que Dios había prometido una efusión especial de su Espíritu (Hch 2,17: «Sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne...»). Si es así, cualquier persona bien imbuida de la piedad podía escribir algo «inspirado».

La tercera razón tiene que ver con la asunción de la personalidad de un maestro famoso por parte del discípulo. En la antigüedad se pensaba a menudo que ambos podían formar una unidad espiritual y que el discípulo podía escribir en nombre del maestro ya fallecido. Es lo que se ha llamado una «personalidad corporativa». Esta teoría es bastante verosímil para los autores de obras pseudónimas dentro del Nuevo Testamento.

Estos pudieron sentirse en realidad emparentados espiritualmente con el personaje o maestro de época anterior (en nuestro caso Pablo, u otros apóstoles como Pedro, Santiago o Judas), ya que formaban con ellos casi una misma personalidad ideológica. Al igual que Moisés había podido repartir una porción de su espíritu a los que habrían de sucederle (Nm 11,25-30), y Eliseo se contentaba con recibir la «mitad del espíritu y poder de Elías» (2 Re 2,10), o Juan, el Bautista, habría de «caminar en el espíritu y poder de Elías» (Lc 1,17), los autores de estas cartas del Nuevo Testamento se sentían realmente poseedores y continuadores del mismo Espíritu que había animado e impulsado a su glorioso predecesor y maestro, Pablo, Pedro, Santiago, etc.

No es de extrañar que se creyeran intérpretes autorizados de lo que el apóstol fallecido habría escrito en circunstancias posteriores. Con otras palabras: su obra sería lo que el apóstol ya muerto habría compuesto de haber vivido esos momentos.

3. Consecuencias de este fenómeno para la valoración de la literatura pseudónima

Esta última aclaración nos lleva a pensar que los desconocidos autores de esta literatura «paulina» o «apostólica» no eran profesionales de la mentira ni sentían remordimientos de conciencia al escribir una obra así. Aunque cueste comprenderlo hoy día, no parece que pretendieran por lo general engañar positivamente a sus lectores —o al menos no siempre— forjando una autoría que es a todas luces «falsa», según nuestro modo de juzgar. Estaban convencidos de que el escrito que adscribían a Pablo o Pedro, por ejemplo, se había compuesto en el mismo espíritu de aquél, y podía atribuírsele.

Por tanto, no se puede juzgar con criterios del siglo XXI —es decir, emplear la dicotomía «falso/auténtico» sin matices— este fenómeno literario de la «pseudonimia». Mas para la crítica literaria moderna tener conciencia de que un escrito concreto no procede de la mano del Pablo o Pedro auténticos es un instrumento que debe aprovechar para emitir un juicio matizado sobre su valor.

No podemos discutir en esta Guía qué repercusiones teológicas puede llegar a tener el que se hayan introducido en el canon de Escrituras sagradas cartas no genuinas, falsas en el lenguaje de hoy. Es éste un problema que afecta a la teología profesional y a la conciencia o creencias de cada uno y que éstas resolverán. Puede decirse que en general la crítica moderada protestante y en especial la católica suelen conceder poca trascendencia al tema de la pseudonimia como problema teológico.

La moderna teología considera que aunque no estrictamente auténticas en el sentido moderno, las epístolas «deuteropaulinas» (cartas de segunda y tercera generación Paulinas) u otras expresan el recto sentir de la «escuela de Pablo», «de Pedro», «de Juan», etc. Por lo tanto, —se argumenta— se debe admitir el veredicto de la Iglesia que las ha acogido en el canon de Escrituras como «inspiradas», aunque sus autores no fueran directamente los auténticos apóstoles.

4. El efecto de una situación diferente

La diferencia de mentalidad entre las obras auténticas de Pablo y las de su «escuela» y el resto de las obras del Nuevo Testamento se explica en gran parte porque la situación social, psicológica y religiosa del grupo cristiano había cambiado tras la muerte del gran maestro. Y lo mismo puede decirse del resto de las cartas pseudónimas del Nuevo Testamento.

En parte sabemos ya las causas: cómo organizar y estructurar la Iglesia para durar en este mundo, cómo oponerse a la amenaza del gnosticismo naciente, cómo explicar la separación del judaísmo hasta constituir una religión nueva a pesar de que el grupo cristiano se consideraba el «Nuevo Israel».

N. Perrin lo sintetiza del siguiente modo:

La característica más importante de este período es que el movimiento cristiano asume la tarea de ser la Iglesia en el mundo. Ya no se espera como inminente la parusía; los cristianos se han acomodado ya al hecho de la destrucción de Jerusalén y su templo; las relaciones con el judaísmo y el Imperio romano adquieren formas bien delimitadas. Así pues, la Iglesia ha de desarrollar sus propias instituciones para convertirse en una Iglesia en el mundo.

