Saulo de Tarso

Capítulo 11. SAULO DE TARSO

Unos veinte años después de la muerte de Jesús de Nazaret el grupo de sus seguidores comienza a producir literatura teológica importante. Dentro de ella destaca notablemente la obra de Pablo de Tarso, que debe valorarse con mucho cuidado porque a la candente pregunta de quién fundó estrictamente el cristianismo habrá que tenerle a él muy en cuenta.

En el primer capítulo de nuestro estudio (en este sitio web), se discutió cómo el orden de impresión del Nuevo Testamento puede confundir a la mayoría de los lectores. Al abrirlo, nos encontramos con los Evangelios junto con los Hechos de los Apóstoles. Dado que estas obras tratan sobre Jesús y el autor que sigue inmediatamente, Pablo de Tarso, es natural que los lectores asuman que los Evangelios fueron escritos primero en orden cronológico, seguidos por las cartas de Pablo. Sin embargo, sabemos que este no fue el caso. La primera composición del Nuevo Testamento es la Carta primera a los tesalonicenses, redactada alrededor del año 51 d.C.

Dentro del Nuevo Testamento, se han transmitido trece cartas con el nombre de Pablo, a las que la tradición ha añadido una más: la Epístola a los Hebreos ( catorce en total ). No obstante, tanto la investigación protestante como la católica hoy en día reconocen plenamente como auténticas solo siete de estas cartas. Las otras siete son consideradas no genuinas, "pseudónimas" o "deuteropaulinas" (cartas de segunda clase), es decir, obras de discípulo de la segunda y tercera generación de Pablo. Los argumentos utilizados por la crítica literaria para realizar esta distinción en dos grupos diferenciados son de tres tipos, que señalan diferencias significativas entre las cartas auténticas de Pablo y las demás:

1ª. Grandes o notables divergencias de estilo y vocabulario, incluyendo palabras iguales empleadas con significados diferentes, como por ejemplo, "iglesia", "cuerpo de Cristo" y "justificación".

2ª. Diferencias notables en concepciones teológicas que afectan, por ejemplo, a la visión del trabajo del cristiano en este mundo, la idea de la parusía, el matrimonio y la organización eclesiástica.

3ª. Dificultades para los historiadores al intentar encajar los datos ofrecidos por las cartas sospechosas en lo que se sabe con certeza sobre la vida de Pablo. El ejemplo más claro son las Epístolas pastorales. Para atribuirlas a Pablo, se debe inventar un período de su vida que no es fácil de justificar.

En la actualidad, hay un notable consenso (alrededor del 90%) entre los investigadores para apoyarse en estos argumentos y declarar como genuinamente paulinas, es decir, "solo auténticas sin duda alguna", las siguientes cartas: 1 Tesalonicenses, Gálatas, Filipenses, Filemón, 1 y 2 Corintios y Romanos. Junto a estas, hay un grupo de cuatro cartas en las que la mayoría de los estudiosos tienen pocas dudas al declararlas "no auténticas": las llamadas "Epístolas pastorales": 1 y 2 Timoteo y Tito, y la Epístola a los Hebreos. Queda un grupo de tres cartas en las que la discusión sobre el verdadero autor continúa en la actualidad, aunque la mayoría de los estudiosos se inclinan por un veredicto de inautenticidad: 2 Tesalonicenses, Efesios y Colosenses.

En este capítulo, nos centraremos en las cartas que la inmensa mayoría de los estudiosos considera auténticas. Para comprenderlas adecuadamente, es importante conocer: a) Un esquema general de la cronología de la vida y obra de Pablo. b) El entorno en el que se formó y vivió, que influyó en su mentalidad.

A continuación, desarrollaremos brevemente estos dos puntos. Al mencionar, de manera general, la vida y circunstancias del Pablo auténtico, es importante que el lector entienda que estos se basan preferentemente en elementos encontrados en las cartas auténticas. No hay razón para rechazar de antemano otros datos ofrecidos por los Hechos de los Apóstoles, ya que esta obra presenta un marco propio y diferente para la vida de Pablo. En principio, dado que el autor de los Hechos se presenta como un historiador, podríamos considerar fiable este marco, ya que complementa lo poco que Pablo dice de sí mismo.

Sin embargo, cuando existen discrepancias entre los datos de los Hechos y las cartas paulinas, que a veces ocurren, debemos otorgar primacía a lo extraído de las cartas auténticas. Esto se debe a que lo que los Hechos nos dicen sobre el Apóstol es más la opinión propia de su autor que una visión paulina. En lo que respecta a la teología de Pablo, la investigación en general es más crítica respecto a la presentación que hacen los Hechos —que es bastante escasa—, y suele opinar que para conocer el pensamiento del Apóstol solo sus cartas son fiables.

En conjunto, es necesario aplicar prudencia y crítica: aunque las cartas de Pablo son los únicos documentos auténticos y genuinos del Nuevo Testamento —algunas de ellas incluso van "firmadas" por Pablo—, a veces contienen información muy subjetiva, por lo que también deben someterse a análisis.

I. Vida y formación de Pablo de Tarso

Son varios los componentes que confluyen en la formación de Pablo: el hecho de haber nacido en una familia judía muy religiosa, la influencia de la cultura griega en su ciudad natal, su psicología como ciudadano urbano (pues Pablo pertenece a una cultura urbana, no campesina) y su actitud universalista como ciudadano de un mundo amplio, el Imperio romano, donde las fronteras entre nacionalidades no eran tan estrictas. Su "llamada", como él la califica y no "conversión", desde su posición como celoso defensor de la ley y la religión judía "oficial" hacia una secta marginal, el cristianismo, añade el toque final a los elementos que conforman su personalidad. Estos componentes sociológicos y religiosos tienen poco en común con el mundo rural y galileo de Jesús de Nazaret.

Pablo no menciona en ninguna sección de sus cartas dónde nació ni cuándo. Cálculos bien fundamentados sugieren que pudo haber nacido alrededor del 5-10 d.C., lo que lo haría unos quince años más joven que Jesús. Para establecer una aproximación a la cronología de la vida de Pablo, solo tenemos un dato concreto: al final de una estancia en Corinto, el Apóstol fue acusado ante el procónsul romano de la provincia griega de Acaya, Galión —Lucio Junio Galión, hermano del filósofo Lucio Anneo Séneca—, por predicar el cristianismo de manera ilícita (Hch 18,12), es decir, por causar escándalo público o por violar la Lex Julia de collegiis, que prohibía las reuniones no autorizadas. Sabemos que Galión fue procónsul probablemente entre junio del 51 y mayo del 52 d.C. Por lo tanto, Pablo estaba en Corinto (capítulo 18 de Hechos) en esa fecha. A partir de este dato, se debe reconstruir, hacia adelante y hacia atrás, los principales eventos de la vida y actividad de Pablo. Esto se logra con dificultad, mediante la consideración de hipótesis y la combinación crítica de los datos de las cartas paulinas con los de los Hechos. Por esta razón, la cronología de Pablo puede variar hasta en 5 o 6 años según los diversos autores modernos.

Son los Hechos (22,3) los que afirman que Pablo era oriundo de Tarso, en Cilicia, al sur de la actual Turquía. Aunque Pablo no lo menciona en sus cartas, no hay razón para negar la validez de este dato que sitúa al Apóstol en la Diáspora y no en Israel, pues es evidente que Pablo era un judío muy helenizado: ciudadano del Imperio, no de Judea o Galilea. Lo que Pablo afirma de sí mismo es que era totalmente judío, de la tribu de Benjamín y fariseo (Flp 3,5-6). Es probable que haya recibido su educación primaria entre la sinagoga y las escuelas de su ciudad natal, que era muy conocida por sus aspiraciones culturales y su aprecio por las letras y la filosofía (Estrabón, Geografía XIV 5,13). Es probable que no haya conocido personalmente a Jesús de Nazaret, si interpretamos así lo que dice en 2 Corintios 5,16 ("No conocí a Cristo según la carne").

Es muy probable que el griego haya sido su lengua materna, pero según los Hechos (21,40; 22,2; 26,14), también hablaba arameo y hebreo. A través de sus cartas, se puede observar que manejaba con gran soltura el griego y que incluso era capaz de crear neologismos o de otorgar nuevas acepciones a términos antiguos para expresar sus ideas. Lucas, en los Hechos (22,3), nos dice que Pablo recibió una educación judía superior —aprendiendo las Escrituras de memoria y participando en discusiones de maestros sobre ellas y la tradición— en Jerusalén, en el círculo de discípulos del famoso rabino Gamaliel. Sin embargo, existe duda sobre la veracidad de este dato, especialmente en relación con la afirmación de los Hechos (9,27-30) de que poco después de su "conversión", Pablo fue llevado por Bernabé a Jerusalén para ser presentado ante los apóstoles. En su Carta a los gálatas (1,22), el Apóstol afirma que las iglesias de Judea no lo conocían personalmente ya "convertido". Este hecho es difícil de conciliar con una larga estancia en Jerusalén como estudiante, fariseo activo y participante en la lapidación de Esteban, y sobre todo con una presencia en Jerusalén "yendo y viniendo por la zona y predicando con valor el nombre del Señor". Sin embargo, parece ser cierto que Pablo recibió una sólida formación farisea, independientemente de quién haya sido su maestro. Esto se evidencia en cómo maneja la Biblia, cómo argumenta a partir de ella y cómo la interpreta, actuando de manera similar a los rabinos de su época.

Pablo no menciona en ningún lugar de sus cartas que fuera ciudadano romano, pero los Hechos lo afirman (16,37; 22,25; 23,27). Sin embargo, algunos autores modernos son escépticos ante esta afirmación, argumentando que Pablo sufrió muchos castigos durante su vida (cárceles, azotes, apedreamientos: 2 Corintios 11,24ss) que podría haber evitado si fuera ciudadano romano (cf. Hechos 22,25ss). La principal razón para sostener que Pablo era ciudadano romano es su apelación al César (Hechos 25,10-12). Sin embargo, se argumenta que cualquier habitante libre del Imperio podía apelar al Emperador. Por lo tanto, el dato de los Hechos sobre la ciudadanía romana de Pablo se acepta con ciertas reservas.

Se ha debatido si Pablo recibió educación superior griega y si fue formado en los autores clásicos. Esto parece poco probable dentro de una familia de estricta observancia judía, ya que implicaría un excesivo contacto con una literatura que glorifica a dioses falsos y amorales, contrarios al Dios único, como se muestra en Homero y los mitos de la tragedia. De hecho, no encontramos referencias especiales a poetas u otros literatos en las cartas del Apóstol, como sí ocurre con cristianos posteriores. En sus cartas, solo encontramos máximas o lugares comunes de la sabiduría popular, de los filósofos y dramaturgos populares. Incluso cuando parece citar a Menandro (Tais, 218 = 1 Corintios 15,33), probablemente solo esté repitiendo un tópico literario convertido en refrán (por ejemplo, se puede citar el dicho "La religión es el opio del pueblo", sin haber leído "El Capital" de Karl Marx). En general, Pablo da la impresión en sus cartas de ser poco receptivo a los modelos generales de la cultura griega. Si lo comparamos con Filón de Alejandría, notamos una diferencia marcada: Pablo no intenta resaltar las similitudes entre el helenismo y Cristo, sino más bien enfatizar la superioridad de Cristo sobre toda la sabiduría griega.

Es cierto que Pablo conocía y utilizaba los tipos y modos corrientes de composición de cartas en la época helenística, conocida como técnica de "epistolografía", y dominaba los recursos usuales de la retórica griega básica. En sus cartas se pueden observar influencias de esquemas retóricos como el exhortativo, el forense o judicial, el epidíctico o demostrativo, y la "diatriba" o discusión filosófica estoica-cínica. Todo esto puede haber sido producto de una educación bien elaborada. Los estudiosos han realizado observaciones perspicaces para comprender a Pablo a partir de su conocimiento de estos modos retóricos. También es cierto que Pablo debía conocer los fundamentos de la religión pagana en general, especialmente las religiones de misterios (gnosis), y tener alguna comprensión de las escuelas filosóficas en boga en su época, como los estoicos, cínicos y epicúreos, ya que parecía enfrentar conscientemente su mensaje sobre Jesús a las religiones paganas y a algunas ideas de estos filósofos.

Sin embargo, el corpus literario que Pablo conocía y utilizaba con pasión y técnica era la traducción judía de la Biblia al griego, conocida como los LXX (Septuaginta). Esto se evidencia no solo por el extenso uso que hace de ella en sus citas, sino también por su propio vocabulario paulino. No es una exageración afirmar que el trasfondo cultural más importante en la vida de Pablo era esta versión griega de la Biblia. El Apóstol asumía en general que sus lectores, tanto paganos como judíos, estaban familiarizados con esta versión, lo que no es sorprendente dado que la mayoría de sus conversos de entre los gentiles eran "temerosos de Dios", amigos y simpatizantes del judaísmo que conocían bien las Escrituras.

La vida de Pablo puede dividirse en tres fases significativas: su período de fariseísmo agudo (hasta aproximadamente los 26 años), su "llamada" o "vocación" al cristianismo, y su apostolado activo en pro de su nueva fe.

1. Fariseísmo Agudo: Pablo era un observante estricto de la Ley judía. Antes de convertirse al cristianismo, persiguió a la Iglesia, probablemente en lugares como Damasco, utilizando los castigos típicos de la sinagoga, como amonestaciones y latigazos, contra los judeocristianos que creían en Jesús como el Mesías pero aún seguían las prácticas judías (Gálatas 1,13; 1 Corintios 15,9). Su actividad como perseguidor le permitió conocer en profundidad las opiniones de sus enemigos sobre Jesús y su misión.