Años después de su nacimiento, el movimiento cristiano existe por sí mismo sin necesidad de definirse frente a otros movimientos. Pero el mero hecho de existir crea nuevas demandas. Un movimiento religioso necesita un credo o base confesional que deje bien claro qué es lo importante para él. Además, un grupo que procede del judaísmo, una religión tan consciente de poseer la revelación dentro de un grupo de libros, necesita sus propios textos claramente definidos respecto a otros.

Para sobrevivir y funcionar en el mundo, requiere también una estructura organizativa, un aparato para tomar decisiones y unas líneas que definan la función de sus cargos y servidores. Para hacer frente a estas necesidades, la Iglesia del final del Nuevo Testamento habrá de crear rápidamente un credo, un canon y un ministerio bien organizado.

Estos momentos posteriores a la vida de Pablo se caracterizan también porque los autores de las cartas que nacen en este período muestran una mayor inmersión en el mundo de la cultura del helenismo ambiental. Así, por ejemplo, los autores más tardíos del Nuevo Testamento utilizan el vocabulario del culto al Emperador para aplicarlo a Dios o a Jesús. En otros casos, emplean material ético y didáctico procedente de lo más selecto del paganismo helenístico con mayor tranquilidad que sus predecesores.

Así se pueden detectar en estas «cartas» conceptos éticos, vocabulario y códigos de comportamiento que proceden del mundo pagano, de la filosofía o de la religión..., aunque en muchos casos es difícil saber si algunos elementos culturales del mundo helenizado influyen directamente en estos escritos o lo hacen a través del judaísmo de su época que los había asimilado antes de nacer el cristianismo como tal.

También debe señalarse y valorarse el esfuerzo teológico que estos escritos no genuinos suponen: intentan elaborar una teología creativa, de raíces cristianas ya tradicionales (habían pasado ya mas de sesenta y cuatro años desde la muerte de Jesús) pero acomodada a su tiempo, incluyendo elementos de la cultura helenista. Este esfuerzo se percibe sobre todo en Colosenses, Efesios y, en parte al menos, en Hebreos.

Respecto a la cuestión de la aceptación consciente de temas de las religiones paganas de misterios (cf. cap. 6), sobre todo en Efesios y Colosenses, sigue sin alcanzarse un consenso entre los estudiosos. Pero incluso entre críticos católicos no se excluye un influjo parcial del espíritu de estas religiones en el cristianismo de esta etapa, sobre todo en el lenguaje y en algunas imágenes literarias. Todo ello será tratado en los capítulos que siguen.

5. Detalles que ignoramos respecto a la formación de una escuela paulina (y de otros apóstoles)

Hemos agrupado más arriba bajo el epígrafe «escuela paulina» a un conjunto de escritos del Nuevo Testamento, pero en realidad ignoramos mucho más de lo que sabemos de esta «escuela». Conviene tener en cuenta nuestra ignorancia, lo cual da un simple tono de probabilidad a esta hipótesis. No sabemos exactamente cuándo empieza a formarse una colección de cartas de Pablo que estuviera a disposición de sus discípulos y sirviera como modelo para ulteriores desarrollos.

Tampoco sabemos cómo ni dónde funcionaba esta «escuela», si es que existía como tal: si en una ciudad determinada (¿Éfeso?) o si la «escuela» no era tal propiamente sino un conjunto de individuos que operaba cada uno por su cuenta. Ignoramos cómo se hacían circular las cartas compuestas de hecho por los discípulos ni con qué pretexto se presentaban años después de la muerte del Apóstol. ¿Se fingía que la misiva había estado mucho tiempo oculta y se acababa de descubrir? ¿Se difundía lejos de la presunta comunidad receptora de modo que no hubiera protestas?

Un ejemplo: la Carta a los colosenses: ¿cómo un «Pablo no auténtico», es decir, un discípulo, iba a atreverse a enviar a Colosas, años después de la muerte del Apóstol, una carta «escrita» por éste que tras pasar tanto tiempo presentaba una serie de saludos de personajes que quizás habían muerto ya? Ciertamente tendría que haberla enviado fingiendo que la carta se había perdido y se había encontrado hacía poco. No sabemos cómo reaccionaban esas presuntas comunidades receptoras al enterarse de que circulaban cartas dirigidas a ella y que de hecho no habían recibido.

SEGUNDA EPÍSTOLA A LOS TESALONICENSES

Desde comienzos del siglo XIX, se han levantado muchas voces contra la autoría paulina de esta carta. Hoy día, los especialistas están divididos casi al cincuenta por ciento a favor o en contra de la autenticidad.

Si este breve escrito procede de la pluma de Pablo, tendría el interés de permitirnos observar cómo el gran apóstol se corrige a sí mismo en un punto importante de doctrina y en un lapso breve de tiempo. Pero si la carta no es auténticamente paulina, sino escrita por un discípulo, su lectura nos permite formarnos una mejor idea de un cambio en la perspectiva sobre el fin del mundo ocurrido en la Iglesia una generación después de la muerte de Pablo.