2. "Llamada" o "Vocación" al Cristianismo: Pablo nunca se refiere a lo que le ocurrió en el camino a Damasco como una "conversión", sino siempre como una "llamada" o "vocación" (Gálatas 1,15), comparándolo con la vocación de un profeta. A pesar de seguir siendo judío, después de su visión del Jesús resucitado (1 Corintios 15,8s), su judaísmo se complementó con la confesión de que Jesús era el Mesías, no solo de los judíos sino del mundo entero como su salvador. Después de esta experiencia, se retiró a la soledad del desierto en Arabia para meditar y reflexionar, sin buscar consejo de ningún ser humano, incluidos los líderes cristianos en Jerusalén (Gálatas 1,16-17). Esta vocación tuvo lugar alrededor del año 33 d.C., aproximadamente tres años después de la muerte de Jesús. Durante aproximadamente quince años, Pablo maduró su fe. Solo una vez viajó a Jerusalén durante este período, donde se reunió con Pedro y permaneció quince días en su compañía. Durante este tiempo, se dedicó a la meditación y a sus primeros viajes como apóstol, misionando en Siria y Cilicia (Gálatas 1,21-24). Los Hechos de los Apóstoles presentan estos años de manera diferente, mostrando a Pablo buscando el contacto con los apóstoles de Jerusalén y misionando bajo su autoridad, especialmente en Hechos 9,27-30. Sin embargo, esta narrativa es objeto de debate entre los estudiosos.

3. Apostolado Activo: La tercera etapa de la vida de Pablo como cristiano estuvo marcada por su colaboración con el grupo cristiano de Antioquía en tareas de evangelización y sus grandes viajes misioneros. Los Hechos de los Apóstoles distinguen tres grandes viajes, aunque es probable que Pablo mismo no los haya considerado de esta manera.

Sobre el primer viaje entre el 46 y el 49 d.C., posiblemente antes del "concilio de Jerusalén" según los Hechos, Pablo emprendió su primer viaje misionero por Chipre y Asia Menor. Este viaje estuvo marcado por la evangelización exitosa en Antioquía de Siria, que compartió con otros misioneros, especialmente Bernabé. Posteriormente, Pablo y Bernabé se aventuraron a nuevos campos misioneros en Chipre y Asia Menor, donde predicaron el Evangelio incluso a los paganos, posiblemente "temerosos de Dios". En Jerusalén, la comunidad se preocupó por el éxito de la predicación del Evangelio a los no judíos, ya que surgía una comunidad mixta que compartía una mesa común, desafiando las leyes de pureza de Moisés y la separación entre judíos y gentiles.

Después de la muerte de Santiago, hijo de Zebedeo, a manos del rey judío Agripa I en el año 44 d.C., Pedro probablemente dejó Jerusalén, dejando la comunidad bajo el liderazgo de otro Santiago, el hermano de Jesús. Los Hechos mencionan que "Pedro viajaba por todas partes" (Hechos 9,32), pero es probable que esto haya sido una retirada estratégica. Santiago, el hermano de Jesús, asumió el liderazgo del grupo cristiano en Jerusalén, favoreciendo una línea más judía y conservadora, pero también más cercana a la enseñanza de Jesús. Es probable que haya contado con el apoyo de un nuevo consejo de ancianos (Hechos 11,30; 15,2), evitando así conflictos con las autoridades judías.

Eusebio de Cesarea, al narrar el martirio del segundo Santiago, el "hermano del Señor", en el año 62, lo describe como un asceta riguroso y un celoso cumplidor de la ley de Moisés. Sus largas horas de oración en el Templo eran conocidas y combinaba un judaísmo irreprochable con la firme creencia en Jesús como el Mesías. Sin embargo, no era una figura inflexible. En Hechos 15, Lucas lo retrata como capaz de llegar a un compromiso con los helenistas de Antioquía, y Pablo mismo, en Gálatas 2,1-10, habla de él con cierto respeto. Es posible que al final de su vida se haya unido a la rama más estrictamente judía de su propia comunidad.

En un momento dado, la comunidad de Jerusalén se alarmó por la comunidad mixta de Antioquía, donde tanto judíos como gentiles compartían una mesa común sin cumplir las estrictas leyes de pureza de Moisés. Enviaron delegados a Antioquía y afirmaron que era necesario que los conversos gentiles se convirtieran completamente en judíos, incluyendo la circuncisión y la observancia total de la ley de Moisés (Hechos 15,1).

Pablo y Bernabé se opusieron firmemente a esta imposición, argumentando que después de la resurrección de Jesús, el tiempo mesiánico había comenzado y las barreras entre judíos y gentiles debían desaparecer. Los Hechos afirman que la comunidad de Antioquía envió a Pablo y Bernabé como delegados a Jerusalén para discutir este asunto. Sin embargo, Pablo afirma en Gálatas 2,2, que subió a Jerusalén en virtud de una revelación divina. Es difícil determinar la verdad exacta, pero la narrativa de Pablo parece más plausible en este punto.

Durante la reunión en Jerusalén, Pablo y Bernabé presentaron los fundamentos teológicos de su misión a los paganos y finalmente se llegó a un acuerdo. Según Pablo, los líderes de Jerusalén aceptaron los puntos de vista de Antioquía y acordaron una división en la misión: los de Antioquía se dirigirían a los gentiles, mientras que los de Jerusalén se centrarían en los circuncisos. Además, se les pidió que recordaran a los pobres, algo que Pablo se esforzó por cumplir con diligencia (Gálatas 2,9-10).

Los Hechos, por otro lado, indican que se permitió la misión a los gentiles con la condición de que cumplieran ciertas normas judías (Hch 15,29) tradicionales para los gentiles convertidos. Ante estas contradicciones, la versión de Pablo parece más creíble, sugiriendo que inicialmente no hubo imposiciones estrictas. Esta situación marcó un punto importante en la historia temprana del cristianismo, donde se discutía cómo integrar a los gentiles en la comunidad cristiana sin imponerles las prácticas judías tradicionales

Después de la resolución en Jerusalén, se estableció una situación en la que se reconocían dos tipos de comunidades cristianas: los judeocristianos observantes de la Ley por un lado, y los gentiles convertidos incircuncisos y no observantes de la Ley por otro. Esto implicaba también una distinción en los niveles de salvación: una más completa para los judeocristianos observantes y otra de rango inferior para los gentiles convertidos.

Sin embargo, esta situación de compromiso no duró mucho tiempo en paz. En Gálatas 2,3-5 se menciona que algunos de Jerusalén, llamados "falsos hermanos", querían que los gentiles convertidos observaran completamente la Ley de Moisés, lo que generó conflictos. Aunque inicialmente estos "falsos hermanos" fueron silenciados, más adelante se convertirían en un gran problema para los planes misioneros de Pablo.

Poco después, el conflicto se reabrió con más fuerza cuando "hombres de Santiago", el hermano de Jesús, fueron enviados a Antioquía para imponer la teoría de las dos comunidades separadas. Pedro cedió a esta presión y dejó de participar en las comidas comunes con los gentiles convertidos, lo que causó un serio conflicto entre él y Pablo (incidente de Antioquía, Gálatas 2,11-14, que los Hechos no mencionan).

En estas circunstancias, se llegó a una nueva solución de compromiso emanada de la comunidad de Jerusalén, que los Hechos sitúan antes en el concilio mismo. Esta solución implicaba que los gentiles convertidos estarían exentos de cumplir toda la Ley, pero al menos debían observar algunas mínimas señales de identidad judía, conocidas como las "leyes de Noé para los simpatizantes".

Con este permiso relativo de las "columnas" de Jerusalén, Pablo se embarcó en su segundo viaje misionero, que tuvo lugar aproximadamente entre el 50 y el 54 d.C. Durante este viaje, viajó desde Antioquía a Asia Menor y Corinto, y luego regresó a Jerusalén y Antioquía.

Posteriormente, desde el 54 hasta el 58 d.C., se desarrolló su tercer viaje misionero (Hechos 18,23-21,16), que lo llevó a Éfeso, Ancira (hoy Ánkara) y hasta Macedonia. A su regreso a Jerusalén en el 58, fue arrestado antes de poder realizar un viaje deseado a Roma. Pasó dos años en prisión en Cesarea y luego fue enviado a Roma como prisionero alrededor del año 60 d.C., después de apelar ante el tribunal del César. La muerte de Pablo probablemente ocurrió en Roma, durante el reinado de Nerón, alrededor del año 64 d.C., posiblemente durante la persecución de los cristianos en Roma por este emperador.

II. Las cartas de Pablo y las del Nuevo Testamento en general

En el capítulo dos ya establecimos que no resulta en absoluto sorprendente que la mayor parte de la producción escrita del cristianismo primitivo pertenezca al género epistolar. De hecho, de los 27 escritos del Nuevo Testamento, 21 son "cartas". Los primeros creyentes judeocristianos estaban profundamente convencidos del inminente fin del mundo y de la pronta venida de Jesús como el Mesías desde los cielos, conocido como la parusía. Esta convicción era tan fuerte que no se sentían inclinados a redactar más que escritos relacionados con las circunstancias del momento.

Una carta, en ese contexto, cumplía múltiples funciones. Servía como presentación de los misioneros, como respuesta a las preguntas planteadas por las nuevas comunidades, como medio para resolver malentendidos o diferencias teológicas, y como exhortación para mantenerse firmes en la fe recién adoptada. Sin embargo, es importante señalar que no todas las cartas del Nuevo Testamento son igualmente antiguas, ni todas cumplen con las expectativas habituales de una carta. Algunas de ellas más bien parecen ser exposiciones de verdades teológicas que ejemplos de comunicación personal, como lo son, por ejemplo, la Epístola a los hebreos, la de Santiago e incluso la de Romanos.

Además, es necesario aclarar que las cartas del Nuevo Testamento, exceptuando las auténticas de Pablo, no fueron realmente escritas por los personajes que afirman ser sus autores. Esto nos lleva al fenómeno de la pseudonimia, el cual se mencionó brevemente en el capítulo cinco en relación con los escritos apócrifos del Antiguo Testamento. Este tema se explorará con mayor detalle al hablar sobre la "escuela" paulina, como veremos más adelante.

En términos generales, las cartas del Nuevo Testamento siguen en gran medida el estilo y formato típico de las cartas de la época, con algunas peculiaridades. No son escritos especiales, únicos en su tipo, inspirados directamente por el Espíritu Santo. El resurgimiento de los estudios sobre la retórica antigua en los años setenta del siglo XX ha revelado que algunas características de las cartas del Nuevo Testamento pueden explicarse al considerar las normas de la retórica de la época.

Una carta del siglo I típicamente constaba de una serie de elementos más o menos estandarizados:

1. Fórmula Introductoria o Prescripto:

Mención del remitente. Dirección a los lectores a los que iba dirigida. Saludo, a menudo con un deseo de buena salud y fortuna para el destinatario.

2. Acción de Gracias o Plegaria a los Dioses:

Agradecimiento por algún beneficio que da motivo a la carta. Plegaria para que nada malo ocurriera.

3. Mensaje Propiamente Tal o Cuerpo de la Carta:

Inicio con una fórmula introductoria que presenta la idea principal (por ejemplo: "Quiero que sepas..." o "No pienses que..."). Desarrollo del mensaje o petición. Conclusión de esta parte principal, a menudo con una recapitulación y una solicitud de aceptación o respuesta.

4. Fórmula Conclusiva:

Despedida formal, a menudo con un deseo de buena salud.

Pablo, en sus cartas, no sigue estrictamente este esquema, sino que modifica partes según la inspiración del momento o el contenido específico que quiere expresar en cada carta. Se dice que él dictaba sus cartas palabra por palabra, lo cual explica el estilo familiar, la similitud de vocabulario y sintaxis, así como la fuerza de sus expresiones.

A menudo, después de que las cartas eran caligrafiadas por un amanuense, Pablo las firmaba con su propia letra. Aunque menciona corremitentes, esto no significa necesariamente que las escribieran juntos, sino que sus colaboradores compartían las ideas expresadas en la carta.

Las cartas de Pablo no son tratados doctrinales, sino comunicaciones personales llenas de afecto o reproches. Eran un medio para continuar su labor apostólica, animando, corrigiendo y enseñando a las comunidades a las que estaban dirigidas.

Además de sus propias ideas, Pablo incorporaba material tradicional recibido de las comunidades en las que trabajó, como:

Temas comunes de la predicación y tradición judeocristiana. Fórmulas de confesión de fe o elementos de la liturgia cristiana. Citas de la Escritura, principalmente del Antiguo Testamento en la versión de los LXX. Catálogos de vicios y virtudes que aplicaba a los cristianos.

La influencia de Pablo y su costumbre de enviar cartas fue significativa en el cristianismo primitivo. Su ejemplo inspiró a otras comunidades a intercambiar cartas, y muchas de las cartas del Nuevo Testamento fueron escritas por discípulos de Pablo o de otros apóstoles, guiados por su estilo y éxito. Incluso el Apocalipsis está redactado en forma de carta, dirigidas a siete iglesias específicas en Asia.

En el estudio de las cartas del Apóstol Pablo, es crucial considerar el contexto de sus "segundo y tercer" viajes misioneros, que representan la época de su madurez. Sin embargo, lamentablemente, de los años anteriores, aproximadamente unos 15 o 17 años, no se ha conservado prácticamente nada. Las breves notas circunstanciales que pudo haber escrito se han perdido en su mayoría, con excepción de la Epístola a Filemón y los escritos sobre la colecta para Jerusalén, que aún perduran en 2 Corintios 8 y 9. En algunos casos, se hace referencia a cartas más extensas que también se han perdido, como la enviada a los cristianos de Laodicea, mencionada en Colosenses 4:16. Dado el carácter prolífico de Pablo en la escritura de cartas, es probable que no todas las que escribió hayan llegado hasta nosotros.

Para comprender mejor el contexto de las cartas paulinas, presentamos a continuación una síntesis de la cronología de Pablo, que resume lo anteriormente mencionado y nos ayuda a contextualizar sus escritos:

En el año 33 (?), después de su conversión y retiro en Arabia y Damasco, Pablo realiza una visita a Jerusalén en el año 36/37, donde se reúne con Pedro y Santiago. Posteriormente, entre los años 37 y 44, se establece en Cilicia y Antioquía. El "primer viaje misionero", que va de Antioquía a Chipre y luego por el sur de Asia Menor, concluye en Antioquía alrededor del año 46-49. Durante este periodo, se lleva a cabo el "Concilio de Jerusalén" y se registra un incidente en Antioquía con Pedro.

El "segundo viaje misionero" tiene lugar entre los años 50 y 52, partiendo de Antioquía y abarcando regiones como Corinto, Asia Menor, Galacia y Macedonia. Durante este viaje, se escriben las cartas a los Tesalonicenses. El "tercer viaje misionero" se desarrolla entre los años 54 y 58, desde Antioquía hasta Éfeso, con una estancia prolongada de tres años en esta última ciudad. Durante este tiempo, se mencionan las cartas a los Gálatas, Filipenses, Filemón y 1 Corintios, todas escritas en diferentes momentos y contextos.

A partir del verano del 57, Pablo se traslada a Corinto a través de Macedonia, donde escribe 2 Corintios y Romanos. En el año 58, experimenta un arresto en Jerusalén y pasa dos años en prisión en Cesarea. Posteriormente, en el año 60, es enviado a Roma, donde pasa dos años más como prisionero. Finalmente, en el verano del año 64, Pablo muere en Roma durante el reinado de Nerón.

Este resumen cronológico nos ofrece una visión estructurada de los momentos clave en la vida y los viajes de Pablo, lo que a su vez nos ayuda a comprender mejor el contexto en el que fueron escritas sus cartas. Aunque hay lagunas en nuestra comprensión debido a la pérdida de algunas de sus cartas, este marco nos permite acercarnos más a la experiencia y el ministerio del Apóstol.

III. El núcleo de la doctrina de Pablo de Tarso

Pablo, al igual que Jesús, se comprende mejor cuando se lo enmarca dentro de la teología de la restauración de Israel. Esto se puede deducir claramente del conjunto de sus cartas, así como de la percepción de que él estaba convencido de un inminente final del mundo y de la inclusión de los gentiles en el Israel completo y verdadero, que estaba destinado a enfrentar el juicio definitivo de Dios.

El vigoroso pensamiento religioso de Pablo tiene sus raíces en el evento de su "llamada" a la fe en Jesús, que ocurrió en un contexto profundamente judío, especialmente fariseo. Esta "llamada" se describe tres veces en los Hechos, cada una con matices diferentes, tintes legendarios y algunas contradicciones, como una aparición divina en el camino de Damasco (9,1-19; 22,5-16; 26,12-18). Este encuentro tuvo elementos de trance extático y visionario (cf. 2 Corintios 12,1-4), y Pablo siempre consideró que había recibido una revelación especial de Dios (Gálatas 1,11-12), similar a las otorgadas a los profetas de Israel. En sus propias palabras, "Dios me segregó de los demás desde el seno de mi madre, me llamó por su gracia y se dignó revelar en mí a su Hijo" (Gálatas 1,15-16). Esta revelación lo equipara como apóstol a aquellos que acompañaron a Jesús. Pablo se enorgullece de esta designación y defiende su condición con firmeza (por ejemplo, 2 Corintios 2,14-7,4).

En sus cartas, podemos identificar los rasgos esenciales de esta "llamada", que representó una verdadera conversión intelectual y que se fue desarrollando con el tiempo:

1. A pesar de la crucifixión y el aparente fracaso, Pablo proclama que Jesús es el verdadero Mesías. Después de su muerte, interpretada como un sacrificio expiatorio aceptado por Dios, Jesús fue hecho Señor y Mesías.

2. Estos eventos marcan el comienzo de la era mesiánica, preparando el camino para la salvación final de la humanidad y el establecimiento del poder de Dios sobre ella.

3. Se revela un nuevo plan divino para la salvación, iniciando una era de gracia y cumpliendo la promesa hecha a Abraham. El Mesías no solo redime a Israel, como lo entendían muchos judíos, sino al Israel completo o restaurado, que en los últimos tiempos incluirá también a un número de gentiles. Dios está reuniendo a su pueblo, tanto judíos como gentiles, mediante la obra de Jesús. Los elegidos, antes pecadores pero ahora justificados por su fe en Jesús y en lo que él ha hecho, deben apresurarse para lograr dos objetivos en el plan divino para los últimos tiempos: a) que todo Israel acepte el mesianismo de Jesús; b) que se complete rápidamente el número predeterminado por Dios de gentiles para integrar el verdadero pueblo de Dios.

4. El fin del mundo está cerca, el tiempo es limitado. Jesús vendrá como el juez definitivo de vivos y muertos. En ese momento, se establecerá la soberanía de Dios, marcando el final del mundo actual y el comienzo de un reino divino ultramundano y eterno.

Pablo recibió una revelación clara sobre la figura y la misión de Jesús, que él considera como el evangelio que debe predicar. Esta percepción fue tan clara y definitiva para él que no necesitó la confirmación de nadie más: "Os hago saber hermanos, que el evangelio [es decir, su mensaje sobre Jesús] por mí predicado no es de hombres, pues yo no lo recibí o aprendí de los hombres, sino por revelación de Jesucristo" (Gálatas 1,11-12). Para Pablo, solo existe un "evangelio", el que él proclama. En sus cartas a los convertidos en Galacia, expresa su sorpresa y preocupación de que abandonen el verdadero evangelio por otro mensaje diferente. Afirma enfáticamente que cualquier predicación distinta debe ser rechazada (Gálatas 1,6-9).

Este "evangelio" que Pablo proclama fue desarrollado y profundizado a lo largo de los años, a través de sus propias reflexiones y las de la comunidad cristiana a la que se unió después de su "conversión" en Damasco, especialmente en Antioquía. Los Hechos nos cuentan cómo Pablo, luego de su llamada, se dedicó fervientemente a difundir su nueva comprensión de Jesús entre aquellos a quienes antes perseguía con fervor (Gálatas 1,13-14). En todo momento, Pablo intentó llevar a cabo lo que creía era el plan divino para los últimos tiempos, predicando incansablemente para convencer a sus compatriotas judíos de que Jesús era el Mesías. Los Hechos nos relatan cómo, al llegar a una nueva ciudad, primero se dirigía a los judíos en las sinagogas para predicarles acerca de Jesús, y solo después de ser rechazado por ellos, se volvía hacia los gentiles.

Desafortunadamente, el plan inicial de Pablo y los primeros cristianos para atraer al Israel oficial hacia Jesús como el Mesías fracasó. Esto llevó a una revisión del plan, donde Pablo llegó a comprender que el propósito de Dios era más complejo: primero, un número de gentiles entraría en el Reino, y luego, como resultado de la misión a los paganos, Israel sentiría celos, aceptaría a Jesús y sería salvado (Romanos 11,13-16; 11,26s [«así se salvará todo Israel»]). La revisión de este plan en Romanos 8,28-11,36 confirma su existencia previa y muestra claramente el contexto escatológico y de restauración de Israel en el pensamiento de Pablo, al igual que en la obra de Jesús.

Siguiendo una lógica de mínimo esfuerzo para alcanzar rápidamente la conversión de los gentiles destinados a formar parte del Israel completo en el futuro, Pablo primero dirigió su mensaje sobre Jesús a los paganos "temerosos de Dios", que eran numerosos alrededor de las sinagogas y que, al no haberse circuncidado, eran considerados estrictamente gentiles. Su labor para convencerlos se asemeja a la de un hábil vendedor que intenta colocar su producto en un mercado difícil. Su mensaje resumía que Jesús era el Mesías y también el Salvador universal; que Dios había revelado que, al final de los tiempos, los gentiles tenían la misma oportunidad de salvación que los judíos. El mercado donde vendía estas ideas era el Mediterráneo oriental, donde competía con otros vendedores de ideas religiosas: seguidores de los Misterios, filósofos buscando adeptos para sus escuelas, y predicadores de religiones orientales, entre otros. Pablo presentaba un mensaje denso pero a la vez simple: todo lo que ellos ofrecían, Cristo lo ofrecía de manera superior, más sencilla y... gratis.

Inicialmente, Pablo pensó que el número de gentiles destinados por Dios a entrar en el Reino no sería muy grande. No todos debían convertirse. Esto explica su método misionero, su rápida fundación de nuevas comunidades, su salto desde Siria hacia el mundo griego (Asia Menor), y su deseo de llegar a Roma y los confines del mundo, incluso Hispania. Sin embargo, en total, sus convertidos fueron un número insignificante en comparación con la población del Imperio Romano y del mundo en general. Solo Dios conocía el número preciso de gentiles convertidos que formarían parte del Israel restaurado; él se encargaría, en última instancia, de hacer crecer la semilla (1 Corintios 3,6). Lo importante para Pablo era cumplir con la misión, y esto significaba predicar, predicar y predicar.

A partir de todo lo expuesto, se deduce que en aquellos tiempos, tanto el judaísmo como los judeocristianos consideraban dos sistemas para que los paganos ingresaran al verdadero Israel según el plan divino para los últimos tiempos:

1. El enfoque más tradicional y simple: los paganos debían convertirse al judaísmo, es decir, hacerse prosélitos mediante la circuncisión y la observancia completa de la Ley. Todos los salvados, gentiles y judíos, estaban bajo la Ley.

2. Un enfoque también tradicional pero más inclusivo, conectado con ideas sostenidas por el judaísmo desde tiempos antiguos: los paganos podían ser salvados de alguna manera, con una salvación de segunda clase, sin necesidad de convertirse por completo al judaísmo. Bastaba con cumplir los llamados "mandamientos de Noé", basados en la alianza que Dios hizo con este patriarca y su descendencia (Génesis 9,3-13). Estos mandamientos incluían: no blasfemar, no adorar ídolos, no cometer actos sexuales inmorales, no cometer asesinatos, no robar, y no comer carne con su sangre. El capítulo 15 de los Hechos revela esta mentalidad respecto a la admisión de los gentiles en la comunidad judeocristiana, considerada el verdadero Israel. Es posible que esta posición estuviera cerca de lo que Pedro pensaba después del incidente en Antioquía: los judíos bajo la Ley, y los gentiles no circuncidados, solo bajo los preceptos de Noé. Los salvados se dividirían en dos comunidades distintas, pero eventualmente se unirían en una sola al final de los tiempos.

Sin embargo, había un tercer sistema, el de Pablo. Según la revelación que Dios le había dado, el nuevo plan divino buscaba facilitar al máximo, durante los últimos momentos de la época mesiánica que transcurría entre el sacrificio de Jesús y su venida como juez universal, la inclusión de los gentiles en el Israel renovado. Hasta la aparición de Jesús en la tierra, la salvación se había otorgado de dos maneras: a) para los judíos, mediante la observancia de la Ley de Moisés; b) para los paganos, mediante el reconocimiento de la existencia de Dios y el cumplimiento de los preceptos de la ley natural, que en esencia se equiparaban al Decálogo.

Después de la venida de Jesús a este mundo (la "plenitud de los tiempos": Gálatas 4,4) y su sacrificio redentor, la revelación que Pablo recibió de Dios afirmaba condiciones más accesibles para la salvación:

1. La observancia de la Ley de Moisés ya no era un requisito indispensable. Frente a las demandas del judaísmo que sostenía esta posición, Pablo introduce la idea revolucionaria de que ahora Dios requiere el cumplimiento de una ley, no ritual, sino "la ley del amor" fortalecida por Jesús. Por lo tanto, la Ley de Moisés ya no tiene eficacia salvadora por sí misma. Nadie puede ser salvado simplemente cumpliendo la Ley de Moisés, ni siquiera los judíos (Gálatas). Tampoco son necesarias las observancias de las "leyes de Noé".

2. La circuncisión ya no era un requisito necesario. La tradición judía, que se remonta hasta Moisés (Éxodo 4,24-26), enseñaba que la circuncisión era necesaria para entrar en el pacto con Dios y ser parte del pueblo elegido. Sin embargo, Pablo sostiene que ahora es el momento de la "circuncisión espiritual", no física, que se realiza a través de un acto de fe.

La defensa de este nuevo plan divino de salvación coloca a Pablo en una posición opuesta al judaísmo. En sus cartas a los Gálatas y Romanos, precisará los detalles de este plan, inicialmente diseñado para la inclusión de los gentiles, pero que tiene implicaciones profundas para la esencia misma del judaísmo. Quien intente obtener el perdón de sus pecados —es decir, lograr la salvación— mediante sus propias fuerzas humanas, ya sea mediante la circuncisión o cumpliendo las "obras" prescritas por la Ley de Moisés, estará actuando en vano. Ahora es Jesús quien elimina los pecados de la humanidad y la reconcilia con Dios a través de su sacrificio expiatorio en la cruz. Para recibir los beneficios de esta reconciliación, cada ser humano debe presentar a Dios el regalo de un acto de fe en el valor y las consecuencias de ese sacrificio. Este acto de fe tiene como ejemplo a Abrahán, el verdadero padre de Israel, a quien Dios prometió que toda la humanidad sería salvada a través de su descendencia. Mediante este acto de fe, el ser humano hace realidad en sí mismo la promesa hecha a Abrahán.

El planteamiento de la salvación según el nuevo plan de Dios, revelado a Pablo, puede resumirse en el siguiente esquema:

Antes de Cristo:

* Circuncisión carnal

* Ley de Moisés

* Insistencia en la "teología del Pacto" (cumplir las leyes del "Pacto")

Después de Cristo:

* Circuncisión espiritual: la "justificación por un acto de fe"

* Ley espiritual del amor y de la libertad en Cristo

* Insistencia en la "teología de la Promesa" (acogerse a los beneficios de la "Promesa")

Para aquellos paganos que escuchaban a Pablo, quienes al principio eran mayoritariamente "temerosos de Dios" y tenían un buen conocimiento del judaísmo, el nuevo plan de salvación de Dios revelado por él en los últimos tiempos resultaba sensacional y conllevaba agradables consecuencias:

Libertad de Requisitos: Ya no era necesario someterse a la circuncisión. Tampoco era obligatorio cumplir con toda la rigurosa ley de Moisés, con sus numerosos preceptos sobre pureza y alimentos. La Misná enumera un total de 613 mandamientos que un judío piadoso debía observar. Incluso, no era imprescindible seguir al pie de la letra las leyes noájidas en sí mismas, sino más bien en tanto coincidieran con el Decálogo y las normas de la "moral natural".

Requerimientos Espirituales: Se requería simplemente una "circuncisión" espiritual, un acto de fe sincera. Observar la "ley del amor", tal como había sido proclamada por Jesús, aunque con todas sus demandas y exigencias.