Para comprender bien este escrito, no son necesarios muchos prenotandos. Basta con contrastar algunas de sus afirmaciones con otras similares de 1 Tesalonicenses. Casi un tercio de esta primera carta a los tesalonicenses se repite con pequeñas variantes en 2 Tesalonicenses. Por eso nos concentraremos en lo que de nuevo ofrece en realidad esta carta.

En 2,1-12, el autor efectúa precisiones sobre el final de los tiempos y la venida del Señor, y es aquí donde comienza la rectificación expresa del autor respecto a lo expuesto en 1 Tesalonicenses. En esta carta, desde 4,15 a 5,3, Pablo afirmaba que la segunda venida del Señor era tan inminente que muchos de la comunidad aún no habrían muerto, el Apóstol entre ellos. En el segundo escrito, por el contrario, no cambian solo las imágenes sino también las expectativas: el autor está de acuerdo con 1 Tesalonicenses en que la próxima venida de Jesús será el fin del mundo, pero señala expresamente que ese «día del Señor» no es «inminente» (2,2) ni mucho menos.

Afirma también que algunos profetas de la comunidad e incluso una supuesta carta de Pablo han causado una falsa alarma en el grupo. La pretensión de que el fin está cerca es un auténtico engaño (2,2-3). El autor de 2 Tesalonicenses opina que es necesario rebajar el entusiasmo escatológico de ciertos ensoñadores. Por ejemplo, hay vagos que no trabajan esperando el final del mundo.

En 3,10-12 es tajante el autor con esos holgazanes: «El que no quiera trabajar tampoco coma». El mensaje es claro: si aún falta tiempo para el fin, hay que acomodarse a este mundo y trabajar.

Esta perspectiva nueva se corrobora con un argumento de peso: antes de que suceda la parusía, han de ocurrir algunos acontecimientos previos (¡que todavía no han tenido lugar: 2,3!). Estos son: se producirá una apostasía general (2,3); aparecerá un «adversario» de Dios y de Cristo, un «hombre impío», que actuará blasfemamente hasta proclamar que es Dios, por lo que se sentará en el Santuario divino (el templo de Jerusalén).

Pablo lo avisó de antemano: 2,3-5. Por el momento, este «Impío» no ha aparecido porque hay algo (2,6, en neutro) y alguien (2,7, en masculino) que lo retiene. El impío se manifestará cuando ese algo y alguien lo permitan (2,8). La pregunta clave para el lector moderno es quién es el Impío y qué es ese algo o alguien que retiene el desarrollo de la maldad del perverso personaje.

Los lectores de la carta saben a qué se refiere el autor (2,6), pero nosotros, a decir verdad, no podemos responder con exactitud.

Respecto al primer tema: el Impío es una figura en principio mítica, un enemigo de Dios desde la creación (el caos, el dragón/serpiente primordial, el Diablo), que luego se personificaba normalmente entre los judíos en un rey enemigo de Israel, el pueblo de Dios. Por ello, los estudiosos del Nuevo Testamento que defienden, como veremos, que 2 Tesalonicenses no es una carta auténtica de Pablo, suelen pensar en el emperador Nerón, el primer perseguidor de los cristianos que se había suicidado en el año 68.

La imaginación popular se había formado la idea de que Nerón resucitaría por obra del Diablo con la misión de seguir persiguiendo a los cristianos, entonces el verdadero pueblo de Dios. Otros investigadores han pensado en alguna figura parecida a la Bestia del Apocalipsis de Juan (cap. 13). La situación que describe sería similar. A decir verdad, ninguna de estas soluciones es totalmente satisfactoria y quizá sea mejor confesar nuestra ignorancia.

Respecto al segundo tema, lo que o quien retiene al Impío, tampoco podemos decir nada con exactitud. Es probable, en opinión de muchos, que se trate quizás de la expansión del Evangelio y de la Iglesia que suponen un freno a la acción del Malvado. Sea cual fuere la solución de estos enigmas, lo importante es la idea que transmite el autor: el inicio del fin aún no ha comenzado; hay aún tiempo por delante.

¿Quién escribió la carta?