Pero había algo más que ofrecía la predicación de Pablo a los paganos, esencialmente un nuevo tratado sobre la salvación de toda la humanidad. Esto era un as en la manga de gran valor y que satisfacía plenamente las ansias espirituales de muchos en el Imperio romano. Según Pablo, este triunfo adicional era el siguiente:

Equivalencia con las Religiones de Misterio: El cristianismo ofrecía la misma salvación y promesa de inmortalidad que las religiones de misterio del mundo helénico, pero de una manera más fácil y accesible. Bastaba con tener fe en el valor del sacrificio de Cristo. Luego, las ceremonias del bautismo (simbolizando la muerte y resurrección de Cristo, y participando así en la vida eterna) y de la eucaristía (compartiendo el cuerpo y la sangre de Cristo, ya sea de manera real o simbólica) cumplían exactamente las mismas funciones salvíficas que los costosos ritos de iniciación de las religiones misteriosas. Ahora, gracias a la revelación del plan divino que Pablo comunicaba, todo se simplificaba, se hacía más fácil... y además, gratuito. En última instancia, el éxito entre los "temerosos de Dios" y los paganos en general estaba garantizado.

Para destacar adecuadamente la importancia de esta última "oferta" de Pablo, es relevante recordar lo que se ha dicho acerca de las religiones de misterio en el helenismo. Los individuos más religiosos entre los paganos, insatisfechos con los cultos y la religiosidad oficiales, buscaban desesperadamente algo que les asegurara con firmeza lo que toda religión digna debe prometer: la salvación futura y la inmortalidad. La forma de obtener estos bienes normalmente implicaba iniciarse en algunos de los "misterios":

Sin embargo, estas ceremonias de iniciación eran largas (como en Eleusis, por ejemplo, que constaban de dos actos separados por meses), o necesitaban repetirse (como en los varios grados de las iniciaciones de Isis según se relata en "El asno de oro" o "Las metamorfosis" de Apuleyo), y sobre todo, eran costosas: implicaban pasar mucho tiempo fuera del hogar en casas de huéspedes y pagar los gastos del santuario. En realidad, solo los ricos tenían acceso a ellas.

En contraposición, la propuesta complementaria de Pablo resultaba verdaderamente atractiva. Podemos resumirla en un esquema:

1. Ritos de Iniciación del Paganismo:

En las religiones de misterio del paganismo, los ritos de iniciación eran fundamentales. Estos ritos implicaban acudir a santuarios dedicados a divinidades salvadoras como Isis, Deméter, Adonis, Mitra, Serapis, entre otras. Durante estos ritos, se realizaban ceremonias especiales donde se escuchaban relatos de la muerte y resurrección de la divinidad, y el iniciado se unía a este misterioso trance divino. El propósito de estos ritos era asegurar la protección del Destino en este mundo y la concesión de la inmortalidad en el otro. Sin embargo, estos ritos eran largos, a veces divididos en varios actos que transcurrían a lo largo de meses. Además, eran costosos y requerían que los participantes pasaran mucho tiempo fuera de sus hogares, hospedándose en lugares específicos y cubriendo los gastos del santuario. En resumen, solo aquellos con recursos económicos podían acceder a estos ritos de iniciación paganos.

2. Sustitución por el Bautismo:

La propuesta de Pablo, en contraste, ofrecía una alternativa accesible y sencilla para obtener los mismos beneficios espirituales. El bautismo, uno de los sacramentos cristianos, reemplazaba estos ritos de iniciación paganos. A través del bautismo, se simbolizaba la muerte y resurrección de Cristo, y el creyente participaba así en la vida eterna prometida por Dios. Este acto de fe en el sacrificio de Cristo, junto con el bautismo, proporcionaba la misma finalidad que los ritos de iniciación paganos: la salvación y la inmortalidad. Además, lo destacado era que este camino espiritual no tenía el costo ni la complejidad de los ritos paganos. Así, los antiguos ritos de iniciación paganos, junto con los ritos de comunión con las divinidades, encontraban su equivalente en el bautismo cristiano, que ofrecía los mismos beneficios espirituales de manera accesible, sencilla y gratuita.

Aquí tienes un resumen de las ideas que Pablo ofrecía tanto a los paganos como a los judíos:

1. La Venida de Jesucristo:

Dios único de Israel, creador, legislador, providente y juez del universo, envió a su Hijo, Jesucristo, al mundo. La llegada de Jesucristo marcó la plenitud de los tiempos. Antes de esto, tanto para los judíos como para los paganos, el cumplimiento de la ley de Moisés o de la ley natural (el Decálogo) eran los caminos normales de salvación establecidos por la divinidad.

2. Sacrificio Expiatorio de Jesús:

A través del sacrificio expiatorio en la cruz, Dios borró el pecado de la humanidad y la reconcilió consigo misma. Como prueba de esto, Dios resucitó a Jesús y lo colocó a su derecha. Para beneficiarse de este sacrificio y reconciliación, es esencial que el ser humano tenga un acto de fe en lo que Dios ha realizado a través de Cristo. Este acto de fe se considera una circuncisión espiritual y hace que uno sea parte del verdadero Israel, cuyo ancestro es Abraham. La ley de Moisés ha sido reemplazada por la ley espiritual de Cristo.

3. Salvación y Eucaristía:

La salvación y la inmortalidad, que eran ofrecidas a través de los costosos y laboriosos ritos de iniciación de las religiones de misterios del helenismo, ahora se ofrecen de forma gratuita, fácil y sencilla a través del bautismo y la eucaristía en Cristo.

4. El Cumplimiento de los Tiempos:

El tiempo restante antes del fin del mundo y el cumplimiento total de los designios de Dios sobre la humanidad es breve. Estos momentos previos al juicio final deben ser utilizados para formar el Israel renovado. Dios ha decidido que al final de los tiempos, también los paganos sean integrados en el pueblo de Dios, cumpliendo así la promesa hecha a Abraham. Para los paganos convertidos, la circuncisión y la ley de Moisés son absolutamente innecesarias, incluso si no son parte del pueblo judío por nacimiento.

IV. Ilustración de estas ideas básicas y sus consecuencias con pasajes de las cartas de Pablo

1. La humanidad antes de la venida de Jesús estaba inmersa en una situación de pecado.

El ser humano no puede liberarse por sí mismo de esta condición: el texto clave se encuentra en Rom 1,18-3,20. Este concepto paulino contrasta con las creencias predominantes en el judaísmo de aquel tiempo: este sostenía que el ser humano podía liberarse de la situación de pecado y, por ende, salvarse, si cumplía con la Ley. Incluso el Maestro Justo de Qumrán concuerda con esta última idea, aunque junto con Pablo comparte la noción de que "la humanidad está inmersa en el pecado desde el seno materno, es culpable e infiel hasta la vejez" (1QH 4,29-30). Esta condición provoca la ira divina en general porque, al ser todos pecadores, la ira de Dios se cierne igualmente sobre judíos y gentiles (3,9-20).

2. Esta situación contradice los designios del Dios.

El creador, quien actúa por su propia voluntad para cambiarla. Al hacerlo, Dios es justo, ya que su justicia divina no puede permitir que la humanidad permanezca en una perpetua situación de pecado (Rom 1,17); Él se mueve a compasión y elabora un plan: todo se resolverá mediante el sacrificio sustitutivo en la cruz de su Hijo (2 Cor 5,14-15). A través de este sacrificio, la ira de Dios se aplacará y comenzará el tiempo de la salvación. En Rom 5,12-21, Pablo establece la siguiente tesis: al igual que el pecado y la muerte ingresaron en la humanidad por obra de uno solo, Adán, a través de otro, Jesucristo, reinará la vida. El sacrificio de Cristo transforma la muerte y el pecado, consecuencias de la transgresión de Adán, en justicia y vida. Con respecto a la idea de que el pecado de Adán de alguna manera afectó a su descendencia, Pablo no expresa claramente una doctrina del pecado original (un concepto inexistente en el judaísmo hasta la actualidad), pero se acerca a ella.

Esta doctrina se desarrollará más tarde, a partir de san Agustín. Otro texto similar es 1 Cor 15,22-28.45-49, cuya idea central es "así como en Adán todos murieron, también en Cristo todos serán vivificados", y "así como todos llevamos la imagen del Adán terrenal (la del pecado), llevaremos también la imagen (del Adán) celestial". Pablo argumenta aquí con un razonamiento característico del cristianismo primitivo, que también encontramos en otras composiciones del Nuevo Testamento (como Hebreos): Dios quiso que en la historia sagrada de Israel se presentara primero la "figura" de lo que posteriormente sería Cristo. Luego, en la plenitud de los tiempos, vendría la "realidad", Cristo, quien cumpliría lo que había sido simbolizado de manera oscura y profética en la "figura". En nuestro caso, Adán es la figura de Cristo, aunque al revés: es el responsable de la situación de pecado de la humanidad, mientras que Cristo es la realidad que, mediante una inversión, elimina esa situación de pecado.

3. El Salvador divino desciende de lo alto y se encarna en un cuerpo humano.

Ese Salvador, Jesús de Nazaret, es al mismo tiempo hombre y, de alguna manera, Dios. Como hombre, tiene la capacidad de representar a toda la humanidad en el sacrificio por sus pecados. Como perteneciente al ámbito divino, su acción es efectiva para aplacar a Dios. Si no fuera a la vez divino y humano, su sacrificio redentor no tendría efecto.

Pablo recibe la idea de que Jesús es divino de alguna manera de la tradición de la comunidad cristiana helenística. Sin embargo, este estatus no estaba del todo claro. Es Pablo quien se encarga de esclarecerlo en cierta medida (aunque no completamente) a través de una teología de la preexistencia del Salvador que se encarna como Jesús. Antes de la encarnación, el Salvador es esencialmente de naturaleza divina (1 Cor 2,8; Flp 2,6-9; Gál 4,4-6). El texto clave al respecto es Flp 2,6-11. Este pasaje ha sido ampliamente discutido, ya que no está claro si estos versículos son una creación de Pablo, es decir, un himno a Cristo compuesto por él mismo (cf. Hch 16,25: Pablo y Silas están en la cárcel y pasan la noche cantando himnos a Dios) o si es algo heredado de cristianos anteriores, que el Apóstol transmite a sus lectores filipenses. Sin embargo, no es crucial dilucidar este asunto para comprender su contenido. En cualquier caso, se trata de una especie de himno a Cristo inspirado en temas de la Sabiduría divina, que desciende a la tierra (Eclo 24,6-8.10-12), y del Siervo sufriente de Yahvé (Is 53), que finalmente triunfa, temas que se aplican a Jesús.

El pensamiento del himno sigue el siguiente esquema: un ser divino desciende a la tierra (humillación), sufre la muerte, pero luego es exaltado ("conceder un nombre" significa otorgar un estado especial) por Dios. El sentido de los versículos 6-7 —Cristo "tiene la forma de Dios" o existe en la "forma de Dios"; pero no "retiene como botín el ser semejante a Dios, sino que (se rebaja) haciéndose semejante al ser humano"— probablemente sea similar a las afirmaciones del prólogo del Evangelio de Juan: Cristo es Dios y preexiste como Dios antes de encarnarse como hombre. Aunque no sea tan enfático, en Filipenses debe significar algo similar, porque de lo contrario, si aquí se afirmara que Cristo no es Dios, sino solo creado a imagen o forma de Dios (como sostienen algunos intérpretes), el "rebajarse" a ser solo un hombre no tendría mérito alguno y no serviría como un supremo ejemplo de humildad. Pero si Jesús es realmente Dios y se hace hombre, se le puede presentar como un caso excepcional de humildad o autohumillación. El cambio de estatus y la humildad son valores sobresalientes de la ética cristiana primitiva:

"Los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros" (Mt 16,3). Sin embargo, esta humildad es recompensada (Pablo implícitamente piensa que lo mismo sucederá con los cristianos): Dios "exalta" a Jesús y "le otorga el Nombre que está por encima de todo nombre" (versículo 7). En otras palabras, la divinidad confirma ante todos que su Hijo es verdaderamente Dios, tal como Él mismo. Por lo tanto, toda rodilla debe doblarse ante Él (Cristo) y reconocer que Él es el Señor = Dios. Esta presentación de Jesús seguramente fue muy atractiva para los oyentes paganos de Pablo: por un lado, la encarnación/descenso del Redentor mostraba a la divinidad como cercana al ser humano. Había vivido como uno de ellos y había muerto por ellos. Por otro lado, la divinidad seguía estando por encima de todo poder humano ("un nombre sobre todo nombre"), mientras que al mismo tiempo era el Salvador. Como sabemos, todo esto satisfacía un anhelo típico de la religiosidad helenística de los Misterios.

Si Pablo recibió esta confesión de fe de cristianos anteriores, y si Filipenses fue escrita alrededor de los años 54-58, unos 25 años después de la crucifixión de Jesús, esto significa que la cristología, la teología sobre Jesús como Mesías-Dios, se desarrollaba rápidamente en el cristianismo primitivo. Pablo hereda una tradición que ya colocaba a Jesús en la esfera divina: el Cristo resucitado después de su muerte en la cruz tiene un poder cósmico (versículo 10: poder terrenal/celestial/subterráneo); Él es Dios. Por tanto, es probable que Pablo no haya inventado esta teología de la nada.

4. El salvador muere de manera violenta en la cruz, de acuerdo con un plan divino.

Esta idea está presente en las cartas paulinas de forma recurrente. Pablo prácticamente no considera al Jesús terrenal y se enfoca únicamente en dos momentos de su vida: su muerte y su resurrección. Este olvido es completamente consciente y deliberado, ya que el Apóstol recibió suficiente información sobre el Jesús terrenal de sus compañeros de fe. Lo hace para destacar que el mesianismo de Jesús durante su vida terrenal no existió como tal, o fue un mesianismo incompleto. Su misión como mesías solo se cumplió en su muerte, y especialmente con su resurrección. En las cartas auténticas de Pablo, los conceptos de que Cristo "murió por nosotros" o "fue crucificado" aparecen aproximadamente 21 veces.

5. La muerte del salvador es un sacrificio expiatorio por los pecados de la humanidad.

Sobre la primera parte de esta densa proposición, la "muerte vicaria", el lector debe recordar lo mencionado en las páginas anteriores, es decir, cómo esta idea estaba presente en la cultura griega y fue adoptada por los cristianos. Aquí vemos uno de los casos importantes de fusión entre la interpretación de Jesús y el pensamiento griego en los primeros tiempos del cristianismo. En Pablo, los textos clave son Rom 5,8: "Cristo murió por nosotros"; 2 Cor 5,14-15: "Uno murió por todos"; 1 Cor 15,3: "Cristo murió por nuestros pecados".

6. El salvador crucificado resucita, confirmando así su divinidad e inmortalidad.

La resurrección de Jesús es un hecho indiscutible para Pablo. No solo porque todos los cristianos que le precedieron en la fe en Jesús lo afirmaban, sino también porque él mismo sostiene haber recibido una aparición del Resucitado: "Pues os transmití en primer lugar lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras, y que se apareció a Cefas y luego a los Doce... y después a más de quinientos hermanos a la vez... y al fin, se me apareció también a mí..." (1 Cor 15,3-8). La resurrección de Cristo es una pieza fundamental en la teología de Pablo, ya que él considera que la salvación no proviene principalmente de la muerte de la víctima (Jesús) sino de su resurrección. La superación de la muerte es la verdadera obra del Dios creador y la que realmente otorga vida al creyente.

7. Por lo tanto, el acto divino de la salvación no ocurrirá en el futuro, sino que ya ha tenido lugar en el pasado.

Hasta que se propagó y consolidó la predicación de Pablo, el cristianismo primitivo, al igual que el judaísmo, esperaba que la relación dañada entre Dios y el hombre debido al pecado cambiaría mediante una acción divina al final de los tiempos. En el judaísmo existían diferentes opiniones sobre cómo sería esta acción de Dios. Por ejemplo, se debatía si Dios actuaría solo, si tomaría como ayudante a un personaje humano (el mesías), si habría dos ayudantes (dos mesías: uno político y otro sacerdotal), o si otras figuras más o menos sobrehumanas cooperarían con el mesías (Elías, Enoc, el Profeta final, Melquisedec, un "Hijo del hombre", etc.), o si estos mismos personajes serían en realidad los agentes mesiánicos. Sin embargo, de cualquier manera, se esperaba esta intervención divina para el futuro, aunque se pensaba que sería en un futuro inmediato o muy cercano.

Los primeros cristianos concretaron estas ideas: basándose en sus creencias sobre su Maestro —quien, después de su resurrección, había sido constituido en el cielo como "mesías y señor"— proclamaron que esta acción sería la venida de Jesús desde el cielo como juez escatológico y redentor final. Este juicio restauraría el orden del mundo, condenando a los malvados y elevando a los justos junto a Dios para siempre. Así se restablecerían las relaciones adecuadas entre la humanidad y Dios, y se establecería el reino o gobierno divino sobre el mundo.

En el pensamiento de Pablo, en cambio, este cambio o intervención decisiva de Dios para la salvación ya tuvo lugar en el pasado, en el sacrificio de la cruz de Cristo. Lo que vendrá en un futuro próximo será más bien un complemento: el fin del mundo y el gran juicio. Este acto será la culminación y plenitud de un proceso que, en su núcleo, ya se ha completado. En otras palabras, la enemistad del mundo con Dios por el pecado no se resolverá mediante un acto futuro de Dios. Esta enemistad ya ha sido eliminada por un acto pasado de Dios: la cruz de Cristo. Esto representa un cambio significativo en la teología, y según lo que sabemos a través del Nuevo Testamento, Pablo fue el primero, cronológicamente, en expresarlo claramente entre los primeros escritores cristianos.

8.1. Los beneficios del evento salvífico, la muerte vicaria y expiatoria de Jesús, y su resurrección...

Estos beneficios solo se hacen efectivos en aquellos que realizan un acto de fe en el significado y la eficacia de esa muerte redentora. Aquí entramos en lo que quizás sea la mayor contribución de Pablo al desarrollo de la teología cristiana: la doctrina de la "justificación por la fe y no por las obras". Los pasajes clave para esta cuestión se encuentran en Gálatas 2,15-21; Romanos 3,21-31; 4,1-5,2; 10,5-13 y Filipenses 3,9, que el lector debe estudiar detenidamente. En el conjunto de estos textos, se da por sentado el siguiente concepto básico (n.º 1): el ser humano, por nacimiento y por su misma condición, está inmerso en el pecado y no puede liberarse de esta situación por sus propias fuerzas. Aceptando estos presupuestos, la doctrina de la "justificación por la fe" imagina al ser humano frente al tribunal divino y afirma lo siguiente:

Nadie será absuelto (o "justificado") por Dios aunque se esfuerce en cumplir las "obras" de la ley de Moisés si no reconoce lo que ha ocurrido con Jesús por la voluntad divina. Dios lo absolverá (o "lo declarará justo") por un acto de gracia, pero solo cuando realice un acto de fe en lo que significa lo que Dios ha hecho a través de la muerte y resurrección de su Hijo, y reciba el bautismo que confirma esa fe. Pablo está pensando en un adulto y supone que, por más que este individuo intente cumplir con las obras prescritas por la ley de Moisés, comenzando por la circuncisión y siguiendo con otras normas, Dios jamás lo declarará justo si primero no cree en el valor del sacrificio expiatorio de Jesús. La "justificación" viene solo por la fe, como lo demuestra la Escritura según Pablo. Su Carta a los Gálatas proporciona varios argumentos tomados de la Biblia que demuestran que la salvación no viene de la Ley:

Gálatas 3,6-9: Abrahán fue salvado (o "justificado") por su fe antes de que existiera la Ley, ya que esta aún no existía. Génesis 15,6 dice: "Abrahán creyó en Dios y eso le valió ser considerado justo". Lo mismo ocurre con los gentiles, ya que son descendientes legítimos de Abrahán. En Romanos 4,1-25 se sostiene la misma idea: Abrahán es justificado por la fe antes de la circuncisión.

Gálatas 3,10-12 + 13-14: la misma Escritura implica que vivir bajo la Ley no implica ser salvado, sino condenado, ya que la Ley es de hecho una fuente de maldición divina. ¿Cómo puede afirmarse esta terrible declaración? Porque es imposible cumplir toda la Ley; por lo tanto, el someterse a ella pero no poder observarla en su totalidad hace que la Ley sea una fuente de maldición. Deuteronomio 27,26 afirma: "Maldito el que no cumpla todas las palabras de esta ley". Así, la misma Ley lleva a la maldición divina. La segunda parte del argumento (vv. 13-14) tampoco carece de audacia: Cristo vivió bajo la Ley y fue crucificado. Sin embargo, la Ley declara maldito al que es "colgado del madero" (Deuteronomio 21,23). Por lo tanto, la Ley es inconsistente, ya que su misma letra declara maldito a Cristo, lo cual es imposible. Pablo ofrece una salida: Cristo, como ser divino, tomó sobre sí la maldición de la Ley, pero su sacrificio realmente libera de la maldición.

Gálatas 3,15-18: Dios hizo la promesa a Abrahán antes de que existiera la Ley. Así, la promesa (o sea, la salvación o justificación) es anterior a la Ley, lo que significa que la salvación es anterior a la Ley.

Gálatas 3,19-29: la función de la Ley, que se encuentra cronológicamente entre Moisés y la venida de Jesús, es meramente provisional: es un puente hacia Cristo. La gente pecaba tanto (en contra de la ley natural, se entiende) que Dios no tuvo más opción que dar una Ley. Sin embargo, esta Ley es de segundo rango: fue promulgada por medio de ángeles, no directamente por Dios, y a través de un mediador, Moisés. La "promesa", por otro lado, fue hecha directamente por Dios a Abrahán.

Aun con razonamientos bíblicos, Pablo está criticando la Ley de Moisés utilizando argumentos retóricos, típicos de su época, contra leyes injustas: es una norma despótica, es meramente un recordatorio de los pecados; es contraria a la libertad, esclavizando al ser humano; va en contra del sentido común al prohibir cosas aceptadas, como los alimentos que todo el mundo consume; es una disposición secundaria y tardía, posterior a la Promesa; y es algo temporal, un mero camino o guía hacia Cristo.

La doctrina de la "justificación por la fe" fue una gran revolución teológica en su tiempo. Aclarar algunas nociones paulinas importantes al respecto nos ayudará a entenderla mejor:

La "justicia de Dios" es un concepto dinámico y complejo: al tiempo que Dios declara justo al ser humano por la fe, mostrándose así justo, también es fiel a la alianza con Abrahán, donde prometió la salvación tanto para los judíos como para toda la humanidad.

La "fe" es, de igual manera, un concepto dinámico para Pablo, ya que incluye no solo la creencia (pasiva), sino también la confianza y la obediencia a Dios (activas). La fe es la respuesta a la acción de Dios en Jesús. Así como Jesús se entregó a Dios y aceptó el sacrificio de la cruz, el ser humano se entrega a Dios aceptando lo que Él ha hecho por él en la cruz de Jesús.

La "justificación por la fe" es igualmente válida para judíos y no judíos, es decir, no hay otra forma de salvación para nadie. Esta tesis se afirma en Gálatas y se sostiene en Romanos (9,30-32), aunque se matiza (ver abajo): todos los seres humanos deben ser salvados mostrando, por medio de la fe, su adhesión a la alianza establecida por Dios con Abrahán, siendo el sacrificio de esta alianza no Isaac ni otros sacrificios judíos o paganos, sino el que se realizó en la plenitud de los tiempos, el de Jesús.

La justificación por la fe no significa que el justificado pueda vivir sin hacer buenas obras o entregarse alegremente al pecado, ya que ahora sabe que solo la fe "justifica". Afirmar o practicar este libertinaje sería no entender a Pablo. El pensamiento del Apóstol es que, a partir del momento en que uno ha sido justificado por Dios, comienza una vida en estado de salvación que exige realizar obras buenas de acuerdo con la fe (Romanos 2,6). Se malinterpretan Romanos y Gálatas si se plantea el dilema fe/obras después de que el ser humano ha sido declarado justo por Dios. La "justificación", por así decirlo, ocurre en un instante, en el acto de creer. Después comienza una vida, más o menos larga, en la que se supone que uno mantiene ese acto de fe, es decir, se mantiene continuamente el principio de que la justificación es por la fe, pero en la que no se presenta el dilema fe/obras, ya que la fe misma impulsa a realizar buenas obras. En esos momentos pueden darse dos casos:

a) Si un cristiano es convertido desde el judaísmo, las buenas obras de su vida pueden ser las mismas que antes: adherirse al cumplimiento de la ley mosaica, con todos sus preceptos sobre la circuncisión, las leyes de pureza y sobre los alimentos, entre otros. Es decir, seguirá observando lo mismo que antes de su bautismo como cristiano. Esta es la matización que presenta Pablo en Romanos: la Ley aún tiene un valor moral para los judíos. Ellos son el pueblo elegido y reciben un trato especial y normas especiales; si así lo desean, pueden continuar circuncidándose y cumpliendo todas las ordenanzas de la Ley.

b) Por otro lado, si alguien se convierte al cristianismo desde el paganismo, no está obligado a cumplir los preceptos específicos de la ley de Moisés. Más bien, debe seguir lo que le dicta su conciencia y la razón natural: lo esencial coincide con los Diez Mandamientos, y el resto se basa en lo que la Iglesia recomienda. Además, no debe circuncidarse ni observar estrictamente las fiestas judías ni las normas sobre los alimentos.

La auténtica teología del Apóstol respecto al posible dilema entre fe y obras podría resumirse de la siguiente manera: el ser humano se salva por la fe, pero al final de su vida será juzgado por sus obras.

8.2. Las obras a las que se refiere Pablo se resumen en las demandas de la ley del amor o del espíritu de Cristo.

O, de manera más sencilla, la ley de Cristo (Gálatas 6,2). El cambio de la muerte a la vida exige una nueva ley que gobierne esta vida, la ley de Cristo. El texto fundamental es Gálatas 5,13-14: la ley del amor es la nueva norma de Cristo, que resume la antigua ley del Sinaí (Gálatas 5,14). Esta es la "ley de la libertad" (Gálatas 5,13), que no debe entenderse como una licencia para hacer lo que la naturaleza carnal desee. Más adelante, en Gálatas 6,1-11, Pablo habla sobre el contraste entre el espíritu y la carne, entre la antigua ley y la ley del amor. Llega así a una máxima general: actuar según el Espíritu (divino) y según el espíritu renovado y el amor, pero no según la carne. El lector también debe considerar el impresionante himno a la caridad o amor en 1 Corintios 13, el cual debe gobernar las relaciones dentro de la comunidad.

8.3. En consecuencia, las "obras de la Ley" no tienen en sí mismas ningún efecto de salvación.

Pablo enfatiza esta idea repetidamente en Gálatas, Filipenses y Romanos. Además de los textos de Gálatas mencionados en 8.1, también se puede consultar Romanos 1,16-17; 3,21-31; 4,1-25; 7,1-25; y Filipenses 3,9. Según Pablo, no es necesario cumplir ni siquiera las leyes sobre los alimentos señaladas en los "preceptos de Noé". Se sabe que, según Pablo, los líderes o pilares de la Iglesia en Jerusalén en el llamado concilio apostólico no impusieron a Pablo ninguna norma particular sobre los alimentos que los gentiles convertidos al cristianismo debieran cumplir. Pablo desconocía estas normas y no las impuso en ninguna de las comunidades que fundó. Algunas comunidades tampoco las siguieron. La prueba de ello es la incertidumbre que surgió en diversas comunidades sobre qué hacer con los alimentos o carnes que habían sido ofrecidos a los ídolos y que se mezclaron con sangre, algo radicalmente prohibido en el judaísmo, y además estaban consagrados a dioses falsos.

Por ejemplo, en 1 Corintios 8-9, Pablo aborda el problema de si es permisible asistir a banquetes en los que se consumen carnes que habían sido ofrecidas a los ídolos. Pablo responde que los ídolos no existen realmente, por lo que no importa comer carne que ha sido sacrificada a ellos. Sin embargo, aquellos que deseen actuar así deben tener una conciencia bien formada, es decir, deben estar seguros de que la Ley ya no es válida para aquellos que disfrutan de la libertad en Cristo. Sin embargo, algunos en la comunidad se escandalizan por esta práctica. Pablo añade que es más importante no ofender la conciencia de los hermanos cristianos menos instruidos, ya que creen que comer estas carnes es adorar a los dioses falsos. Lo más importante es mantener la unidad y el amor en la comunidad. Según Pablo, renunciar forma parte de ser cristiano y, más específicamente, del llamado al apostolado.