¿Por qué son tan parecidas las dos cartas y a la vez la segunda corrige tan drásticamente el punto de vista de la primera sobre los acontecimientos finales? Una primera solución es suponer que las cosas habían cambiado dramáticamente en la comunidad destinataria. Algunos profetas de la comunidad se habían sentido presos de un gran entusiasmo apocalíptico y habían comenzado a anunciar que el fin del mundo era absolutamente inminente (2 Tesalonicenses 2,2). Ello causó tal desorden que la comunidad se inquietó. Pablo se enteró de ello y escribió una carta con precisiones y rectificaciones. Por tanto, las dos, 1 y 2 Tesalonicenses, proceden de la pluma de Pablo. 2 Tesalonicenses es auténtica. (Esta seria una hipótesis)

Sin embargo, surgen serias dificultades respecto a esta tesis. La semejanza de vocabulario, expresiones y temas entre las cartas no puede atribuirse a la casualidad. Exige una dependencia literaria entre las dos, o bien que el cambio en la comunidad haya sucedido en muy poco tiempo. En esta última hipótesis, Pablo recuerda de memoria la carta anterior y repite en su segunda carta palabras, frases y motivos tomados de la primera.

Ahora bien, ¿pudo cambiar tanto la situación de la comunidad en muy poco tiempo? Pero aun admitiéndolo como posible, ¿era necesaria una rectificación tan drástica de modo que el mismo Pablo llegue a calificar de «engaño» (2 Tesalonicenses 2,2-3) la consecuencia natural de sus palabras en la primera carta? ¿Es lógico pensar que Pablo se esté repitiendo a sí mismo, bien de memoria en el caso de una segunda carta en muy poco tiempo, o bien copiando frases o motivos de su carta anterior ya alejada en el tiempo?

Otro motivo de duda: el autor de 2 Tesalonicenses indica que alguien ha falsificado una carta suya presentándola como prueba de «que es inminente el día del Señor» (2 Tesalonicenses 2,2). ¿Se refiere con ello el autor a 1 Tesalonicenses? Ésta es la única carta anterior de Pablo a los tesalonicenses que poseemos y precisamente en el cap. 4 se enseña que el día del Señor es inminente. Tanto que él mismo, Pablo, estará aún en vida. Esta alusión a una carta falsificada anterior es como mínimo muy extraña, pues no encaja con 1 Tesalonicenses.

Estos problemas desaparecen en gran parte si se adopta una segunda solución. Un discípulo de Pablo escribe en su nombre a los tesalonicenses cuando ya ha pasado bastante tiempo y las circunstancias de la comunidad no son las mismas. El tiempo transcurrido explica mejor el cambio de situación del grupo y la necesidad de nuevas aclaraciones y precisiones sobre el final del mundo y la venida de Jesús.

La oposición objetiva entre 1 Tesalonicenses y 2 Tesalonicenses en el tema de la inminencia o no de la segunda venida de Jesús es aceptable y explicable si son dos personas distintas las que mantienen posturas divergentes. 2 Tesalonicenses sería como un comentario rectificador —de acuerdo con las circunstancias presentes— de 1 Tesalonicenses, por parte de un discípulo de Pablo, no por este mismo. Ya no es Pablo quien se copia a sí mismo, o repite sus formulaciones, se trata de un discípulo que conscientemente imita expresiones del maestro. En síntesis: aceptar que 2 Tesalonicenses es una carta pseudónima nos ayuda mejor a entenderla y plantea menos problemas que si la consideramos una carta auténtica del Apóstol.

Entonces, ¿quién compuso 2 Tesalonicenses? En realidad no lo sabemos. Muy probablemente un discípulo de Pablo, que escribe en su nombre, y que hace un audaz ejercicio de acomodación de la doctrina paulina sobre el final del mundo, corrigiendo la impresión de inminencia y señalando que la parusía queda aún un poco lejos, pues antes tienen que cumplirse ciertos requisitos.

¿Dónde y cuándo se escribió?

Si aceptamos que la carta no es auténtica, sino pseudónima, es imposible determinar su origen con certeza. Sin embargo, es probable que haya sido escrita en algún lugar de Asia Menor, ya que el presunto autor tendría interés en la comunidad a la que va dirigida el escrito. En cuanto al cuándo, solo podemos establecer que debe ser antes del 110/120 d.C., ya que Policarpo de Esmirna en su Carta a los Filipenses (11,3), fechada en esa época, cita 2 Tesalonicenses 1,4.

Los comentaristas que aceptan que 2 Tesalonicenses procede de un discípulo de Pablo suelen situar su redacción en el último tercio del siglo I. En ese período, se observa un cierto renacer de la apocalíptica, evidenciado por el Apocalipsis de Juan y la herejía montanista, promovida por Montano, un cristiano de Frigia. Este movimiento sostuvo que la Iglesia debía ser regida directamente por el Espíritu Santo, a través de los profetas, y no por una jerarquía "burocratizada". Además, se nota cómo la Iglesia reacciona contra ese espíritu exaltado, como se evidencia en el "Pequeño Apocalipsis" de Marcos 13, el cual es corregido en la versión de Lucas. Incluso el propio Marcos ajusta su texto para aclarar que lo que se está experimentando no es el fin definitivo (Marcos 13,7: «Pero esto aún no es el final»).