Otro texto clave al respecto es Romanos 14,1-15,13, donde se discute qué es permitido comer y qué no. Pablo nuevamente exhorta a los "fuertes" (aquellos con una conciencia bien formada) a no sentirse superiores a los "débiles" (aquellos con menos formación o con supersticiones), y les insta a permitir que cada uno actúe según su conciencia. La unidad de la comunidad requiere que se ceda y se respete la conciencia de los "débiles".

8.4. La justificación por la fe equivale a una circuncisión espiritual.

Aquellos que son declarados justos por Dios se convierten en parte de Israel en los últimos días, de la misma manera que la circuncisión era una señal de que un varón formaba parte del pueblo de Dios antes de la venida de Cristo. Aunque no hay un texto específico en el que Pablo diga que la "justificación" equivale a una circuncisión espiritual, esta es claramente su doctrina. En Filipenses 3,3 se expresa claramente que los cristianos, justificados por la fe, son los "verdaderos circuncisos", el verdadero Israel, "el Israel de Dios". Un ejemplo gráfico en el que Pablo se burla de la circuncisión meramente carnal se encuentra en Gálatas 5,12. El Apóstol niega enfáticamente que los conversos del paganismo necesiten circuncidarse, llegando incluso al sarcasmo insultante: "¡Ojalá se castren los que os están perturbando...!", refiriéndose a aquellos que afirman que la circuncisión carnal es necesaria.

8.5 La justificación por la fe y sus paralelos en las religiones de misterios

La justificación por la fe aporta los mismos beneficios que las religiones de misterios: la salvación eterna y la inmortalidad. La justificación por la fe permite la entrada en la comunidad del Israel verdadero, el que cree en Jesús. Este ingreso se efectúa a través de dos ritos: el bautismo y la eucaristía.

El bautismo significa la inmersión en la muerte de Cristo y el nacimiento con él a una nueva vida que conduce a la eterna. Con el bautismo se muere a la vida que representaba el primer humano, Adán, y se resucita a la vida nueva de Cristo. El texto clave se encuentra en Rom 6,3-4: «¿Ignoráis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados para participar en su muerte? Con él hemos sido sepultados por el bautismo para tomar parte en su muerte, para que como él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva».

Este pasaje expresa una comprensión del bautismo análoga a las creencias de las religiones de misterios de la época imperial romana. Por ejemplo, Apuleyo relata en el culto a Isis que la consagración a la diosa se celebraba «al modo de una muerte voluntaria y de una salvación graciosa» (Metamorfosis XI 21,7). Se ha descrito este acto modernamente como «una dramatización simbólica de la experiencia de la muerte», realizada con el deseo de alcanzar la inmortalidad.

Durante más de un siglo, muchos investigadores han opinado que Pablo se dejó influir conscientemente por el ideario de las religiones paganas en su concepción del bautismo, así como en la interpretación de la muerte de Cristo. Esta perspectiva parece acertada, pues al igual que en la utilización del concepto pagano de «divinidad que muere y resucita» para explicar el sacrificio de Jesús, aquí también estamos posiblemente ante un uso de Pablo de la terminología y el pensamiento de los Misterios para aclarar el significado del bautismo cristiano.

Aunque estas consideraciones son correctas, la teoría de la mera influencia o copia parece incompleta. Es necesario precisar algo más. Pablo no copia simplemente, sino que presenta algo propio envuelto en lenguaje ajeno como una forma de superación. Lo cristiano supera cualquier expectativa que pudieran ofrecer las religiones paganas.

En las religiones mistéricas, no está tan claro que el iniciado imite o se sumerja en la muerte de la divinidad salvadora; más bien simpatizaba o se unía al dolor por la muerte del dios. Sin embargo, en la interpretación paulina del bautismo hay una perspectiva añadida: el cristiano imita y se sumerge, a través del bautismo, en la muerte de Cristo. El fiel que recibe el bautismo es «sepultado» en el agua, muere al pecado participando de la muerte de Cristo, pero como él, también resucitará.

Los bautizados cristianos recibían en la ceremonia del bautismo un vestido nuevo, lo que significaba que rompían completamente con la vida anterior para recibir una nueva vida. Asimismo, en el cristianismo es donde aparece con total plenitud y brillantez la noción del «dios que muere y resucita», a diferencia de las religiones de misterios donde las divinidades como Atis, Osiris o Adonis no resucitan completamente.

Esta diferencia debe entenderse como una expresión clara de la idea de superación: el bautismo cristiano y la muerte de Cristo superan los efectos de cualquier iniciación, aunque puedan expresarse con el vocabulario utilizado por las religiones paganas. Pablo emplea un lenguaje «mistérico», no solo porque se deje influir por él, sino para proclamar que es en el cristianismo donde se encuentra verdaderamente lo que se busca en otras religiones: la promesa de la salvación e inmortalidad.

En resumen, Pablo utiliza el lenguaje y los conceptos de los Misterios para explicar el bautismo cristiano, pero lo hace para afirmar que el cristianismo supera todas las expectativas de las religiones paganas. Esto significa que del bautismo solo se puede surgir para una vida sin pecado, según afirma Pablo en varias de sus cartas, como en 1 Cor 6,12 y Rom 6,1.

Finalmente, la idea de que solo al compartir los padecimientos de Cristo se consigue la resurrección, como se menciona en Flp 3,10, confirma esta noción de una vida nueva en Cristo a través del bautismo y la fe.

En la eucaristía se rememora el sacrificio de la cruz y se logra que se actualicen sus beneficios. El texto clave se encuentra en 1 Cor 11,2-34, un testimonio valioso de que en los primeros tiempos del cristianismo la Cena del Señor se celebraba con otra cena, donde el pan y el vino representaban «el cuerpo y la sangre del Señor».

En estos momentos iniciales, no está claro si esta representación era simbólica o si se creía en una metamorfosis o transustanciación real de los alimentos en el cuerpo y sangre verdaderos de Jesús, como se enseñará posteriormente en la doctrina dogmática. Probablemente, en esta etapa temprana, el pan y la copa de vino eran simplemente un símbolo del cuerpo y sangre del Señor.

Pablo argumenta en 1 Corintios (11,17-34) que Jesús estableció la relación entre la comida cultual cristiana y su muerte sacrificial junto con su venida. Comer el pan y beber el cáliz deben hacerse dignamente para que este acto sea un recuerdo y un anuncio de la muerte salvadora del Señor hasta su segunda venida. De este pasaje se deduce que la eucaristía es una comunión con la memoria de Jesús y una preparación para obtener los beneficios de la Nueva Alianza, incluyendo la participación en el mundo futuro, es decir, la inmortalidad.

Por esta razón, los cristianos posteriores denominarán a la eucaristía el "phármakon athanasías", la "medicina de la inmortalidad". Este concepto es tan real que si el rito eucarístico no se celebra dignamente, el castigo puede ser la enfermedad o incluso la muerte.

La cena eucarística, al rememorar (¿de manera sacramental?) el sacrificio de Jesús, presentaba otra ventaja. Los paganos convertidos se veían privados de la asistencia a los sacrificios paganos, lo más destacado de la religión cívica antigua, y también se les prohibía, por considerarse incircuncisos, participar en el culto del santuario de Jerusalén. Sin embargo, la Cena del Señor les ofrecía una mesa compartida basada en la actualización de un único y perfecto sacrificio. Esto sustituía a otros sacrificios, costosos en el mundo antiguo, porque expresaba de manera más clara el significado y el valor de una víctima sacrificial, conteniendo los valores de oblación, aplacamiento y comunión con la divinidad.

En este importante pasaje de 1 Corintios nos encontramos con la primera relación, anterior a la de los evangelios, que da fe de la institución de la eucaristía por parte de Jesús. Sin embargo, 1 Corintios 11,23 ("Porque yo he recibido del Señor lo que os he transmitido") parece afirmar que la interpretación de la última comida de Jesús con sus discípulos como cena eucarística fue una noción recibida por Pablo de parte de Dios mismo, posiblemente en una revelación.

Esto deja abierta una cuestión que será objeto de disputa teológica posterior: ¿instituyó Jesús la eucaristía tal como se celebraba en las comunidades paulinas, y más o menos hasta hoy, o fue Pablo quien introdujo un modo de interpretar la última cena de Jesús —que fue una cena de despedida— como celebración eucarística? Sea como sea, esta interpretación paulina fue seguida después por los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas).

9. La vida en comunidad es un aspecto central en la enseñanza de Pablo.

Quien asegura el culto en las comunidades que él fundó a través de su interpretación del bautismo y la cena del Señor. Además, destaca la importancia de una norma moral para el grupo cristiano: la ley del amor o la ley de Cristo. Las exhortaciones finales en la Epístola a los Gálatas (5,16-6,10) revelan que el cumplimiento de esta ley se da en el marco de la comunidad, con la asistencia del Espíritu. El culto y la oración son vías para recibir la gracia divina que fortalece para cumplir la voluntad de Dios. Para Pablo, la vida del cristiano se concibe únicamente en comunidad, y la base última de esta vida comunitaria se encuentra en la Primera Carta a los Corintios.

a) En los capítulos 1 al 4 de 1 Corintios, Pablo enfatiza la absoluta unidad alrededor de Cristo que debe prevalecer en la comunidad. La idea de formar "partidos" o grupos dentro de la comunidad, basados en quién los bautizó, es inaceptable para él. Pablo se cuestiona cómo los cristianos podrían siquiera considerar dividirse de esta manera. Según el Apóstol (1 Cor 3,5-9), lo esencial es Cristo Jesús, quien constituye el fundamento de la fe y, a su vez, de la unidad. Por tanto, crear facciones dentro de una comunidad cristiana resulta absurdo

b) Respecto al tema de la ingestión de ciertos alimentos, visto en el punto anterior, se reconoce que dentro de la comunidad puede haber aquellos más instruidos en la fe, designados como los "fuertes" o "espirituales". Pablo valora profundizar en la sabiduría de la fe como algo positivo (1 Cor 2,6), es decir, convertirse en "fuertes", pero nunca a expensas del amor y la unidad. Por ello, exige que los "fuertes" mantengan un comportamiento ético y humilde, renunciando a privilegios si estos pueden ser un obstáculo para la fe de los "débiles" (Rom 15,1 = 1 Cor 9,15).

c) Excepto quizás en Filipos, donde el grupo cristiano adopta el sistema de gobierno de las organizaciones paganas, las comunidades paulinas no siguen una organización estricta basada en roles eclesiásticos definidos. Son los maestros y profetas quienes, en comunicación directa con el Espíritu, lideran la comunidad. Esta debe regirse por los dones espirituales (carismas) que el Espíritu distribuye, los cuales deben contribuir a la unidad del grupo (12,4.12-30). Entre los dones más significativos se encuentran la profecía, la sabiduría espiritual, las curaciones, el "hablar en lenguas", es decir, entender el lenguaje celestial, y sobre todo el don del amor (13,1-13). Sin embargo, estos dones no deben llevar a la anarquía en la comunidad. Incluso los profetas deben controlar sus manifestaciones para que la comunidad no parezca desordenada, sino pacífica y ordenada. Aunque los carismas son valiosos, es esencial buscar la edificación y utilidad común del grupo, evitando la autocomplacencia y la superioridad entre los miembros (14,26). "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo" (12,4), lo cual significa que nadie debe jactarse de tener un carisma superior. Es importante no rechazar estos dones, sino integrarlos en la vida comunitaria.

Pablo refuerza su argumento empleando el símil del cuerpo, una metáfora que resultó muy efectiva y que se encuentra presente en las cartas a los Colosenses y a los Efesios. En este símil, el cuerpo es uno solo, pero tiene múltiples miembros, cada uno cumpliendo su función sin que uno sea considerado superior o más importante que otro (1 Cor 12,12-30). Luego, Pablo aplica este símil a los cristianos, quienes son miembros de un mismo cuerpo, el de Cristo. Si bien, en caso de tener que establecer una jerarquía entre los carismas por la utilidad de la comunidad, Pablo afirma que el amor es el más destacado (1 Cor 12,31-13,13).

El amor nunca termina y se destaca por ser el más desinteresado, el que se entrega más plenamente a los demás. Ningún otro carisma revela de manera más clara la presencia de Dios en la comunidad cristiana que el amor. Esta idea se resume en el famoso "himno al amor" (1 Cor 13,1-13), el cual Pablo intercala como un excursus retórico en su argumentación para defender una jerarquía de los carismas basada en la utilidad y edificación del grupo cristiano. En resumen, el cristiano debe siempre actuar moralmente conforme al Espíritu de Jesús y a la ley del amor, evitando seguir los deseos carnales (1 Cor 6,12-20).

La unidad del grupo no implica una igualdad de género. La posición de las mujeres en las asambleas cristianas es ambigua en la Primera Carta a los Corintios. Por un lado, Pablo no cuestiona que las mujeres oren en voz alta o profeticen, lo cual representaba una revolución en las costumbres judías de la época. El Apóstol simplemente introduce una cuestión de decoro. En 1 Corintios 11,5, menciona que una mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta deshonra a su cabeza, como si estuviera rapada. Por lo tanto, sugiere que si una mujer no se cubre la cabeza, debería cortarse el pelo. Sin embargo, en 1 Corintios 14,34b-35 se lee: "Como en todas las iglesias de los santos, las mujeres deben callar en las asambleas; no se les permite hablar, sino que deben estar en sumisión, como también dice la ley. Si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos, porque es indecoroso que una mujer hable en la asamblea".

Esta contradicción es evidente. Algunos intérpretes resuelven esto declarando que el segundo pasaje no proviene de Pablo, sino que es una adición de un escriba cristiano que se coló tempranamente en el texto de 1 Corintios. Otros opinan que la contradicción se resuelve parcialmente si se considera que el primer texto se refiere a la oración en público o a la emisión de un oráculo profético que viene de Dios y que los seres humanos no pueden detener.

El segundo texto se referiría solo a la enseñanza en temas doctrinales. Según la ley y las costumbres judías, que Pablo acepta, las mujeres no tienen autoridad en la enseñanza de la religión. Por lo tanto, deben permanecer en silencio en este aspecto, pero sí pueden orar o profetizar en público, ya que esto es una acción del Espíritu que debe ser respetada.

En cualquier caso, Pablo insiste en que, por naturaleza, la mujer es de algún modo inferior al hombre. Una muestra externa de esta posición es la idea mencionada anteriormente, y no discutida, de que la mujer debe cubrirse la cabeza como muestra de respeto. Esto se basa en dos razones:

Primero, en la interpretación de Génesis 2,18-25: la mujer fue creada secundariamente por Dios, después del hombre, para evitar la soledad del hombre y para ser su ayuda. Por lo tanto, la mujer ocupa un lugar secundario en la creación (1 Cor 11,7-12). Este respeto hacia el marido se muestra mediante el acto de cubrirse la cabeza.

La segunda razón es "por causa de los ángeles" (1 Cor 11,10). La teología tanto de Qumrán como del cristianismo primitivo creían que los ángeles estaban presentes en medio de la comunidad de creyentes o "santos" (1 Cor 1,2), especialmente durante los servicios litúrgicos. Cubrirse la cabeza, por lo tanto, era también una muestra de respeto hacia los ángeles... ¡pero solo para las mujeres!

10. El tiempo que nos queda es escaso.

El fin del mundo se acerca, una perspectiva escatológica que se encuentra presente en todas las epístolas auténticas de Pablo, incluso en la última, Romanos, cuando su pensamiento ya está muy maduro (Romanos 13,11-14). Sin embargo, el texto más claro al respecto se encuentra en 1 Tesalonicenses 4,13-18 + 5,1-11. Estos pasajes están contextualizados por algunas muertes inesperadas que ocurrieron en la comunidad.

Estas muertes repentinas llevaron a los tesalonicenses a preguntarse sobre la esperanza en la venida inminente y definitiva de Jesús como juez. Se cuestionaban qué sucedería con aquellos que habían fallecido antes de la llegada de Jesús. ¿Serían olvidados por él cuando los vivos fueran al encuentro de Cristo? En respuesta a estas preguntas, Pablo describe de manera general cómo será la venida de Cristo al final de los tiempos, basándose en las palabras del propio Jesús (1 Tesalonicenses 4,15 y 5,2 = Mateo 24,43). Al igual que su Maestro, Pablo está convencido de que el mundo ya está llegando a su fin. Por lo tanto, reafirma su creencia en esta idea y añade un mensaje de consuelo: aquellos que han fallecido no estarán en desventaja en comparación con los que siguen vivos cuando llegue Jesús.

Pablo explica que primero los muertos resucitarán, y luego los que aún están vivos irán al encuentro de Jesús junto con aquellos que han sido resucitados. Ante las dificultades de la vida, Pablo recuerda a los tesalonicenses el valor salvífico de la muerte y resurrección de Cristo. El fin de los tiempos, que traerá consigo esa salvación, está cerca y todas las penas llegarán a su fin. Jesús que viene como juez, sí, pero para los impíos; para los creyentes, él es el salvador y el consolador. Todos los cristianos, incluso aquellos que aún estén vivos, acompañados por Pablo mismo, se encontrarán con Jesús en los aires. Entonces comenzará una nueva vida llena de gozo y eternidad (1 Tesalonicenses 4,16-18).

En esta perspectiva del final, Pablo introduce un cambio de tono y concepción respecto a la predicación de Jesús. Mientras que el interés principal de Jesús era la venida del reino de Dios en la tierra, para Pablo el reino de Dios se traslada completamente al otro mundo, al paraíso. En 1 Tesalonicenses 5,1-8, Pablo no proporciona una fecha precisa para este gran acontecimiento, pero la venida de Jesús es segura. Solo debemos mantenernos vigilantes y en espera. Este día vendrá rápidamente, cuando menos lo esperemos, como un ladrón (1 Tesalonicenses 5,1-3). Los que no creen ignoran estos hechos y viven en pecado, como hijos de las tinieblas; mientras que los creyentes, como hijos de la luz, deben comportarse acorde a ello, pues conocen lo que está por venir y se preparan para ello.

11. Pablo presenta en 1 Corintios 7 su pensamiento sobre el matrimonio.

Reflejando la idea de que la vida en este mundo tiene poca importancia en comparación con el mundo por venir. En este capítulo, Pablo afirma que el matrimonio es una opción válida y entra dentro del campo de elección y libertad propia del cristiano: es bueno casarse (7,6.9.28)... y también es bueno permanecer célibe (7,7). Sin embargo, ¿cuál es la preferencia real del Apóstol? Pablo indica que cada persona debe permanecer en el estado en el que fue llamado por Dios para ser cristiano (7,17-24). El casado debe seguir casado, y el virgen debe permanecer como virgen. Además, si se le presiona aún más, Pablo sinceramente recomendaría la virginidad (7,38).

Pablo señala que Jesús se opuso al divorcio y a los nuevos matrimonios (7,10-11), reconociendo que Jesús no recomendó la virginidad expresamente a todos (7,25; cf. Mateo 19,12). Sin embargo, para Pablo, la virginidad tiene grandes ventajas. Sus argumentos a favor de la virginidad son principalmente dos:

1. Los no casados tienen menos preocupaciones mundanas y pueden dedicarse completamente a las cosas del Señor (7,32-35).

2. El fin del mundo es inminente. ¿Para qué casarse y tener hijos en estas circunstancias? (7,28-31). Es mejor dedicarse completamente a prepararse para ese final.

En el fondo, Pablo no muestra un aprecio positivo hacia el matrimonio. Lo considera casi como un mal necesario para evitar caer en la lujuria (7,2.9). Su consejo a favor de la virginidad revela un desinterés por lo material y corporal, por todo lo que concierne a este mundo. En esta línea, se separa de la corriente tradicional del judaísmo.

Además, en las cartas de Pablo no encontramos un impulso por mejorar la vida en este mundo o resolver problemas sociales, como la esclavitud. En la Epístola a Filemón, por ejemplo, no hay ninguna oposición a esta institución. Ni en esta carta ni en ninguna otra del Nuevo Testamento se cuestiona el sistema de esclavitud. Incluso en 1 Corintios 7,21-24, Pablo aconseja a los esclavos convertidos que no busquen liberarse, sino que permanezcan tranquilos en su condición de siervos. Para él, ¿por qué preocuparse por cambiar las estructuras sociales, por más injustas que sean, cuando estas solo afectan de manera tangencial el contenido del Evangelio y serán aniquiladas junto con el mundo mismo?

Para Pablo, lo que importa principalmente es la salvación y el nuevo estado espiritual del ser humano, resultado de la muerte y resurrección de Jesús. En esta perspectiva, los valores sociales no tienen relevancia alguna. Los amos son esclavos de Cristo y los siervos también son libres en Cristo. Antes eran todos esclavos del pecado, pero ahora son libres en Cristo. A partir de esta realidad espiritual, esclavos y dueños (que siguen siendo lo mismo ante la sociedad) son en realidad iguales: hermanos en Cristo. Para Pablo, los valores mundanos no importan.

En cuanto a la relación con el mundo y las autoridades civiles, Pablo exhorta a los cristianos a vivir en obediencia a las autoridades del Imperio Romano debidamente constituidas. En Romanos 13,1-7, Pablo no solo exhorta a la lealtad cívica, sino que parece establecer principios fundamentales sobre la autoridad civil. Afirma que la autoridad proviene de Dios y que aquellos que se rebelan contra ella se oponen al orden divino. La desobediencia a la autoridad merece tanto el castigo de Dios como el de los hombres.

12. En Romanos, capítulos 9-11, Pablo aborda el desafío de Israel al no creer en Jesucristo.

Esto plantea un conflicto con el plan divino de salvación, ya que el pueblo elegido parece haber rechazado al mesías prometido. Sin embargo, Pablo explora cómo opera la justicia de Dios respecto a un Israel infiel y si este será rechazado definitivamente o podrá ser "justificado" al final. También se pregunta sobre la relación entre los nuevos convertidos paganos y el pueblo de Dios.

Pablo comienza afirmando que, aunque Israel fue el pueblo de la Promesa y recibió privilegios especiales (9,1-5), esto no significa que Dios haya perdido su soberanía. Si Israel se apartó voluntariamente, la culpa es de ellos, no de Dios. Dios puede elegir a quien quiera, pero no puede descartar la infidelidad. Esta dualidad de la llamada de Dios y la falta de respuesta está presente en las Escrituras (9,6-33).

Luego, Pablo señala que el Israel carnal, que sigue la Ley externamente pero no es espiritual, tiene celo por Dios, pero este celo es equivocado ya que buscan la "justificación" a través de las obras de la Ley. Sin embargo, los judíos deben comprender que la justificación y la salvación solo se obtienen por medio de la fe en Cristo, no por las obras de la Ley (10,1-4). Cristo es el fin de la Ley, tanto en el sentido de que la Ley ya no es válida como en el sentido de que Cristo es el objetivo de la Ley (10,5-13).

Pablo, como antiguo fariseo, demuestra su conocimiento de las Escrituras al argumentar que Moisés también proclamó la justificación por la fe en Cristo. Aunque los judíos se nieguen a escuchar esta verdad, la misión de los judeocristianos y los conversos del paganismo es seguir anunciando esta buena nueva a Israel (10,14-21). Pablo siente pena por su pueblo y afirma que Dios no ha rechazado definitivamente a su pueblo, ya que todavía queda un remanente fiel elegido por la gracia, aquellos que creen en Jesús (11,1-5).

Pablo sueña con una restauración futura de Israel, creyendo que el pueblo elegido eventualmente se moverá por la sana envidia al ver la salvación de los gentiles y creerá en Jesús nuevamente, siendo readmitido como pueblo de Dios (11,11-12, 15). El endurecimiento parcial sobre Israel durará hasta que la totalidad de los gentiles destinados a la salvación entren en el redil del Evangelio (11,25-26). A pesar de la misericordia mostrada a los gentiles, Dios también será misericordioso con Israel (11,30-32).

V. Del Jesús histórico al Cristo de la fe: Pablo y el origen del cristianismo.

Transformación del Mensaje de Jesús por Pablo

Pablo desempeña un papel crucial en la evolución del cristianismo al proporcionar los fundamentos teóricos para la transformación del mensaje original de Jesús sobre la pronta llegada del reino de Dios. Este reino, concebido en un principio como una entidad mesiánica claramente judía y dirigido exclusivamente a los israelitas que observaban la Ley, se convierte, gracias a la influencia de Pablo, en un mensaje de salvación universal.

Lo que inicialmente era un anuncio de la restauración de Israel, con la posibilidad de la participación de algunos gentiles, evoluciona lógicamente hacia la noción de que "todos los gentiles que se conviertan al Israel final serán bienvenidos". Este cambio se desarrolla aún más de manera explícita en las enseñanzas de la escuela de Pablo, como lo vemos en las epístolas a los Colosenses y a los Efesios. Aquí se reflexiona sobre el concepto de la Iglesia, y se percibe que esta entidad tiene incluso una dimensión cósmica.

Pablo proclama la apertura de la salvación a cada ser humano individualmente, pues el converso completa el número de los salvados antes del fin. Esta transición del Reino judío a la salvación universal se había gestado inicialmente en la tensión misionera evidenciada por la comunidad helenística, pero es Pablo quien le otorga una forma más distintiva, definitiva y con fundamentos teológicos sólidos.

El Apóstol, en sus cartas, apenas menciona el reino de Dios. Aunque la expresión aparece algunas veces, ya no lleva el contenido del mensaje anunciado por Jesús, como lo encontramos en los Evangelios sinópticos. En cambio, Pablo habla de un acto salvífico de Dios a través del sacrificio vicario de su Hijo, válido para toda la humanidad: judíos y gentiles por igual. Ahora, la salvación se presenta como una posibilidad abierta para todos sin excepción.

Esta transformación radical de perspectiva resulta bastante natural cuando consideramos el contexto histórico de la expansión del cristianismo en el Imperio romano y su confrontación, más o menos explícita, con los mensajes de salvación de las religiones de misterio de la época. El anuncio de un mesianismo estrictamente judío, con sus promesas de liberación y restauración del pueblo de Israel, así como la inminente llegada del reino de Dios, que conllevaría una restauración de la teocracia israelita y la liberación del yugo gentil mediante la intervención divina en los momentos finales de la historia, carecía de atractivo y posibilidad de éxito fuera del ámbito limitado de Judea, Samaría y Galilea. Solo aquellos que estuvieran dispuestos a convertirse en judíos podrían encontrar interés en este mensaje.

La transformación explícita del anuncio judío del Reino en una salvación universal por la fe en Cristo permitió que la nueva forma de judaísmo representada por los cristianos lograra un éxito considerable. La salvación ahora estaba abierta a todos, ya que en esa época la doctrina ética de la sustancial unidad e igualdad del género humano, ampliamente difundida por los estoicos, resonaba en el ambiente.

Este ajuste al entorno también explica por qué Pablo evita el título mesiánico de "Hijo del hombre" en sus cartas, ya que este título sería incomprensible para aquellos que no hablaban arameo. En su lugar, el Apóstol prefiere utilizar otros títulos como "Hijo de Dios" y, sobre todo, "el Señor" en un sentido absoluto. Al realizar este cambio de énfasis, Pablo posiciona la imagen de Jesús en competencia directa con las representaciones de las "divinidades-hijo" veneradas en las religiones de misterio, las cuales ejercían un gran atractivo sobre los habitantes del Imperio debido a sus promesas de salvación.

El contexto helenístico de Pablo también explica su tendencia a moderar la ética "interina" o propia de la espera del Reino, que caracterizaba las enseñanzas de Jesús. Por ejemplo, el Apóstol acepta el divorcio en casos de matrimonios mixtos (1 Corintios 7,15), no critica explícitamente los lazos familiares si interfieren con la predicación o la espera del Reino (a diferencia de Jesús, como vemos en Marcos 1,16 con la vocación de los primeros discípulos), y no presenta discursos ni sentencias vehementes contra los ricos (como en Marcos 10,25). Pablo exhorta al pago de impuestos y a la obediencia a la autoridad civil (Romanos 13), anima al trabajo constante (1 Tesalonicenses 4,11-12) y permite que los misioneros vivan de la predicación del Evangelio (comparar Lucas 10,3ss con 1 Corintios 9,4ss).

La evolución en la percepción de la ley de Moisés respecto a su valor salvífico refleja un interesante proceso. En las primeras etapas, según la teología paulina, la abolición de la necesidad de observar la Ley podría haber sido vista como una eliminación de barreras dispuesta por Dios para facilitar la incorporación de los gentiles al Israel final. Sin embargo, en la culminación del pensamiento en Romanos, la supresión de la Ley (7,1-25) se convierte en una maravillosa realidad de libertad.

Lo que se conoce como la "justicia de Dios" tiene profundos efectos en la vida humana según Pablo: el creyente está liberado del pecado (capítulo 5), de la muerte (capítulo 6), y la vida del cristiano se ve caracterizada por la libertad de ser hijo de Dios, viviendo en el Espíritu con destino a la gloria (capítulo 8). Aquel ser humano que parecía sumido en la nada del pecado es elevado por la acción de Cristo hasta recuperar su dignidad. Más aún, se le eleva a la posición de hijo de Dios y a reinar con Él (Romanos 5,17).

Pablo, en su interpretación de la figura y el papel de Jesús, incorpora motivos de corte gnóstico. Una contribución significativa de Pablo a la evolución del cristianismo es su selección y adaptación de motivos y expresiones de la corriente gnóstica o con tintes gnósticos, que le ayudaron a profundizar y aclarar lo que él consideraba las verdades fundamentales de su "evangelio".

Es importante señalar que cuando hablamos de "motivos gnósticos" en Pablo, nos referimos a elementos perfectamente identificables ya en el siglo I, y no necesariamente a un gnosticismo plenamente desarrollado, algo que no ocurriría en el cristianismo hasta el siglo II. En resumen, los puntos destacados con tono gnóstico en la obra de Pablo incluyen:

* Una antropología de corte gnóstico y platonizante, donde el ser humano se divide no solo en cuerpo y alma, sino también en cuerpo, alma y espíritu. Esto lleva a una distinción entre los "espirituales" y los "psíquicos" o "corporales", dependiendo de su comprensión de las verdades de la revelación (1 Corintios 3,1, etc.).

* La visión de la lucha del cristiano contra las fuerzas malignas como un drama cósmico (2 Corintios 2,6, etc.).

* La igualdad de sustancia entre el Redentor y los redimidos, donde los fieles bautizados forman un cuerpo junto con Cristo, una concepción que más tarde sería desarrollada por la gnosis basándose en esta igualdad de sustancia (Romanos 12,4ss; 1 Corintios 12,12-27).

* Una marcada división entre la materia y el espíritu (oposición carnal/espiritual: La actitud hacia el matrimonio por parte del Apóstol se debe, entre otras razones, a esta profunda división entre lo espiritual y lo material, una dualidad que permea su pensamiento: solo lo espiritual merece verdaderamente la atención; lo material es, en sí mismo, inferior, malo, transitorio y perecedero (1 Corintios 7).

A pesar de estos aspectos, algunos argumentan que no hay rastro de motivos gnósticos en Pablo, sino más bien un uso estratégico de términos empleados por los adversarios gnósticos a quienes enfrentaba. Sin embargo, esta postura parece inadecuada. Es más acertado afirmar que Pablo no solo utiliza el vocabulario de sus oponentes, sino también sus conceptos. El cristianismo paulino puede comunicar su mensaje efectivamente a través de ciertos conceptos de "talante gnóstico" porque existe una identidad o al menos una similitud entre la visión cristiana de Pablo y las ideas de salvación de sus adversarios, claramente identificados como de tendencia gnóstica. Este enfoque tendría importantes repercusiones en la teología cristiana posterior, particularmente a partir del final del siglo II y más aún en el III.

Es crucial notar que, a pesar de las innovadoras y personales concepciones de Pablo sobre Jesús, él no considera en absoluto que está estableciendo una nueva religión, ni tiene tal intención. Pablo consideraría a alguien como un insensato si pensara de esta manera. El Apóstol no formula una doctrina trinitaria clara, y mucho menos: a pesar de su teología sobre la preexistencia del Redentor/Hijo (Filipenses 2,6ss; Gálatas 4,4), Pablo enfatiza la acción de un único Dios, Padre, a través de su Hijo. Pablo permanece completamente fiel al Libro Sagrado. No cuestiona la alianza de Dios con Israel: aunque Cristo sea el centro, representa el cumplimiento de las antiguas Escrituras; en Filipenses 3,3, Pablo se refiere a los cristianos como "verdaderos circuncisos", es decir, el "verdadero Israel". A pesar de su crítica contundente contra la Ley en Gálatas, Pablo reconoce en Romanos que la Ley tiene un valor moral para los judíos, quienes pueden seguir observándola y, si así lo desean, continuar con la circuncisión. Por otro lado, los paganos cumplen con la esencia de la norma ética de la Ley, que es el Decálogo.

El Apóstol, por tanto, no interpreta el cristianismo como una nueva religión, sino más bien como una revitalización o renovación del judaísmo. Su "evangelio" pertenece plenamente a Israel: de hecho, solo existe un olivo, y los paganos son injertados en él. Si alguna rama de este olivo se desprende (el Israel de Pablo que no cree en el Mesías Jesús), será reinjertada al final de los tiempos. La antigua ley cumplió su función hasta la venida de Jesucristo. Después, ha sido elevada y resumida en su esencia más pura por la nueva ley, la del amor. Para Pablo, después de la muerte y resurrección del Mesías-Cristo, el cristianismo representa el único judaísmo posible, un judaísmo auténtico y bien entendido, no una religión nueva. En este sentido, Pablo no se considera un traidor a su pueblo.

La evolución del cristianismo a partir de la predicación y las concepciones de Pablo da lugar, en efecto, al surgimiento de una nueva religión. Esto plantea la pregunta legítima de si Pablo, cuya teología implica tantos cambios con respecto al mensaje original de Jesús, tuvo un papel fundamental en este proceso. Surge entonces la interrogante sobre quién es el verdadero fundador del cristianismo: ¿Jesús? ¿Pablo? ¿Otras figuras? ¿O quizás un conjunto de personas, obras literarias influyentes y circunstancias particulares? Algunos estudiosos opinan que ni siquiera es apropiado plantear la cuestión del fundador del cristianismo, ya que su constitución como nueva religión fue un fenómeno gradual y complejo en el que intervino una multiplicidad de factores. Argumentan que el cristianismo nunca fue estático, sino dinámico, sincrético —es decir, capaz de asimilar ideas religiosas de su entorno— y contradictorio. Por tanto, no hubo, ni podría haber, un único fundador.

Si bien esta observación es cierta, existen momentos en la evolución del cristianismo en los que se dan pasos trascendentales y constitutivos, y uno de esos pasos lo dio Pablo. Él fue el primer gran teólogo del cristianismo. Su figura y enseñanzas contribuyeron a consolidar un cuerpo de doctrina, aunque este proceso ya hubiera comenzado antes de él. Dado que el cristianismo es, ante todo, un fenómeno ideológico —donde la doctrina ocupa un lugar absolutamente central entre los elementos que lo definen— parece pertinente plantearse, al menos de forma tentativa, no tanto quién fue el fundador del cristianismo, sino quién o quiénes fueron los principales impulsores en el ámbito doctrinal.

Sin embargo, antes de responder contundentemente a esta pregunta, es importante señalar una obviedad que resalta la importancia de Pablo y sus predecesores inmediatos: si por definición aceptamos que la teología cristiana constituye la esencia de la nueva religión, es evidente que esta teología solo se consolidó después de la muerte de Jesús. Desde una perspectiva externa, no hay fe cristiana hasta después de la Pascua. Por lo tanto, el cristianismo surge después de la muerte de Jesús, no antes. Esta es la razón por la cual en su magnífico tratado sobre la teología del Nuevo Testamento —un extenso volumen de cerca de ochocientas páginas— el renombrado exegeta, filólogo y teólogo R. Bultmann dedica solo unas treinta páginas a Jesús de Nazaret, y el resto (más de setecientas páginas) al pensamiento de sus seguidores.

El cristianismo es la teología del Nuevo Testamento y esta solo fue formulada por los discípulos de Jesús, no por Jesús mismo. Por lo tanto, una primera respuesta desde este punto de vista objetivo, sencillo y a veces pasado por alto, es que Jesús no podría ser el fundador del cristianismo, ya que esta religión surge después de su vida terrenal.

Entonces, la pregunta debería formularse de otra manera: ¿fue Jesús el promotor de una ideología religiosa que luego, gracias a sus ideas y sin cambios sustanciales, se convertiría en el cristianismo? ¿O tiene esta religión características tan distintivas respecto a la religión de Jesús y su concepto de la salvación que debe considerarse como una entidad en muchos aspectos nueva y casi "autónoma"? La exposición hasta ahora de las ideas centrales del pensamiento paulino nos ayudará a ofrecer al menos una respuesta tentativa a estas cuestiones. Para evaluar la importancia de Pablo en la evolución de la ideología cristiana, sería necesario hacer una comparación detallada punto por punto entre las doctrinas de Jesús y las de Pablo. Sin embargo, este enfoque nos parece totalmente fuera de lugar en este contexto, por lo que necesitamos un método más simplificado.

Consideramos que un enfoque adecuado sería contrastar de manera sintética cuál fue el concepto de salvación del ser humano que tuvieron respectivamente Jesús de Nazaret y el Apóstol Pablo. Este simple contraste debería orientar al lector en la dirección de la respuesta a las preguntas planteadas anteriormente.

El concepto de la salvación en Jesús es multifacético y profundamente arraigado en su enseñanza sobre la observancia de la ley divina, la Torá de Israel. Desde sus discusiones con otros rabinos de su tiempo, se revela que Jesús busca una pureza de corazón en la relación con Dios, distinta de la concepción predominante entre los fariseos de su época. Para él, la verdadera salvación implica convertirse y volvernos hacia Dios, estando completamente abiertos y dispuestos a recibir el reino de Dios en la tierra, incluso renunciando completamente a los bienes materiales y a los lazos familiares.

En el juicio final, momento culminante de la salvación, Jesús enfatiza que Dios valorará el amor y la generosa entrega al prójimo, así como el respeto y la abstención de juzgar a los demás. Estos aspectos, más que el cumplimiento meticuloso de las normas humanas que a menudo desvían lo esencial de la Ley, serán los que definan la verdadera relación con Dios y la salvación.

Ahora, al abordar el concepto de salvación en Pablo, notamos una perspectiva diferente y única. Pablo presenta un proceso en cuatro etapas que contrasta con la enseñanza de Jesús:

1. La humanidad se encuentra en una condición desesperada e irreconciliablemente enemiga de Dios debido al pecado.

2. Para resolver esta situación, un Salvador divino desciende del cielo y toma forma humana.

3. Este Salvador muere en la cruz, de acuerdo con el plan divino, como un sacrificio expiatorio por los pecados de la humanidad. Su resurrección confirma su divinidad e inmortalidad.

4. La apropiación de los beneficios de esta muerte redentora se logra solo a través de un acto de fe en su significado y eficacia. Aquellos que aceptan al Salvador por fe reciben la promesa segura de la resurrección y la inmortalidad.

Al contrastar ambos conceptos, es evidente que la enseñanza de Pablo marca un cambio radical en relación con el evangelio de Jesús. Pablo interpreta a Jesús como un ser divino, preexistente, a diferencia de cómo Jesús mismo se veía como un ser humano con una relación especial con Dios. Además, la visión de Pablo sobre la salvación es universal y disponible para todos, no limitada a Israel ni al cumplimiento estricto de la ley de Moisés.

La pregunta que surge entonces es si Jesús fue realmente el fundador de un nuevo culto. Considerando el pensamiento religioso de Jesús, parece que más que ser el fundador del cristianismo, fue el primer impulsor de este movimiento. Independientemente de lo que Jesús pudo haber hecho o no, inició un proceso que eventualmente se convirtió en el cristianismo. Su genio religioso se reflejó en su profunda reflexión sobre la religión judía, haciendo énfasis en aspectos como:

* Su nueva concepción de la filiación divina, siendo él un hombre que se veía como tal, pero con una relación singular con el Padre.

* Su interpretación radical y esencialista de la Ley, que iluminó nuevos significados.

* Su enfoque sobre la pureza ritual, entendiendo que la impureza surge del pecado y depende principalmente de la actitud del corazón.

* Su convicción de que en el juicio final, la imitación de Dios, el amor al prójimo y el perdón sin límites serán los factores decisivos para la salvación, dentro del marco general de los preceptos de la ley de Moisés.

En el proceso de separación del judaísmo, es Pablo quien establece los fundamentos necesarios para la autonomía del grupo cristiano con respecto a la Sinagoga. A diferencia de Jesús, es Pablo quien impulsa y completa un movimiento teológico que coloca a Jesús mismo como el centro de la predicación, desplazando en cierta medida el énfasis en el reino de Dios.

Así, parece que Pablo es el personaje clave en el inicio de la construcción de una nueva religión y en la separación definitiva del judeocristianismo del judaísmo normativo y oficial. Es en Pablo de Tarso donde encontramos los cimientos para esta transformación radical.

Sin embargo, es importante reconocer que el cristianismo actual se sustenta en múltiples pilares. Junto a Pablo, figuran otros personajes cruciales, como el Evangelio de Mateo con su enfoque eclesiástico y el Evangelio de Juan con su interpretación peculiar de la figura de Jesús. No obstante, es justo afirmar que Pablo ocupa un lugar principal en el desarrollo del cristianismo.

Por lo tanto, si bien el cristianismo no puede entenderse sin Jesús de Nazaret, es más adecuado ver a Jesús como la condición y el fundamento del cristianismo, en lugar de su estricto fundador. Es en la obra y el pensamiento de Pablo donde vemos el impulso y la elaboración teológica que han dado forma a la fe cristiana tal como la conocemos hoy en día.